Afirma el viejo y suspicaz refrán que las primeras impresiones son las que valen. Tal vez tenga razón, pero no porque en las primeras impresiones haya una especial sabiduría o una mágica inspiración. Si nos parece que aciertan es porque con ellas nos pasa como con los semáforos en rojo: solo nos fijamos en aquello que las confirma. Aunque también puede suceder algo mucho más curioso y de mayor calado: que nos empeñemos nosotros en confirmarlas activamente, como las profecías autocumplidas. En este sentido, las primeras impresiones tendrían un poder performativo: construirían su propia realidad. O más bien la construimos nosotros para darles la razón. Ellas establecen el punto de referencia de lo que vendrá a continuación, son el criterio que todo tenderá a confirmar. Así de elementales somos en lo que respecta a la percepción del mundo, y tal vez por eso nos equivocamos tanto; o, al menos, nos cuesta tanto ver más allá de nuestras creencias y nuestros prejuicios. ¿Por qué limitamo...
Apuntes filosóficos al vuelo de la vida