La belleza es el amanecer de la alegría, el anuncio y la huella del gozo. Se le ha consagrado como diosa con razón, pues tiene una esencia de misterio que escapa a nuestra voluntad y que, además, inspira reverencia. Ante la belleza quedamos atrapados y rendidos, instados, como dice Schopenhauer, a «comportarnos igual que con un rey: colocarnos delante y aguardar a que nos diga algo». La belleza se impone envolviéndonos con su poder de atracción. Valedora del placer, emplaza a nuestras motivaciones, inspira un movimiento de aproximación y de apropiación. Lo bello nos inspira alegría, frescura, armonía con el mundo. Lo bello consuela e ilumina, es un deleite que evoca otros deleites, una dulzura que anuncia, que se apresta. Queremos que lo bello sea nuestro, porque nos gustaría seguir maravillándonos en su presencia indefinidamente. Es también una llamada, una convocatoria a la vida. Es ese encanto necesario del que hablaba Oscar Wilde. La belleza nos embarga, y en este sent...
Apuntes filosóficos al vuelo de la vida