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Mostrando las entradas etiquetadas como Soledad

Exponerse o cobijarse

Debatíamos con un amigo la cuestión de si, en el fondo, los seres humanos tenemos necesidades simbólicas y rituales irrenunciables, o si, por el contrario, como soñaron los ilustrados, podemos alimentarnos con las luces de la razón pura. Mi amigo es un sartriano que reclama la entereza del hombre solo ante su destino, el hombre absurdo de Camus que se alza con su dignidad insobornable como única divisa. Yo siempre he admirado mucho esa postura brava frente el mundo, pero me temo que requiere una curtida valentía y, sobre todo, fuerza; el hombre solo se debate siempre entre la resistencia obstinada y la capitulación: únicamente su propio honor, su inquebrantable devoción por la verdad, su fidelidad a sí mismo, le yerguen una y otra vez tras los bandazos con que lo zarandea la vida. Es una entereza de proporciones heroicas, pero no somos héroes, y por eso no salimos indemnes: la amargura, que ni siquiera el cinismo logra exorcizar por completo, va dejando su poso de tristeza o rabia e...

Islas

¿Por qué me fascinan las islas, con ese inquietante embrujo de las cosas bellas y tristes? Creo que es porque no puedo imaginar, sin una mezcla de admiración y de pavor, lo que implicará vivir en ellas, sobre todo si son minúsculas y remotas, briznas de tierra y arbusto en la inmensidad del océano, como Pascua, Pitcairn o Tristán de Acuña. Miles de quilómetros en todas direcciones sin otro asomo de corteza fértil, sin el ensueño de una presencia, aunque no tenga rostro. Imposible abandonarlas por uno mismo, si no nos viene a buscar un barco después de navegar varias jornadas… Tristán de Acuña, en medio del Atlántico sur, no tiene —ni podría sustentar—más que 250 habitantes. Pitcairn, en el ombligo del Pacífico, 50, todos ellos descendientes del famoso motín del Bounty . Únicamente en esos lugares desgajados del mundo se debe entender lo que significan la soledad y el abandono. En esos enclaves inverosímiles, la realidad debe parecer algo inconcluso y desvaído, y la existencia un fenó...

Paseo

Me daba pereza, como de costumbre, emprender mi paseo de los domingos por la mañana, ese que eludo muchas veces con la excusa de que ya se me ha hecho tarde, o de que tengo trabajo, o de que será más agradable al atardecer… Y, como siempre, me alegro de haber acabado por decidirme. Es una breve ruta de hora escasa entre ida y vuelta, que remonta suavemente las afueras del pueblo buscando la montaña. Por el sendero hormiguean más transeúntes, gente muy deportiva y familiar. Yo voy hasta donde se acaba la subida, y aparece un banquito solitario, flanqueado por una fuente que no hace mucho puso el Ayuntamiento con mucho acierto. En ese banco, Alonso y yo hemos pasado muy buenos ratos haciendo puntería con piedrecillas, y siempre que voy sonrío acordándome de las presencias felices de mi hijo, sus risas, la canción de su retahíla incansable.  He logrado salir; todo es cuestión del primer paso. Desde el principio, como recompensa, mil menudencias cambian el día de color. Mientras avan...

Hogares y caminos

En sus primeras páginas de El caminante , Hermann Hesse hace un emotivo elogio de la libertad, del intimismo, de la naturaleza nómada de los apátridas que vagan por el mundo sintiéndose en casa en cualquier parte, o en ninguna más que dentro de sí: “No dejaré aquí mi corazón… Lo llevaré conmigo, también lo necesito en las montañas, y a todas horas”. Hesse confiesa que hubiese querido ser campesino y asentar su vida en un sitio. Pero le podían la inquietud y la obstinación, y esa desconfianza instintiva, entre melancólica y desdeñosa, que inspira el hogar al vagabundo. Para quien se siente ciudadano del mundo, lo local se queda pequeño. “No me seduce encadenar mi amor a una franja de tierra… Cuando nuestro amor se detiene… me resulta sospechoso”.  El abrazo de la tribu es poderoso, y Hesse debió vivir sintiendo ese tirón en cada uno de sus pasos de viajero: “El camino de la redención no me lleva a derecha ni a izquierda, me lleva al propio corazón.” Sin embargo, sus esfuerzos por ...

Luces y sombras de la soledad

Un amigo siente curiosidad por mi soledad sonora. Le cuento que me iré tres días a la montaña, y me pregunta cómo lleno el tiempo yo solo. Muy sencillo… ¿O no tanto? Paseo tranquilo, sin grandes pretensiones. Saboreo cada paso, fascinado por las florestas, buscando estampas que pidan una foto. Me curan el silencio del bosque y el rumor del agua. Si encuentro una buena panorámica, saco mis lápices de colores. Cuando estoy inspirado, escribo. A la hora de comer regreso al pueblo, si no llevo un bocadillo. Luego subo a la habitación y echo una breve siesta; o, en el campo, procuro tenderme en un prado, y me duermo mirando las nubes.  Por la tarde ―ahora que los días vuelven a ser largos― doy otro paseo, y todo lo mismo. Cada rincón verde y discreto es un regalo, huele a húmedo y a felicidad. Al declinar la luz regreso al hostal; me ducho; ceno. Salgo a tomar el fresco; a las afueras del pueblo contemplo el cielo estrellado, intentando imaginar que el firmamento está abajo y no me ca...

Rarezas

Si la rareza reside en la excepción, todos somos raros desde algún punto de vista. Todos nos salimos del guion en algún momento, y somos señalados por el dedo cruel de la desaprobación social, esa agria valedora del adocenamiento de la tribu. ¿Cómo te atreves?, parecen decirnos los portavoces de la normalidad (es “normal” lo que se atiene a la “norma”). ¡Vuelve aquí, aprisa, antes de que sea demasiado tarde! Así que ser raro o no serlo ya no es el dilema. La cuestión, a estas alturas, cuando uno ha presenciado una muestra significativa del espectáculo humano, consiste más bien en juzgar el valor de las rarezas y en hacer algo bueno con ellas. Toda la vida me la he pasado excusándome por mis supuestos defectos, obligándome a actuar como los demás esperaban y haciendo lo que se supone que es “normal”. Debo confesar que no me ha salido bien, que al final ha prevalecido la rareza, al menos en mi vida privada, ese ámbito en el que nos relajamos y a menudo se nos escapa la autenticidad. ...

Días de montaña

No llevo un día en esta tierra de montañas y bosques y ya noto cómo me cura. Casi diría que lo noté en cuanto, ayer, tomé el desvío que iniciaba el ascenso al puerto. El coche subía y a cada avance a mi alma se le iba cayendo su material más pesado. El aire fresco de las cumbres me arrancaba piel muerta, que rodaba por las laderas como esas grandes piedras que las siembran. Hubo un momento en que me olvidé de mí para sumirme en la sosegada fascinación de alturas y de nubes, un aire ligero y misterioso que me restituía la inocencia. Mi alma abotargada se mece en el silencio y se ensancha en las perspectivas. Mis ojos cansados se tienden en los prados verdes. Respiro y parece que el mundo es liviano y la existencia nueva y habitable. En la montaña uno también siente miedo, y ese es otro de sus dones: nos restituye nuestra verdadera condición, tan limitada, haciendo parecer insignificantes nuestros logros pero también nuestros defectos: todo lo que confundimos con nosotros mismos. La...

Diversión

Mi paseo campestre me lleva hasta una cascada con su poza. El lugar es de una belleza hipnótica: el agua saltando entre las rocas gigantes, los frondosos árboles de la orilla, los prados en los aledaños… Me inspira el arrobo poético, la meditación, la mera contemplación soñadora… Me dedico a hacer fotos y a tomar notas echado en la hierba. A mi alrededor, un enjambre de gente en bañador salta por el agua gélida, ríe y chilla, sube y baja. Los críos, sobre todo, arman un bullicio estrepitoso, entre imprecaciones, saltos, empujones y carreras. Contrastan vivamente mi recogimiento místico y su diversión. Como suele suceder con las cosas naturales, las que salen espontáneamente sin pensar, cuando uno observa desde fuera la diversión se le antoja algo extraño. La diversión en bruto, la que agitan la adrenalina o la testosterona; la de los sábados por la noche entre copas y bailes, la de los parques de atracciones, la de los deportes de aventura o los juegos en grupo, la de la playa, la de...

Voces interiores

La soledad, que tanto nos aligera, también agobia a veces… La convivencia con uno mismo tiene sus desencuentros, que dan mucho trabajo. No por familiares se nos hacen más llevaderas nuestras manías, y es más difícil dejar de tomarlas en serio que cuando se trata de las de los demás. Con nadie somos más exigentes: de nadie nos molestan más las estupideces y las mezquindades. A veces me encantaría ser capaz de ignorarme. Escuchar mis lloriqueos y mis gruñidos como quien oye llover. O bien apelar a eso que algunos llaman “el maestro interior”, una voz predominante sobre el resto, capaz de imponer calma sobre el griterío, capaz de infundir serenidad y apaciguar a mis niños amedrentados. Suena un poco a esquizofrénico eso de sentirse dividido por dentro, pero, ¿acaso no lo estamos todos un poco? ¿Qué es la voluntad, sino una fuerza que se impone sobre la indolencia? ¿Qué es la conciencia (moral), sino una voz que nos recuerda lo correcto cuando nos vemos tentados de ignorarlo? ¿Qué es la...

Narciso liberado

“Sin amor, nada soy”, aleccionaba Pablo de Tarso en una de sus cartas. No hace falta ser religioso para estar de acuerdo. Amar es abrir la ventana de nuestra alma a la sustancia dulce, amarga, espléndida del sentido, y eso solo podemos encontrarlo en los otros, solo puede florecer al verternos en los otros y al dejar que nos acojan y, cómo evitarlo, que nos dañen. Y es ahí, en esa trascendencia de nuestro solipsismo acorazado, donde tenemos la oportunidad de encontrarnos, inesperadamente, a nosotros mismos; porque vivimos entrelazados unos con otros, y los caminos de ida son también siempre de vuelta. “Y adonde no hay amor, ponga amor y sacará amor”, escribía Juan de la Cruz, también en una carta. ¿Y cuál es nuestra principal dificultad para participar en esa fiesta? El miedo, que nos hace desconfiados y temerosos, que nos hace avaros y reticentes. El miedo que nos impide salir de nuestra coraza y correr el riesgo de que se acerquen los demás. El otro, que nos ofrece una oportunidad,...

La colmena electrónica

No soy muy dado a las comunicaciones, tampoco a las electrónicas. Tal vez por eso, todavía me asombro cuando veo cuánta gente va por la calle escrutando y manoseando pantallitas de móviles. ¿Alguien mira las casas, la gente, el paisaje? ¿O ya nadie puede escapar de ese pozo de mensajes a través de las pantallas? Esta tarde, viendo a la gente caminar sin mirar más allá de su mano, he cobrado conciencia de hasta qué punto las comunicaciones electrónicas nos han convertido en terminales de una red formidable, una infinita telaraña de palabras que nos mantiene a todos conectados unos a otros permanentemente, como abejas apretujadas en una colmena cibernética, construyendo entre todos una virtualidad que acaba siendo más real que el mundo material. Tampoco vamos a exagerar: el mundo sigue existiendo. Seguimos siendo un cuerpo que atraviesa el aire sobre la tierra, que choca y sufre y goza y envejece. La gente sigue reuniéndose, conversando, peleando y riendo; nos gusta disfrutar la buena...