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Mostrando las entradas etiquetadas como Ser

Familia irrevocable

¿La familia es buena o mala? Solo sé que es irrevocable. Querríamos trascenderla, quebrar su cáscara, rasgar la membrana y dejar atrás su matriz. Pero, ¿adónde iremos que no venga con nosotros? Ella es la materia prima, viscosa y obligada, primordial como el mundo antiguo, espumosa como los océanos; el sustrato y la enseña de la vida. La llevamos hincada en el origen, infiltrada por el desamparo, enredada a fuerza de incertidumbre en la identidad y el sentido. Crisol primitivo y feroz, como el vientre de las estrellas. Cantera de la roca, cincel que hiere y esculpe. Abrazo exuberante, mortal. Horas dulces y dardo envenenado.  Dueña absoluta del pasado, mina embalsada que se desparrama en el presente y anega el porvenir.  La encontraremos en cada nostalgia, en cada esperanza. En cada rincón del espejo. En cada célula del cuerpo y cada temblor del alma.  Hemos de temerla, implacable y poderosa, mientras plantamos cara a sus dragones para crecer. Pero a la postre todos los c...

¿Qué sentido?

No sé si hay cuestión más dramática y paradójica, más dolorosamente humana, que la del sentido. Esperamos que nuestra existencia esté justificada, aunque desconozcamos el tribunal; que merezca la pena de algún modo, aunque nadie tenga una idea clara de qué modo pueda ser ese. Tal vez en la impresión de haber servido de algo, como nuestras herramientas y nuestros trabajos, que se explican respondiendo a la pregunta: ¿para qué? O insinuando, al menos, de dónde procede, quién o qué la fundó, y —una vez más— con qué propósito. A pocas vueltas que se le dé, la pregunta por el sentido pierde todo el sentido. Y, aun así, nos sigue estremeciendo como un escalofrío ante los cielos estrellados y en las horas oscuras. La vida no necesita sentido. Se basta a sí misma, suceder es toda la cuenta que espera y que da. El ser es, y se agota siendo. Arrojado en medio del vacío, cumple con el impulso de perpetuarse y perece sin profundidad. ¿Por qué habría de mirar más allá?  Nuestro problema reside ...

La culpa de existir

Todos los dioses están de acuerdo: la existencia es una transgresión, y como tal debe pagarse; cuando menos, con culpa. El pecado original no fue el primero: antes que el árbol de la ciencia, la verdadera transgresión fue probar el árbol de la vida. A la que Dios se descuidó, sus inefables criaturas le habían salteado el huerto. Ya lo proclama el sabio Segismundo: «Porque el delito mayor del hombre es haber nacido…» ¿Por qué la mera presencia debería ser un delito? Al fin y al cabo, nuestra aparición fue accidental, y durará poco; ni siquiera es responsabilidad nuestra. Pero el propio carácter excepcional de la existencia la hace aparecer como un privilegio, una especie de suerte escandalosa en la lotería del destino. Si contamos la cantidad de circunstancias que tienen que darse para que uno venga al mundo, hay que admitir que la probabilidad de nacer es infinitesimal. Millones se quedaron por el camino, rezagados en la inexistencia. Somos fruto de una prebenda inmerecida, causante d...

Ser y tiempo

Vivir es una bella aventura, incluso cuando resulta dura y amarga; y estamos dispuestos a aferrarnos a ella, afrontando los más penosos bretes, siempre que no nos acorrale contra las cuerdas y siga dejando un resquicio a la entereza y la dignidad (o, a veces, incluso cuando hay que renunciar a ellas).  Estamos hechos para aguantar embates y dolores, y aun así seguir de parte de la vida; estamos hechos para sufrir y para luchar, y hacerlo incluso, como propugnaba Nietzsche, con entusiasmo.  Vivir está bien, y por fortuna predominan las alegrías. Por otra parte, es comprensible que prefiramos vivir a no vivir: ¿cómo va a parecernos mejor nuestra propia ausencia, si la presencia es todo lo que tenemos? El mero fenómeno de estar vivos nos convierte en partidarios de la vida, nos impulsa febrilmente a persistir, como proclamó sin reparos Spinoza; algo nos impulsa desde dentro a asirnos a la existencia apasionadamente, tenazmente, contra viento y marea: de lo contrario ya haría m...

El poder del No

Sí o no. Blanco o negro. Uno o cero, en la notación digital, que ha logrado remitirlo todo ―textos, imágenes, sonidos…― a esa dicotomía. ¿Será, pues, la dicotomía primordial? Seguramente: se existe o no se existe, todos los dilemas se reducen a ese, como ya meditaba Hamlet enfrentado a una calavera. También Heidegger: en la presencia cabe todo porque todo está por hacer, la presencia toca el infinito porque infinitas son sus posibilidades; en cambio, para lo que no está no hay nada (lo cual es otra forma, quizá la primordial, de infinito), ni siquiera la posibilidad de estar, si la ausencia es absoluta. La nada no tiene futuro, si no es el de algo que la interrumpa (pero, ¿de dónde saldrá?), ni tampoco pasado, cuando no queda memoria (¿existe un pasado que nadie recuerda?).  Ser o no ser, esa es la cuestión. Sin embargo, se diría que el no ser tiene más fuerza. Lo negativo es un océano compacto sobre el que flota, a duras penas y siempre por poco tiempo, la excepción vertiginosa...

Redención del incrédulo

Richard Bach decía que a veces, cuando hacía esas peligrosas acrobacias con su avión, pensaba en la posibilidad de morir, y no le daba miedo. Al contrario. Se sentía atraído por la curiosidad de descubrir qué había más allá. Es la ventaja de tener creencias mágicas sobre la existencia. Sortear el miedo le impulsaba a jugársela sin contemplación en las piruetas del aeroplano, y, además, le daba pie a escribir unas obras tan amenas como delirantes que le hicieron millonario.  Nuestra especie ha compensado el duro peso de la conciencia con la ligereza poética del mito. Dichosos los que creen, confirmaría Unamuno, porque cuentan con un refugio ante la insoportable levedad del ser. Tal vez la mayoría no estemos preparados para el brutal espectáculo de la verdad; y cada cual lo elude, o lo atenúa, a su manera. Tal vez no pueda aguantarse la vida sin un cierto grado de inconsciencia o de locura. Tal vez no todos, o no siempre, podamos enarbolar esa lucidez entusiasta de Sísifo que nos ...

Eterno retorno

Una de las ideas más hermosas y enigmáticas del viejo Nietzsche es la del eterno retorno de todas las cosas: la destrucción del tiempo lineal y su sustitución por un acontecer cíclico, como el de los mitos. “Cualquier estado que este mundo pueda alcanzar lo habría alcanzado ya y no una vez, sino un número infinito de veces… Volverás a encontrar cada uno de tus dolores y tus placeres, cada uno de tus amigos y tus enemigos, y cada esperanza y cada error, y cada brizna de hierba, y cada rayo de luz… Este anillo, del cual tú eres un pequeño eslabón, volverá a brillar eternamente”. No creo que haya que tomar a Nietzsche de modo literal. Me parece que con esta idea, quizá la más audaz de cuantas propuso, culminación de su proyecto de “transmutación de los valores”, pretendía dotarnos de un símil, una metáfora de potencia definitiva sobre la actitud con que el hombre solo y libre tiene que afrontar la existencia. Desposeídos de la esperanza en la trascendencia, la fugacidad de nuestra vida ...

Colas

Existen, lo ha señalado alguien con acierto, “no-lugares” en los que estamos, pero ausentes; y “no-tiempos” en los que respiramos, pero no vivimos. Territorios con los que no dialogamos, por los que nos limitamos a pasar sin que nos hagan mella, meros decorados de un tránsito o espacios de travesía cuya experiencia tiene algo de irrealidad. Lapsos en los que el presente se adelgaza hasta constituir una simple linde entre pasado y futuro. Allí la existencia se difumina, el ser se reduce a permanecer, el estar se reduce a esperar. Hay algo ontológicamente difuso en esos ámbitos, como un hiato entre dos emplazamientos, como el instante en que pasamos las páginas de un libro. Todo lo que nos rodea está gastado e incompleto, marchito, desprovisto de sabor. Stephen King construyó una brillante historia de personajes atrapados en un ángulo temporal donde la realidad ya ha pasado pero el vacío la desvanece lentamente.  No puede ser casual que ambientara su historia en un aeropuerto, que ...

La vida prorrogada

Erich Fromm reformula la ya tradicional oposición entre tener y ser, y plantea de forma muy oportuna el déficit de sensación de ser que provoca la obsesión por el tener. El mito del Progreso como acaparamiento, de origen burgués, ha calado en el conjunto de la sociedad, convirtiéndose, como señala Fromm, en “la esperanza y la fe de la gente desde el inicio de la época industrial.” La moral mercantilista tiende a reducirnos al valor de intercambio: tanto tienes, tanto vales. En nuestra sociedad de clases, la escasez de posesiones se identifica con una inferioridad cualitativa, como si el poseer dependiera exclusivamente de la laboriosidad o la capacidad de la persona, y la riqueza no hubiese generado sus propios mecanismos para perpetuarse y dificultar el acceso a ella a los que parten con desventaja.  Junto a esa moral de crudo capitalismo ha evolucionado otra, de tradición humanista, que, sin cuestionar abiertamente sus dicterios, se esfuerza por enfatizar la prioridad del ser s...

Vivir aquí

Hay que vivir aquí. No hay otro sitio. Es uno de los tópicos que más se repiten: “Aquí y ahora, es lo único real…”. No obstante, debo insistir. Porque tengo tendencia a olvidarlo, o quizá no acabo de creerlo. Porque estoy hecho para añorar lo perdido y para esperar un porvenir mejor. Así me han educado, también: lo que fui (y se me alaba, o se me reprocha, o se me recuerda como si solo entonces hubiese sido yo mismo); lo que seré (porque solo el futuro puede restituir mis carencias y cumplir mis proyectos). Una y otra vez vuelvo a pensar así. Ausentarse tiene muchas ventajas, y yo las aprovecho. La nostalgia me permite adornar el pasado y mantener la creencia en que hubo un paraíso, aunque lo perdiera. O bien, atormentarme con viejos errores o antiguos agravios me distrae de la única tarea verdadera, lo único que realmente cuesta y me desafía, que es el presente. El pasado me atrapa, pero porque yo quiero ser atrapado: porque si soy libre tengo que elegir, tengo que hacerme respons...

Aún no

En un capítulo decisivo de la serie Juego de tronos , cuando las fuerzas de los vivos están a punto de sucumbir al ejército imbatible de los muertos, la hechicera le pregunta a Arya Stark: “¿Qué le decimos al Señor de la muerte?” Y la sabia muchacha grita con fuerzas renovadas: “¡Hoy no!” Y corre a hincarle una daga de vida al Señor de la muerte, devolviéndolo, junto a todo su ejército, a las sombras del no ser, donde nada puede ya hacer a los vivos. Hoy no, aún no: esa es la única fuerza que, al final, puede hacer valer la vida frente a la destrucción. En tanto que finita, la vida consiste en una mera prórroga. Heidegger acertó: si lo único ineludible es morir, la muerte marca el compás de la existencia, la reduce a un ser para no ser, pues solo el tiempo separa el ser de su hecatombe. La duración es lo único que queda, un valor relativo que le sirve al ánimo, a lo sumo, como parche, como alivio momentáneo, pero que no le calma la angustia de lo que le espera: aún no, tal vez no hoy,...

La eternidad de la nada

Asomado al balcón, en casa de mis padres, pensaba en tantas personas como he visto marchar a lo largo de mi vida. Personas que estuvieron presentes, activas, cargadas de sueños y de pesadillas; personas que llenaron el mundo de estampas, escenas que hoy amarillean camino del olvido. Mientras estaban, parecía imposible que un día hubieran de ausentarse para siempre. Ahora que no están, que ya no estarán nunca, parece asombroso que hubiesen estado alguna vez. Pronto olvidarás todo; pronto te olvidarán a ti.  Marco Aurelio. Richard Dawkins asegura que, puesto que no existió durante miles de millones de años, no le preocupa dejar de existir otro tanto (siempre me ha parecido sorprendente que hayamos aparecido justo en la mitad del trayecto del Sistema Solar). Es más: « Nosotros, los pocos privilegiados que ganamos la lotería de nacer contra todo pronóstico, ¿cómo osamos lloriquear por nuestro inevitable regreso a ese estado previo del que la inmensa mayoría jamás escapó?» Si a ese p...

Más sobre evolución: los genes y lo humano

La lectura del libro El gen egoísta puede resultar, como prevé su autor, perturbadora hasta el vértigo. Desde luego, marca un antes y un después en el ánimo con el que uno se mira al espejo. Dawkins nos presenta ― y lo peor de todo es que lo hace convincentemente ― como meras máquinas al servicio de la supervivencia y la reproducción de esos genes egoístas de los que somos simples vehículos. Da la impresión de que, si uno lleva el razonamiento a sus últimas consecuencias, todo lo “bueno” que caracteriza a lo humano ― desde la pretensión ética hasta el amor, desde el gozo estético a la devoción paterna ― no sea sino una treta que usa con nosotros la evolución para asegurarse de que transmitamos los genes eficazmente, una especie de fantasía sin entidad verdadera, un mecanismo de la máquina de la supervivencia genética. Sin embargo, el propio Dawkins insinúa la solución a este angustioso callejón sin salida de nuestra identidad: aun siendo cierto que somos meras máquinas al servicio...