El aburrimiento tiene sus propios dioses y sus propios dones. El aburrimiento es un hueco en la trama cotidiana por el que, si somos hábiles y dignos, lo nuevo encuentra su oportunidad: una ocurrencia, una inspiración, un recuerdo olvidado que tenía algo por decirnos… Hay que poder, hay que saber aburrirse. Porque si uno sabe aburrirse descubre que, en realidad, no estaba aburriéndose, sino abriéndose al mundo, descansando de la voluntad hiperactiva y dejando que la propia vida le tome de la mano. Es la ocasión de la creatividad, de la concepción de sueños imposibles que tal vez nos conduzcan a otros posibles, de la intuición que tal vez nos abra a lo inesperado. Los niños no soportan aburrirse porque no les hemos enseñado los dones del silencio, la paciencia, la creatividad… Trasladamos a ellos nuestra frenética necesidad de activismo, y procuramos atiborrar su tiempo de actividades organizadas, de tareas y entretenimientos. La cuestión es que siempre hay que estar haciendo algo,...
Apuntes filosóficos al vuelo de la vida