“No es amarga la verdad ―canta Serrat―, lo que no tiene es remedio”. ¿Tenemos remedio nosotros? ¿Al menos en parte? ¿Y en qué parte? ¿Y cómo? Yo creo que no tenemos mucho remedio, y esa sí es una amarga verdad. Se nos esculpió a fuego, y ya no hay vuelta atrás. De niño me traspasó la sospecha de no merecer que me quisieran; no esperarlo me hizo receloso. Y esa convicción, por irracional y desesperada que emergiera, es tan profunda, tan primitiva, que tras una vida de reflexiones, terapias, lecturas y experiencias, sigue rigiendo el meollo de mi personalidad. La voluntad no ha logrado curarme de mí mismo. Hasta el punto de desechar inconscientemente lo que contradice mi primitiva convicción, y colaborar con lo que la reafirma. Para cuando nos descubrimos adultos, lo esencial ya está compuesto: difícilmente llegaremos a nadar lejos de esa patria. ¿Nos queda algo por hacer? “Suicídate”, me sugirió una amable muchacha a la que rondé ―por suerte poco tiempo, y con evidente maso...
Apuntes filosóficos al vuelo de la vida