Cada uno es como es, cada quien es cada cual, canta Serrat, haciéndose eco de esa sabiduría tradicional que nos avisa de la obstinación con que, por vueltas que le demos, acabamos por ser nosotros mismos.
Hay algo enigmático en la dureza de esa madera sobre la que nos ha esculpido la vida. En esa cristalización del yo a la que nos referimos como temperamento o personalidad y que, desde muy temprano, define y a la vez atrapa a cada uno de nosotros. Parece tener vida propia, al margen de nuestra voluntad; parece imponerse desde algún baluarte interior.
No es extraño que muchas tradiciones le hayan atribuido una existencia propia, una entidad metafísica que subyacería al cuerpo y al pensamiento: el espíritu, el alma… También es comprensible que hayan visto en esa pasmosa pertinacia el influjo de fuerzas externas, como el daimon de los griegos o los animales totémicos de tantas otras culturas antiguas. Se intenta dar así una explicación desde el mito a esa mágica tenacidad con que, a pesar de los intentos de quienes nos rodean y de los esfuerzos propios, tendemos a regresar a nosotros mismos, a nuestros modos habituales de pensar y sentir y, en definitiva, desempeñarnos en la vida.
¿Qué ignota alquimia del universo nos ha moldeado con tan enérgico trazo? ¿De dónde ha salido la mezcla de materias y sucesos que ha impregnado un rincón del mundo con nuestro genio y figura? Tenemos que conceder a los psicólogos y a los fabuladores que lo decisivo sucedió en la infancia, aquel breve lapso en el que pasamos de no ser nada a esbozar casi todo lo que acabaríamos siendo. Pero la lluvia del tiempo cinceló una materia que ya venía bastante cocinada según una receta atávica de incontables generaciones.
Entonces, ¿herencia o experiencia? Los psicólogos han acabado por pactar un compromiso salomónico: mitad y mitad. Genes y ambiente a partes iguales, o al menos indistinguibles. Pero no deja de ser una respuesta vaga, tan provisional como incierta, y a la ciencia aún le queda mucho que aclarar sobre eso. El péndulo a veces oscila hacia la herencia, y otras hacia el ambiente, según se impongan unas teorías u otras, o simplemente al compás de las modas.
Dudo que nunca se llegue a una conclusión definitiva. El asunto es complejo y escurridizo. Entretanto, desde la humilde filosofía, podemos mantenernos en el territorio del asombro y no desprendernos por completo del aura del misterio. Asomarnos, como hace la poesía, al qué del individuo sin entramparnos demasiado en los porqués.
Cada cual contempla su vida desde el mirador privilegiado, pero también parcial, del conocimiento íntimo. Yo, como la mayoría, he desgranado muchas de las posibles causas que me han conducido a lo que soy, sin que ninguna, a la larga, me haya parecido terminante. Ninguna causa se alza con perfil definitivo para dar cuenta de mí; siempre se escapa algo o aparece una pieza que no encaja. No he hallado el modo de explicar plenamente este calidoscopio, a menudo incongruente, de sensaciones y emociones, de pensamientos e impulsos, de hábitos y temeridades que me configuran. ¿Tal vez porque estoy en permanente cambio, porque, más que ser, voy siendo, voy desplegándome sobre la marcha? Habito un permanente estira y afloja entre facticidad y deseo, y me despliego en el diálogo, a veces plácido y otras tenso, entre lo que hago y lo que han hecho de mí.
Por supuesto que no lo decidimos todo, seguramente decidimos menos de lo que nos gustaría creer, pero no cabe duda de que elegimos constantemente, como nos insistió Sartre con rotundidad definitiva. Libres, pues, con una libertad tan condicionada como ineludible. Y en esa libertad nos topamos con una nueva pregunta: ¿quién es el que es libre? Pues, seguramente, mucho de lo elegido estaba contenido o insinuado en el sombrero de mago que se nos dio al nacer, y que se nos reitera a cada instante con una hechura tan parecida. Y ese bagaje originario, entreverado con las influencias que nos moldearon desde el contexto, está presente en cada uno de mis actos, impregna hasta la médula a ese yo que elige. La libertad sartriana se cocina en un caldo con muchos condicionamientos.
Jamás sabré cuánto de ese yo estaba ya encarrilado antes de acontecer. ¿Necesito saberlo? Más bien me interesa algo que sí está a mi alcance: qué y cuánto quiero y rechazo de esto que llegué a ser, y hacia qué destino preferiría encaminar esta armazón formidable que me constituye, o al menos con la que me identifico. La voluntad es la que está queriendo, pero, ¿quién es el que quiere desde la voluntad?
Tampoco puedo saberlo: solo sé que no tengo otro lugar desde el que querer. Así que procuro aceptarlo, familiarizarme con ese emplazamiento —el ego— donde reside mi voluntad y permanecer en él, conociendo, dialogando, sondeando (incluso cuando sufro) su misterio, que es el mío. El corazón tiene razones…; de eso se trata, al final: razón con corazón. Y, como resultado, ese hombre que, como decía Machado, «siempre va conmigo», ese hombre a veces admirable y a veces mezquino que —genio y figura— no tengo más remedio que tomar como es para convertirlo en el proyecto de lo que desearía que fuese.

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