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Mostrando las entradas etiquetadas como Sociedad

Voluntariado: lo bueno y lo correcto

Conozco a una persona que colabora con una ONG. En esa asociación, los voluntarios trabajan por el «empoderamiento social y económico de la mujer» en una pequeña población de Kenia. Allí han organizado talleres de producción de artesanías que luego venden en el mundo rico. Las empleadas son mujeres pobres, «con riesgo de exclusión social». El trabajo les aporta un medio de vida y una nueva dignidad en un contexto social dominado por los hombres; los objetivos de la asociación añaden así una dimensión feminista. Y no solo se trata del trabajo: también se promueve la alfabetización, la formación profesional, y una escuela y un comedor para sus hijos.  Mi conocida viaja de vez en cuando a ese rincón de Kenia, y pasa allí una temporada. Ella se paga el viaje y la estancia. Ignoro qué medio de sustento le permitirá esas largas ausencias y, a la vez, le aportará los medios para costear los gastos aquí y allí. Yo la veo siempre bien vestida y muy arreglada. ¿Vivirá con sus padres y de su...

Elogio de la cortesía

Cortesía es desearle los buenos días al vecino que nos molesta con su música o nos quita el ascensor cuando tenemos más prisa. Cortesía es apartarse para dejar pasar a quien viene ocupando la acera, porque lleva un cochecito de bebé o porque son dos ancianas renegando del mal tiempo. Cortesía es dejar sin respuesta el mensaje intempestivo que nos envía al móvil un fanático, en lugar de mandarlo a hacer gárgaras, porque sabemos que en el fondo no es mala persona.  Cortesía es dejar pasar, en la cola del súper, a un señor que solo lleva un par de cosas, y transigir con el chasco de que ni siquiera nos dé las gracias. Cortesía es no interrumpir a quien habla, aunque nos moleste lo que habla y hasta el mero hecho de que hable. Cortesía es aguantar con paciente estoicismo el llanto del pequeño que no nos deja dormir en el avión, porque sabemos que otros aguantaron al nuestro. Ceder el asiento en el autobús al que entra con muletas. Pedir con buenas palabras que tenga cuidado al que nos...

Tres sombreros de copa

No se puede, en un comentario tan breve, hacer justicia a la densidad que Miguel Mihura cocina en su magistral Tres sombreros de copa . Aquí me limitaré a apuntar mis impresiones sobre el que me parece el tema de fondo de la obra: la precaria libertad, y probable capitulación, del individuo frente a las reglas sociales. Tratado, eso sí, con aquella mezcla de ingenio y ternura, de humor corrosivo y trágico, que caracterizaba al autor. La obra discurre con fluidez e intensidad, entretiene y agita, no hay risa que no duela, y es así como el drama de la vida se resuelve en comedia. O al revés. Pero, antes de entrar en materia y para situar al lector, empezaré por esbozar las líneas maestras del argumento. Dionisio es un pobretón pusilánime que aprovechará la típica oportunidad de casarse con una muchacha rica. Está pasando la noche anterior a su boda en un hotel de tercera. Todo queda bien compuesto y ordenado en su destino cuando se va a dormir, pero de pronto se cuela en su habitación P...

Perder el tiempo

Dicen que cuando los dioses preguntaron a Aquiles si prefería una vida larga y apacible o bien corta e intensa, el bravo guerrero, sin dudarlo, eligió la segunda. Es la respuesta que podemos esperar de un héroe, para quien no cuenta el tiempo (en la eternidad hay de sobras), sino el prestigio. Bien mirado, siempre vale más la calidad que la cantidad, y todos preferimos la aventura… mientras no vemos cerca el fin. ¿Quién, a las puertas de la muerte, no regalaría los destinos más apasionantes a cambio de ver la luz un solo día más? En cualquier caso, el dilema de la persona actual no es el mismo que el de Aquiles: no somos guerreros, y la medicina nos ofrece, en general y con bastante garantía, una vida razonablemente larga. Por tanto, nos preocupa más llenarla de sucesos emocionantes y felices, lo que nos inquieta es la posibilidad de que pase en vano. Así, nuestra respuesta al interrogante de los dioses sería, seguramente, que no queremos renunciar a ninguna de las dos cosas.  Se ...

Insidiosa complejidad

La vida hoy día se desintegra en un engrudo de complejidad. El mundo que nos ha tocado es intrincado de por sí, sobrecargado de estímulos y requerimientos, pero hemos interiorizado esa ansia de lo complejo y la hemos convertido en forma de vida mediante la hiperactividad. Tenemos que hacer muchas cosas, no podemos detenernos, hay que aprovechar cada instante so pena de empobrecer el propio ser ; porque en nuestro tiempo ser es ante todo hacer, cerciorarse de que no hay instante improductivo. Solo «vive» quien se entrega a una actividad frenética que llene todos los huecos (en una especie de horror vacui funcional) de una sustancia efímera y frágil, fácilmente desechable, para poder perseguir una nueva experiencia. Esto explica que la rebeldía, actualmente, se exprese como reivindicación de la inutilidad, como hace Nuccio Ordine en su obrita La utilidad de lo inútil.   La dispersión de nuestra era viene vinculada a otros fenómenos, que teóricos como Z. Bauman han descrito con deta...

La dimisión del Leviatán

Hobbes invocó el Leviatán ―el poder del Estado, violento si conviene, y en cualquier caso siempre impuesto por la fuerza― como único recurso para que los individuos reprimamos nuestra tendencia a destruirnos mutuamente en una guerra egoísta de todos contra todos. Con este argumento justifica que el Estado ejerza el monopolio sobre la violencia «legal», una delegación del poder personal que consiente cada individuo para hacer viable una convivencia segura. Ni que decir tiene que esta visión impecablemente pragmática y universal del Estado como pacto o componenda jamás ha funcionado como pretendía el filósofo. Y es que el privilegiado Hobbes soslayaba la segregación de las sociedades en clases, o la veía tan natural que ni siquiera se la planteaba: ¿hasta qué punto debía parecerle sujeto social el populacho? El Estado, desde sus orígenes, ha tenido como función prioritaria imponer los intereses de los privilegiados y asegurar la sumisión de los desposeídos, mediante diversas modalidades ...

Vivir cien años

¿Quién no querría vivir cien años? Por lo menos. Bueno, yo apostillaría aquello de que más vale calidad que cantidad, pero no me engaño: seguro que, cuando llegue el momento, regatearé un minuto más. La verdad es que no tengo prisa para palmarla. Es bonito ver salir el sol, incluso con dolor de muelas. Estamos hechos para vivir, y lo más feo de la muerte es que luego no te dejen volver. No sé qué optimista ha publicado un libro para prometer a sus lectores que, de aquí a nada, todos viviremos cien años. Basta con que (siguiendo sus infalibles consejos) nos cuidemos un poco, y que no dejemos de ser, por supuesto, muy positivos; los avances de la medicina harán el resto. Bienvenida sea la noticia, ya digo, no será por falta de ganas. Qué pena que uno, con la edad, se haya vuelto más bien escéptico, y poco propenso a dejarse seducir por entradas gratuitas al País de las maravillas.  Todo el mundo cien años… ¡Menudo problema para la Seguridad Social! Si el capitalismo ha llegado a un p...

La gramática de las emociones

Las emociones incluyen su gramática, su código convencional que modela el impulso innato domesticándolo dentro de la esfera social. Lo emocional incorpora así un lenguaje que se construye con las derivas del uso, y que es aprendido a fuerza de intercambio. Esta impronta social conlleva su secuencia, su ensayo y error, su premio y su castigo. Pero ante todo está hecha de significados compartidos. Dicho de otra manera: también las emociones se aprenden. No son un fenómeno estrictamente individual, sino modalidades de encuentro con los demás, estilos de vínculo. Como tales, se construyen en el espacio de lo común, que es el territorio de la creación y la cultura. Esta dimensión de aprendizaje da cuenta de las dificultades y complejidades que suele plantearnos el manejo de los sentimientos. Sentir, más allá del impulso, comprende una destreza que se incorpora y se desarrolla, que conviene afinar y requiere ensayar.  Pongamos por caso el apego , meollo de la arquitectura emocional y por...

Del pedir y el sustraer

¿Por qué pedirte el bolígrafo en vez de quitártelo? Se diría que tomarlo por las buenas es más directo y sencillo, y encima me permitiría apropiármelo. Simple de mí, me asombra que la mayoría de la gente opte por la solicitud y el préstamo. Admito que, desde un ángulo estrictamente pragmático, pedir en lugar de afanar me dispensa del desasosiego de ocultarme, una tensión añadida y un quehacer superfluo que requeriría mi atención y mi tarea de encubrimiento. Al mismo tiempo, evita los posibles incordios de ser descubierto (o considerado sospechoso); si conservo tu confianza, es más factible que cuente con tu colaboración, y nunca se sabe.  Es verdad que tu favor me impone la contrapartida de ayudarte si tú lo pides, y a nadie le gusta estar en deuda. Pero, en un plano más sutil, al mismo tiempo hilvana un vínculo positivo entre ambos, lo cual, de nuevo, hace más probable tu cooperación. Al pedir te confirmo digno de confianza, te atribuyo un estatus positivo y apoyo tu autoestima; s...

Matices del saludo

El saludo, benévolo y discreto, generoso y cauto, constituye el ritual más elemental, el artefacto básico de la convivencia, el soplo de calidez entre extraños y el recordatorio de afecto entre allegados. Es la flor de la sociabilidad reducida a su expresión más simple, su fórmula más funcional y eficaz: asentado apenas en un gesto o una palabra, un instante de irrupción fugaz, como el rayo de sol o la ráfaga de brisa, para transformar la urdimbre del anonimato e impregnarlo de ternura y afabilidad. El término en sí ya nos sugiere su origen y su destino: deriva de salud, que es el deseo más genuino, la pretensión más amigable que podemos ofrecerles a los otros. Que tengas salud, que la tengamos todos, para que la vida se despliegue en toda su potencia, para que se extienda sin trabas el imperio de la alegría. Saludar es, en efecto, invocar simbólicamente la salud, y con ella todo lo bueno; es pedírsela humildemente a los dioses, postulársela al destino, convocarla mediante el magnetis...

Opinión y tribu

Los maestros griegos diferenciaban entre episteme , el conocimiento verdadero (y supuestamente indiscutible), y doxa , que es la opinión que cada cual sostiene acerca de las cosas, y sobre la cual versan todos los debates que en el mundo han sido. Los griegos —más en concreto, los atenienses—, pueblo comerciante e indagador, practicaban la polémica con fruición, dentro y fuera de casa, y no es extraño que fuesen ellos los que inventaran la filosofía. En el ágora, cada orador competía con los demás por atraer a discípulos y curiosos, a veces más inclinados a la charlatanería que al rigor lógico, pero en cualquier caso practicando un sofisticado estilo de sociabilidad: el poderoso vínculo de la palabra, y aun más, la complicidad que acaba uniendo a las personas que debaten apasionadamente unas ideas. Sócrates, que empezó vagando por las calles y lanzando sin miramientos sus preguntas a los inermes transeúntes, llegó a rodearse de una comitiva de devotos discípulos que acabaron por conve...