Al preguntar la opinión contamos con su fundamento en una reflexión previa. Partimos, así, del supuesto de que las razones preceden a las conclusiones. ¿Y si, al menos a menudo, al menos en parte, fuese al revés? ¿Y si nuestras posturas fuesen meras tentativas, que luego procuramos justificar?
¿Usted qué opina? ¿Será ese un buen remedio para el problema que nos abruma? ¿Hay que molestarse ante la ofensa recibida? ¿Corresponde aguantar, o más bien nos conviene renegar de lo que nos está dañando? Un sinfín de pequeñas decisiones cotidianas, algún que otro dilema existencial, nos pone contra las cuerdas. Aun con escasa información, urge decidir: yo creo que…
En realidad, muchas veces nos falta una respuesta definida, no disponemos de una opinión del todo formada. Estamos acostumbrados a movernos por entre nebulosas de incertidumbre, meras intuiciones que nos hemos acostumbrado a no analizar con demasiado detenimiento. Cuando se nos pone en el brete de rescatarlas de la indefinición, para enfocarlas de un modo más nítido, quizá nos encontremos con meros esbozos rudimentarios.
Pero lo apremiante es decir algo, así que aventuramos nuestras ideas desde la intuición. Prestamos consistencia a nuestras hipótesis tambaleantes con los argumentos que buenamente se nos ocurren. En general no muy convincentes, pero al fin y al cabo significativos (para nosotros), puesto que son los únicos que tenemos. O bien echamos mano de lo que opinan (o creemos que opinan) los nuestros, los que se nos parecen, los que se nos presentan ungidos de autoridad. No solemos admitirlo, pero la mayor parte de nuestro pensamiento es prestado; el conocimiento se construye socialmente.
Pero, incluso cuando nos encontramos con nuestra opinión en el espejo de las palabras, tal vez dudemos; sea por falta de información o porque las opiniones heredadas no nos resultan del todo convincentes. En tal caso, es posible que, si nos vemos obligados a opinar, lo hagamos de forma hipotética y provisional, pero mostrándolo como algo acabado, simulando que no existe una duda que podría dañar nuestra imagen social o nuestra autoestima. Así, sucede que a menudo nos en-teramos de nuestras opiniones porque nos descubrimos enunciándolas: no las conocemos hasta que las declaramos y nos comprometemos con ellas, hasta que las convertimos en un hecho, emplazado en la arena social del lenguaje.
El acto de expresar se nos presenta, pues, como un instante fundacional: ahí se gesta la opinión, del mismo modo que los ríos nacen en el manantial, allá donde emergen de la roca. Sabia divisa existencialista: la existencia precede a la esencia; y no solo la precede, sino que la compone. Ser es hacer: hablar es crear conocimiento. En el principio fue el Verbo, o por la boca muere el pez.
Expresar una opinión (contestar la pregunta: ¿Y usted qué opina?) no implica solo dejarla patente ante los otros, sino también comprometerse con ella, trazar el contorno de lo propio frente a lo ajeno (y lo ajeno tiene siempre algo de contrario). Una afirmación es un contrato avalado por nuestro prestigio, que desde ese momento pasa a ser lo prioritario, lo que más decididamente hemos de defender. En las discusiones no importa tanto las razones que se planteen para argumentar como los individuos que las sustentan. Muchos ignoran que pertenecen a un bando (que una determinada opinión es suya) hasta que se descubren rebatiendo a los del contrario, y apoyando acaloradamente posturas que poco antes apenas conocían.
Nuestro razonamiento nos conduce a defender que las opiniones, incluso las más sólidas, tienen también una dimensión cuantitativa (y quizá sea la única que tienen, o al menos la que genera toda cualidad). Se podría expresar con la siguiente premisa: cada vez que se plantea un punto de vista se hace más probable que, a continuación, se siga sosteniendo. Es decir: tendemos a reafirmarnos en lo dicho, por el mero hecho de haberlo dicho, y eso con independencia de hasta qué punto nos parezca o no acertado. Con otras palabras: nos resistiremos a corregir nuestras opiniones, tanto más cuanto mayor sea nuestro compromiso explícito con ellas. El corolario es que nuestras opiniones se consolidan, en buena parte, por mera repetición o acumulación. Sobre todo cuando esa reiteración se ejerce contra una opinión opuesta: las tesis se construyen frente a las antítesis, y a veces es esa propia dialéctica la que dificulta concebir una síntesis.
Cada vez que hacemos una afirmación buscamos las razones que la sostienen y, en cambio, nos desentendemos de las contrarias. Es el fenómeno, harto conocido, de la percepción selectiva, que implica, de modo complementario, una ceguera selectiva. Dicen que creer es crear: cuando creemos algo, procuramos seguir creyéndolo. En última instancia, siempre sentimos el tirón de esa preferencia por la estabilidad.
Ella es la que nos da cuenta del fenómeno de la disonancia cognitiva: si de lo que se trata es de tener razón, o de darnos la razón, procuraremos siempre apoyar las razones que están de nuestra parte, y rechazar aquellas que nos contradicen. Las posturas se retroalimentan, buscando insistentemente aliados y desentendiéndose de lo que las pone en entredicho. Quien llegó a la conclusión de que merece triunfar, preferirá atender a aquello que le brinde la oportunidad del triunfo. Quien se convenció de que la música no se le da bien, confirmará en cada error la dureza de su oído.
Por eso hay que tener mucho cuidado al enunciar una conclusión: cada vez que la enunciamos, la hacemos más probable, hasta que quizá quedemos atrapados por ella, incapaces de pensar en su alternativa. Nuestros pensamientos, para bien o para mal, tienen mucho de hábitos, y son tan difíciles de cambiar como ellos. Si, por ejemplo, nos repetimos que todas las personas son malas, tenderemos a detectar maldad en los demás; de hecho —y esto parece aún más asombroso— actuaremos de tal modo que seguramente contribuiremos a motivar a quienes nos rodean a que se comporten con actos malos. Es el fenómeno, también muy popular, de la profecía autocumplida.
En definitiva, la opinión precede a la razón, porque preexiste en el contexto, del cual nos la apropiamos. No opinamos lo correcto, sino lo que opinan aquellos con quienes nos identificamos (y que, de hecho, es lo que consideramos correcto). La opinión, entonces, más que un razonamiento o una conclusión, es una seña de identidad. De ahí que la mayoría de nuestros juicios sean, en realidad, prejuicios.

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