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Mostrando las entradas etiquetadas como Comunicación

¿Usted qué opina?

Al preguntar la opinión contamos con su fundamento en una reflexión previa. Partimos, así, del supuesto de que las razones preceden a las conclusiones. ¿Y si, al menos a menudo, al menos en parte, fuese al revés? ¿Y si nuestras posturas fuesen meras tentativas, que luego procuramos justificar?  ¿Usted qué opina? ¿Será ese un buen remedio para el problema que nos abruma? ¿Hay que molestarse ante la ofensa recibida? ¿Corresponde aguantar, o más bien nos conviene renegar de lo que nos está dañando? Un sinfín de pequeñas decisiones cotidianas, algún que otro dilema existencial, nos pone contra las cuerdas. Aun con escasa información, urge decidir: yo creo que…  En realidad, muchas veces nos falta una respuesta definida, no disponemos de una opinión del todo formada. Estamos acostumbrados a movernos por entre nebulosas de incertidumbre, meras intuiciones que nos hemos acostumbrado a no analizar con demasiado detenimiento. Cuando se nos pone en el brete de rescatarlas de la indefin...

Los tiempos del amor

Un adecuado manejo de los tiempos en el ajuste de las relaciones (particularmente, en las íntimas, aunque las otras tampoco son tan distintas) constituye una de las sabidurías esenciales para una buena singladura de la convivencia. Hay quienes, por instinto, son verdaderos artistas de estas sutilezas, que implican aprovechar lo mejor de cada momento para allanar el camino y pulir sus baches y tropiezos. Otros, en cambio, tal vez por demasiado heridos, carecen de ese don de la oportunidad que es, en definitiva, un arte de la buena gestión del amor y del intercambio. Los encuentros gozosos despegan con fiestas, aventuras y fuegos de artificio; luego, con el paso y el peso de los días, el afecto va posándose en la realidad. Ese aterrizaje puede ser suave y armónico o consistir en un verdadero cataclismo. Los buenos pilotos son escasos y admirables.  El tiempo es un firme aliado de la realidad, y la convivencia está hecha de tiempo. Tras las mieles del comienzo van irrumpiendo los mat...

Matices del saludo

El saludo, benévolo y discreto, generoso y cauto, constituye el ritual más elemental, el artefacto básico de la convivencia, el soplo de calidez entre extraños y el recordatorio de afecto entre allegados. Es la flor de la sociabilidad reducida a su expresión más simple, su fórmula más funcional y eficaz: asentado apenas en un gesto o una palabra, un instante de irrupción fugaz, como el rayo de sol o la ráfaga de brisa, para transformar la urdimbre del anonimato e impregnarlo de ternura y afabilidad. El término en sí ya nos sugiere su origen y su destino: deriva de salud, que es el deseo más genuino, la pretensión más amigable que podemos ofrecerles a los otros. Que tengas salud, que la tengamos todos, para que la vida se despliegue en toda su potencia, para que se extienda sin trabas el imperio de la alegría. Saludar es, en efecto, invocar simbólicamente la salud, y con ella todo lo bueno; es pedírsela humildemente a los dioses, postulársela al destino, convocarla mediante el magnetis...

Conversación

Los espartanos consideraban que se habla demasiado, y por eso, antes de abrir la boca, procuraban asegurarse de que lo que iban a decir valía la pena, aportaría algo nuevo y no haría a nadie un daño innecesario. Debían ser un pueblo muy silencioso, y su gusto por la brevedad explica que hayamos incorporado su gentilicio «lacónico» como sinónimo de concisión. Es cierto que solemos hablar de más, pero hacerlo tiene un sentido social que escapa a la austeridad de aquel pueblo de adustos guerreros. Por paradójico que parezca, normalmente no conversamos para transmitir información. Necesitamos hablar porque es nuestra manera de encontrarnos, de estar juntos, de sentirnos unidos. Cierto que lo que nos entrelaza es frágil: meros mensajes, a menudo banales, muchas veces inapropiados. Sin embargo, por frágil que sea, cumple su función primordial de vínculo. Además, hay que respetar las palabras, incluso las más triviales, porque el verbo es más fuerte que nosotros, porque nos trasciende y nos ...

De palabras y sentidos

«El amor puede empezar con una sola metáfora», escribe Milan Kundera en su Insoportable levedad del ser . Hay una antigua alianza entre emociones y palabras: las primeras cristalizan en las segundas. La palabra constituye para la imprecisa sensación un soporte que se parece a la realidad; antes de ella solo hay impulso, instinto ciego, respuesta a estímulo, reacción primaria: aproximarse, huir o luchar. Cuando atribuimos un sentido, cuando asumimos un significado, de repente acude a nosotros, unido a él, una maraña de semánticas. Mucho más en el caso de las metáforas, que por su misma naturaleza están repletas de connotaciones. Cuando una mirada se convierte en imagen, y nos habla (aunque somos nosotros los que le ponemos voz), de repente se sale del mundo y pasa a acoplarse a nuestro mundo. Antes solo había sucesos, descoloridos y fragmentarios, más o menos ajenos. Ahora estamos nosotros, enredados en esa malla. El mundo nos cambia porque nosotros lo cambiamos: se ha abierto un portal...

Palabras sanadoras

¿En qué consiste el poder de una terapia basada en la palabra? Si tiene alguno, es la posibilidad de reconstruir relatos. Reformular sentidos, pero sobre todo lugares y roles. Mientras contamos nuestra vida, nos la estamos contando a nosotros mismos: creamos y consolidamos nuestro relato. Porque al fin una vida es una historia, pero sobre todo por el hecho de que hablar es una interacción, y toda interacción es una trama, un despliegue de papeles, de personajes y de asuntos.  En cada nueva versión, por consiguiente, tenemos la oportunidad de recrear el relato, de corregir aquello que lo hace tropezar; no porque necesariamente estemos confundidos, sino porque hemos quedado cautivos de una manera de interpretarlo. No hay relatos acertados o erróneos: hay narrativas restringidas o bien capaces de contener una multiplicidad de matices. Al hablar tenemos la oportunidad de incorporar nuevas versiones de la historia, nuevos matices de la complejidad.  Hablar, pues, es curativo en s...

Cerebro social

Tiene su gracia, un punto inquietante, la hipótesis de que nuestro cerebro creciera para afrontar la ardua complejidad de las relaciones humanas. Parece que fue el salto a la tribu lo que nos hizo «inteligentes» por fuerza, ya que nos obligó a procesar con una cierta maña el abigarrado laberinto de la interacción con los otros, la tupida red de conflictos y convenciones, tanteos y duplicidades de la horda humana.  Para afrontar esa confusión y dotarla de un cierto orden habría irrumpido el lenguaje, una herramienta que surge y se aplica en el contexto de lo común, lo compartido, donde permite canalizar y regular la interacción a través de signos y símbolos, haciéndola más fluida y al mismo tiempo más rica en matices. Al simplificar la multiplicidad fenoménica del mundo, facilita la adquisición y el uso del conocimiento. Palabra y concepto evolucionan en paralelo; no cabe descartar que, incluso, el razonamiento se activara como una interiorización del lenguaje: ¿qué es pensar, s...

¿Por qué (no) nos entendemos?

¿Cuáles son los factores que favorecen o dificultan la comunicación entre las personas? ¿Qué es lo que hace que dos personas se ensamblen de maravilla, compartiendo de forma casi inmediata un código y hasta puntos inauditos de complicidad? ¿Y qué hace, en cambio, que haya gente con la que no logramos entendernos, por mucho que pongamos buena voluntad y apertura de miras?    Es obvio que el hecho de compartir referente cultural y social facilita de entrada la comunicación. Dos personas pertenecientes a un entorno similar tienen muchas cosas en común: valores, costumbres, expectativas, conceptos, incluso maneras de expresarse. Habitar una misma zona geográfica o pertenecer a una misma generación son rotundos factores de proximidad, que de hecho se incorporan como señas de identidad y, por ello, tienen un efecto cohesionador; el idioma, en particular, juega un papel decisivo en la probabilidad y la fluidez de una interacción. Hay otros aspectos que condicionan radicalmente la ...

Vengan páginas

Un buen amigo me decía, entre el cariño y el sarcasmo, que padezco de grafomanía. Me he enterado de que la adicción a escribir puede alcanzar cotas de trastorno obsesivo compulsivo. Sin llegar a tanto (mis compulsiones han sido otras), admito que cuando toque hacer balance del tiempo dedicado a cada cosa, la escritura acaparará un buen porcentaje de las horas de mi vida. ¿Habré pasado más tiempo escribiendo que viviendo? Yo más bien creo que escribir ha sido y es, para mí, una forma de vivir, y de intentar no hacerlo del todo mal. Porque mis escritos no son un mero pasatiempo (que también), sino ante todo un recurso para afrontar ese abigarramiento de sucesos atropellados que es la vida. Son mi modo de apaciguar la angustia y atenuar la incertidumbre, poniendo un poco de orden y concierto. Son como las pinzas y el pegamento con los que procuro ajustar las piezas que voy encontrando desperdigadas por la vida, aquí y allá, caóticamente, interpelándome y avasallándome hasta que hago al...

Amor por las palabras

Dicen los pragmáticos que los idiomas son solo instrumentos para comunicarse, y que, mientras cumplan esa función, lo mismo da uno que otro. Dicen los pragmáticos que las palabras no son más que envoltorios de ideas, recipientes que se intercambian en el comercio del mensaje. Que eso es lo que importa, luego es igual hacerlo con unas que con otras. Yo creo que se equivocan. No por aquella doctrina romántica, tan tendenciosa, tan amenazante, que pretendía ponerle espíritu a las culturas, y aseguraba que cada lengua lleva impregnada una visión única del mundo. No por esa idolatría de los nacionalistas, que usan el verbo como enseña diferencial y arma arrojadiza para imponer su privilegio. Eso son exclusivismos injustificados, que sirven para clasificar, para segregar, para forzar…  No: yo creo que se equivocan, simplemente, porque ningún producto humano puede ser limitado a su función. Cada invento, cada artilugio, cada ocupación, van más allá de sí mismos y remiten a un universo d...

Dinosaurios frente a Google

Nuestro sistema educativo hace aguas. Bajo la avalancha masiva de la información, sucumbe el conocimiento. Nunca se dispuso de más texto escrito, y sin embargo cada vez se lee menos y se escribe peor. ¿Será deliberado? ¿Obedece a una estrategia para idiotizarnos? ¿O se trata de un cambio de paradigma que no sabemos entender desde la vieja perspectiva? ¿Se puede descifrar la galaxia Google desde la galaxia Gutenberg? Los más pesimistas se echan las manos a la cabeza. Leo la noticia de un profesor universitario que abandonó la docencia porque no estaba dispuesto a transigir con la desatención de sus alumnos, embebidos en el wasap o en los selfies , ni con su escandalosa falta de motivación por la cultura. ¿No será que está cambiando lo que se entendía por cultura? Un estudio afirma que está disminuyendo el cociente intelectual en las nuevas generaciones. ¿No será que se perfila una nueva “inteligencia” que ya no miden las viejas pruebas? Algunos se preguntan si la actual educación por ...

¿Por qué escribo?

No hace mucho encontré una entrevista que hicieron a Hannah Arendt en una televisión alemana. Si no recuerdo mal, hubo un momento en que el presentador le preguntó por qué escribía, a lo que la sagaz filósofa contestó sin dudarlo: “Para saber lo que pienso”. ¡Qué exactitud! El pensamiento, antes de expresarse en palabras, es un trasiego de sombras y luces que no acaban de definirse, espectros que están buscando cuerpo. Tal vez ya se encuentren ahí toda la energía, toda la intuición, toda la verdad que quiere revelarse, pero se trata de meros fulgores escurridizos que aún no han cobrado consistencia, aún no hay por dónde asirlas para hacer algo con ellas. La palabra es la arcilla que hace sólida la idea.  En esto sucede a la inversa que en la teoría platónica de las Formas, madre de todos los conservadurismos trascendentalistas. Para Platón, como es bien sabido, lo que percibimos y tocamos es mera apariencia, un inmenso escenario donde se proyectan las sombras de la esencia o real...

Alma

El vocabulario psicológico nace impregnado de espiritualidad, y tiene sentido: el cuerpo se percibe, pesa, duele; en cambio, la mente parece no ser de este mundo.  Las sutilezas del comportamiento parecen hundir sus raíces en los oscuros pozos del misterio. En ellos se inspiran las religiones, que funcionan como artefactos masivos de ingeniería psicológica. Este aroma espiritual de la mente se manifiesta empezando por el propio término “psicología”, que toma del griego la partícula psyche , alma: la psicología, como es sabido, vendría a ser en origen una especie de tratado del alma , o sea de la mente, ya que en la Antigüedad ambos términos se solapaban. Actualmente, la palabra inglesa mind también significa a la vez mente y espíritu, en una ambivalencia que tal vez le reste rigor, pero le enriquece la semántica. Sin embargo, la ambigüedad del término griego es aún más sugerente: psyche procede de psuche , aliento; el aliento es el soporte y el signo de la vida, del impuls...

Palabra y poder

Bien mirado, el fenómeno humano de la conversación resulta asombroso. Su riqueza simbólica va más allá del mero significado de los mensajes expresados: el propio acto de conversar está lleno de sentidos y convenciones, es una interacción, quizá la interacción social por excelencia. En las pláticas se juegan, por ejemplo, complejos tanteos de poder. Cuando se están intercambiando confidencias, cada intimidad que se revela al otro es una porción de poder que se le entrega. De ahí que, inversamente, atrincherarse en el secreto constituya un intento de resguardar el propio poder: un poder, en definitiva, que se nos hace triste, pues se construye desde lo negativo ― lo que se niega al otro en conocimiento mío, lo que me niego a mí mismo en posibilidad de compartir ― , que se crece recluyendo al sujeto y perjudicando su afán de sociabilidad; pero un poder al fin, que nos hace sentir más seguros y menos expuestos. La complicidad, por el contrario, se teje con la confidencia, que es un ri...