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No rendirse todavía

Razones para el pesimismo nunca faltan. Tampoco para un cierto optimismo (al fin y al cabo, queremos vivir), pero estas siempre nos parecen más frágiles, menos convincentes, como los matojos que pueden ser arrasados por el manotazo de una sola riada. Lo bueno siempre parece volátil, alzado fatigosamente a contrapelo del mundo, mientras que lo malo se impone en un momento, lo malo es lo que queda invariablemente tras lo bueno, y para que llegue solo hace falta esperar.


Por eso nos parece más real, más consistente. Es como si hubiese un sustrato de desgracia que siempre acaba por emerger, más tarde o más temprano, en cuanto algo sacude la fina capa de lo feliz. Como si lo bueno fuese la excepción, un lujo, una rareza que hubiese que remontar con sangre y sudor por la ladera de Sísifo, para ver cómo luego, en cuanto flaquean las fuerzas o aflojamos por un instante, se nos escapa rodando cuesta abajo, y se hunde al fondo en un momento.

El pesimismo posee la razón incólume de los hechos últimos, de la terca facticidad. Es lógico: nuestros deseos, por el hecho de serlo, se alzan como desafíos de hormiga ante la contundencia de un mundo al que le son indiferentes. Todo deseo es una batalla contra la inercia de las cosas. En cada intento, el ser humano se enfrenta al peso del universo entero. La vida misma es un exceso que aguanta a fuerza de mucha tarea y mucho dolor, una endeble extravagancia que, en cuanto dejamos de apuntalarla, es arrasada en un momento. La vida, y dentro de ella nuestros sueños, arde en hornos febriles, despojando potencias laboriosamente retenidas. Cada hoguera es un artefacto de desorden, cada deseo es un artífice de entropía. Y, al final del fuego, queda el inane yacer de la ceniza, el retorno del frío y del silencio.
Al final, todo se pierde, y se disipa, y se olvida. Es verdad, una verdad tenaz e ineludible. El que se ciña a ella, siempre tendrá razón. El trabajo presiente su derrumbe, el logro prepara la pérdida, la vida sabe a muerte. Y, vista desde ahí, la aventura humana parece una fugaz futilidad, un fraude, “una historia contada por un necio, llena de ruido y furia, que nada significa”, en versos de Shakespeare. Pasamos hacia la destrucción, envueltos en un escándalo patético que se va desarmando por el camino. ¡Qué vanas ambiciones, hechas para desvanecerse! Lo meditaba, sombrío, Manrique: “Ved de cuán poco valor son las cosas tras que andamos y corremos…” ¡Y qué efímera duración de nuestras fuerzas, rendidas en un momento por la enfermedad y la vejez! “Las mañas y ligereza y la fuerza corporal de juventud, todo se torna graveza cuando llega el arrabal de senectud…” Y, al final de todos los caminos, el dolor, el sufrimiento, la frustración y la pérdida. “Los placeres y dulzores de esta vida trabajada que tenemos, no son sino corredores, y la muerte, la celada en que caemos…”

No se puede rebatir la cruda verdad última del dolor. Sobran ultrajes obscenos: guerras, hambrunas, pestes, torturas… Normandía, Ruanda, Auschwitz son irrefutables. Hay que llorar, y la vergüenza y el pesimismo parecen la únicas posturas admisibles. Y sin embargo, en medio del barro, seguimos luchando, y riendo, y soñando. En mitad de la sangrienta hecatombe, alguien se pone a curar heridas. En el centro de los fétidos muladares, nos llega el súbito aroma de un justo. Entre las ruinas, alguien levanta aún la andrajosa bandera de la dignidad. Lo bueno, a pesar de la derrota, persiste, y no por heroísmo, sino por amor. Como un canto que, por puro anhelo, nos empeñamos en no dejar enmudecer. Aún nos aferramos a ese clavo ardiendo. Vivir es no rendirse todavía.

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