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Mostrando las entradas etiquetadas como Felicidad

Insidiosa complejidad

La vida hoy día se desintegra en un engrudo de complejidad. El mundo que nos ha tocado es intrincado de por sí, sobrecargado de estímulos y requerimientos, pero hemos interiorizado esa ansia de lo complejo y la hemos convertido en forma de vida mediante la hiperactividad. Tenemos que hacer muchas cosas, no podemos detenernos, hay que aprovechar cada instante so pena de empobrecer el propio ser ; porque en nuestro tiempo ser es ante todo hacer, cerciorarse de que no hay instante improductivo. Solo «vive» quien se entrega a una actividad frenética que llene todos los huecos (en una especie de horror vacui funcional) de una sustancia efímera y frágil, fácilmente desechable, para poder perseguir una nueva experiencia. Esto explica que la rebeldía, actualmente, se exprese como reivindicación de la inutilidad, como hace Nuccio Ordine en su obrita La utilidad de lo inútil.   La dispersión de nuestra era viene vinculada a otros fenómenos, que teóricos como Z. Bauman han descrito con deta...

De vuelta en casa

La surtida industria de la realización personal nos ofrece todo tipo de métodos para alcanzar la serenidad, la felicidad o como quiera que se llame a una vida satisfactoria. Cada uno de esos procedimientos, obviamente, se nos vende como el mejor: el más sencillo, el más directo, el más eficaz… Con esa esperanza los adquirimos, uno tras otro, como antiguamente se compraban los crecepelos o los remedios milagrosos en los carromatos de las ferias. Entusiasmados, abrimos el libro o asistimos a la charla donde quizá encontremos, por fin, esa clave que tanto hemos buscado. Sin embargo, suele pasar que, después de la emoción de las primeras páginas (o sesiones), uno descubre que el método no resulta ni tan inmediato, ni tan simple, ni tan efectivo como se prometía. La tarea es más ardua de lo que pensábamos, y el resultado más incierto.  Como avezado miembro del pelotón de los inadaptados, yo dediqué buena parte de mi juventud a la búsqueda de la piedra filosofal. Convencido de que tenía...

Zona de luz apenas

Por lo general, los días se arman solos con sus trabajos, sus penas y sus pequeñas alegrías. El momento del deber y la levedad del ocio, el trago amargo del error y el dulce elixir del triunfo. La vida pública, con su teatro, y el recogimiento íntimo, con sus perplejidades. El esfuerzo y el descanso. Casi todo ritualizado, o sea, trabado en una secuencia reglamentaria y alquímica. «Los ritos son al tiempo lo que la casa es al espacio», decía Saint-Exupéry, sondeador de sutilezas ocultas.  Las jornadas se suceden parejas, rutinarias, familiares, pero a la vez trepidantes del estremecimiento de lo vivo. Monótonamente fértiles, «escasas a propósito», decía Gil de Biedma en su poema Lunes : tan llenas de lo que nos falta, tan densas en su gravidez. «Quizá tienen razón los días laborables», se pregunta el poeta: la razón de no volar demasiado alto, de permanecer a ras de tierra, cerca de la materia compacta y humilde. Los lunes mucha gente está triste, pero pocos se vuelven locos. ...

Grandes esperanzas

«La esperanza es lo último que se pierde», proclama el refrán popular, animándonos a no cejar en los empeños que valgan la pena. Fue, en efecto, la esperanza lo único que se quedó sin salir de la caja de males de Pandora. Curioso mito que expresa la profunda ambivalencia de ese sentimiento: ¿qué hacía en un depósito de males, y por qué no salió con los otros a hacer estragos por el mundo? ¿Se quedó en lo más profundo como último acicate del corazón, o para envenenarlo con su melancólica fe en la redención futura?   Ese don divino, que retuvo para nosotros la temeraria muchacha, huele a trampa. La apuesta contumaz por el mañana vivifica el ánimo abatido, pero también congela su mirada. Esperar tiene algo de cautiverio, de impotencia. Así nos lo previene Spinoza, hermanando esperanza y miedo. Esa «alegría inconstante» que nos inspira la primera tiene el reverso de la «tristeza inconstante» del segundo: uno nos lleva a otro sin darnos cuenta, paralizándonos en la contemplación de un...

Emocionarnos

Tanto en las historias como en nuestra vida, lo que queremos es emocionarnos. No hay nada más insulso que una fábula sin sueños, sin conflictos y tensiones, sin triunfos y caídas; lo mismo vale para el relato de nuestra biografía.  Ansiamos emoción incluso en asuntos tan supuestamente racionales como la reflexión (inventamos la filosofía, que es literatura), el conocimiento (fundamos la ciencia, que es entusiasmo) o el gobierno (y por eso establecimos la política, que es lucha). La convivencia que no emociona nos aburre, el trabajo que no emociona nos deprime o nos abruma.  El hambre de emoción afecta a todo, y por eso nos equivocamos tanto, por eso removemos la simpleza de lo elemental hasta imprimirle una complejidad que lo hace todo más difícil, pero lleno de color y de sabor. Nuestros intercambios son, en el fondo, bastante esquemáticos; responden a un catálogo de necesidades exiguo y básico, y a unas dinámicas en lo esencial previsibles; si nos ciñéramos a esa linealida...

Partidarios de la alegría

Somos partidarios de la alegría. Convencidos, fervientes, entusiastas adeptos. La alegría de Epicuro, que paseaba con amigos y saboreaba un trozo de queso. La alegría del Quijote, cabalgando a la zaga de sus sueños. La alegría de Spinoza, que la invocaba como fuerza de la vida. La alegría de Nietzsche, contemplando desde las cumbres las vastas lejanías.  Sabemos que ella es frágil y está sola; que a menudo se extravía por quebradas y despeñaderos, y muchos sucumbieron en el afán de rescatarla. Sabemos que, de tan bella, resulta poco convincente. Sabemos que muchos la socavan y pocos la edifican. Sabemos que es fácil arrasarla y difícil restaurarla.  Por eso estamos ahí, porque nos necesita de su parte. Ahí estamos, celebrando su tímido amanecer, sus misteriosos crepúsculos. A veces, al caer de la noche, nos sobrecoge la duda; ¡parece tan poderosa la negrura! Hay un instante en que todo se tambalea. Pero echamos mano de una canción antigua o de las palabras de un maestro, y v...

Gozo

«No es posible vivir placenteramente sin vivir sensata, honesta y justamente, ni vivir sensata, honesta y justamente sin vivir con placer». Con tan feliz simpleza, Epicuro nos traza el mapa de una existencia grata y fructífera. Vivir, dice, debería ser gozoso: no siempre —cosa imposible—, pero sí en el fondo de los fondos; sí, también, mientras surcamos el oleaje de la cotidianidad. Vivir tiene que ser una travesía amena que podamos afrontar con entusiasmo, comprometidos en tomar partido por la alegría. Sin gusto, el ánimo se abate y la fuerza se marchita. «Pues al menos yo no sé qué pensar del bien si excluyo el gozo…», insistía Epicuro. ¿De qué nos serviría un bien que no nos cautivara evocando otros bienes por venir? ¿De dónde sacaríamos las fuerzas para ganarlo y defenderlo? ¿Qué nos quedaría de él, después de las batallas?  Gozo, pues, como partida, y también como destino. No un gozo cualquiera: los hay que no merecen la pena, por irrelevantes o tramposos. Su valor no siempr...

Aquellas noches de verano

Me doy cuenta de que mis momentos más felices han sido aquellos en que los deseos parecían a punto de caer como fruta madura, pero aún no estaban colmados por completo. Momentos en los que me embriagaba con el presentimiento de algo maravilloso que podía estar a punto de suceder, aunque no fuese seguro, aunque no fuese ni siquiera probable: bastaba con soñar que sucedía, con sentir cerca el objeto del deseo y fantasear que, al tenderle la mano, la tomaría sin dudar, como si solo hubiese estado aguardando esa señal: yo sería el elegido y vendría conmigo. Si me encontraba en una situación ingrata, tenía la oportunidad de animarme pensando que mi esfuerzo era el precio que pagaba por esa inminente felicidad, o que, en cualquier caso, la redención ya me rondaba y era cuestión de tiempo que se me entregara. Y si, en cambio, ya me sentía contento y satisfecho, multiplicaba mi satisfacción con la perspectiva de dichas mayores que me estaban esperando.  La felicidad más intensa, pues, ti...

Placer bueno

No el placer torcido, de los que disfrutan con la desventura ajena, por envidia o por simple estupidez. No el placer canalla, que se infla ensañándose con otros, que humilla para no mirarse al espejo; el que roba la dignidad que teme no poseer y la alegría que sabe no sentir. No el placer prestado que nos roba la libertad y la cordura, ni el placer traidor de la pereza o del exceso. No: el placer bueno. El placer de los buenos, que nos hace buenos. El gozo del amor que nos sana, la gracia de la caricia que nos abriga, la risa gratuita y transparente que aligera el espesor de la amargura. La honda serenidad de un atardecer con olor a hierba y extensas lejanías. El embeleso de una música que cala hasta los huesos, pongamos, por poner alguna, la frescura de Josquin o la gravedad de Juan del Enzina. El disfrute de la inteligencia y la poesía, de ambas juntas cuando son lo mismo, como en Calderón o en Lorca. Un misterioso cuadro de Turner, una estremecedora figura de Friedrich absorta en ...

Disfrutar

“El placer es principio y fin del vivir feliz”, afirma Epicuro, y desde luego toda la dulzura de la vida nos llega en forma de placer. ¿Por qué, entonces, les suscita tantos recelos a todos los dogmas? “Por lo general, ‘hacer el bien’ a la gente consiste en privarle de algún placer”, avisa B. Russell con agudeza. A la mayoría de los moralistas, el placer les resulta sospechoso. Dicen que es porque puede alejarnos de Dios, o incluso de nosotros mismos, cuando nos sume en el apego y nos hace dependientes. Pero la dependencia es la excepción: ¿qué pasa con el que sencillamente disfruta y luego va a otra cosa?  Creo que, ante todo, lo que les inquieta es ese cierto margen de descontrol que conlleva el placer, el hecho de que, por unos instantes, el individuo deje de controlar (y por tanto de ser controlado). Porque es cierto que en el placer la voluntad queda relegada a un segundo plano, se retira discretamente y le deja mandar a él, moverse a sus anchas aunque sea solo de un modo pr...

Partir para volver

La intensidad nos motiva: queremos sentirnos vivos; pero a la vez nos agota, obligándonos a poner fuerzas para afrontar la fuerza de la vida. La segunda ley de la termodinámica rige implacable: lo que nos mueve nos desgasta, del mismo modo que la madera no soltaría llama si no se fuese consumiendo. El mismo tiempo que teje la vida, la envejece. Queremos que nuestra vida sea intensa, porque, como Julián Marías, estamos convencidos de que “la felicidad consiste primariamente en la intensidad de la vida”. Y por eso buscamos constantemente diversiones y alicientes, para no hundirnos en ese tedio que tanto temía Baudelaire, para sentir hasta el fondo la existencia y, así, impregnarla de ilusión de sentido. El reverso de la feliz intensidad es que cansa, y también nos hace falta descansar, guarecernos en una vida mansa y segura que calme la ansiedad. La vida es, de por sí, un exceso, un desafío constante, una libertad agotadora, como nos recordaron Sartre y Fromm, y por eso a veces preferi...

El pozo del sufrimiento

El grado de satisfacción con la vida, o, si se quiere, eso que llamamos “felicidad”, es algo elástico que se estira y se encoge según el color del cristal con que se mira. Spinoza ya nos lo explicó: depende de la relación de fuerzas frente a las cosas con las que nos topamos; a una picadura de mosquito le podemos, una punzada de araña tal vez nos pueda. Nos complace lo que nos sabemos capaces de vencer, y nos fastidia (o nos mata) lo que nos vence. En vano soñamos con ir ascendiendo puestos en la escala del contento, si pretendemos que las marcas alcanzadas se mantengan ya estables como territorio conquistado: habrá golpes de viento que nos despeñarán. También hay oleadas repentinas que nos elevan, a menudo misteriosamente, pero esas siempre son menos. Ley de entropía: para caer basta con esperar lo suficiente; en cambio, subir es improbable y requiere esfuerzo. Pero con esto del ánimo sucede otro fenómeno que me parece aún más interesante y asombroso, y que si llegáramos a asum...

Rescatarse de uno mismo

Cada día es más firme mi sospecha de que la felicidad (lo más parecido a eso que llamamos felicidad, dentro de lo humanamente alcanzable) consiste ante todo en pensar poco en la propia felicidad, o sea, en uno mismo. Tal vez si dedicáramos menos tiempo a pensar en nosotros (en lo perdido y lo sufrido, en cómo deberíamos ser, en lo que deseamos y no tenemos, en lo que nos dan o no nos dan los demás…), tal vez si nos tomáramos menos a pecho y nos obsesionáramos menos con mirarnos en el espejo, llegaríamos a querernos más, es decir, a disfrutar de la vida (lo cual incluye a veces sufrirla, qué le vamos a hacer). Porque si al menos nos observáramos con el ánimo de conocernos mejor, como proponía el Oráculo de Delfos, hacerlo podría resultar interesante y constructivo; podría llevarnos, incluso, a una cierta sabiduría. Pero pensamos en nosotros mismos (y casi siempre también en los demás) como en algo incompleto y defectuoso que hay que modelar, algo que requiere solución; es decir, nos ...

Las ventajas del pesimismo

Todos preferimos el optimismo, que nos abre al mundo y al futuro, despierta nuestro impulso y lo alimenta, nos convierte en seres constructivos y constructores. El optimismo nos entrelaza con el mundo, proclama la alegría, ayuda a dormir y a hacer mejores digestiones, instaura un bienestar que hace más llevadera la vida y a nosotros más afables con los demás. Se está más a gusto cerca de un optimista, incluso cuando no se comparten sus entusiasmos: tal vez nos contagie un poco de su positividad, y si no, al menos, no carga con más nubarrones nuestro horizonte. ¿Cómo no preferirlo? Sin embargo, esa misma virtud solar y activa que nos lo hace grato, también nos compromete. El optimismo es más exigente, si somos coherentes con él, ya que no nos deja coartadas para la pereza ni la reticencia: cuando hay una convicción, lo lógico es convertirla en intento. Es más expuesto, porque no nos deja refugios ni vuelta atrás: hay que disponerse a salir a la calle y actuar, y el que actúa se arrie...