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Mostrando las entradas etiquetadas como Belleza

Esquiva belleza

La belleza es el amanecer de la alegría, el anuncio y la huella del gozo. Se le ha consagrado como diosa con razón, pues tiene una esencia de misterio que escapa a nuestra voluntad y que, además, inspira reverencia. Ante la belleza quedamos atrapados y rendidos, instados, como dice Schopenhauer, a «comportarnos igual que con un rey: colocarnos delante y aguardar a que nos diga algo».  La belleza se impone envolviéndonos con su poder de atracción. Valedora del placer, emplaza a nuestras motivaciones, inspira un movimiento de aproximación y de apropiación. Lo bello nos inspira alegría, frescura, armonía con el mundo. Lo bello consuela e ilumina, es un deleite que evoca otros deleites, una dulzura que anuncia, que se apresta. Queremos que lo bello sea nuestro, porque nos gustaría seguir maravillándonos en su presencia indefinidamente.  Es también una llamada, una convocatoria a la vida. Es ese encanto necesario del que hablaba Oscar Wilde. La belleza nos embarga, y en este sent...

Armonía y estrago

La belleza es la armonía revuelta por lo inesperado. Es el apacible paisaje de la gracia rasgado por un súbito relámpago. La vieja hipótesis de Oparin especulaba así sobre el origen de la vida.  En algunas charcas se habrían concentrado materiales orgánicos. Ese légamo original dormiría durante eones su silencio yermo, hasta que un día sería sacudido por feroces rayos. También el doctor Frankenstein, en la imaginación de Mary Shelley, emularía con su monstruo esa estampa de la creación. No hay vida sin violencia, sin cataclismo.  La armonía se ofrece con pasividad feliz. Concierto de formas, colores, palabras o conceptos, cadencias o sucesos. Armonía: un grávido equilibrio de conjunto, una gestalt que se nos aparece conclusa y bien trabada. Orden y nitidez de la percepción, o sea, espejo de la inteligencia.  Pero la armonía por sí sola es inerte, anodina. Yace con la mustia completitud de las naturalezas muertas. Es una belleza melosa e infecunda. Incapaz de engendrar s...

Que se mueran los feos

Esa intimidante divisa la cantaban festivamente Los Sírex , un grupo rock inolvidable de mi primera infancia, y a mí por entonces me parecía una crueldad tocante a un infortunio del que uno no tiene la culpa. No captaba la ironía: “Yo, yo, yo soy muy feo…”, deploraba el cantante, harto de que la fealdad “le quitara las chicas”: ahora entiendo que, en realidad, estaba mandando a hacer gárgaras ese despotismo de la belleza que lo condenaba al melancólico cubata en la barra mientras otros acaparaban las muchachas. Amargo ostracismo que tuve oportunidad de conocer bien en mis noches de discoteca y festejo, qué le vamos a hacer, y al que nunca supe poner ese sentido del humor de que hace gala la canción.  Hay quien se sobrepone a la fealdad, quien la lleva con desparpajo y hasta con gracia. El feo tiene el recurso de ser, al menos, simpático y gracioso, o enigmático e interesante. Por ahí cuenta con una oportunidad, afinando en secreto su propio arte para la conquista. He conocido a ve...

Placer bueno

No el placer torcido, de los que disfrutan con la desventura ajena, por envidia o por simple estupidez. No el placer canalla, que se infla ensañándose con otros, que humilla para no mirarse al espejo; el que roba la dignidad que teme no poseer y la alegría que sabe no sentir. No el placer prestado que nos roba la libertad y la cordura, ni el placer traidor de la pereza o del exceso. No: el placer bueno. El placer de los buenos, que nos hace buenos. El gozo del amor que nos sana, la gracia de la caricia que nos abriga, la risa gratuita y transparente que aligera el espesor de la amargura. La honda serenidad de un atardecer con olor a hierba y extensas lejanías. El embeleso de una música que cala hasta los huesos, pongamos, por poner alguna, la frescura de Josquin o la gravedad de Juan del Enzina. El disfrute de la inteligencia y la poesía, de ambas juntas cuando son lo mismo, como en Calderón o en Lorca. Un misterioso cuadro de Turner, una estremecedora figura de Friedrich absorta en ...

En torno a la belleza

Tal vez ya se haya dicho todo sobre la belleza. O quizá no habría que decir nada, y limitarse a gozarla, que es lo que cuenta. Tal vez la belleza esté para que cada cual se la apropie a su manera, y le sobren los discursos. Pero yo escribo humildemente, solo por abrir bien los ojos y no dejar de contemplarlo todo. Yo tomo el agua en mis manos por el gusto de ver cómo se me escabulle entre los dedos. Yo hablo como si cantara, por gozar del canto y dejarlo temblando en el alma. Diré lo mío, pues, también de la belleza. Diré, para empezar, que la belleza incluye armonía y sorpresa. Armonía de formas, colores, palabras o conceptos, melodías o sucesos. Armonía: un cierto equilibrio de conjunto, una armazón de tensiones que las hace compensarse mutuamente hasta el reposo, una gestalt que se nos aparece completa y bien trabada. Orden y nitidez de la percepción, o sea, de la inteligencia. Porque la belleza es ante todo inteligencia asistiendo a sí misma, como en un espejo.  La música es ...

Greensleeves

Fue un amor a primera vista, un súbito hechizo en los albores de la adolescencia, ese tiempo en que uno está más abierto a creer en las promesas. Me bastó escuchar su melodía una vez para que sintiera que se me había revelado todo, como en la inspiración de un dios niño; para saber que me acompañaría el resto de la vida, dispuesta a repetírmelo a media voz frente al hogar ensimismado de las tardes de invierno. La descubrí en la delicada versión de Vaughan Williams, que se posa como un bálsamo en el aturdimiento fascinado. En los primeros acordes ya nos traslada al bucólico paraje de campos verdes y blandas lomas, prados flanqueados de arboledas por donde corretean pastoras como ninfas que nos reservan delicias de amor en las umbrías. “Moza tan hermosa no vi en la frontera, que aquella vaquera de la Finojosa”, canta el Marqués de Santillana en sus Serranillas . “Perdí la carrera por tierra fragosa, do vi la vaquera de la Finosoja”. Pero la gentil pastora no era más que la emisaria ...

Filosofía emocionada

Pensar tiene su don y su frontera. A menudo, la mente juguetea, vagando por los ingrávidos paisajes de la memoria y la imaginación, saltando de rama en rama sin objetivo: si no se pierde en sus propios laberintos, tal vez germine en la creatividad. En otras ocasiones, organiza y modela las ideas y arma estructuras de significados nuevos: admiración para quienes nos enseñan a hacer que el pensamiento sea más certero, más ingenioso, más coherente; exploradores que se adentran en los repliegues de la razón para cartografiar sus sutilezas. Tenemos una gran deuda con los adalides de la lógica. Pero la filosofía que nos urge, la que indagaban Epicuro, Séneca, Montaigne y otros que solo amaban el pensamiento cuando podría hacernos mejores, es la que nos oriente, como decía este último, acerca del buen vivir y el buen morir. “Pensar mejor para vivir mejor”, es la divisa de Comte-Sponville: que el pensamiento nos sirva como guía y como instrumento en nuestras singladuras cotidianas, que no...

El silencio

Hablar sobre el silencio ya es romperlo. Pensar sobre el silencio es vulnerarlo. Y, sin embargo, sentir no es suficiente: pensar y hablar es nuestro modo de apropiarnos de las cosas, de compartirlas, de recrearlas. Atrevámonos, pues, a traicionar al silencio por un rato. Somos seres gregarios y ruidosos. Nuestra reunión consiste siempre en una algarabía. ¿Por qué no? También las cataratas y los truenos son belleza resonante. Y las estrellas mueren con un ruido mudo que sería mortal si no las envolviera el vacío. Pero a veces el ruido nos embota. El ruido omnipresente de las palabras, de las máquinas, de las emociones, del formidable teatro de nuestra vida en común, llega a colmar nuestro espacio. Demasiada exigencia, demasiado trasiego que nos ofusca. Entonces, alejarnos de esa nube zumbadora y recogernos en una isla puede reavivar nuestro ánimo aturdido. La penumbra de una tarde otoñal, aún no rasgada por el frío; el paseo invernal por una playa poco concurrida, latiendo con la...

Las miradas del deseo

Deseo y belleza van de la mano y cuesta saber cuál es primero. ¿Deseo algo porque es bello, o lo hago bello al desearlo? ¿Me encuentro lo bello —lo apetecible, lo placentero, lo deslumbrante— y mi impulso entonces es apropiármelo, o bien el impulso me arrastra hacia lo deseable y lo convierte en deseado, dotándolo de belleza? Solemos coincidir en lo que nos parece bello. Los criterios de belleza son casi siempre compartidos, pero difícilmente podemos, por esa razón, considerarlo objetivos. No hay mujeres bellas hasta que una mirada las hace bellas. La mirada del deseo. Encandilarse con una mujer bella es un asunto delicado. Hay admiraciones tan desaforadas que equivalen a una agresión. Hay miradas que desnudan, que casi acarician y se cuelan por donde no deben. La agresión, si hay que considerarla así, no está en la mirada propiamente dicha, sino en el deseo —su avidez, su apremio— del cual la mirada es solo portavoz y signo. Al que mira de ese modo, rezumando deseo, a menudo se l...

¿De dónde sale la poesía?

Captar un detalle de belleza nos estremece. Después de un recorrido largo y esforzado, remontando cuestas y riscos, el bosque se abre y la mirada se sobrecoge ante un prado esplendoroso, al mismo pie de esa escarpada muralla que es la sierra del Cadí.   Esa amplitud repentina, el verde deslumbrante adosado a la roca inmensa y blanca, el manto de impecable pureza que perdura a la sombra de los peñascos, nos conmueve de tal modo que dan ganas de llorar. ¿Por qué tanta emoción? Son solo los restos de una cuenca glaciar, una repisa en la ladera donde el hielo aplastó la tierra y arañó la roca, y donde luego, en épocas más cálidas, el agua se secó y las semillas lanzaron su avidez colonizadora. Fuerzas atroces se ensañaron aquí con la montaña y esculpieron minerales que en otro tiempo hirvieron en el feroz interior de la tierra. Para las vacas es solo un lugar donde encontrar hierba abundante. Las ardillas, en cambio, lo deben ignorar, porque para ellas no hay nada. Sin embargo, cuan...