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Mostrando las entradas etiquetadas como Guerra

Pacíficos y violentos

Una de las más desconcertantes singularidades de nuestra especie ha sido alcanzar una estrecha y sofisticada socialización partiendo de una recalcitrante tendencia a la agresividad.  El enigma de esta paradójica evolución simultánea de dos tendencias contrapuestas ha escamado a sociólogos y antropólogos, que en sus formulaciones más recientes sugieren la posibilidad de dos evoluciones paralelas, una en el plano individual (que premiaría a los violentos) y otra en el colectivo (que favorecería a los grupos capaces de trabar relaciones pacíficas en su seno). En definitiva, sentimos un intenso impulso, pero también contradictorio e inestable, tanto a combatir como a colaborar entre nosotros, y la dialéctica entre esas dos inclinaciones perfila las líneas maestras de cada biografía individual, del mismo modo que ha sido uno de los factores que han escrito nuestra Historia como especie.  ¿Qué podemos pronosticar del conflicto entre esas dos poderosas tendencias? ¿Hacia qué lado c...

La brutalidad latente

La mayoría de la gente, la mayor parte del tiempo, se comporta de un modo razonable y con un sentido que cabe considerar ético. Sin esta pauta predominante, la convivencia y la sociedad serían inviables. Y aun así todos, alguna vez, reaccionamos de modos irracionales, incluso contrarios ya no solo a la ética, que sostiene las relaciones individuales, sino a la norma, que es la columna vertebral del grupo. En estos casos, cuando la que manda es la pasión ciega (el “cerebro reptiliano” del que hablan los neurólogos), la armazón de lo social revela su profunda vulnerabilidad. Vivimos en escenarios milagrosamente sofisticados, pero que en el fondo se sostienen con pinzas, fruto de compromisos siempre frágiles y provisionales.  En los desórdenes de la pasión, y sobre todo de la desesperación, se demuestra la firmeza moral de cada uno. También su grado de madurez y equilibrio personal. Es fácil comportarse con entereza mientras nuestro entorno es ordenado y previsible, ser más o menos...

Lo raro es la paz

En estos días oscuros, la guerra de Rusia y Ucrania nos tiene a todos en vilo, con los pelos de punta por los horrores que nos van contando y aún más por los que nos quedan por saber. Sobran razones para que nos conmocionen la indignación y el miedo, pero hemos de reconocer que somos bastante hipócritas y un poco ilusos. ¿Acaso no hemos vivido inmersos en una guerra permanente? ¿Qué pasa, por no alejarnos mucho en el tiempo, con catástrofes como Irak, Afganistán o Yemen? ¿Hemos olvidado ya la sangría espantosa que hizo saltar los Balcanes en mil pedazos a finales del siglo pasado? ¿Y qué pasa con África, que no cesa de arder por los cuatro costados? Como dice Vicenç Fisas, parece que hubiera guerras que hay que tomar en serio y otras que se pueden ignorar.  Despertamos del plácido sueño de la paz y resultó que la guerra, como el dinosaurio, aún estaba allí. Que no dejó de estar, solo que nosotros nos habíamos acostumbrado a ella, como a un detalle más del paisaje. Tampoco nos en...

Carcoma en el trono de Jerjes

Leer sobre las grandes batallas de la historia provoca sentimientos encontrados. Nos apasionaría, como hizo Jerjes en Salamina, poder contemplarlas en un cómodo trono desde un promontorio. Pero a la vez sentimos el alivio de librarnos del horrible espectáculo, el vértigo de tanta crueldad junta, el agolpamiento brusco de tantas almas a las puertas del Hades. Y, sobre todo, la inmensa suerte de librarnos del dolor y el terror, de poder contemplarlas tras el velo del tiempo, que las hace casi tan irreales y esquemáticas (buenos, malos, héroes, traidores…) como un relato épico. La grandeza se concibe en la distancia, cuando, al amor del fuego, uno puede dejar que la imaginación le estremezca con la bravura de Aquiles o la astucia de Napoleón, sabiendo que luego se irá a dormir, a salvo en su humilde trivialidad cotidiana. En el fragor de la contienda no debe haber sitio más que para el pavor, la consternación, la rabia atropellada y el dolor candente. La gloria la ponemos después, en l...