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Mostrando las entradas etiquetadas como Conocimiento

¿Usted qué opina?

Al preguntar la opinión contamos con su fundamento en una reflexión previa. Partimos, así, del supuesto de que las razones preceden a las conclusiones. ¿Y si, al menos a menudo, al menos en parte, fuese al revés? ¿Y si nuestras posturas fuesen meras tentativas, que luego procuramos justificar?  ¿Usted qué opina? ¿Será ese un buen remedio para el problema que nos abruma? ¿Hay que molestarse ante la ofensa recibida? ¿Corresponde aguantar, o más bien nos conviene renegar de lo que nos está dañando? Un sinfín de pequeñas decisiones cotidianas, algún que otro dilema existencial, nos pone contra las cuerdas. Aun con escasa información, urge decidir: yo creo que…  En realidad, muchas veces nos falta una respuesta definida, no disponemos de una opinión del todo formada. Estamos acostumbrados a movernos por entre nebulosas de incertidumbre, meras intuiciones que nos hemos acostumbrado a no analizar con demasiado detenimiento. Cuando se nos pone en el brete de rescatarlas de la indefin...

A vueltas con la disonancia

Si nuestra mente no generalizara, si no estructurara el mundo en conjuntos y contrastes, nos sería imposible pensar. El mundo sería un maremágnum de puntos minuciosos donde pereceríamos sin poder agarrarnos a ninguna forma ni sentido. Percibir es trazar esquemas irreales sobre una realidad inabarcable, como se perfilan constelaciones en la infinidad del cielo estrellado. Pensar y sentir también deben serlo, según adujo Kant. El conocimiento aspira a aproximarse a esa «realidad» de la que fuimos expulsados sin retorno, y que suponemos que existe precisamente porque nos pasamos la vida construyendo mapas de ella. Aun sabiendo que a menudo nos engañamos mucho y siempre un poco, contamos con que debemos estar haciéndolo sobre algo que realmente se encuentra ahí.  Comprender cómo construimos nuestra percepción del mundo tal vez no nos exima de engañarnos sobre él, pero al menos puede servirnos para ser más cautos con nuestras certezas. Un artefacto de la percepción que siempre me asombr...

¿Vale la pena?

No todo en la vida merece la pena, o al menos no la merece en el mismo grado. Y, puesto que de todos modos nuestra capacidad de atención es limitada, no queda más remedio que elegir hacia dónde enfocamos la mirada, en qué escenarios y detalles centramos nuestra alerta, y cuáles descartamos por irrelevantes. En su mayor parte, este proceso de selección se efectúa de modo inconsciente, en función de una escala de preferencias cuyo sustrato nos ha legado la evolución. Las estipuló Maslow en su famosa escala, tan matizable como esclarecedora: primero lo que afecta a las operaciones básicas de la subsistencia y la reproducción, luego los elementos que afectan las interacciones con los otros. Más allá entramos en las extravagancias de nuestra especie, que emanan más de la cultura que de la biología: el conocimiento, el sentido, las costumbres, las aficiones, y esas alturas del «espíritu» que Maslow sintetizó como autorrealización . El autor sostiene que en esta pirámide de prioridades no se ...

Impresiones y sugestiones

Afirma el viejo y suspicaz refrán que las primeras impresiones son las que valen. Tal vez tenga razón, pero no porque en las primeras impresiones haya una especial sabiduría o una mágica inspiración. Si nos parece que aciertan es porque con ellas nos pasa como con los semáforos en rojo: solo nos fijamos en aquello que las confirma. Aunque también puede suceder algo mucho más curioso y de mayor calado: que nos empeñemos nosotros en confirmarlas activamente, como las profecías autocumplidas. En este sentido, las primeras impresiones tendrían un poder performativo: construirían su propia realidad. O más bien la construimos nosotros para darles la razón. Ellas establecen el punto de referencia de lo que vendrá a continuación, son el criterio que todo tenderá a confirmar. Así de elementales somos en lo que respecta a la percepción del mundo, y tal vez por eso nos equivocamos tanto; o, al menos, nos cuesta tanto ver más allá de nuestras creencias y nuestros prejuicios.  ¿Por qué limitamo...

El arte de la enmienda

A la hora de hacernos una imagen de los demás (y también de nosotros mismos, aunque ese es otro problema), solemos traducir en definiciones categoriales lo que en un principio son meras sensaciones, decantamientos hacia un lado de la balanza en la que oscilan los platillos de lo atractivo y lo repulsivo. Sucede, sin ir más lejos, en la dicotomía simpático/antipático: este me cae mal, aquella me cae bien; esta idea de «caer» trasluce lo que la sensación tiene de peso o desnivel, de cabeceo a babor o estribor según golpeen las olas. Lo llamativo es que, desde el momento en que alguien «nos cae» en una dirección, todos los duendes se confabulan para confirmar esa primera impresión. Es la fuerza universal de la llamada disonancia cognitiva/afectiva, que empieza condicionando la percepción: lo que nos da la razón resultará mucho más visible y nos parecerá mucho más probable; en cambio, lo que nos contradice pasará desapercibido o será rápidamente descartado, casi siempre sin el debido rigor...

Opinión y tribu

Los maestros griegos diferenciaban entre episteme , el conocimiento verdadero (y supuestamente indiscutible), y doxa , que es la opinión que cada cual sostiene acerca de las cosas, y sobre la cual versan todos los debates que en el mundo han sido. Los griegos —más en concreto, los atenienses—, pueblo comerciante e indagador, practicaban la polémica con fruición, dentro y fuera de casa, y no es extraño que fuesen ellos los que inventaran la filosofía. En el ágora, cada orador competía con los demás por atraer a discípulos y curiosos, a veces más inclinados a la charlatanería que al rigor lógico, pero en cualquier caso practicando un sofisticado estilo de sociabilidad: el poderoso vínculo de la palabra, y aun más, la complicidad que acaba uniendo a las personas que debaten apasionadamente unas ideas. Sócrates, que empezó vagando por las calles y lanzando sin miramientos sus preguntas a los inermes transeúntes, llegó a rodearse de una comitiva de devotos discípulos que acabaron por conve...

El otro, ese desconocido

Solemos interpretar los actos de las personas en función de cómo nos afectan (esta sería la perspectiva egocéntrica) o bien atribuyéndoles determinadas intenciones (que pueden no estar relacionadas con nosotros). En general nos interesa más la primera panorámica que la segunda, aunque ambas nos incumben. Pero lo cierto es que ni una ni otra, aun acertando en sus conclusiones, son las estrategias más adecuadas. Y no lo son por lo siguiente. La perspectiva egocéntrica tiende a sobreestimar nuestra importancia como estímulos motivadores en el mundo mental del otro. «Los demás pierden mucho menos tiempo pensando en nosotros que el que perdemos nosotros», nos recuerda, con certera lucidez, Bertrand Russell. Muchas veces, la pregunta «¿Qué le habré hecho?» debería ser sustituida por «¿Qué estará buscando con eso?»  Por lo que respecta a la atribución de intenciones, todos solemos considerarnos unos maestros en descifrar los motivos ajenos y en prever su comportamiento, cuando resulta qu...

Observar y estar

Hacemos demasiado, hablamos demasiado. Con tanto ruido espantamos a la lucidez, que es ante todo silencio. Un silencio expectante, cargado de presencia. Un silencio abierto al rumor de los oleajes de la existencia, rompiendo en nuestras orillas. «Si las ejecutamos conscientemente, todas nuestras acciones son poesías o cuadros», dice Thich Nhat Hanh. La vida pasa ante nuestros ojos y no la vemos porque estamos buscándola. Pedir nos condena a la carencia: el que tiene no pide. No hay más mundo que el que se extiende justamente aquí, delante de tus ojos. Como nos recuerda Marco Aurelio: «Recuerda que sólo se vive el presente, este instante fugaz... Pequeño es el rincón donde se vive.»  Estamos ansiosos por saber, pero quien sabe observar tal vez no precise pensar tanto. Los orientales lo aseveran desde tiempos inmemoriales, y han hecho de ello una propuesta de vida y una divisa de redención: toda la sabiduría necesaria se resume en permanecer atento. Descender de las calimas de la me...

Conocer a la gente

A veces me pregunto sobre los límites de mi admirada Psicología. ¿Se pueden sacar conclusiones generales acerca del comportamiento de la gente? Yo diría que sí, al fin y al cabo somos unos animales casi tan simples como todos los demás. Sin embargo, aquí el casi plantea un abismo de vastas proporciones. La respuesta sería: sí, con la condición de aceptar un sinfín de excepciones y matices que a duras penas confirmarán la regla. Quizá sea en las excepciones donde resida todo lo interesante que podemos aprender sobre la vida de las personas. ¿Se puede escribir una Psicología de la diversidad? Existe desde antiguo: es el estudio del rasgo o de la personalidad. Recordemos los famosos cuatro humores de Hipócrates. Actualmente hay cierto consenso en torno a cinco rasgos supuestamente definitorios del individuo: extraversión, amabilidad, apertura, responsabilidad y neuroticismo. Sin embargo, incluso esas cualidades, por robustas que se consideren, son incapaces de dar cuenta de la complejida...

Perspectivas

A menudo rescato la vieja pregunta de si muchos problemas, acaso todos, no serán en esencia una cuestión de perspectiva. Quién no ha comprobado que lo que implica un conflicto o una contradicción en un determinado nivel, queda incorporado de forma coherente en otro. Las partes que son tesis y antítesis pueden convertirse en síntesis si las consideramos un poco más allá o con mayor amplitud. Así, la resolución de conflictos no se limita al ámbito racional, es una tarea casi estética: tiene más de arte, de danza, de música, de flexibilidad. Consiste en una revisión de mapa, de punto de vista. Lo que llamamos sabiduría, entonces, podría consistir en el desarrollo de una mente suficientemente flexible para escrutar de cerca en el análisis y a la vez contemplar de lejos en la síntesis, en ese conjunto armónico e inclusivo que se ha llamado gestalt . Los teóricos de la Gestalt nos han mostrado cómo la mente tiende a organizar los elementos de las percepciones en «buenas formas», aplicando p...

Labriegos de la idea

La reflexión es el taller del pensamiento, minucioso y metódico, manufactura de la lógica diseñándole al mundo mecanismos. El pensamiento inventa órdenes al caos, y sonríe viendo girar los engranajes. No en vano somos exploradores de sentido, es decir, artífices de congruencia. Organizarlo en una articulación armónica, en las tramas musicales de una gestalt , nos hace sentirnos más seguros: no podríamos soportar un universo nebular de pura incertidumbre, en el cual no vislumbráramos un cierto grado de previsibilidad. Es cierto que nuestro intento siempre resultará provisional: las ideas, de apariencia tan pulcra, esconden una esencia tornadiza. El mundo siempre se reserva un as inesperado en la manga. Preferiríamos que las cosas se ciñeran al concepto que tenemos de ellas, porque eso las haría más simples. Sin embargo, los fenómenos se deshilachan por los flecos, la realidad se burla de la mejor teoría, y nos recuerda que el estado natural del conocimiento es la perplejidad. No existe...

Selección cultural

Lo que se ha llamado selección cultural (Harris), como derivación de la «selección natural» que opera en la evolución biológica, es una trasposición discutible y, desde luego, su paralelismo se agota en el mero concepto. Considerar que las formas culturales evolucionan, como las formas biológicas, por algún tipo de selección de eficiencia, es aplicar a la cultura leyes que no le corresponden; al menos no tenemos prueba terminante de que lo hagan. Es cierto que la cultura se construye como un modo colectivo de respuesta más o menos apropiada a las exigencias del entorno, con el objetivo de aumentar las probabilidades de supervivencia de los individuos de ese colectivo. Y es evidente que la mayoría de las formas culturales (eso que Ortega llamó usos ) han sufrido un proceso de refinamiento en las estrategias en función de su eficacia como respuesta al entorno. Pero el paralelismo entre ambos mecanismos de adaptación termina ahí. La cultura no es un artefacto directamente vinculado a la ...

Dogmatismos

La única condición razonablemente exigible a una idea, para tomarla en serio y darle una oportunidad, es que se pueda discrepar de ella. Que se abra a la discusión con honradez, y no nos niegue de entrada la posibilidad de tener razón al llevarle la contraria. No hace falta que se nos muestre dudosa o vacilante, ni que pida perdón, ni que se nos dirija con reticencia: tiene todo el derecho a pretenderse cierta; en realidad carecería de sentido sostenerla sin esa condición. Pero en la actitud con que se nos dirige debe haber, al menos, lo que Popper denominó posibilidad de falsación , es decir, una apertura que permita cuestionarla, pedirle explicaciones, ponerla a prueba y, si es el caso, rebatirla. El único valor de una idea honesta es que se interese más por la verdad que por sí misma. Porque solo un sabor a verdad —o más bien el fracaso al refutarla— da sentido y validez a un pensamiento.  La mayoría de las doctrinas que rigen el mundo, sin embargo, no se atienen a ese limpio re...

Conceptos y símbolos

La filosofía es la obstinación del pensamiento frente a la opacidad del mundo. En el ejercicio de su tarea, provee a nuestra razón de artefactos, es decir, de nodos que articulan, compendiados, ciertos perímetros semánticos, dispositivos que nos permiten manejar estructuras de significado.  Cuando Platón nos propone el concepto de Forma o Idea, está condensando en él toda una manera de entender la realidad, es decir, toda una tesis metafísica, para que podamos aplicarla en conjunto en nuestra propia observación. Así, al usar el término estaremos movilizando en él, de una vez, una armazón entera de sentidos, lo cual nos simplifica el pensamiento y su expresión por medio del lenguaje. Al cuestionarme sobre lo existente, pensar en la Forma del Bien implicará analizar la posibilidad de que exista un Bien supremo, acabado, abstracto, y según el griego único real, frente a la multiplicidad de versiones del bien que puedo encontrar en el ámbito de las apariencias perceptuales.  De h...