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Mostrando las entradas etiquetadas como Heridas

Lo que nos queda

“No es amarga la verdad ―canta Serrat―, lo que no tiene es remedio”. ¿Tenemos remedio nosotros? ¿Al menos en parte? ¿Y en qué parte? ¿Y cómo?  Yo creo que no tenemos mucho remedio, y esa sí es una amarga verdad. Se nos esculpió a fuego, y ya no hay vuelta atrás. De niño me traspasó la sospecha de no merecer que me quisieran; no esperarlo me hizo receloso. Y esa convicción, por irracional y desesperada que emergiera, es tan profunda, tan primitiva, que tras una vida de reflexiones, terapias, lecturas y experiencias, sigue rigiendo el meollo de mi personalidad. La voluntad no ha logrado curarme de mí mismo. Hasta el punto de desechar inconscientemente lo que contradice mi primitiva convicción, y colaborar con lo que la reafirma.  Para cuando nos descubrimos adultos, lo esencial ya está compuesto: difícilmente llegaremos a nadar lejos de esa patria. ¿Nos queda algo por hacer? “Suicídate”, me sugirió una amable muchacha a la que rondé ―por suerte poco tiempo, y con evidente maso...

La herida original

El trauma original, la herida básica de nuestra infancia, es descubrir que lo que somos —o creemos, o queremos ser— queda siempre subyugado a lo que se nos impone. Para el principito que todos fuimos en la primera edad, ese que fantaseaba con la omnipotencia y soñaba un mundo que girara a su alrededor, el choque con una realidad limitada y limitadora, con un entorno que nos somete como una losa, debió conllevar un dolor casi insuperable. Y, en efecto, todos lo arrastramos el resto de nuestra vida, y algunos no logran reponerse de él. Freud ya nos esbozó esa herida narcisista original, pero se fue por las ramas leyéndola exclusivamente en clave sexual. Sus discípulos Jung y Adler se acercaron más al verdadero problema de la psique: para el primero, la fuerza primordial de la especie, el inconsciente colectivo; para el segundo, la voluntad de poder. El famoso Ello de Freud, ese núcleo instintivo que nos impulsa, va más allá del mero deseo sexual: es la vida misma, que se sueña omnipote...

Locuras

¿Acaso no estamos todos un poco locos siempre, y bastante locos a veces? Alguien me hizo una vez la apreciación de que era imposible que no acabásemos todos neuróticos, dado que la evolución nos ha hecho conscientes de que vamos a morir. Su observación me parece correcta, pero incompleta. La mayor fuente de ansiedad no es la perspectiva de la muerte, que nos resulta siempre remota e inverosímil como todo lo carente de experiencia directa, sino la vida inmediata, la que nos duele en la carne y se nos acelera en el corazón, con sus crueldades y sus fervores y sus incertidumbres.  De todos modos, en esencia, repito que el veredicto es válido, aunque más por lo que implica que por lo que significa. Soñamos con el orden, la seguridad y la estabilidad, porque sabemos que ninguna de las tres cosas se halla a nuestro alcance. La condición humana (la de la vida toda, quizá la del universo entero) no está hecha para el equilibrio: alostasis frente a homeostasis. Si la excepción es la norma...

La peste

Vale la pena releer La peste de Camus en pleno imperio de la pandemia. No por morboso masoquismo, sino para buscar espejos en los que ver reflejadas nuestras vivencias y elementos para intentar descifrarlas mejor. La novela, contundente y minuciosa, describe una epidemia ficticia en la colonia francesa de Orán durante los años cuarenta del siglo pasado. Entretanto, en la realidad, el mundo sufría los estragos de la Guerra Mundial; un trágico paralelismo que, obviamente, no es casual. Nuestra mirada de tercer milenio encuentra en la novela del autor de El mito de Sísifo un vigente material para la reflexión, tanto en los puntos en común con nuestra actualidad como en las significativas diferencias. La ciudad norteafricana, asolada por la plaga, cierra sus puertas; en nuestro mundo global, en cambio, ha sucumbido hasta el último rincón. Pero si hay una experiencia universal que iguala nuestra condición a la de antepasados y contemporáneos es la enfermedad misma y su secuela, la mue...

La curva

Un país entero (y así están todos) recluido, inmovilizado, aletargado en la penumbra de los muros, vive o más bien sobrevive conteniendo la respiración, pendiente de una curva. Nunca la inflexión de una línea resultó más acuciante, ni siquiera en las montañas rusas de la economía. Cada día escuchamos ansiosos los datos sobre los infectados y las muertes de esta infame pandemia, anhelando la esperada noticia de que por fin la tensa contención da fruto, y se atenúan los contagios, y remite la marea trágica de los difuntos. Y se dobla de una vez la maldita curva. Triste récord el nuestro, primeros ya en casos y en muertos por habitantes. España herida, atada a la rueda fatal de sus tribulaciones: “De todas las historias de la Historia, la más triste sin duda…” ¿Qué hiciste, insensata? ¿Cómo te convertiste, una vez más, en campeona del estrago? Algún día tendremos que mirarnos al espejo y lamentar nuestros errores. Todos hemos pecado de insensatos. Pero algún día, también, deberían pag...

Decepción

Un buen amigo nos traicionó; nuestra pareja nos abandona; alguien que nos ayudó resulta que lo hizo interesadamente. La decepción es un sobresalto que nos aflige, a veces hasta paralizarnos. Un hecho contradice una expectativa positiva, cuestionando alguna convicción feliz que, irremediablemente, queda herida, y que por consiguiente hay que reformular. La decepción reduce así el campo de nuestra satisfacción; hace el mundo más inseguro e ingrato. Hace más improbable la felicidad, afectando a uno de sus puntales significativos: la confianza. Nos quedamos rotos, desconcertados, desorientados. La vida ha faltado a una promesa; el caos ha abierto una brecha en el cosmos, por donde rezuma la extrañeza. Habitábamos en un universo que creíamos conocer y que de súbito, dramáticamente, se nos revela desconocido. Primero nos invade el asombro: de ahí que nos quedemos paralizados. Como en un duelo, empezamos por resistirnos. Luego, a medida que comprendemos y asumimos, se van imponiendo la ...

Fracasos

A veces, en fin, fracasamos. Atronadoramente. Inapelablemente. A veces echamos a correr y las piernas se van solas al precipicio. Esto, que le parece tan obvio y en cierto modo tan trivial a la razón, es siempre un estupor para nuestra ingenua expectativa, y un sobresalto para nuestra ilusión. El fracaso duele, sobre todo si afecta a un proyecto en el que pusimos el aliento, sobre todo si hubo otros que esperaron y, tras ver cómo nos despeñábamos, se retiraron en silencio de la sala. O mucho peor: se quedaron compadeciéndonos, intentando espolearnos con palabras de ánimo que atormentan a nuestro espíritu, reiterándole una verdad que preferiría no escuchar. Porque no es compasión lo que necesitamos ahí, ni excusas que suavicen lo inaceptable, ni siquiera argumentos a favor de un yo quebrado que la benevolencia viste de patético: de entrada, nuestro orgullo prefiere replegarse en la distancia para lamerse las heridas. A veces apostamos mucho y lo perdemos todo. Es inútil compadecers...

Vergüenza y culpa

El moralista disfruta, con una satisfacción algo morbosa, al descubrir la repentina banderilla de la vergüenza en el lomo ajeno. El moralista disimula a menudo, bajo un velo de justicia, el corazón cruel de los amargados y los resentidos; un corazón, como diría Camilo José Cela, "negro y pegajoso como la pez".  Al moralista  ― ya se va viendo ―  no queremos darle la razón, se nos hace correoso y antipático. Y menos en lo que toca a la vergüenza, que tanto estrago causa en nuestros inocentes remansos narcisistas. Pero admitamos que la vergüenza, bien mirada, no es tan mala compañera: le sube un poco el color a nuestra pálida jactancia. Sin acabar de amarla (nos hemos propuesto no amar ningún dolor), podemos al menos reconocerle algunos méritos.  La vergüenza hace correr el agua de esos remansos que empezaban a cubrirse de moho. Siempre que nos deje flotar, quizá su sacudida nos despierte de la modorra autocomplaciente y nos invite a ser mejores remeros. Al dejarnos ...

La levedad de la alegría

Curiosamente, los años me han hecho más alegre. Yo esperaba lo contrario, puesto que vivir es perder. El calendario avanza y, como uno de esos muñequitos de los videojuegos, lo va engullendo todo a su paso: la gente querida, la salud, el tiempo que nos va quedando… El dolor es interminable y creciente. ¿Cómo se entiende que la felicidad de la madurez sea más serena y más firme? Probablemente porque sufrir nos enseña a discernir lo importante; porque la desazón languidece al hacerse costumbre; porque el cedazo de la vida va dejándonos el poso de lo grato. Tal vez no haya más remedio que sufrir para comprender que la alegría es algo raro y precioso, como las gemas, y que por eso hay que defenderlo, como canta Serrat. La juventud es bella, pero desaforada. Anhela demasiado y rechaza con obcecación. Por eso es fácil, e injusto, menospreciar sus exuberancias con el tiempo, cuando ya las hemos perdido y sabemos que no volverán. Es tan tentador como glorificarlas. Ni una cosa ni la otra: la...

Sirenas varadas

La vida va discurriendo como un río atropellado, ya lo dijo Heráclito a propósito del tiempo que pasa y lo cambia todo, y más tarde lo cantó Jorge Manrique con una belleza no igualada. Los años nos devastan porque vivir es eso, ir quemándose como una vela para poder dar luz. Es humano mirar atrás hacia lo perdido, con melancolía, se diría que hasta es bello y obligado. Lo que se fue nos acompaña desde el recuerdo, pero también desde la misma sustancia de nuestro ser, porque somos lo que el pasado ha hecho de nosotros. Lo que se quedó por el camino merece nuestro homenaje y hasta nuestro lamento. Pero somos hijos de esa flecha imparable, y estamos hechos para avanzar. Hay que atender los reclamos de lo perdido, pero para repetirle nuestro juramento de amor, no para quedarse atrapado en la nostalgia. Vivir es seguir fluyendo. A veces, cuando el dolor es grande o cuando no sabemos muy bien cómo arreglárnoslas, sentimos la tentación de bajarnos del tren, de quedarnos encallados en alg...