Dicen que cuando los dioses preguntaron a Aquiles si prefería una vida larga y apacible o bien corta e intensa, el bravo guerrero, sin dudarlo, eligió la segunda. Es la respuesta que podemos esperar de un héroe, para quien no cuenta el tiempo (en la eternidad hay de sobras), sino el prestigio. Bien mirado, siempre vale más la calidad que la cantidad, y todos preferimos la aventura… mientras no vemos cerca el fin. ¿Quién, a las puertas de la muerte, no regalaría los destinos más apasionantes a cambio de ver la luz un solo día más?
En cualquier caso, el dilema de la persona actual no es el mismo que el de Aquiles: no somos guerreros, y la medicina nos ofrece, en general y con bastante garantía, una vida razonablemente larga. Por tanto, nos preocupa más llenarla de sucesos emocionantes y felices, lo que nos inquieta es la posibilidad de que pase en vano. Así, nuestra respuesta al interrogante de los dioses sería, seguramente, que no queremos renunciar a ninguna de las dos cosas.
Se trata de una situación totalmente novedosa para la vida, que desde su origen se debate entre la disputa y la carencia, y para la propia historia de la humanidad, que hasta el triunfo de la tecnología estuvo sometida a la escasez y a la incertidumbre. En lo más hondo de nuestros genes no estamos hechos para la abundancia, y quizá por eso nos resulte tan difícil disfrutarla cuando la tenemos. Somos desconfiados con la felicidad, vivimos convencidos de que no durará. Eso nos hace avaros: el miedo presagia contrariedades, y el deseo siempre pide algo más, pendiente de lo que nos falta o de lo que podríamos perder, en lugar de disfrutar de lo que tenemos.
A esta tendencia innata a la insatisfacción se suma la endiablada lógica del consumismo, tan brillantemente diseccionada por pensadores como Zygmunt Bauman o Byung-Chul Han. El consumidor está educado para reclamar siempre algo nuevo, sin detenerse en lo que tiene. La industria ofrece un abanico inabarcable de placeres, y la propaganda se encarga de recordarnos los que nos faltan. Parece que la vida se quede a medias si no podemos consumir siempre más y mejor, si nos queda un objeto por comprar o una experiencia por sentir. «No te conformes con menos», repiten los eslóganes, «aspira siempre a más». De lo contrario, dan a entender, considérate un fracasado, un triste Aquiles a quien la vida se le pasó sin pena ni gloria.
Por supuesto, se trata de un mito: nadie puede tener todas las experiencias, saborear todos los manjares o disfrutar de todas las aventuras. Sin embargo, es un mito eficaz: para el hombre y la mujer de nuestro mundo líquido, la vida es como una ruleta enardecida en la que dejar de ganar equivale a perder, y si no se infla sin cesar de gozos nuevos se nos antoja una carcasa hueca y triste que no vale la pena.
Somos Aquiles enloquecidos, obsesionados por disfrutar intensamente de la vida. No importa que nadie sepa muy bien qué significa eso: hay que seguir huyendo hacia delante, acaparando más y más, probando siempre algo nuevo para no tener la impresión de estar atascándonos en el pantano de lo viejo.
Así resuena el lema consumista que nos repetimos unos a otros: disfrutar intensamente. Si preguntas a alguien a qué se refiere, probablemente evocará un frenético tiempo de ocio, lleno de actividades exóticas que procuren siempre intensas sensaciones: viajes, balnearios, restaurantes; salto de puentes, cenas junto al mar con baños a la luz de la luna, juergas regadas con mojitos y condimentadas con extravagancias sexuales… Una vida de anuncio rebosante de sensaciones nuevas y estremecedoras, que se sucedan atropelladamente y que nunca se agoten; y, por supuesto, que se puedan exponer en ese escaparate un tanto obsceno que son las redes sociales. Es la consagración de la eterna juventud, o sea, del eterno capricho; o ni eso, cuando parece reducida a mero espectáculo.
Activismo incansable, sorpresa, fruición que jamás se detenga en ningún límite… Una felicidad para devorar ávidamente, siempre cam-biante y efímera, y sobre todo garante de la promesa de que lo mejor es lo que está por llegar. El mercado la vende, envuelta en celofán, dentro de esos «paquetes de experiencias» que se han puesto de moda, esos catálogos donde puedes elegir, para el próximo fin de semana, desde una cata de vinos a un descenso en lancha por los remolinos de un río. Las sensaciones ya no se descubren, sino que se compran y se coleccionan, listas para llevar y consumir. Todo vale, menos detenerse; todo cuenta, menos aburrirse. Prohibido desperdiciar un solo minuto sin impregnarlo de un sabor irrepetible.
Nunca dispusimos de más tiempo y, no obstante, nunca el tiempo se nos antojó más fugaz, nunca nos inquietó más el perderlo. Y, sin embargo, ¿de qué sirve la vida si no se pierde, si, en lugar de hacer tanto ruido trotando atormentados, no somos capaces de abandonarla a la simple alegría del silencio y la quietud? ¿De verdad, al cumplirse el ansiado tiempo libre, nos apetece seguir corriendo igual que en el trabajo, cuando podríamos detenernos y disfrutar de una siesta o de una tarde acodados en la baranda del balcón? ¿O estamos respondiendo como robots al mito de la eterna novedad?
Epicuro lo tenía claro: le bastaba un trozo de queso, o un paseo sereno junto a un amigo, para sentirse en medio de una fiesta. Hoy lo despreciaríamos, escandalizados de que se conformara con tan poco; y, sin embargo, ¿no seremos nosotros los que tenemos poco, puesto que nunca tenemos bastante? ¿No habremos olvidado la vieja sabiduría de la pérdida de tiempo? El Principito, cuando le ofrecen unas pastillas que calman la sed y permiten así ganar cincuenta y tres minutos por semana, replica: «Si yo dispusiera de cincuenta y tres minutos, caminaría tranquilamente hacia una fuente». Quiero pensar que Aquiles, hoy, no dudaría en acompañarle.

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