Ir al contenido principal

Entradas

Mostrando las entradas etiquetadas como Tarea

Sísifo rescatado

Los dioses le condenaron a una eternidad tan espantosa como fútil. Tras esfuerzos inconcebibles, empujando una gran roca ladera arriba, Sísifo alcanza la cima. La satisfacción, si la hay, de la tarea cumplida, se esfuma en unos instantes, el lapso preciso para que la piedra se tambalee y se precipite de nuevo ladera abajo. Y entonces hay que descender de nuevo a por ella. Una y otra vez.   «Sísifo me interesa durante ese regreso, esa pausa —medita Albert Camus—… Veo a ese hombre volver a bajar con paso lento pero igual hacia el tormento cuyo fin no conocerá jamás. Esta hora que es como una respiración y que vuelve tan seguramente como su desdicha, es la hora de la conciencia » . Sísifo goza solo de ese fugaz momento de tregua. Apasionante oportunidad para la reflexión. Y peligrosa: siempre hay peligro donde interviene la mente.  Bien está que el desdichado Sísifo cavile mientras baja la montaña. Incluso, a lo mejor, hasta se detiene un instante a contemplar el paisaje y a ech...

La tarea de convivir

Convivir es una tarea. Una fiesta amena y variopinta que, como todo, tiene su precio. La gente da trabajo: necesita, pide, espera, engaña, sufre, presiona, sobresalta, confunde, abruma... Es un quehacer gozoso cuando amamos, y agotador en el conflicto o en la indiferencia. La cuestión es que esto cambia continuamente. Vivimos, con respecto a los demás, en una permanente tensión entre lo que necesitamos y nos atrae o complace, por un lado, y aquello que nos carga o nos fastidia por el otro. En cada movimiento hay que elegir, optar entre una de las dos posibilidades: acercarnos y entregarnos al juego, o distanciarnos y mantenernos al margen de él. El que no participa se mantiene a salvo, pero una parte de nosotros no quiere estar (demasiado) tranquila; se aburre y languidece sin barullo. Una parte de nosotros disfruta con el juego de lo osado y lo imprevisible. Y a veces manda.  La situación —nosotros, los demás, el contexto en el que nos relacionamos o podemos hacerlo— varía a cada...

Labriegos de la idea

La reflexión es el taller del pensamiento, minucioso y metódico, manufactura de la lógica diseñándole al mundo mecanismos. El pensamiento inventa órdenes al caos, y sonríe viendo girar los engranajes. No en vano somos exploradores de sentido, es decir, artífices de congruencia. Organizarlo en una articulación armónica, en las tramas musicales de una gestalt , nos hace sentirnos más seguros: no podríamos soportar un universo nebular de pura incertidumbre, en el cual no vislumbráramos un cierto grado de previsibilidad. Es cierto que nuestro intento siempre resultará provisional: las ideas, de apariencia tan pulcra, esconden una esencia tornadiza. El mundo siempre se reserva un as inesperado en la manga. Preferiríamos que las cosas se ciñeran al concepto que tenemos de ellas, porque eso las haría más simples. Sin embargo, los fenómenos se deshilachan por los flecos, la realidad se burla de la mejor teoría, y nos recuerda que el estado natural del conocimiento es la perplejidad. No existe...

Palabras

Este oficio de ponerles palabras a las intuiciones me apasiona y me vence. Tiene la plenitud de la creación y el precio de su ahínco. ¡Qué montón de torpezas para la felicidad de un hallazgo! ¡Qué lentitud de avance, cuántos rodeos y retrocesos, cuánto intento fallido y desechado, cuánto fruto prometedor que a la postre languidece en su futilidad! Adrenalina de la cuerda floja, hecha de ilusión y miedo, tan a menudo rota en la caída…   A veces uno renuncia a una idea con tal de no tener que insistir en el esfuerzo de expresarla, la hermosa y extenuante tarea de buscarle las palabras precisas. Crear también tiene su peso, el del balde que uno echa al pozo de la nada, el del intento de introducir algo nuevo en la corriente del tiempo; pues la nada y el tiempo se resisten.  El artífice sufre. La ocurrencia es una luz que revolotea como esa mariposa esquiva a la que Lorca le pedía que se quedara quieta; se nos insinúa, la vemos de reojo, y en cuanto la miramos directamente se nos...

Conceptos y símbolos

La filosofía es la obstinación del pensamiento frente a la opacidad del mundo. En el ejercicio de su tarea, provee a nuestra razón de artefactos, es decir, de nodos que articulan, compendiados, ciertos perímetros semánticos, dispositivos que nos permiten manejar estructuras de significado.  Cuando Platón nos propone el concepto de Forma o Idea, está condensando en él toda una manera de entender la realidad, es decir, toda una tesis metafísica, para que podamos aplicarla en conjunto en nuestra propia observación. Así, al usar el término estaremos movilizando en él, de una vez, una armazón entera de sentidos, lo cual nos simplifica el pensamiento y su expresión por medio del lenguaje. Al cuestionarme sobre lo existente, pensar en la Forma del Bien implicará analizar la posibilidad de que exista un Bien supremo, acabado, abstracto, y según el griego único real, frente a la multiplicidad de versiones del bien que puedo encontrar en el ámbito de las apariencias perceptuales.  De h...

Sálvese quien pueda

La mente, parafraseando a Romain Rolland, es un buen animal. No tenemos mejor aliada en nuestras correrías, salvo, quizá, el cuerpo, que es el que las ejecuta y el que apechuga con sus consecuencias. El cuerpo vive, la mente (que en definitiva es una parte del cuerpo que va por libre) se dedica a contar la historia del cuerpo y a prepararle las maletas. La mente es un excelente instrumento para hacer, y a veces hasta nos ayuda en el ser, no tanto en el sentir. Celebrémosla, amén.  Pero toda herramienta requiere pericia, porque el mismo poder que nos es útil también puede, usado con torpeza, hacer los problemas peores y volverse contra nosotros. La mente tiene por costumbre irse de vez en cuando por los cerros de Úbeda, complicar lo sencillo, enrevesar lo simple, sobre todo cuando se le mete el miedo o enfrenta problemas insolubles. Aciertan los orientales al recomendarnos que nos entrenemos ya no en domeñarla, sino directamente en acallarla.  Al fallar las fuerzas es cuando ...

Dirigir

Hace algún tiempo me ofrecieron hacerme cargo de la dirección de una entidad, cosa que jamás se me había pasado por la cabeza; y aún se me había ocurrido menos la posibilidad de que diría que sí. Allá fui, al puente de mando de un navío desconocido, a controlar un timón que no había empuñado nunca, entre asustado y motivado por la intriga de si sería capaz de hacerlo. A veces me sale la vena aventurera.  Mal que bien, he sobrevivido y hasta he disfrutado. El barco flota y avanza: me doy por satisfecho. Pero no me engaño: sé que no estoy en mi lugar natural. Esto de llevar la batuta de la orquesta, por lo que voy viendo y como casi todo en la vida, tiene su don y su arte. Hay personas agraciadas con el don, lo cual es un formidable punto de partida y tal vez garantice, al menos y si el entusiasmo no da para más, un desempeño pasable, de esos que discurren sin grandes tropiezos y permiten que todo el mundo cumpla lo suyo sin sobresaltos.  ¿Se me permitirá envidiarlos? Al fin y ...

Mellas del estrés

El capitalismo avanzado ha creado el estrés y nos ha mostrado sus males. Como dice Byung-Chul Han, “el individuo del rendimiento contemporáneo se violenta a sí mismo”, convertido en su propio y más cruel patrón. En la sociedad del rendimiento, la vida se convierte en una abigarrada carrera de obstáculos, que hay que sortear sin descanso ni reticencia, a un ritmo cada vez más frenético para poder encajarlos en unas jornadas que se resisten a durar más de veinticuatro horas.  Hay algo inhumano en esa precipitación que no va a ninguna parte, ese trotar en círculo del asno persiguiendo la zanahoria. Y no solo porque resulte alienante en sí misma; no solo porque exija una creciente eficacia, en el sentido de volumen de producción. Hay otro rasgo que cosifica al sujeto tal vez más, imponiéndole los rasgos de la máquina: la progresiva aceleración del tiempo, la contracción del descanso, la abolición del ocio. El individuo del rendimiento no puede, no debe parar. Ese precepto de celerida...

Vengan páginas

Un buen amigo me decía, entre el cariño y el sarcasmo, que padezco de grafomanía. Me he enterado de que la adicción a escribir puede alcanzar cotas de trastorno obsesivo compulsivo. Sin llegar a tanto (mis compulsiones han sido otras), admito que cuando toque hacer balance del tiempo dedicado a cada cosa, la escritura acaparará un buen porcentaje de las horas de mi vida. ¿Habré pasado más tiempo escribiendo que viviendo? Yo más bien creo que escribir ha sido y es, para mí, una forma de vivir, y de intentar no hacerlo del todo mal. Porque mis escritos no son un mero pasatiempo (que también), sino ante todo un recurso para afrontar ese abigarramiento de sucesos atropellados que es la vida. Son mi modo de apaciguar la angustia y atenuar la incertidumbre, poniendo un poco de orden y concierto. Son como las pinzas y el pegamento con los que procuro ajustar las piezas que voy encontrando desperdigadas por la vida, aquí y allá, caóticamente, interpelándome y avasallándome hasta que hago al...

Tanto pensar y escribir

Me lo pregunto a veces, como si fuera otro: ¿para qué tanto pensar, tanto escribir? Incluso siendo cierta aquella divisa de Comte-Sponville, “pensar mejor para vivir mejor”, vivir es lo primero, y para muchos tal vez suficiente. Pensar es en cierto modo un lujo, un entretenimiento a menudo baldío y, comparado con las urgencias de la vida, siempre ocioso. Dichosos los que viven a ras de tierra y con eso les basta. Pero a mí no me basta, qué le voy a hacer. Soy así de raro y, desde hace algún tiempo, ya ni siquiera me siento culpable. El propio Comte-Sponville me da el argumento: “Filosofamos porque no somos felices”. Porque sufrimos, y alimentamos la esperanza de que, cultivando la lucidez, podremos aprender a dialogar con el dolor, hasta convertirlo en un viejo, familiar, íntimo enemigo.  De modo que escribo, sí, con la esperanza de aprender. Cuando estoy lúcido creo que logro enseñarme alguna cosa (aunque soy un alumno díscolo y caótico, y no siempre me hago el caso que debería...

La tarea de la bondad

¿De dónde sale esa apasionada (y a menudo traicionada) obstinación por ser buenos? No sé si somos o no buenos por naturaleza. Hay días en que el espectáculo humano me parece que confirma a mi querido —¡y tan cuestionable!— Rousseau, y la gente parece decantárseme a su idea de bondad innata; y mañanas en las que me levanto pesimista o indignado, y me siento mucho más cerca del lúgubre —¡pero tan lúcido!— Hobbes. ¿Nacemos buenos y la sociedad nos pervierte, o somos homini lupus de forma innata y la sociedad es, por el contrario, un inmenso esfuerzo de contención y reconducción de nuestra iniquidad? Sé que esta es de esas preguntas sempiternas que toda persona seria —y todo filósofo acreditado— se ha planteado alguna vez. No tiene, por tanto, nada de original, ni aspira a desentrañar verdades nuevas. Casi todo lo que se le podía responder ya se ha propuesto. Pero, precisamente por ello, no es una cuestión cerrada, y cada cual tiene que encararla por su cuenta, y tomar partido —aunque las...

Responsabilidad

Vivir requiere muchos tipos de coraje: uno de ellos, estar dispuesto a equivocarse. Asumir que, más tarde o más temprano, en el lugar más inesperado, uno hará daño, y tendrá la culpa del sufrimiento de alguien, quizá de quien menos desearía. Que uno no sabrá ser siempre bueno, ni útil, ni siquiera justo, por mucho que se esfuerce. Aceptar que no todos nos querrán: porque no seremos de su gusto, porque obstaculizaremos sus designios, porque no lo mereceremos. Afrontar las propias limitaciones, las ineludibles torpezas, las asombrosas infamias. Ese es un precio que conocen bien los que optan por hacerse cargo de una responsabilidad. Dirigir es tener que elegir: más a menudo y con mayores consecuencias; es, por tanto, tener que juzgarse y ser juzgado con más rigor, y disponiendo de menos coartadas con las que escabullirse. El que está en primera fila es el primero en recibir los embates, y encima tiene que abrir el paso a los demás. El que sube al estrado se ve más, y cuenta con menos r...

Pequeña filosofía

A esta mi pequeña filosofía, de vuelo bajo y escaso recorrido, se le pueden reprochar muchas cosas. Se puede alegar que expone poco, y además se repite, y encima se contradice a veces. Se puede considerar, con razón, que no siempre es todo lo razonable que debería, o al menos que sus razones no siempre son rigurosas y no componen un cuerpo coherente y acabado. Esta mi pequeña filosofía es, en efecto, un pastiche de retales anárquicos, fragmentarios, cosechados acá y allá, un día en la calle y otro en el trabajo, un día exaltando las alegrías efímeras y otro moliendo las penas pertinaces. Se puede echar en falta, en sus vacilantes consideraciones, una formación académica respetable y una bibliografía especializada. Se le puede preguntar para qué sirve, y ridiculizar su desconcierto. A veces se muestra grandilocuente, otras pusilánime. A veces es cobarde y reticente, y da vueltas sin que se sepa muy bien adónde llega. Urde más exploraciones que hallazgos. Se puede, en fin, compadecer s...

Voluntad

A veces la voluntad anda robusta, y aguanta bien los embates de la facticidad; otras le invade la flojera, y cada paso se le hace un mundo. Hay voluntades recias, que se crecen al medirse con los bretes, y otras con poco fondo, que se resignan y se rinden fácilmente. No está mal rendirse: nos recuerda nuestra vulnerabilidad y que, en definitiva, vivir es perder. Pero somos criaturas del proyecto y del intento: ¿qué sentido tendría labrar un criterio de lo bueno si no fuera para bogar hacia esa costa, aun con el viento en contra? No basta con la motivación: es demasiado frágil y mudable; a veces, incluso, nos pone trabas: porque somos perezosos, porque preferimos la satisfacción inmediata a la incertidumbre de los largos plazos, porque no están de nuestra parte los hábitos personales o las costumbres colectivas. Porque, en fin, también hay dentro de nosotros personajes que se resisten y quieren otras cosas. Nada valioso y difícil, entonces, puede lograrse sin voluntad, que es la fuerz...