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Mostrando las entradas etiquetadas como Emociones

Sentir y pensar, y viceversa

Muchos rasgos nos convierten en extraños animales. Suele empezarse por la racionalidad. Somos animales que piensan, sapiens. Una supuesta sabiduría que hay que celebrar, pero con matices. Resulta que, a pesar de entusiastas racionalistas como Platón o Descartes, el pensamiento a palo seco no siempre nos lleva por buen camino. Sus valedores lo oponen al turbio desbarajuste del sentimiento puro. Y es cierto que, descontrolada, la emoción es una fuerza ciega que embiste o se autodestruye. Sin embargo, Adorno y Horkheimer mostraron cómo la razón sin sentimientos conduce a Auschwitz. O sea, a lo mismo. Cuesta decidir qué abuso es peor: el odio febril de los fanáticos o la fría crueldad de los psicópatas. El dilema es tan viejo como polémico. Razón y emoción se compensan entre sí, y no parece que una sea más humana —ni más recomendable— que la otra. Sobre todo, no cabe considerarlas humanas por separado. La pura emoción nos convierte en bestias; la mera razón, en autómatas. Movidos por impu...

El billar de Spinoza

Nuestros días son montañas rusas. Un alud de sensaciones se suceden a ritmo enardecido, como respuesta a lo que nos pasa. La señora del estanco nos dedica un comentario simpático, y salimos sonriendo por la puerta. Un coche no se detiene cuando vamos a pasar, y nos encendemos de indignación. Creemos naufragar cuando comprobamos que la cartera está vacía. Al lento ascenso le sigue una caída vertiginosa. Y allá vamos nosotros, atados en nuestra vagoneta, sometidos a sus ascensos y sus caídas, sin saber muy bien qué podemos hacer. Spinoza creía que no podemos hacer mucho. El mundo es como un tablero de billar lleno de bolas que nunca se están quietas. De vez en cuando, lógicamente, chocan. Algunos choques nos transmiten potencia, o al menos nuestro impulso se impone, y esa sensación de fuerza es la alegría; otros impactos nos empujan de golpe al agujero, y esa caída delinea la tristeza. Así, nuestra potencia, el conatus , se pasa el tiempo aumentando o disminuyendo, oscilando entre alegrí...

¿Pulsión de muerte? Pulsión de vida

Ni Spinoza ni Nietzsche, los dos exploradores más sagaces de las fuerzas y las batallas de la vida, contemplaron la existencia de un posible instinto de muerte. Este fue una invención de Freud, que lo incorporó para explicar conductas autodestructivas como la resistencia al placer, la depresión o el suicidio. Según él, del mismo modo que de forma natural hay en nosotros una fuerza que anhela la vida y lucha por su persistencia, también alienta oculta una misteriosa pulsión que nos atrae hacia la destrucción, es decir, la disolución y el reposo, el regreso a la nada originaria. Tan enigmática predisposición podría estar vinculada también a una inclinación al dolor, una especie de masoquismo elemental que se inmiscuiría en nuestras experiencias cotidianas. Ambas pulsiones, la de vida y la de muerte, se encontrarían siempre presentes y en permanente conflicto, revolviendo ese abigarrado magma que nos constituye.  La propuesta de Freud suscita innumerables interrogantes. La existencia ...

La gramática de las emociones

Las emociones incluyen su gramática, su código convencional que modela el impulso innato domesticándolo dentro de la esfera social. Lo emocional incorpora así un lenguaje que se construye con las derivas del uso, y que es aprendido a fuerza de intercambio. Esta impronta social conlleva su secuencia, su ensayo y error, su premio y su castigo. Pero ante todo está hecha de significados compartidos. Dicho de otra manera: también las emociones se aprenden. No son un fenómeno estrictamente individual, sino modalidades de encuentro con los demás, estilos de vínculo. Como tales, se construyen en el espacio de lo común, que es el territorio de la creación y la cultura. Esta dimensión de aprendizaje da cuenta de las dificultades y complejidades que suele plantearnos el manejo de los sentimientos. Sentir, más allá del impulso, comprende una destreza que se incorpora y se desarrolla, que conviene afinar y requiere ensayar.  Pongamos por caso el apego , meollo de la arquitectura emocional y por...

De creencias y descreimientos

Las convicciones y las creencias rigen nuestra vida, y vivencias tan asombrosas como el enamoramiento o la fe religiosa pueden marcar la frontera entre la felicidad o la desgracia. Dediquémosles algunas reflexiones. En el enamoramiento, como en la fe o en cualquier otra devoción, el momento decisivo es la entrega , el pasaje de adhesión a pesar de la ambigüedad, la incertidumbre e incluso los impedimentos (o quizá precisamente como reacción a todo ello). La convicción de una creencia no se basa en las pruebas ni en los razonamientos, sino en una afirmación directa, una toma de partido ciega y concluyente, a partir de los afectos placenteros que inspira una inclinación emocional. Es el triunfo irracional y ferviente de lo afirmativo, el empeño gratamente obstinado en dar forma al material fangoso y escurridizo de la realidad.  El creyente (el enamorado es un creyente) enfoca su voluntad y la vierte en una decisión, trocada en convicción por la misma fuerza de su entrega. Aquí cobra ...

¿Por qué lo llaman sexo cuando quieren decir amor?

Probablemente debemos a Freud la afirmación más comprometida del primigenio poder motivador del sexo; pero acaso debería haber excavado más profundamente en las pasiones. No se puede negar que existe un impulso elemental, telúrico, que nos vuelca hacia los otros en un afán voraz de contacto con sus cuerpos; un anhelo que, en última instancia, aspiraría a incorporarlos a nosotros, casi a fagocitarlos, entremezclando nuestros citoplasmas en una simbiosis que, trascendiendo esa separatidad de la que hablaba Fromm, nos aliara más allá de las identidades individuales. Esa ansia de mezcla alcanza su formulación más aparente en el coito, donde un cuerpo penetra en el otro y se proyecta en él; pero ya se escenifica en esos juegos de entrelazamiento que son los abrazos y las caricias, la piel que se adhiere a otra piel, los labios que abren otros labios, la lengua que los traspone. Los cuerpos se intercambian en ese protocolo apasionado que invade mientras se entrega, que ofrece mientras se ap...

Defensa de la nostalgia

Un supuesto filósofo, de cuyo nombre no quiero acordarme, sermonea por la radio nada menos que este lema: «La nostalgia es una irresponsabilidad». Desde su pedestal, a este predicador solo le ha faltado decretar la hoguera para los reos de melancolía. Y, como puntilla de su hibris , añade: «Un filósofo tiene que ser tajante, no puede quedarse en medias tintas». Dudo que los dicterios de este riguroso moralista tengan la menor veta de filosofía. Porque si algo caracteriza al pensador honesto es la duda y el matiz. Precisamente la complejidad de las medias tintas. Para sentencias terminantes ya tenemos la fácil temeridad de la ignorancia. En la convicción inamovible se está muy bien: la lucidez empieza en el cuestionamiento, y por eso resulta incómoda y aguafiestas.  Así que yo me permito pasar los axiomas de este señor por el cedazo de mis interrogantes. Ciertamente, la nostalgia es una tristeza, y eso bastó para que Spinoza y Nietzsche la rechazaran. El budismo tampoco la acogería...

Anímate

Anímate, se le repite al triste con la mejor voluntad. Anímate: como si la sola palabra poseyera ese poder performativo, fundador, casi mágico de modelar el mundo por el mero hecho de ser pronunciada. Como si la intención de algún modo tuviese que ser capaz de poner las fuerzas que faltan. Pero el triste no puede animarse... porque está triste. Suspira con Woody Allen: ¡Qué feliz sería si fuera feliz! Sin embargo, es verdad que la palabra tiene poder; pero no tanto por lo que dice como por lo que sugiere. Las emociones son un movimiento (e-moción) que escapa a la voluntad. Pertenecen a ese inmenso ámbito de lo inconsciente y lo automático, donde el Yo no alcanza y parece que no seamos nosotros. Su cariz misterioso justifica que desde antiguo se hayan considerado territorio de almas y de dioses (o demonios). Los médicos de las emociones eran los mismos que trataban con los espíritus y oficiaban la magia: los chamanes parecían los únicos capaces de llegar al corazón, de hacer pactos con...

Tristeza e ira

La tristeza es el desconcierto ante una vida que no responde. Es hija de la frustración. Pero entonces, ¿por qué se asocia más bien la frustración con la rabia que con la tristeza? ¿Será la tristeza una modalidad de la rabia, o al revés? ¿O se tratará de dos posibles reacciones para un vuelco del ánimo? Ante una contrariedad, la ira amagaría un movimiento compensatorio; la tristeza, en cambio, podría encarnar la inmovilidad perpleja.   Se adivina una familiaridad entre ambas. Spinoza la perfiló con perspicacia. «La tristeza es el paso del hombre de una mayor a una menor perfección», entendiendo por perfección la potencialidad o conatus que nos impulsa. Frente al impacto de una fuerza contraria, el melancólico se repliega en su puerto sombrío, pasmado, lamiéndose sus heridas, incubando la constatación de su miseria. La tristeza arrincona, hunde, disminuye, y esto sucede cuando una fuerza exterior nos supera y nos afecta, quebrantando nuestra propia fuerza. El depresivo es un derrot...

Rabias desdeñables

Ahí está la rabia, la vieja gruñona, la niña asustada, la bruja resentida, con su clamor de gritos y reclamos, perturbando la placidez de mis atardeceres, removiendo a manotazos el fondo de mis estanques, desmenuzando las fuerzas que reservo para la tarea de vivir.  Ahí está, y cumple su función de centinela, y sé que solo quiere defenderme y hacerme valer; pero emerge también de mis inseguridades y mis temores, es también un rebullir desesperado que lucha para preservar la infantil ilusión de omnipotencia. Es un dolor que encubre el dolor de la vergüenza. Y hoy no lo quiero, hoy prefiero mirar a la cara la verdad, que es amarga pero firme y reconfortante como el hogar paterno.  Ira, tú y yo hemos tenido ya unas cuantas citas, y pocas han acabado bien. Irrumpes con tu escándalo, quebrando a mazazos mi mansa lasitud, rasgándote las vestiduras como una plañidera y confabulando a los dioses para la guerra. No te quiero, rabia, no eres santo de mi devoción ni siquiera cuando aci...

Atisbo de la eternidad

«Y la nostalgia del instante de eternidad nos acompaña siempre», glosa con sugestiva imagen el sociólogo Francesco Alberoni acerca del enamoramiento. Habría que precisar: el enamoramiento de los desheredados, el que nos encandila pero no nos elige. El enamoramiento que nos consagra perdedores, y de ahí la nostalgia. «Haz que vuelva su rostro quien no quiso mirarme», canta Serrat.  ¿Y dónde está la puerta por la cual ingresamos en la eternidad? El novelista Milan Kundera nos lo expresó en una de sus frases más memorables: «El amor puede surgir con la primera metáfora». El destello de eternidad acontece cuando la realidad —tan plana, tan prosaica, tan literal— se inviste de simbolismo y se pone al servicio de lo poético. Es entonces cuando viene a imponerse el sueño, trastocándolo todo, cambiando de lugar las cosas y los significados. Había un anhelo contenido y se abrió la espita.  El enamoramiento es una marea que rebosa, una flecha que se proyecta hacia el futuro. Se hacen ...

Gloria y pena del amor

En el amor, como en toda la familia del deseo, se insinúa gozo y se promete sufrimiento. Esa es una verdad elemental, conocida desde siempre, experimentada desde el principio, pero que tendemos a olvidar, como todo lo que no nos gusta. «Así como el amor os da gloria, así os crucifica», rezan las hermosas líneas que le dedicó Kahlil Gibran en El profeta .  ¿Realmente da gloria el amor? A muchos escépticos les parecerá que no, y considerarán el embeleso un desatino adolescente. Seguramente, tienen razón. El delirio amoroso sufre por su propia naturaleza desmesurada: anhela demasiado, espera demasiado, transgrede más de lo conveniente. Es una embriaguez hormonal que lo trastoca todo. Un arrobamiento iluso que no tiene nada que ver con la realidad, ni con la de la persona que tenemos delante ni con la nuestra, como exhibe bruscamente el mundo cuando nos quitan la venda de los ojos. Se puede aceptar que haya que pasar por él, como se pasa por el acné y por un resfriado, pero solo para...

Emocionarnos

Tanto en las historias como en nuestra vida, lo que queremos es emocionarnos. No hay nada más insulso que una fábula sin sueños, sin conflictos y tensiones, sin triunfos y caídas; lo mismo vale para el relato de nuestra biografía.  Ansiamos emoción incluso en asuntos tan supuestamente racionales como la reflexión (inventamos la filosofía, que es literatura), el conocimiento (fundamos la ciencia, que es entusiasmo) o el gobierno (y por eso establecimos la política, que es lucha). La convivencia que no emociona nos aburre, el trabajo que no emociona nos deprime o nos abruma.  El hambre de emoción afecta a todo, y por eso nos equivocamos tanto, por eso removemos la simpleza de lo elemental hasta imprimirle una complejidad que lo hace todo más difícil, pero lleno de color y de sabor. Nuestros intercambios son, en el fondo, bastante esquemáticos; responden a un catálogo de necesidades exiguo y básico, y a unas dinámicas en lo esencial previsibles; si nos ciñéramos a esa linealida...

Nostalgia de pasión

El legado cristiano no ha dejado en muy buen lugar a las pasiones, por más que los románticos intentaran dignificarlas. Platón prefería la ordenada razón a los impulsos viscerales, aunque reconocía que son los que ponen la fuerza de la vida, los caballos que tiran del carro en el que viaja el alma racional; pero nada bueno cabe esperar de ellos si no son bien amarrados por esta.  Con su alegoría del carro alado, el filósofo nos legó una visión conflictiva de la naturaleza humana: nuestra alma está dolorosamente disgregada en instancias contradictorias, y por eso la vida es una tempestuosa guerra interior, un tumulto sin apenas descanso en el que nos esforzamos por poner algo de orden. El propio término pasión remite a una concepción del sentimiento como algo pasivo, algo que se padece, que se nos impone en contra de nuestras preferencias. Muchos siglos más tarde, Freud pintaría el ser humano según un modelo parecido, el de su famosa trilogía del yo, el superyó y el ello.  A ...