Ir al contenido principal

Entradas

Mostrando las entradas etiquetadas como Autoconcepto

Surcos de la identidad

Entre los demás, uno es, acaba siendo, lo que le dejan ser, lo que la inexorable expectativa ajena va modelando en su papel social. Esa expectativa suele actuar en forma de verdadera presión hacia un rol determinado: es una «viscosa facticidad» —diría Sartre— que se adhiere por todas partes, que tira desde todos los rincones, que prevalece sobre la voluntad y la creatividad. Contrariarla implica desafiar la resistencia de los demás a cambiar el concepto ya consolidado acerca de uno, lo cual probablemente tendrá como consecuencia algún tipo de conflicto o repudio. No en vano, para el grupo implica una desestabilización que hay que neutralizar. «Estás raro», «Parece que no eres tú», serían comentarios relativamente benignos; «¿Quién te has creído que eres?» o «Estás mejor callado» ejercerían presiones más directas. Al final se puede llegar a la burla, la amenaza o directamente a la agresión.  Lo más diabólico del poder del grupo sobre el individuo es que este es adiestrado para conce...

Expectativas

«No puede ser que haya hecho eso… Ella no es así». Lo que más nos emociona del cuento de la Cenicienta es el hecho de que la protagonista logre recomponer un destino que parecía cerrado para siempre.  Lo excepcional de esa suerte nos hace reflexionar sobre el enorme ascendente que tienen las atribuciones sobre lo que somos o lo que dejamos de ser, y lo arduo que resulta salirse de ellas. La prueba está en que a Cenicienta tienen que ayudarla —¡y con no poca magia!— para transgredir una sola vez ese rol, y luego, además, deberán venir a buscarla para que por fin pueda librarse de él.  No siempre somos conscientes de hasta qué punto nos condicionan las expectativas ajenas… y cómo condicionamos con las nuestras a los demás. El hecho, por ejemplo, de que los demás esperen bondad de nosotros, nos anima a ser buenos; lamentablemente, también sucede a la inversa: las ovejas negras suelen serlo precisamente porque esa es la idea que se tiene de ellas. La atribución de rol tiene el p...

Morir de éxito

Se dice que el éxito, en especial cuando es repentino, descomunal o no del todo justificado, se convierte en un engrudo de mala digestión. El fracaso sabe a familiar, el triunfo es siempre intempestivo. Ahí están, por ejemplo, los conflictos que desbordan a quienes saltan de repente a la fama: cuántos no se sumen en la depresión y son pasto de las adicciones.  Tiene sentido, y por muchas razones. De entrada, el éxito reclama ser conservado, pone alto el listón de nuestra autoestima y la adosa sin resquicios al reconocimiento ajeno. El éxito, sobre todo cuando implica una fuerte presión social, ahonda un tipo especial de vulnerabilidad: la dependencia del aplauso y de la fama. Por eso es adictivo y por eso siempre quiere más.  Hay que ser cuidadoso con la nube en la que nos envuelve la admiración, porque si perdemos de vista su inconsistencia, si permitimos que tome las riendas, si nos apoyamos demasiado en sus embriagadoras caricias, podemos caer desde muy alto. Es lo que po...

Distintos

Uno de los más pertinaces sueños de omnipotencia, enraizado en el solar de la infancia o tal vez en la entera condición humana, es la sensación de que en nosotros hay algo especial que nos hace únicos y diferentes del resto de los mortales; algo que, en cierto modo, nos hace inmortales: como suele decirse, solo se mueren los otros.  Puede que todas las fantasías de trascendencia —la vida eterna, la reencarnación…— sean una proyección de ese presagio desesperado de inmortalidad, un modo de darle forma y de conferirle la consistencia de una ley.  Nos concebimos distintos, misteriosamente especiales, con un destino que discurre al margen del destino común. Quizá porque así somos, en efecto, para nosotros mismos, vivimos inmersos en la subjetividad de nuestro yo. Nuestra mirada crea el mundo: por eso no logramos nunca aceptar del todo que el mundo pueda seguir existiendo sin ella. Pensamos en nosotros como una esencia inalcanzable, indestructible, inmutable, y de ahí debe procede...

Dimensiones de la interacción

El interaccionismo simbólico, y en particular la propuesta dramatúrgica de Erving Goffman, constituyen unos enfoques apasionantes para analizar las relaciones humanas, repletos de sugestiones para los que, como yo, intentan descifrarlas a través de la mera observación y la intuición aplicadas a las propias vivencias, o sea, desde un punto de vista fenomenológico, tal vez no demasiado riguroso, pero eficaz. Me interesan ante todo las relaciones entre individuos y pequeños grupos. Los sociólogos hablan de “nivel micro”: el que usa como unidad de análisis la interacción . En la interacción nos pasamos la mayor parte de la vida, ahí está la gente que más nos importa y con la que nos jugamos las alegrías y los desvelos más inmediatos. Goffman lo entendió bien, y por eso dedicó su obra al estudio de la interacción en la vida cotidiana. Vayan estas rudimentarias líneas a modo de homenaje al genial sociólogo.  Para empezar, la interacción social tiene una dimensión ontológica: somos lo q...

Las trincheras del yo

El yo, la noción o sensación de lo que somos como individuos diferenciados, solo puede sostenerse a fuerza de una perpetua lucha. Todo conspira contra él, puesto que lo natural es lo indistinto, y distinguirse equivale a crearse de la nada ― que es todo ― , a configurar una anomalía contraria al contexto. El yo es un constructo artificial, arduo e inevitablemente frágil, porque la frontera que lo delimita nunca está del todo clara ni justificada, y hay que levantarla una y otra vez frente a los embates de la existencia. El yo necesita demostrar sin cesar su diferencia. El mayor peligro sería confundirse con lo otro, con cualquier otro. Por eso, su seña más inmediata es el cuerpo y su frontera primigenia es la piel. Ver y percibir un cuerpo propio que es único, irrepetible, separado del entorno, una materia más o menos aislada que cobra forma en medio del polvo estelar: ahí reside la fuente originaria de la idea de un yo. Sin embargo, no es suficiente, porque el yo es un concepto met...

A vueltas conmigo mismo

Soy perezoso, sí, ¿para qué me voy a engañar? Soy tan perezoso que ponerme a escribir ahora, y sobre todo a pensar, resulta para mí un esfuerzo, y a cada momento tengo que luchar con la tentación de abandonar. ¿Por qué sigo? Seguramente por la pereza de plantearme qué hacer si no hago esto. A veces me vienen a la mente tales borbotones de ideas —algunas aceptables y otras decididamente estúpidas— que me siento inundado, abrumado. Quizá, si tuviera la fortaleza de ánimo de intentar recogerlas, y la constancia posterior de organizarlas, quedaría algo bueno después de pasar unos cuantos cedazos. Pero me puede la molicie. Y creo que ahí hay también algo sabio. ¿Realmente vale la pena escribirlo todo? ¿No es mejor vivir? Aunque, ¿qué pasa cuando la vida da más pereza que escribir sobre la vida? Bien, en cualquier caso, suelo perder el hilo de mis ocurrencias, sea por desbordamiento o por mera desidia. Debo alegar también mi mala memoria. Sobre la mala memoria sólo diré que si l...

Ir de pardillo

En una conversación de verano, como quien no quiere la cosa, un amigo me regaló un artefacto psicológico que desde entonces me ha hecho pensar mucho y me ha sido muy útil. Hablábamos sobre nuestros buenos y malos ratos en el cuartel donde habíamos hecho la “mili”, desgranando los recuerdos con la tierna benevolencia que da la distancia y sentirse a salvo de lo que ya terminó. Mi amigo me hizo una confidencia: “Confieso que al principio me descolocaste. Me parecías un pardillo, con tu aire místico y tu palabrería de jesuita. Luego me di cuenta de que, en realidad, te esforzabas por ser preciso”. Supongo que el buen hombre, aun con su media sonrisa, pretendía hacerme un halago, pero a mí su juicio me sentó como un tiro. “Caramba, así que un pardillo”, repliqué. Había dado en el blanco y me había dolido. No se lo perdoné. El cartel de pardillo que me colgó mi amigo es una de esas imágenes que uno ya no consigue quitarse nunca de la cabeza. Pero en el fondo le estoy agradecido. A veces ...

La disonancia o por qué siempre nos damos la razón a nosotros mismos

¿Por qué la simpatía y la antipatía tienden a ir a más? ¿Por qué hay personas que parecen acaparar todas las virtudes, y en cambio otras solo nos parece que tienen defectos? ¿Por qué es fácil que nos decepcionen aquellos a quienes admiramos, y en cambio todos los hechos nos dan la razón cuando alguien nos cae mal? Cada día estoy más convencido de que la respuesta a estas preguntas está en nosotros mismos, en lo que el psicólogo Leon Festinger llamó la disonancia cognitiva (aunque sospecho que más que cognitiva es emocional). La teoría de Festinger viene a decirnos que, una vez asentada una convicción, encontraremos mil maneras de darle la razón, e ignoraremos todo aquello que la contradiga (es decir, que nos provoque disonancia). Si estoy convencido de que un compañero de trabajo es despreciable, tenderé a ver en él solo lo despreciable, y, curiosamente, permaneceré ciego a todo lo demás, o, si no puedo evitar verlo, buscaré razones para desprestigiarlo. Si intenta ser amable, lo co...