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Mostrando las entradas etiquetadas como Limitaciones

Genio y figura

Cada uno es como es, cada quien es cada cual , canta Serrat, haciéndose eco de esa sabiduría tradicional que nos avisa de la obstinación con que, por vueltas que le demos, acabamos por ser nosotros mismos.  Hay algo enigmático en la dureza de esa madera sobre la que nos ha esculpido la vida. En esa cristalización del yo a la que nos referimos como temperamento o personalidad y que, desde muy temprano, define y a la vez atrapa a cada uno de nosotros. Parece tener vida propia, al margen de nuestra voluntad; parece imponerse desde algún baluarte interior.  No es extraño que muchas tradiciones le hayan atribuido una existencia propia, una entidad metafísica que subyacería al cuerpo y al pensamiento: el espíritu, el alma… También es comprensible que hayan visto en esa pasmosa pertinacia el influjo de fuerzas externas, como el daimon de los griegos o los animales totémicos de tantas otras culturas antiguas. Se intenta dar así una explicación desde el mito a esa mágica tenacidad con...

Orgullo y humildad

El orgullo es la materia prima del amor propio, el arrobo de la autoestima. Cuando dudamos de nuestra valía, nos aporta razones para darle un empujón, al señalarnos méritos y cualidades dignas, como explica María Moliner. Ella distingue esta acepción «no reprobatoria» de aquella otra que equivale a arrogancia. Es interesante que el término presente tal ambivalencia, que sugiere una conexión entre ambos sentimientos, en una especie de continuo que tal vez conduzca sutilmente de uno a otro. Aristóteles alababa la legítima satisfacción por un mérito, y la asociaba a la magnanimidad: «El honor sin contradicción es el más grande de los bienes exteriores al hombre». Pero esa autocomplacencia, por justa y ajustada que resulte, puede inflarse como una burbuja, desplazándose entonces hacia la poco virtuosa soberbia, ilusa y arriesgada: igual que todo exceso, es probable que nos confunda, como al cuervo del cuento. «Los vanidosos ponen en descubierto cuán necios son y cómo se desconocen a sí mis...

¿Vale la pena?

No todo en la vida merece la pena, o al menos no la merece en el mismo grado. Y, puesto que de todos modos nuestra capacidad de atención es limitada, no queda más remedio que elegir hacia dónde enfocamos la mirada, en qué escenarios y detalles centramos nuestra alerta, y cuáles descartamos por irrelevantes. En su mayor parte, este proceso de selección se efectúa de modo inconsciente, en función de una escala de preferencias cuyo sustrato nos ha legado la evolución. Las estipuló Maslow en su famosa escala, tan matizable como esclarecedora: primero lo que afecta a las operaciones básicas de la subsistencia y la reproducción, luego los elementos que afectan las interacciones con los otros. Más allá entramos en las extravagancias de nuestra especie, que emanan más de la cultura que de la biología: el conocimiento, el sentido, las costumbres, las aficiones, y esas alturas del «espíritu» que Maslow sintetizó como autorrealización . El autor sostiene que en esta pirámide de prioridades no se ...

Labriegos de la idea

La reflexión es el taller del pensamiento, minucioso y metódico, manufactura de la lógica diseñándole al mundo mecanismos. El pensamiento inventa órdenes al caos, y sonríe viendo girar los engranajes. No en vano somos exploradores de sentido, es decir, artífices de congruencia. Organizarlo en una articulación armónica, en las tramas musicales de una gestalt , nos hace sentirnos más seguros: no podríamos soportar un universo nebular de pura incertidumbre, en el cual no vislumbráramos un cierto grado de previsibilidad. Es cierto que nuestro intento siempre resultará provisional: las ideas, de apariencia tan pulcra, esconden una esencia tornadiza. El mundo siempre se reserva un as inesperado en la manga. Preferiríamos que las cosas se ciñeran al concepto que tenemos de ellas, porque eso las haría más simples. Sin embargo, los fenómenos se deshilachan por los flecos, la realidad se burla de la mejor teoría, y nos recuerda que el estado natural del conocimiento es la perplejidad. No existe...

Palabras

Este oficio de ponerles palabras a las intuiciones me apasiona y me vence. Tiene la plenitud de la creación y el precio de su ahínco. ¡Qué montón de torpezas para la felicidad de un hallazgo! ¡Qué lentitud de avance, cuántos rodeos y retrocesos, cuánto intento fallido y desechado, cuánto fruto prometedor que a la postre languidece en su futilidad! Adrenalina de la cuerda floja, hecha de ilusión y miedo, tan a menudo rota en la caída…   A veces uno renuncia a una idea con tal de no tener que insistir en el esfuerzo de expresarla, la hermosa y extenuante tarea de buscarle las palabras precisas. Crear también tiene su peso, el del balde que uno echa al pozo de la nada, el del intento de introducir algo nuevo en la corriente del tiempo; pues la nada y el tiempo se resisten.  El artífice sufre. La ocurrencia es una luz que revolotea como esa mariposa esquiva a la que Lorca le pedía que se quedara quieta; se nos insinúa, la vemos de reojo, y en cuanto la miramos directamente se nos...

Atisbo de la eternidad

«Y la nostalgia del instante de eternidad nos acompaña siempre», glosa con sugestiva imagen el sociólogo Francesco Alberoni acerca del enamoramiento. Habría que precisar: el enamoramiento de los desheredados, el que nos encandila pero no nos elige. El enamoramiento que nos consagra perdedores, y de ahí la nostalgia. «Haz que vuelva su rostro quien no quiso mirarme», canta Serrat.  ¿Y dónde está la puerta por la cual ingresamos en la eternidad? El novelista Milan Kundera nos lo expresó en una de sus frases más memorables: «El amor puede surgir con la primera metáfora». El destello de eternidad acontece cuando la realidad —tan plana, tan prosaica, tan literal— se inviste de simbolismo y se pone al servicio de lo poético. Es entonces cuando viene a imponerse el sueño, trastocándolo todo, cambiando de lugar las cosas y los significados. Había un anhelo contenido y se abrió la espita.  El enamoramiento es una marea que rebosa, una flecha que se proyecta hacia el futuro. Se hacen ...

La insoportable persistencia de la infancia

Es una idea bastante asentada entre los psicólogos que, a partir de una cierta edad temprana —demasiado temprana—, uno ya ha decidido quién es y qué hará en la vida. Como diría Eric Berne, uno ya ha escrito su guion.  Si eso es cierto, la existencia humana se reduce a un despliegue más o menos exitoso de un argumento esbozado mientras éramos unos enanos en manos de gigantes. Dicho de otro modo: la vida es la niñez y el resto es territorio conquistado. Pura redundancia.  Esta tesis fatalista resulta descorazonadora: los primeros años se convierten, así, en una condena, pero al mismo tiempo, como avisó Sartre, sirven peligrosamente de coartada. Al partir con la libertad mermada, el individuo queda exento de responsabilidad. Hay que resistirse a ese determinismo que nos reduce a meros autómatas programados al salir de fábrica.  ¿Qué pasa con los esfuerzos por redirigir lo establecido, por salirse del guion e inventar algo nuevo? ¿Qué pasa con Prometeo, con Sísifo, con Ulis...

Contención

La civilización empieza en el control consciente de los propios impulsos, primera condición para ejercer esa soberanía de uno mismo que llamamos voluntad.  Muchos animales se contienen, pero suponemos que en ellos el autocontrol es un instinto más, regulando otros instintos. En nuestro caso, el automatismo no basta. Nuestra conducta se rige por metas y se guía por planes; tenemos preferencias y deseos; nos regimos por acuerdos y por normas; nuestras relaciones se basan en el intercambio y el poder. Todo ello requiere una dirección interna, y por eso hemos tenido que desdoblarnos por dentro, desarrollando un núcleo ejecutivo que ejerza un cierto gobierno sobre los comportamientos, decretándolos y limitándolos.  Muchos han querido disociar a esa instancia del conjunto del cuerpo, y así se inventó el fantasma del alma. Pero no hace ninguna falta aludir a trascendencias platónicas ni a dualismos cartesianos. Ya no necesitamos de la metafísica para describir los procesos de la p...

Certeza razonable

A la inteligencia le conviene ser temeraria en sus propuestas, pero prudente en sus respuestas. ¿Cuántas ocurrencias brillantes no naufragan en su propia soberbia? No por la soberbia en sí, que al cabo podría considerarse audacia o firmeza en las convicciones; sino porque una convicción que nos ciega se convierte en una vía muerta. La lucidez es humilde no por inseguridad, sino todo lo contrario: porque se sabe más importante que ningún axioma.  Bien está afirmar nuestras certezas con seguridad, sobre todo cuando se trata de defenderlas ante sus adversarios. Pero la verdad es difícil, escurridiza y cara, ardua y poliédrica. Lo es incluso para las luminarias más brillantes y las voluntades más entregadas. Cuando se cree haber tejido una conclusión acertada, suelen descubrírsele los desgarros que le quedan por aquí y por allá, y que antes no sabíamos ver. “La verdad es como una manta que siempre te deja los pies fríos”, sentencia uno de los protagonistas de El club de los poetas m...

Dirigir

Hace algún tiempo me ofrecieron hacerme cargo de la dirección de una entidad, cosa que jamás se me había pasado por la cabeza; y aún se me había ocurrido menos la posibilidad de que diría que sí. Allá fui, al puente de mando de un navío desconocido, a controlar un timón que no había empuñado nunca, entre asustado y motivado por la intriga de si sería capaz de hacerlo. A veces me sale la vena aventurera.  Mal que bien, he sobrevivido y hasta he disfrutado. El barco flota y avanza: me doy por satisfecho. Pero no me engaño: sé que no estoy en mi lugar natural. Esto de llevar la batuta de la orquesta, por lo que voy viendo y como casi todo en la vida, tiene su don y su arte. Hay personas agraciadas con el don, lo cual es un formidable punto de partida y tal vez garantice, al menos y si el entusiasmo no da para más, un desempeño pasable, de esos que discurren sin grandes tropiezos y permiten que todo el mundo cumpla lo suyo sin sobresaltos.  ¿Se me permitirá envidiarlos? Al fin y ...

Umbrales

Umbrales. Las cosas se sostienen manteniéndose en una disposición determinada, y resisten en ese estado a las fuerzas que las zarandean, las desgastan, las modelan o las minan… hasta que se alcanza un estado crítico, un punto de inflexión en el que esas fuerzas las vencen, las transforman, las convierten en otra cosa. Pequeños cambios se acumulan hasta que se desata un vuelco grande. Ese punto preciso, en el que un cambio ínfimo transforma completamente un estado global, es un asombroso enclave del flujo de los sucesos.  Se habla del efecto montón de arena , aludiendo a ese acumularse hasta que un solo grano traspasa la tolerancia de la estructura y provoca un desmoronamiento, tal vez aparatoso. La sabiduría popular lo recoge en la expresión “la gota que desbordó el vaso”: el recipiente tolera que le vayan colmando una gota tras otra, y no pasa nada; se diría que siempre cabe una gota más. Pero, en el límite, hay una que inevitablemente será la última; cuando el recipiente está a...

Que se mueran los feos

Esa intimidante divisa la cantaban festivamente Los Sírex , un grupo rock inolvidable de mi primera infancia, y a mí por entonces me parecía una crueldad tocante a un infortunio del que uno no tiene la culpa. No captaba la ironía: “Yo, yo, yo soy muy feo…”, deploraba el cantante, harto de que la fealdad “le quitara las chicas”: ahora entiendo que, en realidad, estaba mandando a hacer gárgaras ese despotismo de la belleza que lo condenaba al melancólico cubata en la barra mientras otros acaparaban las muchachas. Amargo ostracismo que tuve oportunidad de conocer bien en mis noches de discoteca y festejo, qué le vamos a hacer, y al que nunca supe poner ese sentido del humor de que hace gala la canción.  Hay quien se sobrepone a la fealdad, quien la lleva con desparpajo y hasta con gracia. El feo tiene el recurso de ser, al menos, simpático y gracioso, o enigmático e interesante. Por ahí cuenta con una oportunidad, afinando en secreto su propio arte para la conquista. He conocido a ve...

Cambiar

Todo el mundo anda empeñado en cambiar, lo cual demuestra hasta qué punto vivimos insatisfechos con lo que somos. En última instancia, pretenderíamos poder cambiar en todo, y eso da idea de nuestros desmedidos sueños de omnipotencia. La aspiración de perfeccionamiento, sin duda impregnada del afán tecnológico y mercantil, ha dado lugar a una inmensa industria del cambio, en la que un creciente ejército de especialistas nos ofrecen, cada cual según su propia versión, la piedra filosofal para una alquimia a nuestra medida. Pero las personas no cambiamos fácilmente. Ni siquiera las experiencias traumáticas o el rigor de las obligaciones nos renuevan de buenas a primeras. Hay una inercia poderosa que prevalece contra nuestras mejores intenciones; nos identificamos con ella y la llamamos Yo. Desde ese momento nos atrapa, o al menos se convierte en nuestro referente ineludible.  El cambio, si es posible, requiere, o una conmoción que lo remueva todo hasta los cimientos y obligue a rec...