Un adecuado manejo de los tiempos en el ajuste de las relaciones (particularmente, en las íntimas, aunque las otras tampoco son tan distintas) constituye una de las sabidurías esenciales para una buena singladura de la convivencia. Hay quienes, por instinto, son verdaderos artistas de estas sutilezas, que implican aprovechar lo mejor de cada momento para allanar el camino y pulir sus baches y tropiezos. Otros, en cambio, tal vez por demasiado heridos, carecen de ese don de la oportunidad que es, en definitiva, un arte de la buena gestión del amor y del intercambio. Los encuentros gozosos despegan con fiestas, aventuras y fuegos de artificio; luego, con el paso y el peso de los días, el afecto va posándose en la realidad. Ese aterrizaje puede ser suave y armónico o consistir en un verdadero cataclismo. Los buenos pilotos son escasos y admirables.
El tiempo es un firme aliado de la realidad, y la convivencia está hecha de tiempo. Tras las mieles del comienzo van irrumpiendo los matices, bajo la lenta erosión de las dificultades y los conflictos. Se apelmaza el lento polvo de la frustración y el aburrimiento. La pasión escasa de amor puede dar paso a un progresivo resentimiento mutuo, debido a la decepción de que el otro no cumpla lo que (creíamos que) prometía. Entonces empieza una larga etapa de tensión en la que se suceden los pulsos por intentar que el otro sea lo que esperábamos de él, y cada vez surgen más bretes por diferencias insignificantes que canalizan la creciente insatisfacción de fondo.
Es probable que este desencuentro general llegue a veces demasiado lejos por no haber cuidado convenientemente los primeros pasos. Amargas e interminables discusiones, reproches sin fin, intentos desesperados de pacto que no acaban nunca de concretarse, ofensas y humillaciones imperdonables, ambiente general de pérdida de respeto y antagonismo... Al principio, para evitar romper el dulce hechizo, se calla lo que debería decirse y se cede en lo que uno, a la larga, no soportará. El pacto de silencio no impide que la frustración continúe fluyendo por sus rutas subterráneas, consolidando unos hábitos que luego costará reconducir. Caminar se va haciendo más difícil a medida que falta el suelo bajo los pies.
Al amparo de ese silencio tenso, que puede derivar en guerra fría, es fácil que fragüe un extrañamiento entre las dos personas. Mientras los encandilamientos iniciales se empañan, cada vez se perciben con más intensidad las incompatibilidades, los antagonismos y los sinsabores que nos separan del otro. Las discusiones y la decepción general conducen fácilmente a un odio creciente que acaba por minar, incluso, la propia autoestima. Es lo que tiene el encanallamiento: saca lo peor de nosotros mismos, hasta el punto de que es difícil concretar qué es lo más doloroso, si ver languidecer el amor por el otro o robustecerse las propias mezquindades.
De poco suelen servir los intentos heroicos de reencuentro: si acaso, con suficiente amor, paciencia y buena voluntad, tal vez se podría llegar a un nuevo pacto; pero habría que tener el valor de hablar con el corazón desnudo y estar dispuesto a escuchar al otro. La creciente desconfianza mutua no ayuda: cada intento honesto de sincerarse se convierte en un campo de minas del que es difícil que nos salve una benevolencia frágil y titubeante, ya que uno teme, a esas alturas, que cualquier brecha sirva como munición para el otro. Por otra parte, el tiempo nos hace más rígidos y nos pone más a la defensiva, y por tanto estamos cada vez menos dispuestos a aceptar cesiones que nos harían sentir aún más vulnerables y maltratados. El diálogo se torna rígido, las posturas cerriles, incluso en aspectos que, fuera de ese contexto de pulso de poder, no tendrían la menor importancia y serían descartadas por triviales.
Sucede que, en el desencuentro, lo trivial se convierte en esencial, o al menos en arma arrojadiza. Cada vez somos menos capaces de hacer borrón y cuenta nueva, de volver al punto en que todo empezó a estropearse y procurar retomarlo con más amor y más inteligencia. Cada «conferencia de paz», con su fracaso, no hace más que confirmar la imposibilidad del diálogo; cada intento de abrir puertas conduce a echar nuevos pestillos. Hasta que se llega a puntos de no retorno, escenas en las que se pierden los papeles y se dicen o hacen cosas que ya no se podrán perdonar. El notario interior las registra en silencio, apuntando al lado: Tener en cuenta a partir de ahora. Y vaya si se tienen en cuenta: la basura acumula más basura. La balanza se va desequilibrando hasta que, sencillamente, todo se desparrama.
En definitiva, los comienzos marcan la pauta, y cada silencio y cada cesión abusiva que se den al principio degenerarán en situaciones cada vez menos aceptables e incrementarán el mutuo rencor por la sensación de haber sido engañado y manipulado. Se va forjando a fuego la convicción de que, tras cada intento fallido de ser el que no somos y de comulgar con unas ruedas de molino que a la larga resultan indigeribles, uno ha sido víctima de un fraude. En cuanto algo se da por sobreentendido, ya nos tiene atrapados.
En las relaciones humanas nunca hay una garantía, pero si hay un momento para perfilar lo que será el pacto de la relación es el comienzo, cuando predominan aún el amor y la ilusión, cuando uno es aún generoso y abierto. Todo lo que no se resuelva entonces, más tarde se enrarecerá y se alambicará hasta lo impensable, emponzoñado por el rencor, y empotrado por la losa del hábito. Si a todos, tomados individualmente, nos cuesta cambiar, cómo no va a costarnos cuando hemos de saltar junto a otro. Cuando las fantasías de huida van sustituyendo a las de ternura, y descubrimos en nosotros la nostalgia de la libertad, ya llegamos tarde.

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