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Mostrando las entradas etiquetadas como Olvido

El diario que no llegué a escribir

(Redacté estas líneas el 3 de junio de 2013. No sé qué mosca me picaría, después de tantos años, para iniciar otra vez un diario. Hacía poco que me había quedado solo, quizá me carcomiera la insoportable levedad del ser. El proyecto no fructificó. Pero releo este prólogo y me gusta). Un diario propiamente dicho me da mucha pereza. Jalear con detalle la aburrida cotidianidad es un festín egocéntrico que a estas alturas me resulta demasiado tosco. En la juventud, cuando mi vida me parecía tan importante, tuvo su sentido; tal vez me sirviera para sufrir un poco menos, porque escribir es objetivar las cosas, ponerlas un poco fuera, expulsarlas a un escenario que parece ajeno. Con el tiempo me abrumó caer en la cuenta de que no hacía más que repetir una y otra vez hechos idénticos, regodearme en el calco de lamentos triviales. Mis diarios eran la muestra palpable de cómo mi vida consistía en un tiovivo de diámetro más bien estrecho. Por aquel entonces no había entendido a Nietzsche y aún es...

La eternidad de la nada

Asomado al balcón, en casa de mis padres, pensaba en tantas personas como he visto marchar a lo largo de mi vida. Personas que estuvieron presentes, activas, cargadas de sueños y de pesadillas; personas que llenaron el mundo de estampas, escenas que hoy amarillean camino del olvido. Mientras estaban, parecía imposible que un día hubieran de ausentarse para siempre. Ahora que no están, que ya no estarán nunca, parece asombroso que hubiesen estado alguna vez. Pronto olvidarás todo; pronto te olvidarán a ti.  Marco Aurelio. Richard Dawkins asegura que, puesto que no existió durante miles de millones de años, no le preocupa dejar de existir otro tanto (siempre me ha parecido sorprendente que hayamos aparecido justo en la mitad del trayecto del Sistema Solar). Es más: « Nosotros, los pocos privilegiados que ganamos la lotería de nacer contra todo pronóstico, ¿cómo osamos lloriquear por nuestro inevitable regreso a ese estado previo del que la inmensa mayoría jamás escapó?» Si a ese p...

Memoria de la ausencia

El tiempo es un niño travieso que nos empuja antes de salir corriendo. Es cierto que no hay más realidad que el presente, y que no se puede vivir fuera de él. Sin embargo, ¿qué sería de nosotros sin la memoria? En el pasado no encontramos solo lo que fuimos, encontramos lo que somos, porque construimos ― hoy ― nuestra imagen de nosotros mismos en función de lo que hemos sido. El hoy es el hecho puro, sin significado; es el material en bruto: aún no tiene narrativa, o si la tiene es porque en él concluye lo que llevamos escrito de nuestra historia. Para eso necesitamos el pasado: no para regresar a él ― cosa que es imposible, que ni siquiera es deseable a pesar de la nostalgia ― , sino para reconstruirlo una y otra vez desde el presente y darle así a este cimientos y extensión. Dicen que la memoria no es un almacén, que los recuerdos no son vestigios como los que encontramos en un desván. Dicen que la memoria es como los sueños, que utiliza las huellas del tiempo para recrearse const...

Dulce olvido

No puedo quejarme de mi salud; el cuerpo lo aguantó casi todo hasta los cuarenta, y aún se mantiene tolerablemente bien. En cambio, por lo que respecta a la memoria, siempre la he tenido fatal (al menos desde que recuerdo). Así que, si Albert Schwaitzer tenía razón, debo ser bastante feliz. Aunque lo olvide a menudo. La mala memoria me ha hecho algunas jugarretas, y siempre me ha parecido que empobrecía mi vida. Poca huella me queda de tantas lecturas, tantos estudios, tantos aprendizajes, y por eso me veo obligado a repetirlos, cuando no puedo o no quiero darlos por perdidos. Eso es bastante fastidioso, además de un desperdicio de esfuerzos y energías. Consuela un poco leer lo bien que Montaigne se tomaba este problema: “La memoria es un instrumento de extraordinaria utilidad, y sin él el juicio hace a duras penas su trabajo. Carezco de ella por completo”. Me temo que yo no sé afrontarlo con tanto desparpajo. Envidio a esas personas que memorizan a la primera el nombre de alguien a...

¡Qué deprisa olvidamos!

A veces, en algunos momentos de insólita lucidez, tal vez conmovidos por una alegría o una tristeza demasiado grandes, tal vez trastocados por un suceso que nos desborda, vislumbramos qué es lo realmente importante, cuál es la verdad que no deberíamos perder de vista, dónde reside auténticamente la vida... No basta con pensarlo. Pensar tiene mucho valor, y puede resultarnos muy útil, pero no nos sacude como un buen amigo que se esfuerza por abrirnos los ojos, no nos estremece como el amor. Solo lo que sentimos, lo que nos sale del fondo, nos transforma hasta el fondo. Los pensamientos son como un revuelo de hojarasca: superficiales y mortecinos. Para hablar con la vida hay que hablar en el lenguaje de la vida: el de la pasión, el de la alegría, el del dolor... Solo entonces tañemos las cuerdas de nuestra propia hondura vital. Tal vez haya mucha más verdad —o una verdad más certera— en la poesía que en la reflexión. Y a veces, por suerte, tocamos la poesía con la punta de los dedos...