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Mostrando las entradas etiquetadas como Cuerpo

Trémula materia

Como dice Richard Hawkins, para la especie —¿hay algo fuera de ella?— somos meros artefactos transmisores de genes. El objeto de todo nuestro andamiaje, incluido el comportamiento, es arreglárnoslas para que los genes que nos manejan desde la cabina celular se vuelquen en la siguiente generación, lleguen una etapa más lejos.   Pero lo más interesante es que tras toda esa trama no se requiere la más mínima voluntad, solo un inerte derrumbamiento hacia delante. Los «genes egoístas» no nos manipulan porque quieran perpetuarse, sino que se perpetúan mientras nos usan, y esa fórmula se replica por la inercia de su propio éxito. La evolución es tan avariciosa como ciega, tan arrolladora como indiferente.  Así pues, la biosfera es un trasiego de artefactos a bordo de los cuales vuelan los genes hacia sí mismos. Carcasas sonámbulas compuestas por un azar que tuvo éxito colonizando el futuro. Pensarnos desde ahí aclara muchas cosas. Pero no todas. La relación que establezco con otros n...

Que se mueran los feos

Esa intimidante divisa la cantaban festivamente Los Sírex , un grupo rock inolvidable de mi primera infancia, y a mí por entonces me parecía una crueldad tocante a un infortunio del que uno no tiene la culpa. No captaba la ironía: “Yo, yo, yo soy muy feo…”, deploraba el cantante, harto de que la fealdad “le quitara las chicas”: ahora entiendo que, en realidad, estaba mandando a hacer gárgaras ese despotismo de la belleza que lo condenaba al melancólico cubata en la barra mientras otros acaparaban las muchachas. Amargo ostracismo que tuve oportunidad de conocer bien en mis noches de discoteca y festejo, qué le vamos a hacer, y al que nunca supe poner ese sentido del humor de que hace gala la canción.  Hay quien se sobrepone a la fealdad, quien la lleva con desparpajo y hasta con gracia. El feo tiene el recurso de ser, al menos, simpático y gracioso, o enigmático e interesante. Por ahí cuenta con una oportunidad, afinando en secreto su propio arte para la conquista. He conocido a ve...

El parásito desbocado

El parásito es un producto muy congruente de la evolución. Si de lo que se trata es de sobrevivir, al menos hasta reproducirse, el parásito usa el medio más económico: sacar partido de la supervivencia de otro. Se apropia del destino ajeno, adosándose a él: donde hay para uno, hay para dos. Si el huésped tiene de sobra, hay que repartir. Aquí se aprovecha todo. Dicen que cada uno de nosotros es un zoológico ambulante, con su propia flora y fauna, que además, mira por dónde, es característica y distinta en cada cual, como las huellas dactilares. Somos multitud. Algunos de estos inquilinos hasta nos echan una mano con la digestión o la eliminación de residuos. Otros simplemente se han acomodado, pero no suelen molestar, así que para qué vamos a echarlos. De todos modos, no podemos, así que mejor mirar a nuestra comunidad personal —valga el oxímoron— con generosa resignación. El problema surge cuando el parásito llega a tener tanto éxito que estropea al anfitrión. Hay lianas tan f...

Pandemia

Se extiende sin visos de control la pandemia del llamado coronavirus , dando un vuelco al mundo tal como lo conocíamos, con una ferocidad que ninguno de nosotros habría podido imaginar. Desde su pistoletazo de salida en el corazón de China, que nos parecía tan remoto, el vil patógeno se ha propagado exponencialmente hasta el último rincón, incubándose en el cuerpo de los incontables viajeros que lo surcaban (ahora, de momento, no) de un lado a otro. Nos recuerda así que la globalidad no es solo cosa de comercio o información, sino que también incluye nuestras más arriesgadas vulnerabilidades. Esa red apelmazada en la que hemos convertido el mundo se convierte en una autopista para los parásitos y los oportunistas de nuestros cuerpos. Es la salud líquida, capaz de poner patas arriba esa vida cotidiana que, a fuerza de mantenerse igual a sí misma, llegó a parecernos inexpugnable. Confinados en nuestras casas, rendidos y cada vez más alarmados ante un disparo de cifras que parece i...

Salud y felicidad

“Tres cosas hay en la vida: salud, dinero y amor”, glosaba una canción popular en mi infancia. Y la vida, a medida que avanza, nos enseña cuánta razón tenía. Yo de mozo no la entendía; si acaso podía parecerme razonable que se buscara amor; un amor de aquellos con los que soñamos en la adolescencia: a la vez exuberante y cálido, hecho de suaves caricias y de besos apasionados. El dinero, en cambio, siempre me pareció más bien mezquino: necesario, incluso deseable, pero no como objetivo, sino como complemento. En cuanto a la salud, me desconcertaba que se le diera tanta importancia. ¿Para qué quería algo que le sobraba a mi cuerpo nuevo y rebosante? Hoy lo que me desconcierta es leer que algunos científicos opinan lo contrario que la canción: la salud está sobrevalorada. Nadie se siente más feliz por estar sano, y hay muchos cuerpos rozagantes que se sumen en la depresión o se despeñan en la angustia. Esto me ha hecho pensar, primero porque es innegable, y segundo porque entra en con...

Mareos inquietantes

No me considero  hipocondríaco . Con las enfermedades soy más bien descuidado. Como a vecinos pesados, cuando vienen les abro la puerta con resignación, las soporto el tiempo justo y luego me olvido hasta la siguiente. Que sea descuidado no significa que la salud me sea indiferente. Sé que detrás de la enfermedad está el presentimiento de la decrepitud y, en última instancia, de la muerte, perspectiva a la que no le tengo ningún afecto. Es verdad que la muerte, como dice Comte-Sponville, acaba con la enfermedad tanto como con la salud, y por eso queremos pensar, con Jorge Manrique, que “cuando morimos, descansamos”. Pero es un descanso que preferiríamos que no se nos concediera, al menos por mucho tiempo. Uno ya va teniendo sus años, y, como dice un amigo mío, ya está en la franja en la que pueden pasar cosas (él quiere decir que son más probables). Cuando llegas a los cincuenta ya has pasado varias veces el trago de despedirte de seres queridos, y de escuchar muchas hist...