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Esquiva belleza

La belleza es el amanecer de la alegría, el anuncio y la huella del gozo. Se le ha consagrado como diosa con razón, pues tiene una esencia de misterio que escapa a nuestra voluntad y que, además, inspira reverencia. Ante la belleza quedamos atrapados y rendidos, instados, como dice Schopenhauer, a «comportarnos igual que con un rey: colocarnos delante y aguardar a que nos diga algo». 


La belleza se impone envolviéndonos con su poder de atracción. Valedora del placer, emplaza a nuestras motivaciones, inspira un movimiento de aproximación y de apropiación. Lo bello nos inspira alegría, frescura, armonía con el mundo. Lo bello consuela e ilumina, es un deleite que evoca otros deleites, una dulzura que anuncia, que se apresta. Queremos que lo bello sea nuestro, porque nos gustaría seguir maravillándonos en su presencia indefinidamente. 
Es también una llamada, una convocatoria a la vida. Es ese encanto necesario del que hablaba Oscar Wilde. La belleza nos embarga, y en este sentido es un precursor del amor: su anunciador, su heraldo, su manifestación más elemental. No hay amor sin belleza, porque el amor es, precisamente, la consagración de la belleza, la respuesta que inspira en nuestro ánimo su contemplación. 

Decía Spinoza que la belleza «no es tanto una cualidad del objeto observado, cuanto un efecto sobre el observador». Y acota Kahlil Gibran: «La belleza es la vida, cuando la vida descubre su rostro esencial y sagrado. Pero vosotros sois la vida y vosotros sois el velo». Nosotros: los ojos que contemplan. ¿Cómo tendría el espectador esa sensación si no estuviera predispuesto a ella? Cabe suponer que hay algo innato en los criterios de belleza, que las cualidades que la inspiran y el éxtasis que despiertan se han forjado juntos a lo largo de las eras. Nos han constituido como especie (las mujeres son bellas para los hombres, y a la inversa; los bebés son bellos para los adultos) y los hemos incrustado en la cultura (ahí están los gustos y las modas, que se han ido estableciendo socialmente). 
La belleza, decíamos, alegra, porque es placer que anuncia placer, placer que se prolonga en expectativa de otro placer, tal vez mayor, quizá inabarcable. Cuando ese placer es raro y anhelado, la belleza proclama que hemos sido elegidos. Sin embargo, a veces la belleza solo se exhibe en su vitrina, manteniéndose fuera de nuestro alcance, resistiéndose a nuestra solicitud. Como sucede con todos los deseos, el poder de su virtud conlleva el peligro de su negación; instaura entonces la carencia, la inaccesibilidad del disfrute. Tal belleza duele, precisamente porque deniega lo que promete. Vuelve contra nosotros nuestras propias ansias, pues las convierte en la constatación de lo inalcanzable. Tal belleza nos reduce, nos humilla. Lo bello, que me convoca a mí, es disfrutado por otros. La envidia o el rencor podrían estar rondando. 

No podemos forzar a esa belleza reacia, pero podemos intentar seducirla. Hechizarla con nuestra propia belleza, como Don Juan, o encarándola a su reflejo, como le hicieron los dioses a Narciso. Pero también podemos dejarla marchar, para que vague por ahí, ninfa esquiva y errante, iluminando el mundo; cantarle, con Amancio Prada, «libre te quiero». Sin amargura, gozando de la belleza de su propia libertad, haciéndola más bella en la renuncia. Total, ¿para qué queremos lo que no está a nuestro alcance? ¡Ansia y nada más que ansia! Remover en el agua que no nos llevaremos a la boca, porque escapa entre los dedos. ¡Qué belleza, también, hay en limitarnos a contemplar su vuelo!

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