Entre los demás, uno es, acaba siendo, lo que le dejan ser, lo que la inexorable expectativa ajena va modelando en su papel social. Esa expectativa suele actuar en forma de verdadera presión hacia un rol determinado: es una «viscosa facticidad» —diría Sartre— que se adhiere por todas partes, que tira desde todos los rincones, que prevalece sobre la voluntad y la creatividad. Contrariarla implica desafiar la resistencia de los demás a cambiar el concepto ya consolidado acerca de uno, lo cual probablemente tendrá como consecuencia algún tipo de conflicto o repudio. No en vano, para el grupo implica una desestabilización que hay que neutralizar. «Estás raro», «Parece que no eres tú», serían comentarios relativamente benignos; «¿Quién te has creído que eres?» o «Estás mejor callado» ejercerían presiones más directas. Al final se puede llegar a la burla, la amenaza o directamente a la agresión. Lo más diabólico del poder del grupo sobre el individuo es que este es adiestrado para conce...
Apuntes filosóficos al vuelo de la vida