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Mostrando las entradas etiquetadas como Proyecto

Genio y figura

Cada uno es como es, cada quien es cada cual , canta Serrat, haciéndose eco de esa sabiduría tradicional que nos avisa de la obstinación con que, por vueltas que le demos, acabamos por ser nosotros mismos.  Hay algo enigmático en la dureza de esa madera sobre la que nos ha esculpido la vida. En esa cristalización del yo a la que nos referimos como temperamento o personalidad y que, desde muy temprano, define y a la vez atrapa a cada uno de nosotros. Parece tener vida propia, al margen de nuestra voluntad; parece imponerse desde algún baluarte interior.  No es extraño que muchas tradiciones le hayan atribuido una existencia propia, una entidad metafísica que subyacería al cuerpo y al pensamiento: el espíritu, el alma… También es comprensible que hayan visto en esa pasmosa pertinacia el influjo de fuerzas externas, como el daimon de los griegos o los animales totémicos de tantas otras culturas antiguas. Se intenta dar así una explicación desde el mito a esa mágica tenacidad con...

De la subjetividad de los valores

Por mucho que los objetivistas critiquen las contradicciones del subjetivismo de los valores, todos ellos incurren en la inconsistencia de Platón: atribuyen a las cosas una dimensión metafísica y convierten en metafísica la relación de las personas con las cosas. Eso las vacía de contenido: cuando se estipula que el bien es un valor universal e independiente, una especie de entelequia que sobrevuela el mundo material, se está vaporizando el bien, se le está descorporeizando en un ente abstracto imposible de descifrar. Porque el bien no es un qué, sino más bien un cómo, y además un cómo establecido en relación con algo bueno, o sea, un cómo acerca de un porqué.  Por ejemplo, la compasión es buena, pero solo cuando se ancla en la vida y se encarna en individuos y situaciones reales, solo porque un individuo concreto siente una empatía solidaria hacia otro individuo concreto . El hombre bueno ayudará al otro, puesto que lo necesita, y será bueno en la medida en que lo ayuda, será bu...

¿Qué sentido?

No sé si hay cuestión más dramática y paradójica, más dolorosamente humana, que la del sentido. Esperamos que nuestra existencia esté justificada, aunque desconozcamos el tribunal; que merezca la pena de algún modo, aunque nadie tenga una idea clara de qué modo pueda ser ese. Tal vez en la impresión de haber servido de algo, como nuestras herramientas y nuestros trabajos, que se explican respondiendo a la pregunta: ¿para qué? O insinuando, al menos, de dónde procede, quién o qué la fundó, y —una vez más— con qué propósito. A pocas vueltas que se le dé, la pregunta por el sentido pierde todo el sentido. Y, aun así, nos sigue estremeciendo como un escalofrío ante los cielos estrellados y en las horas oscuras. La vida no necesita sentido. Se basta a sí misma, suceder es toda la cuenta que espera y que da. El ser es, y se agota siendo. Arrojado en medio del vacío, cumple con el impulso de perpetuarse y perece sin profundidad. ¿Por qué habría de mirar más allá?  Nuestro problema reside ...

¿Adónde iremos a parar?

¿Adónde iremos a parar?, exclamaban nuestros abuelos, escandalizados por los cambios que sacudían su mundo y resquebrajaban sus certezas. Hoy nos hacemos la misma pregunta, seguramente con más inquietud. ¿Cómo explicar esta zozobra? ¿Acaso no vivimos mejor que ellos, no disponemos de más recursos, no sabemos más cosas? A decir verdad, es posible que sepamos demasiado, y que ignoremos lo que necesitamos saber. Vivimos una época en la que se precipitan los acontecimientos. La información nos arrecia como un temporal sin tregua. Ni nuestro cuerpo ni nuestra mente están hechos para tal diluvio de estímulos. Muchos de ellos graves e inquietantes.  El hombre contemporáneo no sabe qué hacer con tanta información, que se le amontona sin darle tiempo a asimilarla. Vive con el malestar de una baraúnda de sucesos, y sobre todo de una saturación de emociones que le zarandean violentamente y de inmediato son sustituidas por otras. Es como un estrépito emocional confuso y ensordecedor, en medio...

Pecados

La tradición católica se afanó, al menos en mi generación, abonando en nuestras mentes infantiles el espectro del pecado. Cuando uno era, como lo era yo, más bien escrupuloso con el ascendente de la autoridad, y se tomaba a pecho el cumplimiento de las normas para ganar el estatus de «bueno» (o, al menos, no ser tachado con el de «malo»), el riesgo de incurrir en el pecado se convertía en fuente de un sufrimiento obsesivo. En definitiva, y puesto que el pecado abarcaba casi todo lo que podía evocar algún placer, la culpabilidad era un destino casi seguro, y, unido a ella, el merecimiento de castigo. Yo estaba convencido de ambas cosas, y tenía asumido que ni mi sumisión ni las penitencias a las que a veces me sometía servirían para librarme de la terrorífica condena. Y, sin embargo, debo reconocer, ahora que puedo hacerlo sin sentirme amenazado, que nunca entendí cabalmente la casuística del pecado. ¿Por qué es malo lo que no se puede evitar, lo que tira de nosotros desde dentro con t...

Golpe a golpe

La vida es tarea, decía Ortega y Gasset: el irrevocable proyecto de construirnos a nosotros mismos, de elegir lo que queremos ser y convertirnos en ello. El anhelo de libertad surge de la médula misma del Yo, puesto que la identidad se basa en diferenciarse, en cobrar una forma única, y en sentirse dueño del criterio. Una persona sin libertad, anulada por un estricto condicionamiento, no tendría ni siquiera noción de ser persona. La libertad adquiere así una dimensión ontológica: solo el ser que decide se hace consciente de sí mismo en el acto de decidir. Tal vez fuera esto lo que nos quiso sugerir Sartre al considerarnos «condenados a la libertad». Sartre explica más. La libertad es una manera de encarar el mundo que nos adentra en él, y en ese adentrarse nos topamos con el otro, que aparece movido por su propia libertad. Los días son un incesante campo de batalla entre libertades que luchan por construirse a sí mismas frente al mundo, por salir bien parados entre los demás, por resis...

Palabras

Este oficio de ponerles palabras a las intuiciones me apasiona y me vence. Tiene la plenitud de la creación y el precio de su ahínco. ¡Qué montón de torpezas para la felicidad de un hallazgo! ¡Qué lentitud de avance, cuántos rodeos y retrocesos, cuánto intento fallido y desechado, cuánto fruto prometedor que a la postre languidece en su futilidad! Adrenalina de la cuerda floja, hecha de ilusión y miedo, tan a menudo rota en la caída…   A veces uno renuncia a una idea con tal de no tener que insistir en el esfuerzo de expresarla, la hermosa y extenuante tarea de buscarle las palabras precisas. Crear también tiene su peso, el del balde que uno echa al pozo de la nada, el del intento de introducir algo nuevo en la corriente del tiempo; pues la nada y el tiempo se resisten.  El artífice sufre. La ocurrencia es una luz que revolotea como esa mariposa esquiva a la que Lorca le pedía que se quedara quieta; se nos insinúa, la vemos de reojo, y en cuanto la miramos directamente se nos...

Dirigir

Hace algún tiempo me ofrecieron hacerme cargo de la dirección de una entidad, cosa que jamás se me había pasado por la cabeza; y aún se me había ocurrido menos la posibilidad de que diría que sí. Allá fui, al puente de mando de un navío desconocido, a controlar un timón que no había empuñado nunca, entre asustado y motivado por la intriga de si sería capaz de hacerlo. A veces me sale la vena aventurera.  Mal que bien, he sobrevivido y hasta he disfrutado. El barco flota y avanza: me doy por satisfecho. Pero no me engaño: sé que no estoy en mi lugar natural. Esto de llevar la batuta de la orquesta, por lo que voy viendo y como casi todo en la vida, tiene su don y su arte. Hay personas agraciadas con el don, lo cual es un formidable punto de partida y tal vez garantice, al menos y si el entusiasmo no da para más, un desempeño pasable, de esos que discurren sin grandes tropiezos y permiten que todo el mundo cumpla lo suyo sin sobresaltos.  ¿Se me permitirá envidiarlos? Al fin y ...

Cambiar

Todo el mundo anda empeñado en cambiar, lo cual demuestra hasta qué punto vivimos insatisfechos con lo que somos. En última instancia, pretenderíamos poder cambiar en todo, y eso da idea de nuestros desmedidos sueños de omnipotencia. La aspiración de perfeccionamiento, sin duda impregnada del afán tecnológico y mercantil, ha dado lugar a una inmensa industria del cambio, en la que un creciente ejército de especialistas nos ofrecen, cada cual según su propia versión, la piedra filosofal para una alquimia a nuestra medida. Pero las personas no cambiamos fácilmente. Ni siquiera las experiencias traumáticas o el rigor de las obligaciones nos renuevan de buenas a primeras. Hay una inercia poderosa que prevalece contra nuestras mejores intenciones; nos identificamos con ella y la llamamos Yo. Desde ese momento nos atrapa, o al menos se convierte en nuestro referente ineludible.  El cambio, si es posible, requiere, o una conmoción que lo remueva todo hasta los cimientos y obligue a rec...

Tan simple y complejo como la libertad

El ser humano es un sofisticado andamio levantado sobre unos cimientos primitivos y simples. Nuestro cerebro consiste en una intrincada efervescencia de neuronas racionales dirigidas por unos mecanismos emocionales que se remontan a los reptiles. Nuestra sociedad, por su parte, constituye un vasto laberinto de sutilezas y semánticas que se ramifican desde un tronco básicamente tribal, y cuyas raíces continúan ancladas a la misma tierra de los instintos universales por la que procuraban perdurar nuestros ancestros. Se ha señalado, como propiamente humano, caracteres como el pensamiento (que incluye el lenguaje), la ética, la cultura o las instituciones. En efecto, parece que todo eso nos distingue de los otros animales. Pero no por ello constituye lo más genuino de nuestra naturaleza, que sigue gravitando en una médula instintiva y emocional. Al fin y al cabo, somos tan resultantes de la evolución como las arañas o las tortugas…  Salvo en un detalle, que puede parecer nimio pero l...

Mover montañas

Una de las divisas favoritas de los gurús de la autoayuda es que uno puede alcanzar todo lo que se proponga, siempre que lo desee lo suficiente. Se supone, según ellos, que, cuando uno se alinea con sus deseos y les pone voluntad, “el universo entero conspira” para que se realicen. Me parece una pretensión de lo más peregrino, incluso dentro de los disparates de la autoayuda y del misticismo New Age. ¿Un universo pendiente, cual pecho materno, de nuestros volubles caprichos infantiles? Freud, rasgándose las vestiduras con razón, lo consideraría el colmo del narcisismo y de la omnipotencia primitiva.  La vida nos va enseñando que sucede más bien lo contrario. Lo valioso es difícil e improbable, nuestra voluntad frágil y nuestras fuerzas escasas. “Quien algo quiere algo le cuesta”: requiere mucho trabajo y perseverancia alcanzar un logro que valga la pena, y, por supuesto, se trata de una inversión sin garantía. Si algo toca ir aprendiendo con los años es a renunciar: por lo que se...

Lograr es esperar

Se ha hablado mucho de los experimentos sobre la postergación de la recompensa en los niños. Los que consiguen resistir la tentación de un premio inmediato a cambio de otro aplazado pero mejor, suelen tener más éxito en la vida. Esto da mucho que pensar sobre los comportamientos que favorecen el logro. Hay que ser capaz de renunciar a lo bueno para conseguir lo mejor. En buena parte, lograr es esperar. La mayoría de nuestros deseos requieren tiempo y esfuerzo. Queremos ser felices, conquistar la paz interior y el amor íntimo, conseguir un buen trabajo, disponer de un nivel económico acomodado. Son metas complejas y arduas, para las que hace falta completar diversas etapas, sortear dificultades, tolerar frustraciones. Todo ello, en función de una satisfacción futura que no está garantizada, que a menudo ni siquiera está del todo definida, que quizás incluso se presente de un modo distinto al concebido de antemano. Epicuro animaba a simplificar la vida conformándose con el disfrute de ...

Ampliar la perspectiva

Creo que muchos problemas, si no todos, son cuestión de perspectiva; me refiero a esto: lo que implica un conflicto o una contradicción en un determinado nivel, queda incluido de forma coherente en otro. Las partes que son tesis y antítesis pueden elevarse a síntesis. La tarea de resolver conflictos es racional, pero no solo: tiene más de arte, de danza, de música, de flexibilidad. Es una cuestión de situación, de punto de vista. Así que la sabiduría podría ser el desarrollo de una mente suficientemente flexible para mirar de cerca en el análisis y a la vez de lejos en la síntesis o gestalt . Lo que de cerca parecen puntos caóticos cobra sentido de lejos en forma de imagen. Según Camus, el principal problema filosófico es si la vida merece ser vivida. De ahí pasa a responder primero que no (el absurdo) y luego que sí (el heroísmo absurdo). En realidad, Camus no halla un sentido incontestable porque no lo hay. Pero ensancha su perspectiva hasta dar con una gestalt más satisfactoria. E...

Esperas

Espero en el bar del aeropuerto a que sea la hora de facturar el equipaje; después esperaré a una hora prudencial para ponerme en la larga cola de ingreso al recinto interior. Ahí aguardaré atento a que se inicie el embarque, y finalmente subiré al avión, me encajaré en mi asiento-jaula y dejaré que el viaje “suceda”. Sentiré por un instante que se me concede una pausa, descansaré de esta alerta, esta tensa expectación del porvenir que me reclama atención. Durante las horas de vuelo, podré olvidar el deber de cumplir trámites y horarios, solo tendré que dejarme conducir. Sin embargo, eso solo será una tregua; basta que me detenga a pensar para notar de nuevo el incómodo tirón del futuro, para sentirme de nuevo incompleto y alerta. Cuando el avión llegue a destino, me pondré en la cola de control de viajeros, donde esperaré pacientemente a que comprueben mi pasaporte, partiendo del supuesto tranquilizador de que todo transcurrirá en orden, y sin embargo consciente de la leve pero r...