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Mostrando las entradas etiquetadas como Serenidad

Perder el tiempo

Dicen que cuando los dioses preguntaron a Aquiles si prefería una vida larga y apacible o bien corta e intensa, el bravo guerrero, sin dudarlo, eligió la segunda. Es la respuesta que podemos esperar de un héroe, para quien no cuenta el tiempo (en la eternidad hay de sobras), sino el prestigio. Bien mirado, siempre vale más la calidad que la cantidad, y todos preferimos la aventura… mientras no vemos cerca el fin. ¿Quién, a las puertas de la muerte, no regalaría los destinos más apasionantes a cambio de ver la luz un solo día más? En cualquier caso, el dilema de la persona actual no es el mismo que el de Aquiles: no somos guerreros, y la medicina nos ofrece, en general y con bastante garantía, una vida razonablemente larga. Por tanto, nos preocupa más llenarla de sucesos emocionantes y felices, lo que nos inquieta es la posibilidad de que pase en vano. Así, nuestra respuesta al interrogante de los dioses sería, seguramente, que no queremos renunciar a ninguna de las dos cosas.  Se ...

Ni ilusos ni derrotistas

Frente a un aluvión recalcitrante de pensamiento positivo, pletórico de contento y encantado de haberse conocido, bulle un grupillo de filósofos y opinadores críticos que se esfuerzan por abrirnos los ojos a la penosa realidad del Matrix neoliberal; sano contrapeso del conformismo iluminado de la autoayuda, cargado de una incisiva sensatez. Sin embargo, después de leer a estos lúcidos pesimistas, uno tiene a menudo la angustiosa sensación de quedar atrapado en un estercolero sin salida. Se siente uno presa de una idiotez universal que, sin remedio, nos empuja en manada al abismo. Por fortuna, basta interrumpir las disquisiciones —las ilusas y las sombrías— y hacer una llamada o salir a la calle, para comprobar que el sol sigue despuntando por las mañanas, que la gente se ayuda y se fastidia y se las apaña mal que bien como ha hecho siempre, y que la situación, como dijo el otro, es desesperada pero no grave, o al revés. En definitiva, que las cosas van mal, que llevamos una vida delira...

Presencia

Aunque se haya convertido en un tópico, tienen razón los que insisten en que el secreto de la serenidad es permanecer aquí y ahora. Y no tanto por eso que suele alegarse de que el pasado y el futuro son entelequias, y que solo existe el presente: tal consideración no es del todo cierta. El pasado revive en nosotros en la historia que nos ha hecho ser lo que somos; y el futuro es la diana hacia la que se proyecta esa historia que aún no ha acabado. No vivimos en un presente puro (ese sí que no existe: intentad encontrarlo, siempre se os escabullirá), sino en una especie de enclave que se difumina hacia atrás y hacia adelante. Esa turbia continuidad es lo que llamamos presente, y no hay manera de salir de ahí.  El pasado y el futuro, pues, son ámbitos significativos y cumplen bien su función, siempre que no se alejen demasiado. Se convierten en equívocos cuando abandonan el instante, cuando se despegan de él y pretenden adquirir entidad propia. Entonces compiten con el presente, lo a...

Descansada vida

Hace unos días asistí a la entrañable fiesta que un amigo organizó con los más próximos para celebrar su estreno como cuarentón. En el ambiente se palpaba un vibrante afecto por el homenajeado, cuestión que de por sí merecería las más apasionadas reflexiones: ¿acaso se justifica la vida por algo que no tenga que ver con el cariño? ¿No daba en el clavo Rabindranath Tagore al considerar que el único epitafio que vale la pena que le escriban a uno es: “He amado”?  Pero aquí no iré tan lejos. Aquí me proponía un breve alto en el camino para glosar otro detalle de la velada que, aunque menos decisivo, a mí se me quedó enredado en las cavilaciones. En un momento en que mi amigo era centro de atención, no sé si al soplar las velas o al abrir el regalo, otro querido asistente, ya jubilado, exclamó en voz alta: “¡Quién tuviera tu edad!” Y yo, que procuraba mantenerme en un más bien discreto segundo plano, no pude evitar responderle casi sin querer: “¿Volver atrás? ¡Ni hablar!”  Más t...

Zozobras matinales

Muy de mañana, mientras vago sonámbulo preparándome para acudir al trabajo, atravieso uno de los momentos más difíciles del día. Es como si me asomara a un mar gris y revuelto en el que malditas las ganas que tengo de salir a bogar. Sé que debo tomarlo agradecido: al fin y al cabo, es una jornada más de vida; hay quien ya no verá amanecer. Y cuando consigo ponerle un poco de humor alcanzo a vislumbrar, allá en el horizonte, la promesa de aventuras por vivir y tierras que conquistar. Pero, qué le vamos a hacer, el ánimo no suele darme para ver más allá del tumulto de la sucia espuma perfilando la orilla. Ni cíclopes ni ninfas, ni Ítacas nostálgicas, me bastan para contrarrestar las ganas de quedarme en la cama.  Ando huraño y desabrido. ¡Hay que ver la de gente con la que me peleo en mi cabeza! Ya antes de levantarme, absorto en el techo, me vienen a la memoria ecos de algún desencuentro reciente. Y ya quedo cautivo sin remedio, desgranando mis indignaciones mientras me ducho, mien...

Cuando ya no esté

Los estoicos recomendaban pensar de vez en cuando en la muerte. ¿Cómo no hacerlo? Por más que miremos a otro lado, de golpe irrumpe brutalmente para llevarse a alguien cercano, y al pasar nos recuerda que también por nosotros doblarán las campanas, tras unas cuantas vueltas del reloj. Sin embargo, ¿de veras ayuda el dedicarle nuestras meditaciones, o sería mejor ignorarla mientras nos ignore, procurando que no amargue nuestro escaso tiempo? Tal vez reflexionar sobre la muerte no nos ayude a morir mejor, pero podría servir para familiarizarnos con ella, para mirarle a la cara al miedo, y, con suerte, como quería Montaigne, para tomarla con más calma y asumir serenamente su certeza.  Hay quien lo considera una futilidad, pero, como consolación ante la muerte, sobre todo la propia, no conozco argumento más apaciguador ni sutil que el de Epicuro: “La muerte no significa nada para nosotros, porque mientras vivimos no existe, y cuando está presente nosotros no existimos”. Se objetará ...

Ansiedad

No es precisamente la ansiedad de la que trata la canción la que convierte la vida de algunas personas en un verdadero calvario. La “ansiedad de tenerte en mis brazos” mana, en realidad, del ardoroso arrobamiento del deseo, es la oda de las hormonas que llena de luz pasajes de nuestra juventud y evocaciones de nuestra nostalgia. En cambio, la otra ansiedad, la que convierte la vida en un continuo estremecimiento tambaleante, la que nos quita el sueño y resquebraja la quietud de los anocheceres, la que estropea los silencios y revuelve los estanques, la que nos roba los sabores porque no nos deja degustarlos, la que hace que el camino de la vida discurra por pedregales y mina las amistades que acaban por no soportarnos… Esa ansiedad es una maldición de la que no sabemos zafarnos cuando nos apresa en su áspera red.  La vida está salpicada de sufrimientos, de esfuerzos y exigencias. Lo único que la hace soportable, incluso a veces grata, son los momentos en que podemos disfrutarla, ...

Paseo

Me daba pereza, como de costumbre, emprender mi paseo de los domingos por la mañana, ese que eludo muchas veces con la excusa de que ya se me ha hecho tarde, o de que tengo trabajo, o de que será más agradable al atardecer… Y, como siempre, me alegro de haber acabado por decidirme. Es una breve ruta de hora escasa entre ida y vuelta, que remonta suavemente las afueras del pueblo buscando la montaña. Por el sendero hormiguean más transeúntes, gente muy deportiva y familiar. Yo voy hasta donde se acaba la subida, y aparece un banquito solitario, flanqueado por una fuente que no hace mucho puso el Ayuntamiento con mucho acierto. En ese banco, Alonso y yo hemos pasado muy buenos ratos haciendo puntería con piedrecillas, y siempre que voy sonrío acordándome de las presencias felices de mi hijo, sus risas, la canción de su retahíla incansable.  He logrado salir; todo es cuestión del primer paso. Desde el principio, como recompensa, mil menudencias cambian el día de color. Mientras avan...

Partir para volver

La intensidad nos motiva: queremos sentirnos vivos; pero a la vez nos agota, obligándonos a poner fuerzas para afrontar la fuerza de la vida. La segunda ley de la termodinámica rige implacable: lo que nos mueve nos desgasta, del mismo modo que la madera no soltaría llama si no se fuese consumiendo. El mismo tiempo que teje la vida, la envejece. Queremos que nuestra vida sea intensa, porque, como Julián Marías, estamos convencidos de que “la felicidad consiste primariamente en la intensidad de la vida”. Y por eso buscamos constantemente diversiones y alicientes, para no hundirnos en ese tedio que tanto temía Baudelaire, para sentir hasta el fondo la existencia y, así, impregnarla de ilusión de sentido. El reverso de la feliz intensidad es que cansa, y también nos hace falta descansar, guarecernos en una vida mansa y segura que calme la ansiedad. La vida es, de por sí, un exceso, un desafío constante, una libertad agotadora, como nos recordaron Sartre y Fromm, y por eso a veces preferi...

Luces y sombras de la soledad

Un amigo siente curiosidad por mi soledad sonora. Le cuento que me iré tres días a la montaña, y me pregunta cómo lleno el tiempo yo solo. Muy sencillo… ¿O no tanto? Paseo tranquilo, sin grandes pretensiones. Saboreo cada paso, fascinado por las florestas, buscando estampas que pidan una foto. Me curan el silencio del bosque y el rumor del agua. Si encuentro una buena panorámica, saco mis lápices de colores. Cuando estoy inspirado, escribo. A la hora de comer regreso al pueblo, si no llevo un bocadillo. Luego subo a la habitación y echo una breve siesta; o, en el campo, procuro tenderme en un prado, y me duermo mirando las nubes.  Por la tarde ―ahora que los días vuelven a ser largos― doy otro paseo, y todo lo mismo. Cada rincón verde y discreto es un regalo, huele a húmedo y a felicidad. Al declinar la luz regreso al hostal; me ducho; ceno. Salgo a tomar el fresco; a las afueras del pueblo contemplo el cielo estrellado, intentando imaginar que el firmamento está abajo y no me ca...

Fracasos

A veces, en fin, fracasamos. Atronadoramente. Inapelablemente. A veces echamos a correr y las piernas se van solas al precipicio. Esto, que le parece tan obvio y en cierto modo tan trivial a la razón, es siempre un estupor para nuestra ingenua expectativa, y un sobresalto para nuestra ilusión. El fracaso duele, sobre todo si afecta a un proyecto en el que pusimos el aliento, sobre todo si hubo otros que esperaron y, tras ver cómo nos despeñábamos, se retiraron en silencio de la sala. O mucho peor: se quedaron compadeciéndonos, intentando espolearnos con palabras de ánimo que atormentan a nuestro espíritu, reiterándole una verdad que preferiría no escuchar. Porque no es compasión lo que necesitamos ahí, ni excusas que suavicen lo inaceptable, ni siquiera argumentos a favor de un yo quebrado que la benevolencia viste de patético: de entrada, nuestro orgullo prefiere replegarse en la distancia para lamerse las heridas. A veces apostamos mucho y lo perdemos todo. Es inútil compadecers...

El sentimiento cómico de la vida

Llega un momento en la vida en que el sentimiento trágico debería dar paso al cómico. Dejar de tomar tan a pecho lo que hacemos y lo que nos hacen, y atenernos a lo que está dentro de nuestras posibilidades y lo que no hay más remedio que aceptar.  Asumir que el teatro humano tiene más de sainete que de drama, que en todos anidan la neurosis y la estupidez, que nos abruman devaneos más bien ridículos y triviales. Todos estamos bastante locos y somos más bien tontos: el milagro consiste en que, a pesar de todo, logremos sobrellevarlo con una dignidad a menudo espléndida, que tengamos tantos detalles éticos y poéticos; que nuestros impactos mutuos, aun consistiendo en una permanente lucha, ofrezcan siempre algún reducto para la bondad y el amor. La edad bien aprovechada puede inspirarnos ese punto de vista cauto y al mismo tiempo entregado, desengañado y a la vez tierno, que convierte el ruido y la furia en serena magnanimidad, la amargura en sosiego y alegría. ¿Cómo se hace es...

¿Te aburres? ¡Disfrútalo!

El aburrimiento tiene sus propios dioses y sus propios dones. El aburrimiento es un hueco en la trama cotidiana por el que, si somos hábiles y dignos, lo nuevo encuentra su oportunidad: una ocurrencia, una inspiración, un recuerdo olvidado que tenía algo por decirnos… Hay que poder, hay que saber aburrirse. Porque si uno sabe aburrirse descubre que, en realidad, no estaba aburriéndose, sino abriéndose al mundo, descansando de la voluntad hiperactiva y dejando que la propia vida le tome de la mano. Es la ocasión de la creatividad, de la concepción de sueños imposibles que tal vez nos conduzcan a otros posibles, de la intuición que tal vez nos abra a lo inesperado. Los niños no soportan aburrirse porque no les hemos enseñado los dones del silencio, la paciencia, la creatividad… Trasladamos a ellos nuestra frenética necesidad de activismo, y procuramos atiborrar su tiempo de actividades organizadas, de tareas y entretenimientos. La cuestión es que siempre hay que estar haciendo algo,...

A pecho descubierto

El agua de este torrente de montaña baja fresca, vigorosa, sonora. No busca nada y lo puede todo. Llega sin cesar, se va sin detenerse. Tiene la fuerza y la pureza del mundo. Pongo en ella mis temores, mis inquietudes, mis rabias, mis reticencias. Me baño en ella y dejo que se lleve todo lo que me sobra, todo lo que me daña en balde. El polvo de los caminos y el barro de los pantanos. Lo dejo todo en el agua y salgo limpio y nuevo, como hacía los brahmanes con sus abluciones sagradas, o los primeros cristianos cuando se bautizaban en los ríos. Y estoy tan limpio que me siento otro. Y eso es una alegría y un temor. Porque me da miedo no tener ya los viejos miedos para refugiarme en ellos a sufrir. Porque no estoy acostumbrado a no sufrir (o sea, a sufrir menos de lo acostumbrado), como tampoco lo estoy a vivir a pecho descubierto. Este será mi aprendizaje definitivo: el más difícil, el más hermoso, el más necesario. Disfrutar lo que se tiene, ignorar lo que no se tiene (por eje...