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Mostrando las entradas etiquetadas como Plenitud

De vuelta en casa

La surtida industria de la realización personal nos ofrece todo tipo de métodos para alcanzar la serenidad, la felicidad o como quiera que se llame a una vida satisfactoria. Cada uno de esos procedimientos, obviamente, se nos vende como el mejor: el más sencillo, el más directo, el más eficaz… Con esa esperanza los adquirimos, uno tras otro, como antiguamente se compraban los crecepelos o los remedios milagrosos en los carromatos de las ferias. Entusiasmados, abrimos el libro o asistimos a la charla donde quizá encontremos, por fin, esa clave que tanto hemos buscado. Sin embargo, suele pasar que, después de la emoción de las primeras páginas (o sesiones), uno descubre que el método no resulta ni tan inmediato, ni tan simple, ni tan efectivo como se prometía. La tarea es más ardua de lo que pensábamos, y el resultado más incierto.  Como avezado miembro del pelotón de los inadaptados, yo dediqué buena parte de mi juventud a la búsqueda de la piedra filosofal. Convencido de que tenía...

Mozart revivido

Antoine de Saint-Exupéry nos cuenta cómo, en un viaje en tren, contemplaba fascinado el esplendor de un muchachito acurrucado entre sus padres. «¡Qué carita más adorable! —escribe—… He aquí un rostro de músico, he aquí a Mozart niño, he aquí una hermosa promesa de vida».  Luego sus meditaciones se sumen en el desconsuelo, pensando cómo la vida y el mundo frustrarán aquel milagro. «Mozart niño será marcado como los demás por la máquina de estampar.» Y añade: «Creo poco en la piedad… Lo que me atormenta no es esta miseria, en la cual, después de todo, uno se instala tan a gusto como en la pereza… Sino el hecho de que, un poco en cada uno de los hombres, Mozart es asesinado».  El escritor, nos lo revela su obra, es un alma vulnerada que ha sufrido en propia carne la brutalidad de un mundo que aplasta el espíritu, la potencialidad de la bondad y la belleza. Ha experimentado dentro de sí ese asesinato de Mozart. Saint-Exupéry se hizo aviador, seguramente, para poder sentirse libr...

Sombras

Una de las imágenes más acertadas de la poética psicología junguiana es la de la sombra. La sombra es todo aquello que rechazamos en nosotros, más o menos conscientemente, y que nos mortifica mientras no sabemos afrontarlo e integrarlo.  La sombra, según el psicoanalista suizo, nos persigue porque es una verdad que necesita ser reconocida. A la parte de nosotros que aspira a la luz y a la grandeza le da miedo mirar a la cara a esas miserias, a esos monstruos de los que anhelaría deshacerse con una simple negación. Pero la negación no suprime la verdad, solo nos la escatima, y casi siempre en nuestro menoscabo. No en vano, son facetas tan nuestras como cualquier otra, en las que, por debajo de la oscuridad, alientan oportunidades y riquezas por explorar.  No existe sabiduría sin enfrentamiento contra esas partes de nosotros que consideramos oscuras, defectuosas, terribles. Solo afrontando la sombra e integrándola podemos conseguir unificar nuestro ser y alcanzar la paz. Esta ...

Valor para la alegría

Queda claro que, como dice Comte-Sponville, “toda virtud es valor”: hace falta mucho valor para anteponer lo correcto a lo fácil o a lo apetecible. También para soportar las decepciones y los fastidios que nos provocamos unos a otros constantemente, y a los que la virtud debe sobreponerse vindicando el amor y la compasión: “Sin valor, uno no podría resistir lo peor en uno mismo o en el otro”. Sartre afirmó con una contundencia insuperable: “El infierno son los otros”. En realidad, se quedó corto, porque el infierno siempre empieza dentro, en nuestras debilidades y contradicciones, en nuestras perversidades y caprichos: ahí residen los principales desafíos a la virtud. Pero todo eso cobra dramatismo porque no estamos solos. No hay, pues, convivencia sin valor, es decir: sin voluntad, sin entereza, sin paciencia, sin magnanimidad. Resistir, en efecto y sobre todo, pero también crear, proponer, insistir, poner imaginación y buen humor donde podrían hundirnos el hastío y la amargura....

Gozo

«No es posible vivir placenteramente sin vivir sensata, honesta y justamente, ni vivir sensata, honesta y justamente sin vivir con placer». Con tan feliz simpleza, Epicuro nos traza el mapa de una existencia grata y fructífera. Vivir, dice, debería ser gozoso: no siempre —cosa imposible—, pero sí en el fondo de los fondos; sí, también, mientras surcamos el oleaje de la cotidianidad. Vivir tiene que ser una travesía amena que podamos afrontar con entusiasmo, comprometidos en tomar partido por la alegría. Sin gusto, el ánimo se abate y la fuerza se marchita. «Pues al menos yo no sé qué pensar del bien si excluyo el gozo…», insistía Epicuro. ¿De qué nos serviría un bien que no nos cautivara evocando otros bienes por venir? ¿De dónde sacaríamos las fuerzas para ganarlo y defenderlo? ¿Qué nos quedaría de él, después de las batallas?  Gozo, pues, como partida, y también como destino. No un gozo cualquiera: los hay que no merecen la pena, por irrelevantes o tramposos. Su valor no siempr...

Los dos caminos

En esta expedición a ninguna parte que es la vida, parece que hubiese, en esencia, dos caminos. O, si se quiere, dos maneras de caminar, de encarar la aventura del mundo. Está la vía heroica, llena de ruido y furia, del que lucha; y está la vía apartada y silenciosa del que se recoge, del que peregrina sin aspavientos por las sendas recónditas. Dos caminos quizá complementarios, pero también pudiera ser que contradictorios, excluyentes, y entre los cuales, entonces, habría que elegir. El camino positivo, convocando nuestras fuerzas y plantando cara para abrirse paso, lleva a promover directamente lo que deseamos: cambiar cosas, empujar peñascos, hincar el arado, empuñar la espada; golpear con fuerza en el espinazo de la existencia. Es el trabajo del héroe, es la historia grandiosa de las batallas y las conquistas. Se basa en el esfuerzo y la voluntad, tiene relación con el yang taoísta, con la luz, con la lanza, con el impulso arrollador de Aquiles y el ingenio creador de Ulises fren...

Eros

Freud entendía que el Eros, aunque de esencia sexual, es una energía que impregna todos los aspectos de la vida, que la mantiene activa y la empuja hacia la autoconservación y la expansión a través del placer. El Eros es la fuerza que nos adentra apasionadamente en la fiesta de vivir, es la pulsión de vida exuberante que, salvando las distancias, podríamos equiparar al conatus de Spinoza. Eros: el impulso, la alegría, la pasión, el latido… Sin él, seríamos una masa amorfa, un simple episodio de la facticidad, indistinguible de tantos otros. Sin Eros no habría anhelos, ni luchas, ni conquistas, ni esfuerzos. Sísifo yacería derrumbado junto a la roca, o más bien aplastado por ella. El universo quedaría detenido, disipándose en la frialdad sin tiempo de la nada.  Cierto que Eros parte en dos el silencio y no deja en paz al alma, fundando esa locura llena de ruido y furia que es la existencia. Pero ese y no otro es nuestro destino: él es el que nos une y nos enfrenta, el que nos quem...

Greensleeves

Fue un amor a primera vista, un súbito hechizo en los albores de la adolescencia, ese tiempo en que uno está más abierto a creer en las promesas. Me bastó escuchar su melodía una vez para que sintiera que se me había revelado todo, como en la inspiración de un dios niño; para saber que me acompañaría el resto de la vida, dispuesta a repetírmelo a media voz frente al hogar ensimismado de las tardes de invierno. La descubrí en la delicada versión de Vaughan Williams, que se posa como un bálsamo en el aturdimiento fascinado. En los primeros acordes ya nos traslada al bucólico paraje de campos verdes y blandas lomas, prados flanqueados de arboledas por donde corretean pastoras como ninfas que nos reservan delicias de amor en las umbrías. “Moza tan hermosa no vi en la frontera, que aquella vaquera de la Finojosa”, canta el Marqués de Santillana en sus Serranillas . “Perdí la carrera por tierra fragosa, do vi la vaquera de la Finosoja”. Pero la gentil pastora no era más que la emisaria ...

Días de montaña

No llevo un día en esta tierra de montañas y bosques y ya noto cómo me cura. Casi diría que lo noté en cuanto, ayer, tomé el desvío que iniciaba el ascenso al puerto. El coche subía y a cada avance a mi alma se le iba cayendo su material más pesado. El aire fresco de las cumbres me arrancaba piel muerta, que rodaba por las laderas como esas grandes piedras que las siembran. Hubo un momento en que me olvidé de mí para sumirme en la sosegada fascinación de alturas y de nubes, un aire ligero y misterioso que me restituía la inocencia. Mi alma abotargada se mece en el silencio y se ensancha en las perspectivas. Mis ojos cansados se tienden en los prados verdes. Respiro y parece que el mundo es liviano y la existencia nueva y habitable. En la montaña uno también siente miedo, y ese es otro de sus dones: nos restituye nuestra verdadera condición, tan limitada, haciendo parecer insignificantes nuestros logros pero también nuestros defectos: todo lo que confundimos con nosotros mismos. La...

Me mezclo con la gente del mundo

Nuestra vida se escribe en una sucesión de encuentros con los otros. Por solitarios que seamos, más allá de ese encuentro no hay nada, porque solos no somos nada, o no podemos saber qué somos. Incluso en nuestra soledad dialogamos permanentemente con otros interiorizados: nuestros padres, nuestros amigos, las diversas facetas de nuestro Yo. Nuestra identidad es dialéctica, una polifonía a veces armónica como un coro y otras veces caótica y violenta como un tumulto. Por eso nos cuesta tanto conocernos a nosotros mismos ― cosa que, como instaba el O ráculo de Delfos, es nuestra principal tarea ― , y de hecho nunca dejamos de hacerlo. Somos multitud, y además una multitud contradictoria y cambiante. Quizá lo que llamamos la identidad, esa imagen con la que nos identificamos, no exista en absoluto, y consista en una pauta que le atribuimos a un proceso, y que solo nuestra mente construya como algo consistente. Así lo han percibido desde antiguo el budismo y otras filosofías orientales, ...

Eudemonía y voluntad

Eudemonía (con acento en la i, antes me sonaba fatal, pero ya me he acostumbrado): felicidad apacible y recóndita como las aguas de un remanso. Una felicidad tan discreta, tan sutil, que a nuestros ojos sedientos de fuegos artificiales no lo parece; y, sin embargo, tal vez sea la única que vale la pena, porque nace con vocación de durar, de impregnarlo todo como un aroma, un modo de mirar y de hacer, un presente mansamente activo que se sostiene por sí mismo y no necesita aludir a nada más allá de él. Eudemonía: la dicha realista que está siempre a mano para quien quiere verla, la vida que se deja iluminar por el sol de media tarde. Los griegos la inventaron y buscaron con denuedo su vereda. Aristóteles le dio su definición más bella: vivir acorde al propio proyecto, convertir la fidelidad a los principios en virtud, que es la práctica del equilibrio, el camino medio entre tendencias extremas. “El bien del hombre es una actividad del alma de acuerdo con la virtud, y si las virtudes s...