Debatíamos con un amigo la cuestión de si, en el fondo, los seres humanos tenemos necesidades simbólicas y rituales irrenunciables, o si, por el contrario, como soñaron los ilustrados, podemos alimentarnos con las luces de la razón pura. Mi amigo es un sartriano que reclama la entereza del hombre solo ante su destino, el hombre absurdo de Camus que se alza con su dignidad insobornable como única divisa. Yo siempre he admirado mucho esa postura brava frente el mundo, pero me temo que requiere una curtida valentía y, sobre todo, fuerza; el hombre solo se debate siempre entre la resistencia obstinada y la capitulación: únicamente su propio honor, su inquebrantable devoción por la verdad, su fidelidad a sí mismo, le yerguen una y otra vez tras los bandazos con que lo zarandea la vida. Es una entereza de proporciones heroicas, pero no somos héroes, y por eso no salimos indemnes: la amargura, que ni siquiera el cinismo logra exorcizar por completo, va dejando su poso de tristeza o rabia e...
Apuntes filosóficos al vuelo de la vida