Por experiencia comprobamos que la mayoría de las personas están poco predispuestas a pedir perdón, y que eluden el mal trago siempre que pueden. ¿Aciertan en esa resistencia, o tal vez estén cometiendo un error que les empobrece? Pedir perdón es un gesto prosocial que tiene muchas implicaciones. Estas lo convierten en una tesitura difícil y compleja, y exigen un trabajo más arduo de lo que a menudo estamos preparados o dispuestos a afrontar. Para empezar, disculparse requiere el desarrollo de habilidades y actitudes muy avanzadas, que desafían a nuestro sustrato primitivo. Este suele tender a los extremos: escorando hacia la desmesura en los propensos a la sumisión y a la culpa, y quedándose corto en los inclinados al egotismo, la arrogancia o la agresividad. La inseguridad, la impulsividad o la falta de empatía pueden entretejerse en la textura personal en ambos casos. La disculpa insinúa un cuestionamiento de la autoestima y una erosión del estatus; en ambas circunstancia...
Apuntes filosóficos al vuelo de la vida