Los espartanos consideraban que se habla demasiado, y por eso, antes de abrir la boca, procuraban asegurarse de que lo que iban a decir valía la pena, aportaría algo nuevo y no haría a nadie un daño innecesario. Debían ser un pueblo muy silencioso, y su gusto por la brevedad explica que hayamos incorporado su gentilicio «lacónico» como sinónimo de concisión.
Es cierto que solemos hablar de más, pero hacerlo tiene un sentido social que escapa a la austeridad de aquel pueblo de adustos guerreros. Por paradójico que parezca, normalmente no conversamos para transmitir información. Necesitamos hablar porque es nuestra manera de encontrarnos, de estar juntos, de sentirnos unidos. Cierto que lo que nos entrelaza es frágil: meros mensajes, a menudo banales, muchas veces inapropiados. Sin embargo, por frágil que sea, cumple su función primordial de vínculo. Además, hay que respetar las palabras, incluso las más triviales, porque el verbo es más fuerte que nosotros, porque nos trasciende y nos sobrevive.
La conversación fática, convencional, promueve el encuentro y alivia la extrañeza. Mientras charlamos, parece que fundamos una cierta intimidad, una comunidad transitoria. En el ascensor hablamos del tiempo y es un modo de saludar a nuestros vecinos, de mostrarles nuestros buenos deseos y recabar los suyos. En la barra de los bares se discute acaloradamente de política o de fútbol, y, si observamos con atención, pocas veces se pretende convencer al otro: abundan los tópicos y los chascarrillos, se busca más bien el ingenio y la risa, compartir el tiempo y construir comunidad. Y lo mismo en las mesas, donde se cuchichean habladurías o confidencias.
Las personas hablamos para no sentirnos solas. También cuando departimos con seriedad: se trata entonces de no quedarnos solos con nuestras ocurrencias, de sumergirlas en el mundo y sacarlas empapadas en las de los demás. Las ideas propias piden proclamarse, transmitirse, confrontarse con las ajenas. En esto, como en tantas otras cosas, nos parecemos más a los atenienses: mientras los espartanos economizaban verborrea, ellos se citaban en el ágora para filosofar y comprar, al cabo dos versiones de intercambio.
Las mujeres, hay que reconocerlo, suelen hablar más que los hombres, y de cosas más íntimas. Tal vez porque sus vínculos son más fuertes y más complejos, para bien y para mal. La relación femenina es más apasionada que la masculina, y está llena de fidelidades estrechas y secretos traicionados, rencores persistentes y chismes morbosos. Sus conversaciones se complacen en detalles innecesarios que a veces a los hombres nos exasperan, y lo hacen por el puro gusto del derroche de palabras. Los grupos masculinos resultan generalmente más esquemáticos, ocasionales y funcionales; igual que sus conversaciones. Se diría que las mujeres son más sociables que los hombres, o al menos que su sociabilidad está más impregnada de sentimientos y adornos. Seguramente fueron las mujeres las que estrecharon los lazos en las comunidades primitivas. Estas impresiones son sin duda simplistas: la naturaleza humana da para toda la variedad que se quiera; pero tienen sentido.
La conversación íntima y serena es uno de los mayores placeres que nos dispensa la amistad. La confidencia es el recurso para no quedarnos atrapados en nuestras inquietudes, que en soledad se antojan más graves, ni con nuestras alegrías, que únicamente brillan de verdad al compartirlas. En el intercambio íntimo descansamos un poco de ese teatro social que nos obliga a ocultar y a representar; nos sentimos más auténticos, y a menudo lo somos.

Hablemos pues....jejeje
ResponderEliminarHablemos, hablemos... ;)
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