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Eterno retorno

Una de las ideas más hermosas y enigmáticas del viejo Nietzsche es la del eterno retorno de todas las cosas: la destrucción del tiempo lineal y su sustitución por un acontecer cíclico, como el de los mitos. “Cualquier estado que este mundo pueda alcanzar lo habría alcanzado ya y no una vez, sino un número infinito de veces… Volverás a encontrar cada uno de tus dolores y tus placeres, cada uno de tus amigos y tus enemigos, y cada esperanza y cada error, y cada brizna de hierba, y cada rayo de luz… Este anillo, del cual tú eres un pequeño eslabón, volverá a brillar eternamente”.


No creo que haya que tomar a Nietzsche de modo literal. Me parece que con esta idea, quizá la más audaz de cuantas propuso, culminación de su proyecto de “transmutación de los valores”, pretendía dotarnos de un símil, una metáfora de potencia definitiva sobre la actitud con que el hombre solo y libre tiene que afrontar la existencia. Desposeídos de la esperanza en la trascendencia, la fugacidad de nuestra vida no tiene más ámbito en el que aspirar a la dignidad que en sí misma, dotándose de un espesor propio que la ausencia definitiva le negaba. La eternidad postergada del cristianismo ya había reducido el cuerpo a una burda espera; descartada aquella, el nihilismo nos condena a una insignificancia aún mayor, puesto que cada instante vacía nuestra presencia dentro de un vacío mayor, y así hasta el infinito. Ante ese pavor, el existencialismo eleva su lamento angustioso, y exclama con Unamuno: “¡Ser, ser siempre, ser sin término, sed de ser, sed de ser más!... ¡Oh, quién pudiera prolongar este dulce momento y dormirse en él y en él eternizarse!”

Pues bien: eludiendo la trampa de un nihilismo a ultranza, que nos condena a la ceniza antes de que se apague el fuego, y sorteando la tentación de cualquier trascendencia, Nietzsche nos propone la eternidad de lo inmanente, la perpetuidad de ese “dulce momento” por el que clama Unamuno, y nos ancla firmemente en el instante, el acontecimiento puro, ensanchándolo hasta la infinitud igual que el universo se expande desde su estrecho origen. Habitando el instante como si no hubiera nada fuera de él y el mundo y el tiempo enteros consistieran en él. Se trata de quedarse aquí y ahora y, con los pies bien plantados en esa realidad y repletos de amor hacia ella, decir “Sí”. 
Claro que, entonces, tendremos que estar dispuestos a afirmarlo todo, no solo nuestros gozos, sino también nuestros dolores. “Suponiendo que digamos sí a un solo instante, al hacerlo no es solamente a nosotros a lo que hemos dicho sí, sino a toda la existencia”. Esto se aviene mal con la idea de progreso, ese sueño tan preciado de la esperanza humana. Nietzsche nos exige que renunciemos a ese anhelo antropocéntrico, para amar la realidad de lo que es, tal como es. “Lo que es necesario no me hiere; amor fati…” ¡Cuidado! La voluntad sigue intacta, la vida sigue siendo propósito y tarea, pero no porque se dirija a ningún punto futuro de redención, sino como mero despliegue de la propia voluntad, en cierto modo como juego y gozo, y siempre como parte de ese desenvolverse inagotable del infinito que incluye cada flor y cada espina, únicas y eternas en el camino único y eterno. 

¿Puede concebirse un canto de amor a la existencia más definitivo, más embelesado, más incondicional? Existir es un ir en el que lo que cuenta no es adónde se va, sino el ir mismo. “Todo pasa y todo queda… Se hace camino al andar”: ¿no sugería aquí Machado algo parecido? Pasar y quedar a la vez. Lo que sucede se imbuye de necesidad. “Vive de modo que desees volver a vivir; ¡tú vivirás otra vez!” Suceder es perdurar. 

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