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Mostrando las entradas etiquetadas como Verdad

Impresiones y sugestiones

Afirma el viejo y suspicaz refrán que las primeras impresiones son las que valen. Tal vez tenga razón, pero no porque en las primeras impresiones haya una especial sabiduría o una mágica inspiración. Si nos parece que aciertan es porque con ellas nos pasa como con los semáforos en rojo: solo nos fijamos en aquello que las confirma. Aunque también puede suceder algo mucho más curioso y de mayor calado: que nos empeñemos nosotros en confirmarlas activamente, como las profecías autocumplidas. En este sentido, las primeras impresiones tendrían un poder performativo: construirían su propia realidad. O más bien la construimos nosotros para darles la razón. Ellas establecen el punto de referencia de lo que vendrá a continuación, son el criterio que todo tenderá a confirmar. Así de elementales somos en lo que respecta a la percepción del mundo, y tal vez por eso nos equivocamos tanto; o, al menos, nos cuesta tanto ver más allá de nuestras creencias y nuestros prejuicios.  ¿Por qué limitamo...

Opinión y tribu

Los maestros griegos diferenciaban entre episteme , el conocimiento verdadero (y supuestamente indiscutible), y doxa , que es la opinión que cada cual sostiene acerca de las cosas, y sobre la cual versan todos los debates que en el mundo han sido. Los griegos —más en concreto, los atenienses—, pueblo comerciante e indagador, practicaban la polémica con fruición, dentro y fuera de casa, y no es extraño que fuesen ellos los que inventaran la filosofía. En el ágora, cada orador competía con los demás por atraer a discípulos y curiosos, a veces más inclinados a la charlatanería que al rigor lógico, pero en cualquier caso practicando un sofisticado estilo de sociabilidad: el poderoso vínculo de la palabra, y aun más, la complicidad que acaba uniendo a las personas que debaten apasionadamente unas ideas. Sócrates, que empezó vagando por las calles y lanzando sin miramientos sus preguntas a los inermes transeúntes, llegó a rodearse de una comitiva de devotos discípulos que acabaron por conve...

Labriegos de la idea

La reflexión es el taller del pensamiento, minucioso y metódico, manufactura de la lógica diseñándole al mundo mecanismos. El pensamiento inventa órdenes al caos, y sonríe viendo girar los engranajes. No en vano somos exploradores de sentido, es decir, artífices de congruencia. Organizarlo en una articulación armónica, en las tramas musicales de una gestalt , nos hace sentirnos más seguros: no podríamos soportar un universo nebular de pura incertidumbre, en el cual no vislumbráramos un cierto grado de previsibilidad. Es cierto que nuestro intento siempre resultará provisional: las ideas, de apariencia tan pulcra, esconden una esencia tornadiza. El mundo siempre se reserva un as inesperado en la manga. Preferiríamos que las cosas se ciñeran al concepto que tenemos de ellas, porque eso las haría más simples. Sin embargo, los fenómenos se deshilachan por los flecos, la realidad se burla de la mejor teoría, y nos recuerda que el estado natural del conocimiento es la perplejidad. No existe...

Dogmatismos

La única condición razonablemente exigible a una idea, para tomarla en serio y darle una oportunidad, es que se pueda discrepar de ella. Que se abra a la discusión con honradez, y no nos niegue de entrada la posibilidad de tener razón al llevarle la contraria. No hace falta que se nos muestre dudosa o vacilante, ni que pida perdón, ni que se nos dirija con reticencia: tiene todo el derecho a pretenderse cierta; en realidad carecería de sentido sostenerla sin esa condición. Pero en la actitud con que se nos dirige debe haber, al menos, lo que Popper denominó posibilidad de falsación , es decir, una apertura que permita cuestionarla, pedirle explicaciones, ponerla a prueba y, si es el caso, rebatirla. El único valor de una idea honesta es que se interese más por la verdad que por sí misma. Porque solo un sabor a verdad —o más bien el fracaso al refutarla— da sentido y validez a un pensamiento.  La mayoría de las doctrinas que rigen el mundo, sin embargo, no se atienen a ese limpio re...

Conceptos y símbolos

La filosofía es la obstinación del pensamiento frente a la opacidad del mundo. En el ejercicio de su tarea, provee a nuestra razón de artefactos, es decir, de nodos que articulan, compendiados, ciertos perímetros semánticos, dispositivos que nos permiten manejar estructuras de significado.  Cuando Platón nos propone el concepto de Forma o Idea, está condensando en él toda una manera de entender la realidad, es decir, toda una tesis metafísica, para que podamos aplicarla en conjunto en nuestra propia observación. Así, al usar el término estaremos movilizando en él, de una vez, una armazón entera de sentidos, lo cual nos simplifica el pensamiento y su expresión por medio del lenguaje. Al cuestionarme sobre lo existente, pensar en la Forma del Bien implicará analizar la posibilidad de que exista un Bien supremo, acabado, abstracto, y según el griego único real, frente a la multiplicidad de versiones del bien que puedo encontrar en el ámbito de las apariencias perceptuales.  De h...

Estereotipos

Nuestro conocimiento cotidiano abunda en prejuicios y estereotipos, convicciones normalmente heredadas del entorno que incorporamos y solemos sostener de manera acrítica. Como los refranes, que con frecuencia se alimentan de estereotipos, a veces aciertan, aunque sea en parte, o quizá lo hicieran en un momento y un contexto determinados. En cualquier caso, lo significativo es que los defendamos sin someterlos a ninguna prueba. A esta aberrante tendencia se le han propuesto explicaciones convincentes, aunque solemos olvidarlas.  Una muy plausible, por ejemplo, es que no tenemos tiempo para estar revisando, analizando y justificando cada una de las creencias que sustentan nuestros actos diarios. El trabajo, en nuestra sociedad productivo-consumista, requiere eficiencia y pragmatismo. Las convenciones imponen ciertos modelos de relaciones que no deben ser vulnerados si uno no quiere quedar mal. Hay que resolver problemas, y para ello lo mejor es aplicar inmediatamente las fórmulas q...

Certeza razonable

A la inteligencia le conviene ser temeraria en sus propuestas, pero prudente en sus respuestas. ¿Cuántas ocurrencias brillantes no naufragan en su propia soberbia? No por la soberbia en sí, que al cabo podría considerarse audacia o firmeza en las convicciones; sino porque una convicción que nos ciega se convierte en una vía muerta. La lucidez es humilde no por inseguridad, sino todo lo contrario: porque se sabe más importante que ningún axioma.  Bien está afirmar nuestras certezas con seguridad, sobre todo cuando se trata de defenderlas ante sus adversarios. Pero la verdad es difícil, escurridiza y cara, ardua y poliédrica. Lo es incluso para las luminarias más brillantes y las voluntades más entregadas. Cuando se cree haber tejido una conclusión acertada, suelen descubrírsele los desgarros que le quedan por aquí y por allá, y que antes no sabíamos ver. “La verdad es como una manta que siempre te deja los pies fríos”, sentencia uno de los protagonistas de El club de los poetas m...

Hacia la verdad

¿Se puede filosofar sin tener como meta la verdad, limitándonos a ese mero deconstruir del afán posmoderno? La supuesta renuncia contemporánea a la verdad, ese martilleo relativista que la despedaza en un puñado de opiniones, se consume en la paradoja de su propio dicterio nihilista.  Y no solo por el silogismo, más bien trivial, de que quien defiende que la verdad absoluta no existe está cayendo en el absolutismo de la relatividad. Lo decisivo es que quien argumenta para deconstruir los viejos relatos ya está actuando con una intención de autenticidad, ya está explorando los caminos de una verdad que trascienda lo parcial o lo relativo, construyendo su propio relato iconoclasta que aspira a despejar de mentiras las certezas decretadas por la autoridad del poder. ¿Por qué habría que molestarse en desguazar lo viejo si no se aspira a levantar algo nuevo de sus escombros?  Ya hace mucho que cuestionamos la verdad con mayúsculas, la convicción definitiva, desvelando en su monol...

Ceguera selectiva

Nunca acabaré de asombrarme de esa tendencia que tenemos las personas a engañarnos a nosotros mismos, a deformar la realidad desde nuestros anhelos o nuestros temores. Cosas que para cualquiera resultan evidentes, cuando nos tocan de cerca, a nosotros nos llegan deformadas por los filtros más extravagantes.  El enamorado no quiere ver, y no ve, que su amada lo rechaza. La madre no ve, se niega a ver, que su hijo es un canalla. Achacamos casi siempre nuestros fracasos a la felonía o a la torpeza de los demás. ¿Habremos inventado los dioses para echarles nuestras culpas?  El componente emocional de esa tendencia es innegable, pero, ¿formará parte de la estructura misma de la percepción? Es posible que el don de conocer lleve aparejada la paradójica capacidad de no distinguir determinadas cosas; es lo que los psicólogos llaman “ceguera selectiva”. La misma fuerza que nos abre los ojos en una dirección se encarga de cerrarlos a las otras. No podemos saberlo todo, pero es probabl...

Creer es crear (a veces)

Las profecías autocumplidas nos muestran la naturaleza performativa de nuestra psique: pensar es crear, o, como dicen los adeptos a la New Age , creer es crear. Tienen razón, pero solo cuando se cree de verdad y se cree sobre la verdad. ¿Realmente creemos lo que creemos creer? A menudo las convicciones son inconscientes, o al menos ocultas y desdibujadas, disimuladas bajo opiniones socialmente más aceptables, íntimamente menos perturbadoras, incluso parapetadas tras la creencia contraria. Casi siempre somos contradictorios, porque alentamos deseos encontrados, o deseos que se estampan contra la realidad y se presienten ilusos; porque nos movemos entre lo aprendido y lo sentido, porque tenemos miedo. Antígona desearía amar, pero el deber le obliga a morir. El Ricardo III de Shakespeare se entrega a un festín de destrucción, resentido con un mundo en el que cree que por sus defectos no se le ofrecerá un lugar de igual. Fermín de Pas, en la obra maestra de Clarín, acaba odiando a la Re...

Supersticiones

Conozco a una mujer, atea confesa y militante, que a pesar de ello, al despedirse con un deseo mutuo de reencuentro, suele añadir, casi entre dientes: “si Dios quiere”. A mí me chocaba escucharle precisamente a ella una fórmula que no puedo dejar de asociar con mis abuelas, quienes nunca descuidaban el latiguillo e incluso me lo hacían repetir. Un día, quizá abusando de su confianza, le pregunté cómo una persona estrictamente racional y materialista como ella, sin ilusiones de dioses o vidas postizas, seguía usando aquella invocación de viejas. Entonces me contó una historia.  De niña iba en coche con su padre, y en un momento dado ella le preguntó cuánto faltaba para llegar a casa. Él le contestó que llegarían en menos de una hora. “Si Dios quiere”, apostilló ella, con la inercia de la educación recibida. “Y si no quiere, también”, replicó su padre, entre carcajadas. De repente algo impactó en la luna delantera y la hizo trizas. Por fortuna no tuvieron accidente y todo quedó en ...

Mala fe

Conmueve la nitidez con que los niños muestran lo primitivo de nuestra condición. En ellos distinguimos sin disfraz nuestras tendencias más elementales. Los niños, que aún no han aprendido a disimular, nos enseñan hasta qué punto lo hacemos los adultos continuamente. Su transparencia nos sirve de lente para enfocar nuestra difuminada verdad. Hay que mirarlos con atención para aprender sobre nosotros mismos. Cuando sorprendemos a un niño en una falta, y las consecuencias pueden ser onerosas, es probable que reaccione negándola contra toda evidencia (“Yo no he sido”), o bien yéndose por los cerros de Úbeda (por ejemplo, echándole la culpa a otro: “Ha sido él”); o, si no hay escape posible, armando un escándalo de llantos (“¡Mira cómo me estás maltratando!”). Negación, distracción o victimismo: tres maneras de eludir la responsabilidad y desviar la atención del adversario. A menudo funcionan.  Crecer debería modular esa crudeza inocente, ir afrontando cada vez más, por arduo y amarg...

La verdad, aún

Es bastante propio de nuestra época, supuestamente escéptica y “deconstructora”, afirmar que la verdad no existe. Creo que los que dicen eso tienen razón, pero no la razón que aducen o que dan a entender. Creo que tienen razón empezando por su propia afirmación, que no es cierta. Claro que existe la verdad, solo que resulta ser bastante más compleja, multifacética, sutil de lo que pensábamos. No existe, en efecto, la verdad arbitraria de los dogmáticos ni la retórica de los silogísticos. La tradición concebía una verdad monolítica, inmutable como un pedrusco. Esa es la verdad con la que, en el fondo, todos soñaríamos, principalmente porque nos resultaría tranquilizadora: esto es lo que hay, de una vez y para siempre; ahora solo se trata de ir afinando nuestra observación y nuestra reflexión para aproximarnos a su conocimiento. La modernidad entera, tanto en su vertiente empirista como en la racionalista, hunde sus raíces en esa esperanza. Triunfo de Descartes.  Siempre hubo quien...

¿De dónde salen mis opiniones?

Nuestras opiniones, en el fondo, son menos consistentes de lo que nos gustaría admitir. Creemos tener ideas muy definidas, a veces definitivas, sobre las cosas que más nos importan. Y, sin embargo, ninguna idea, o principio, o actitud, son puramente nuestros: todos ellos se han modelado a partir de lo que nos ha transmitido nuestro entorno y hemos ido puliendo con nuestras vivencias, siempre sociales y por tanto condicionadas por el contexto cultural. Una persona es lo que hace con lo que hicieron de él, reza la famosa sentencia de Sartre: eso también concierne a sus principios y sus actitudes, incluso a sus pensamientos más íntimos —¡o sobre todo a ellos!—.  Si me detengo a ver de dónde han salido mis convicciones, compruebo que la mayor parte de ellas son resultado de conclusiones más o menos globales, intuitivas, a menudo precipitadas y poco contrastadas: lo que los psicólogos llaman heurísticos . La prueba está en que, en general, no sabría argumentarlas mucho más allá de uno...

Pandemia

Se extiende sin visos de control la pandemia del llamado coronavirus , dando un vuelco al mundo tal como lo conocíamos, con una ferocidad que ninguno de nosotros habría podido imaginar. Desde su pistoletazo de salida en el corazón de China, que nos parecía tan remoto, el vil patógeno se ha propagado exponencialmente hasta el último rincón, incubándose en el cuerpo de los incontables viajeros que lo surcaban (ahora, de momento, no) de un lado a otro. Nos recuerda así que la globalidad no es solo cosa de comercio o información, sino que también incluye nuestras más arriesgadas vulnerabilidades. Esa red apelmazada en la que hemos convertido el mundo se convierte en una autopista para los parásitos y los oportunistas de nuestros cuerpos. Es la salud líquida, capaz de poner patas arriba esa vida cotidiana que, a fuerza de mantenerse igual a sí misma, llegó a parecernos inexpugnable. Confinados en nuestras casas, rendidos y cada vez más alarmados ante un disparo de cifras que parece i...