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Mostrando las entradas etiquetadas como Tedio

Aburrimiento

El tedio es el testigo del adormecimiento del deseo, de una vitalidad aturdida. Uno se aburre porque deja de proyectarse hacia el futuro, como cuando desea, y queda empantanado en la facticidad del presente. Pero al amortiguar el deseo ofrece también la oportunidad de no vivir en la carencia (puesto que el deseo es carencia, es lo que falta). La ocasión de habérselas con la vida tal como es, reconciliándose con su aurea mediocritas. Y rescatar así lo que realmente es el gozo: plantarse aquí y saber fundar en ese aquí (vulgar, desvaído, aburrido) la belleza del mero estar, sin desplazarlo a las brumas del futuro. La belleza del aburrimiento es el esplendor de lo anodino: de la presencia, que nos parece menos luminosa que nuestros sueños solo porque renuncia a la tensión de la carencia. Hay que saber aburrirse, es decir, saber habitar el tedio y encontrarle sentido. Hay que dejar que la vida también se suma en el légamo grumoso de la melancolía, en el espesor de la facticidad. Y para eso...

Colas

Existen, lo ha señalado alguien con acierto, “no-lugares” en los que estamos, pero ausentes; y “no-tiempos” en los que respiramos, pero no vivimos. Territorios con los que no dialogamos, por los que nos limitamos a pasar sin que nos hagan mella, meros decorados de un tránsito o espacios de travesía cuya experiencia tiene algo de irrealidad. Lapsos en los que el presente se adelgaza hasta constituir una simple linde entre pasado y futuro. Allí la existencia se difumina, el ser se reduce a permanecer, el estar se reduce a esperar. Hay algo ontológicamente difuso en esos ámbitos, como un hiato entre dos emplazamientos, como el instante en que pasamos las páginas de un libro. Todo lo que nos rodea está gastado e incompleto, marchito, desprovisto de sabor. Stephen King construyó una brillante historia de personajes atrapados en un ángulo temporal donde la realidad ya ha pasado pero el vacío la desvanece lentamente.  No puede ser casual que ambientara su historia en un aeropuerto, que ...

Islas

¿Por qué me fascinan las islas, con ese inquietante embrujo de las cosas bellas y tristes? Creo que es porque no puedo imaginar, sin una mezcla de admiración y de pavor, lo que implicará vivir en ellas, sobre todo si son minúsculas y remotas, briznas de tierra y arbusto en la inmensidad del océano, como Pascua, Pitcairn o Tristán de Acuña. Miles de quilómetros en todas direcciones sin otro asomo de corteza fértil, sin el ensueño de una presencia, aunque no tenga rostro. Imposible abandonarlas por uno mismo, si no nos viene a buscar un barco después de navegar varias jornadas… Tristán de Acuña, en medio del Atlántico sur, no tiene —ni podría sustentar—más que 250 habitantes. Pitcairn, en el ombligo del Pacífico, 50, todos ellos descendientes del famoso motín del Bounty . Únicamente en esos lugares desgajados del mundo se debe entender lo que significan la soledad y el abandono. En esos enclaves inverosímiles, la realidad debe parecer algo inconcluso y desvaído, y la existencia un fenó...

Tropiezos del tiempo libre

Nos pasamos los días de trabajo soñando con el descanso de las vacaciones, con un tiempo que podamos considerar realmente nuestro, emancipado de esa otra dimensión de las obligaciones y los compromisos. Acariciamos esa expectativa como la de una tierra prometida, evocando los detalles del disfrute que nos traerá: la película en la tele, el encuentro con el amigo, el rato con nuestro hijo, la lectura o el viaje… El calendario cumple su rutinaria ley y, cuando al fin llega la hora de despedirnos de los compañeros, todo son risas y entusiastas deseos de reparación y asueto. Mientras salimos del lugar de trabajo, nos parece estar abandonando una sarta de lastres, que nos dejan ligeros y nos impulsan en una ventolina de promesas. Es el momento realmente feliz de las vacaciones, cuando parece, como dijo el poeta, que “todo está por hacer y todo es posible”. Sin embargo, a medida que nos adentramos en él, ese tiempo esperado resulta ser más turbio y menos espléndido de lo que pensábamos. No...

Lugares de paso

¿A qué se debe esa aura de tristeza de las estaciones y los aeropuertos? Yo creo que reside en su carácter anónimo y transitorio, en lo que tienen de «tierra de nadie», de mero lugar de paso al que, por su propia naturaleza, es imposible pertenecer. Con dos excepciones. La primera, tan obvia, sus trabajadores: curiosamente impregnados de esa misma languidez del entorno, sombras etéreas que apenas se ven. La segunda es menos evidente. Podríamos fantasear con la figura de alguien que quedara atrapado en ese limbo y se viese obligado a habitarlo, como Spielberg retrata con su habitual genialidad en La terminal . Para mí, el principal atractivo de esa película es el contraste entre la angustiosa despersonalización a la que el entorno somete al protagonista (robándole las habituales señas de identidad: documentos, nacionalidad, objetos personales, libertad de movimiento…) y la poética tarea de resistencia humanizadora de este, que, para nuestro alivio, acaba por triunfar. Una situació...

Morir de éxito

Vivir es tener deseos, desear es esperar. Y esperar, además de una inquietud en sí, es abocarse al pesar de lo que no se cumple. Pagamos con dolor comprobar que nuestros deseos no se realizan, o no lo hacen como hubiéramos esperado. Sin embargo, ¿qué color le quedaría a una vida en la que ya se han cumplido por completo? Esa es la paradoja de los deseos: nos roban la felicidad antes de cumplirse, puesto que nos mantienen a la espera, pendientes de lo que nos falta; y nos la roban después, puesto que, una vez cumplidos, ya no los podemos desear: nos hacen morir de éxito. Yo hubiera deseado amar a una mujer que me amara. Hubiera deseado contar con dinero suficiente para no tener que trabajar y así disponer de más tiempo (este es un deseo que me apremia sobre todo cuando suena el despertador). Hubiera deseado ser un escritor famoso. La vida ha pasado y a veces reviso con melancolía esos viejos deseos, a los que he aprendido a renunciar.   Pero, ¿qué habría sido de mí si se ...

¿Te aburres? ¡Disfrútalo!

El aburrimiento tiene sus propios dioses y sus propios dones. El aburrimiento es un hueco en la trama cotidiana por el que, si somos hábiles y dignos, lo nuevo encuentra su oportunidad: una ocurrencia, una inspiración, un recuerdo olvidado que tenía algo por decirnos… Hay que poder, hay que saber aburrirse. Porque si uno sabe aburrirse descubre que, en realidad, no estaba aburriéndose, sino abriéndose al mundo, descansando de la voluntad hiperactiva y dejando que la propia vida le tome de la mano. Es la ocasión de la creatividad, de la concepción de sueños imposibles que tal vez nos conduzcan a otros posibles, de la intuición que tal vez nos abra a lo inesperado. Los niños no soportan aburrirse porque no les hemos enseñado los dones del silencio, la paciencia, la creatividad… Trasladamos a ellos nuestra frenética necesidad de activismo, y procuramos atiborrar su tiempo de actividades organizadas, de tareas y entretenimientos. La cuestión es que siempre hay que estar haciendo algo,...