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Mostrando las entradas etiquetadas como Viajes

Compañeros de viaje

Los compañeros de trayecto, en un viaje dilatado, prodigan una chocante versión de la intimidad, lo que podríamos llamar una intimidad efímera. Un modo de intimidad que tiene sus propias reglas, sus glorias y sus defectos peculiares. ―Y si hemos dormido una noche bajo la misma manta, cambiando los calores,  es que ya somos amigos, ¿no le parece? El viajero piensa que sí, pero no responde. ―Porque, ¿usted sabe de fijo cuándo nos vamos a separar? ―No. Camilo José Cela:  Viaje a la Alcarria Suelen consistir en relaciones obligadamente acotadas en el tiempo, pero que ganan a veces una considerable intensidad momentánea y dispensan un generoso alimento a la imaginación. Meten en nuestras vidas compañeros de excepción, y ese carácter excepcional es el que les confiere el encanto de lo inesperado y la melancolía de lo fugaz. Difícilmente se prolongarán en el tiempo, precisamente porque surgen muy ceñidas a un contexto determinado: unas horas de avión o de tren ― hoy ya difícilmente ...

Salir al camino

Hay muchas formas de vivir, pero casi todas se tuercen sobre sí mismas como las espirales. Somos animales sedentarios: lo familiar nos infunde seguridad y nos libra de pensar demasiado. Nuestras vidas suelen transcurrir al compás de rituales que hilvanan el tiempo y demarcan el propio espacio: la casa, el trabajo, la familia, los amigos, los deberes gozosos o sufridos con resignación…; las horas de sueño que marcan un hiato entre una jornada y la siguiente, que se le parece tanto. El  Viaje a la Alcarria  es así como el cuaderno de bitácora de un hombre que se aburría en la ciudad, cogió el morral y salió al campo, a que no le pasase nada. Camilo José Cela. Uno puede ser feliz en ese reino pequeño, donde las ínfimas diferencias son suficientes para hacerlo ilimitado. Es más: se puede ser muy feliz recostándose en lo familiar, y tal vez, para la mayoría, no haya otra manera de serlo. Cuando los quehaceres nos alejan demasiado de casa, estamos deseando regresar a ella para de...

Días de montaña

No llevo un día en esta tierra de montañas y bosques y ya noto cómo me cura. Casi diría que lo noté en cuanto, ayer, tomé el desvío que iniciaba el ascenso al puerto. El coche subía y a cada avance a mi alma se le iba cayendo su material más pesado. El aire fresco de las cumbres me arrancaba piel muerta, que rodaba por las laderas como esas grandes piedras que las siembran. Hubo un momento en que me olvidé de mí para sumirme en la sosegada fascinación de alturas y de nubes, un aire ligero y misterioso que me restituía la inocencia. Mi alma abotargada se mece en el silencio y se ensancha en las perspectivas. Mis ojos cansados se tienden en los prados verdes. Respiro y parece que el mundo es liviano y la existencia nueva y habitable. En la montaña uno también siente miedo, y ese es otro de sus dones: nos restituye nuestra verdadera condición, tan limitada, haciendo parecer insignificantes nuestros logros pero también nuestros defectos: todo lo que confundimos con nosotros mismos. La...

Esperas

Espero en el bar del aeropuerto a que sea la hora de facturar el equipaje; después esperaré a una hora prudencial para ponerme en la larga cola de ingreso al recinto interior. Ahí aguardaré atento a que se inicie el embarque, y finalmente subiré al avión, me encajaré en mi asiento-jaula y dejaré que el viaje “suceda”. Sentiré por un instante que se me concede una pausa, descansaré de esta alerta, esta tensa expectación del porvenir que me reclama atención. Durante las horas de vuelo, podré olvidar el deber de cumplir trámites y horarios, solo tendré que dejarme conducir. Sin embargo, eso solo será una tregua; basta que me detenga a pensar para notar de nuevo el incómodo tirón del futuro, para sentirme de nuevo incompleto y alerta. Cuando el avión llegue a destino, me pondré en la cola de control de viajeros, donde esperaré pacientemente a que comprueben mi pasaporte, partiendo del supuesto tranquilizador de que todo transcurrirá en orden, y sin embargo consciente de la leve pero r...

Poética de los viajes

Es un viejo tópico, sobre el que ya se ha dicho casi todo, la rica simbología del viaje. Pero eso solo nos demuestra lo profundamente que los viajes están vinculados con nuestra naturaleza, su carácter arquetípico; hasta qué punto vivir es viajar, y el viaje constituye la metáfora elemental de la existencia. La simbología de los viajes es antigua y de larga tradición: desde los relatos primitivos hasta los mitos heroicos. El viaje es la oportunidad para renovarse: no hay transformación sin viaje y no hay viaje sin (una cierta) transformación. Viajar, en este sentido, es una ceremonia sagrada, es ponerse a disposición de los dioses, consentir la despedida y la pérdida, abriéndose así al hallazgo y a la suerte. Y todos los viajes, como el de Ulises, son en cierto modo un regreso a la patria, pero un regresar transformados y viejos, después de perder mucho, es decir, de aprender. La Odisea es el viaje de los viajes, es la vida. Somos criaturas en el tiempo, y el tiempo es movimient...