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Mostrando las entradas etiquetadas como Sufrimiento

Íntimas contiendas

Desconcierta el espectáculo de una persona inteligente, sensible, honesta, que sin embargo se empeña en autodestruirse; obcecada en adentrarse, aun sabiéndolo, en laberintos de dolor que la van corroyendo y acaban por devastarla, cuando podría eludirlos con un esfuerzo mucho más pequeño que el que invierte en destrozarse. ¿Qué feroz enigma es este? ¿Qué sufrimiento atroz está siendo enterrado a paladas por esa otra pena voluntaria? ¿Qué fuerza, tal vez inconsciente, apremia a conspirar contra sí mismo con esa vocación precisa y tenaz? ¿Qué grieta interna nos divide entre ese no querer —ya que uno sabe, y lamenta— y querer —puesto que persistimos sin poder detenernos, enganchados como adictos a sus armas terribles—?  Si el que sufre no sabe hacer otra cosa, ¿cabe considerarlo una víctima, un enfermo? Es probable que así lo crea él, como muchos psicólogos que nos consideran meros organismos reactivos. Sartre, en cambio, opinaba que no, dado que siempre se puede elegir: la dificultad...

La esperanza, desesperadamente

«La esperanza es una alegría inconstante», postulaba Spinoza, que la asociaba al miedo y a la incertidumbre. El deseo es carencia, revelaba ya Platón, y Comte-Sponville concluye: «Mientras deseemos lo que nos falta, está descartado que seamos felices». No en vano, esperanza es esperar, o sea, no acabar de tener, y, como dice Pascal: «De esta manera no vivimos nunca, pero esperamos vivir; y, estando siempre esperando ser felices, es inevitable que no lo seamos nunca». Pero, ¿qué sucede cuando se cumple el deseo? Entonces sobreviene el hastío o la decepción, y hay que concebir nuevos deseos, de modo que «siempre estamos separados de la felicidad por la misma esperanza que la persigue». Parece sabio, por tanto, empeñarse en superar la esperanza, y sustituirla por la comprensión : el que sabe no espera, sino que asienta firmemente sus pies en la realidad tal como se le presenta, gravita en ella y se ciñe a ella: a su dolor y a su gozo. No enfoca su telescopio hacia nebulosas lejanas y dud...

Desear, amar

Los apegos, los deseos… Felices ráfagas que avivan nuestra hoguera y luego, a menudo, la apagan, dejándonos más desamparados. Convulsos mapas de un territorio en perpetua evolución, una patria que tiene aspecto de hogar y sin embargo acaba por dejarnos solos.  El deseo que se realiza tiene siempre algo de tristeza, la que nos inspira la extinción del propio deseo; el deseo frustrado es un pantano amargo que nos hunde en sus arenas movedizas. Por eso, porque ninguna de sus alternativas es buena, muchos sabios reniegan de los deseos. Buda, Séneca, Schopenhauer, desconfiaban de las dulces nostalgias; Spinoza y Comte-Sponville rechazan la esperanza por lo que tiene de vana irrealidad. Pero nosotros, que no somos sabios, sino meros seres humanos, hambrientos y soñadores, no podemos dejar de desear; y quizá ni siquiera debamos.  Un deseo nunca acaba en sí mismo, siempre remite a algo que está más allá de él: a la ilusión de un futuro, a la ceniza de un paraíso perdido. Un deseo, p...

Yo contra mí

Suele desdeñarse el suicidio como un acto de cobardía. Se considera al suicida alguien débil y pusilánime que escapa ante las dificultades universales; que pretende salirse por la tangente, en lugar de afrontar con redaños el precio de la vida.    Me parece un juicio muy poco compasivo (¿quién conoce el punto a partir del cual el dolor resulta insoportable, o al menos intolerable?), un veredicto lleno de suficiencia fácil (habría que ver a cada uno en esas circunstancias, para tener derecho a juzgar lo que alguien hace frente a ellas) que encubre una profunda ignorancia (¿qué sabemos, en el fondo, de la tragedia que arrastra cada cual?).  Creo que la realidad apunta a lo contrario: el suicidio puede ser un acto valiente, rigurosamente íntimo, que tal vez no merezca ser admirado, pero, sin duda, sí respetado. El problema ético que nos plantea no es tanto que sea o no un acto digno (nadie lo sabrá nunca a ciencia cierta, ni siquiera el suicida) como su carácter rudimenta...

Curiosa penitencia

El mecanismo del castigo se basa en una lógica rudimentaria, primitiva. La psicología experimental lo ha investigado asiduamente, pero no ha llegado mucho más lejos de lo que ya postulaba la sabiduría popular y aplicaban desde antiguo jerarquías e instituciones: se trata de cambiar conductas imponiendo algún tipo de sufrimiento. Cuando nos somete al disgusto alguien que tiene el poder de hacerlo sin que podamos huir o enfrentar el daño recibido, tenemos que ceder y reconducir nuestro comportamiento según sus exigencias. El castigo es una coacción aversiva orientada a instaurar nuevos hábitos.  Más difícil de interpretar es la punición aplicada por uno mismo, la sanción autoimpuesta, que suele presentarse asociada al sentimiento de culpa. Resulta curioso que la culpa, que es la interiorización de una condena, interiorice con ella la exigencia de castigo, la penitencia. Es como si nuestras faltas conllevaran una deuda con la comunidad, o con el mundo, que solo acabará de saldarse m...

La peste

Vale la pena releer La peste de Camus en pleno imperio de la pandemia. No por morboso masoquismo, sino para buscar espejos en los que ver reflejadas nuestras vivencias y elementos para intentar descifrarlas mejor. La novela, contundente y minuciosa, describe una epidemia ficticia en la colonia francesa de Orán durante los años cuarenta del siglo pasado. Entretanto, en la realidad, el mundo sufría los estragos de la Guerra Mundial; un trágico paralelismo que, obviamente, no es casual. Nuestra mirada de tercer milenio encuentra en la novela del autor de El mito de Sísifo un vigente material para la reflexión, tanto en los puntos en común con nuestra actualidad como en las significativas diferencias. La ciudad norteafricana, asolada por la plaga, cierra sus puertas; en nuestro mundo global, en cambio, ha sucumbido hasta el último rincón. Pero si hay una experiencia universal que iguala nuestra condición a la de antepasados y contemporáneos es la enfermedad misma y su secuela, la mue...

No rendirse todavía

Razones para el pesimismo nunca faltan. Tampoco para un cierto optimismo (al fin y al cabo, queremos vivir), pero estas siempre nos parecen más frágiles, menos convincentes, como los matojos que pueden ser arrasados por el manotazo de una sola riada. Lo bueno siempre parece volátil, alzado fatigosamente a contrapelo del mundo, mientras que lo malo se impone en un momento, lo malo es lo que queda invariablemente tras lo bueno, y para que llegue solo hace falta esperar. Por eso nos parece más real, más consistente. Es como si hubiese un sustrato de desgracia que siempre acaba por emerger, más tarde o más temprano, en cuanto algo sacude la fina capa de lo feliz. Como si lo bueno fuese la excepción, un lujo, una rareza que hubiese que remontar con sangre y sudor por la ladera de Sísifo, para ver cómo luego, en cuanto flaquean las fuerzas o aflojamos por un instante, se nos escapa rodando cuesta abajo, y se hunde al fondo en un momento. El pesimismo posee la razón incólume de los hec...

Tasar el sufrimiento

Ya se sabe que, en ese patio de Monipodio que es la charlatanería de muchos opinadores, uno puede encontrar todo tipo de perlas, y por eso hay que leer con buen estómago y espíritu muy paciente y generoso. Pero con los tiempos de espanto que nos está tocando vivir como consecuencia de la plaga del coronavirus , uno no está con ánimo para soportar según qué sandeces. Un joven de poco seso califica lo que nos pasa de mero confinamiento Netflix (se sentirá muy ingenioso por la ocurrencia), y lo desprecia afirmando que nuestros padres y abuelos sí que las pasaron canutas en guerras y necesidad. O sea, según entiendo, que no nos quejemos, que lo nuestro, comparado con otros, es apenas una leve incomodidad. Parece que, para tal especialista en sufrimientos, que se arroga el derecho a juzgar el dolor de la gente, este se divide en dos únicas modalidades: el sufrimiento de verdad y el sufrimiento de pacotilla. Y nuestra crisis no pasaría del segundo, así que no solo no tenemos derecho a q...

El pozo del sufrimiento

El grado de satisfacción con la vida, o, si se quiere, eso que llamamos “felicidad”, es algo elástico que se estira y se encoge según el color del cristal con que se mira. Spinoza ya nos lo explicó: depende de la relación de fuerzas frente a las cosas con las que nos topamos; a una picadura de mosquito le podemos, una punzada de araña tal vez nos pueda. Nos complace lo que nos sabemos capaces de vencer, y nos fastidia (o nos mata) lo que nos vence. En vano soñamos con ir ascendiendo puestos en la escala del contento, si pretendemos que las marcas alcanzadas se mantengan ya estables como territorio conquistado: habrá golpes de viento que nos despeñarán. También hay oleadas repentinas que nos elevan, a menudo misteriosamente, pero esas siempre son menos. Ley de entropía: para caer basta con esperar lo suficiente; en cambio, subir es improbable y requiere esfuerzo. Pero con esto del ánimo sucede otro fenómeno que me parece aún más interesante y asombroso, y que si llegáramos a asum...

Decepción

Un buen amigo nos traicionó; nuestra pareja nos abandona; alguien que nos ayudó resulta que lo hizo interesadamente. La decepción es un sobresalto que nos aflige, a veces hasta paralizarnos. Un hecho contradice una expectativa positiva, cuestionando alguna convicción feliz que, irremediablemente, queda herida, y que por consiguiente hay que reformular. La decepción reduce así el campo de nuestra satisfacción; hace el mundo más inseguro e ingrato. Hace más improbable la felicidad, afectando a uno de sus puntales significativos: la confianza. Nos quedamos rotos, desconcertados, desorientados. La vida ha faltado a una promesa; el caos ha abierto una brecha en el cosmos, por donde rezuma la extrañeza. Habitábamos en un universo que creíamos conocer y que de súbito, dramáticamente, se nos revela desconocido. Primero nos invade el asombro: de ahí que nos quedemos paralizados. Como en un duelo, empezamos por resistirnos. Luego, a medida que comprendemos y asumimos, se van imponiendo la ...

Fracasos

A veces, en fin, fracasamos. Atronadoramente. Inapelablemente. A veces echamos a correr y las piernas se van solas al precipicio. Esto, que le parece tan obvio y en cierto modo tan trivial a la razón, es siempre un estupor para nuestra ingenua expectativa, y un sobresalto para nuestra ilusión. El fracaso duele, sobre todo si afecta a un proyecto en el que pusimos el aliento, sobre todo si hubo otros que esperaron y, tras ver cómo nos despeñábamos, se retiraron en silencio de la sala. O mucho peor: se quedaron compadeciéndonos, intentando espolearnos con palabras de ánimo que atormentan a nuestro espíritu, reiterándole una verdad que preferiría no escuchar. Porque no es compasión lo que necesitamos ahí, ni excusas que suavicen lo inaceptable, ni siquiera argumentos a favor de un yo quebrado que la benevolencia viste de patético: de entrada, nuestro orgullo prefiere replegarse en la distancia para lamerse las heridas. A veces apostamos mucho y lo perdemos todo. Es inútil compadecers...

El amor voraz

En nombre del amor desaforado se justifican el delirio, el capricho, los apabullantes excesos. Luego, cuando ya quede poco amor (si es que lo hubo) y predomine el resentimiento, vendrán la crueldad y la guerra. Vendrán con los primeros contratiempos. Un día es el enamoramiento ferviente que hace que uno se sienta más poderoso que nadie, que uno se crea el elegido de un destino selecto: “¡Todos lo buscan, y nosotros lo tenemos!”, se dicen los enamorados con imprudente orgullo. Al día siguiente ese poder, que nos elevaba a los cielos del reconocimiento y la caricia, nos hunde a los infiernos de la rabia, del temor, de la misma angustia. Y puede que lo haga, aún, en nombre del amor. Sin embargo, ¿qué queda del querer entonces? El enamoramiento es una voracidad desatada, y por eso suele acabar despeñando a sus víctimas. Sobre todo cuando no tiene la misma intensidad en las dos orillas. El más enamorado tiene más fuerza; el dudoso no tiene más opción que marcharse o someterse. La voraci...