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Mostrando las entradas etiquetadas como Presencia

Observar y estar

Hacemos demasiado, hablamos demasiado. Con tanto ruido espantamos a la lucidez, que es ante todo silencio. Un silencio expectante, cargado de presencia. Un silencio abierto al rumor de los oleajes de la existencia, rompiendo en nuestras orillas. «Si las ejecutamos conscientemente, todas nuestras acciones son poesías o cuadros», dice Thich Nhat Hanh. La vida pasa ante nuestros ojos y no la vemos porque estamos buscándola. Pedir nos condena a la carencia: el que tiene no pide. No hay más mundo que el que se extiende justamente aquí, delante de tus ojos. Como nos recuerda Marco Aurelio: «Recuerda que sólo se vive el presente, este instante fugaz... Pequeño es el rincón donde se vive.»  Estamos ansiosos por saber, pero quien sabe observar tal vez no precise pensar tanto. Los orientales lo aseveran desde tiempos inmemoriales, y han hecho de ello una propuesta de vida y una divisa de redención: toda la sabiduría necesaria se resume en permanecer atento. Descender de las calimas de la me...

Presencia

Aunque se haya convertido en un tópico, tienen razón los que insisten en que el secreto de la serenidad es permanecer aquí y ahora. Y no tanto por eso que suele alegarse de que el pasado y el futuro son entelequias, y que solo existe el presente: tal consideración no es del todo cierta. El pasado revive en nosotros en la historia que nos ha hecho ser lo que somos; y el futuro es la diana hacia la que se proyecta esa historia que aún no ha acabado. No vivimos en un presente puro (ese sí que no existe: intentad encontrarlo, siempre se os escabullirá), sino en una especie de enclave que se difumina hacia atrás y hacia adelante. Esa turbia continuidad es lo que llamamos presente, y no hay manera de salir de ahí.  El pasado y el futuro, pues, son ámbitos significativos y cumplen bien su función, siempre que no se alejen demasiado. Se convierten en equívocos cuando abandonan el instante, cuando se despegan de él y pretenden adquirir entidad propia. Entonces compiten con el presente, lo a...

Eterno retorno

Una de las ideas más hermosas y enigmáticas del viejo Nietzsche es la del eterno retorno de todas las cosas: la destrucción del tiempo lineal y su sustitución por un acontecer cíclico, como el de los mitos. “Cualquier estado que este mundo pueda alcanzar lo habría alcanzado ya y no una vez, sino un número infinito de veces… Volverás a encontrar cada uno de tus dolores y tus placeres, cada uno de tus amigos y tus enemigos, y cada esperanza y cada error, y cada brizna de hierba, y cada rayo de luz… Este anillo, del cual tú eres un pequeño eslabón, volverá a brillar eternamente”. No creo que haya que tomar a Nietzsche de modo literal. Me parece que con esta idea, quizá la más audaz de cuantas propuso, culminación de su proyecto de “transmutación de los valores”, pretendía dotarnos de un símil, una metáfora de potencia definitiva sobre la actitud con que el hombre solo y libre tiene que afrontar la existencia. Desposeídos de la esperanza en la trascendencia, la fugacidad de nuestra vida ...

Colas

Existen, lo ha señalado alguien con acierto, “no-lugares” en los que estamos, pero ausentes; y “no-tiempos” en los que respiramos, pero no vivimos. Territorios con los que no dialogamos, por los que nos limitamos a pasar sin que nos hagan mella, meros decorados de un tránsito o espacios de travesía cuya experiencia tiene algo de irrealidad. Lapsos en los que el presente se adelgaza hasta constituir una simple linde entre pasado y futuro. Allí la existencia se difumina, el ser se reduce a permanecer, el estar se reduce a esperar. Hay algo ontológicamente difuso en esos ámbitos, como un hiato entre dos emplazamientos, como el instante en que pasamos las páginas de un libro. Todo lo que nos rodea está gastado e incompleto, marchito, desprovisto de sabor. Stephen King construyó una brillante historia de personajes atrapados en un ángulo temporal donde la realidad ya ha pasado pero el vacío la desvanece lentamente.  No puede ser casual que ambientara su historia en un aeropuerto, que ...

Atentos y distraídos

Sabiduría es, ante todo, prestar atención, y por eso la mayoría somos tan poco sabios, y andamos dispersos y ofuscados, sin mirar dónde ponemos los pies. Así nos va. No se puede exagerar cuando elogiamos las virtudes de la atención. Desde el plano práctico, nos guía por la intrincada selva de la vida, en la que tan fácil es extraviarse, como cantó Dante. Nos evita tantos esfuerzos vanos, tantas pérdidas de tiempo y energía, tantas confusiones y tropiezos como suele depararnos la distracción. El triunfador es, invariablemente, alguien que presta atención. Su vida es previsible, su suerte controlada. Hay que admirarlos: frente a nuestros caóticos devaneos, nuestras pérdidas y nuestros sustos, ellos viven una existencia tranquila, donde cada cosa está en su sitio y juega el papel que le toca jugar. Cierto que a veces puede irrumpir lo inesperado, pero incluso para ello suelen tener buenas respuestas. Donde hay orden hay progreso.  Pero el regalo más selecto de la atención es que nos...

Vivir aquí

Hay que vivir aquí. No hay otro sitio. Es uno de los tópicos que más se repiten: “Aquí y ahora, es lo único real…”. No obstante, debo insistir. Porque tengo tendencia a olvidarlo, o quizá no acabo de creerlo. Porque estoy hecho para añorar lo perdido y para esperar un porvenir mejor. Así me han educado, también: lo que fui (y se me alaba, o se me reprocha, o se me recuerda como si solo entonces hubiese sido yo mismo); lo que seré (porque solo el futuro puede restituir mis carencias y cumplir mis proyectos). Una y otra vez vuelvo a pensar así. Ausentarse tiene muchas ventajas, y yo las aprovecho. La nostalgia me permite adornar el pasado y mantener la creencia en que hubo un paraíso, aunque lo perdiera. O bien, atormentarme con viejos errores o antiguos agravios me distrae de la única tarea verdadera, lo único que realmente cuesta y me desafía, que es el presente. El pasado me atrapa, pero porque yo quiero ser atrapado: porque si soy libre tengo que elegir, tengo que hacerme respons...