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Mostrando las entradas etiquetadas como Coraje

Implicaciones de pedir perdón

Por experiencia comprobamos que la mayoría de las personas están poco predispuestas a pedir perdón, y que eluden el mal trago siempre que pueden. ¿Aciertan en esa resistencia, o tal vez estén cometiendo un error que les empobrece? Pedir perdón es un gesto prosocial que tiene muchas implicaciones. Estas lo convierten en una tesitura difícil y compleja, y exigen un trabajo más arduo de lo que a menudo estamos preparados o dispuestos a afrontar.  Para empezar, disculparse requiere el desarrollo de habilidades y actitudes muy avanzadas, que desafían a nuestro sustrato primitivo. Este suele tender a los extremos: escorando hacia la desmesura en los propensos a la sumisión y a la culpa, y quedándose corto en los inclinados al egotismo, la arrogancia o la agresividad. La inseguridad, la impulsividad o la falta de empatía pueden entretejerse en la textura personal en ambos casos.  La disculpa insinúa un cuestionamiento de la autoestima y una erosión del estatus; en ambas circunstancia...

¿Adónde iremos a parar?

¿Adónde iremos a parar?, exclamaban nuestros abuelos, escandalizados por los cambios que sacudían su mundo y resquebrajaban sus certezas. Hoy nos hacemos la misma pregunta, seguramente con más inquietud. ¿Cómo explicar esta zozobra? ¿Acaso no vivimos mejor que ellos, no disponemos de más recursos, no sabemos más cosas? A decir verdad, es posible que sepamos demasiado, y que ignoremos lo que necesitamos saber. Vivimos una época en la que se precipitan los acontecimientos. La información nos arrecia como un temporal sin tregua. Ni nuestro cuerpo ni nuestra mente están hechos para tal diluvio de estímulos. Muchos de ellos graves e inquietantes.  El hombre contemporáneo no sabe qué hacer con tanta información, que se le amontona sin darle tiempo a asimilarla. Vive con el malestar de una baraúnda de sucesos, y sobre todo de una saturación de emociones que le zarandean violentamente y de inmediato son sustituidas por otras. Es como un estrépito emocional confuso y ensordecedor, en medio...

Mozart revivido

Antoine de Saint-Exupéry nos cuenta cómo, en un viaje en tren, contemplaba fascinado el esplendor de un muchachito acurrucado entre sus padres. «¡Qué carita más adorable! —escribe—… He aquí un rostro de músico, he aquí a Mozart niño, he aquí una hermosa promesa de vida».  Luego sus meditaciones se sumen en el desconsuelo, pensando cómo la vida y el mundo frustrarán aquel milagro. «Mozart niño será marcado como los demás por la máquina de estampar.» Y añade: «Creo poco en la piedad… Lo que me atormenta no es esta miseria, en la cual, después de todo, uno se instala tan a gusto como en la pereza… Sino el hecho de que, un poco en cada uno de los hombres, Mozart es asesinado».  El escritor, nos lo revela su obra, es un alma vulnerada que ha sufrido en propia carne la brutalidad de un mundo que aplasta el espíritu, la potencialidad de la bondad y la belleza. Ha experimentado dentro de sí ese asesinato de Mozart. Saint-Exupéry se hizo aviador, seguramente, para poder sentirse libr...

Elida y Nora

Son las protagonistas de dos rutilantes obras de Henrik Ibsen: La dama del mar y la célebre Casa de muñecas , que el azar me ha ofrecido juntas en un mismo volumen y he podido leer de un tirón. Salvando las distancias circunstanciales, las dos historias guardan un intenso paralelismo. Ambas cuentan el proceso de mujeres que se descubren y se rehacen a sí mismas.  Inmersas como están en un contexto de supremacismo masculino, su virtud consiste en ser capaces de rescatar la propia identidad, su autonomía como personas, y hacerla valer a pesar de las consecuencias. Las admiramos como modelo para la emancipación femenina, pero, como todos los hechos justos, también nos inspiran la reafirmación de cualquier ser humano que sufra una circunstancia de opresión.  Elida y Nora parten de una situación de sometimiento que al principio, como suele suceder, les pasa desapercibido a ellas mismas: al fin y al cabo, forma parte de su cultura y de su contexto social. Pero en medio de esa est...

Los álamos de Kurkuréu

Dicen que en Kurkuréu, una aldea del Kirguistán que quizá no existe, hay dos álamos que cantan cuando sopla la brisa. Los árboles gemelos, orgullosos y plácidos, se asoman a la aldea desde la cima del otero que la preside. Imposible contemplarlos sin sentir la emoción de la firme sintonía con que ejercen de centinelas de las sencillas gentes del lugar. Y dicen los lugareños más viejos que en aquella colina, justo detrás de donde ahora están los álamos, hubo un rudimentario cobertizo que acogió, hace mucho tiempo, la primera escuela del pueblo.  ¿Hablarán de amor los álamos cuando los mece el viento? Seguramente. Pongamos que de amores necesarios e imposibles, como el de la joven Altinái por su mentor Duishén en el relato El primer maestro , del escritor kirguí Chinguiz Aitmátov. Duishén es un joven campesino, más bien simple e idealista, que se empeña en organizar una escuela en una remota aldea de las estepas, y en el despliegue de esa tarea adquiere la dimensión de un héroe en...

No rendirse todavía

Razones para el pesimismo nunca faltan. Tampoco para un cierto optimismo (al fin y al cabo, queremos vivir), pero estas siempre nos parecen más frágiles, menos convincentes, como los matojos que pueden ser arrasados por el envite de una sola riada.  Lo bueno siempre parece volátil, alzado fatigosamente a contrapelo del mundo, mientras que lo malo se impone en un momento, lo malo es lo que queda invariablemente tras lo bueno, y por eso aguarda sin prisa en sus rincones. Por eso nos parece más real, más consistente. Es como si hubiese un sustrato de desgracia que acabará por emerger, más tarde o más temprano, en cuanto algo erosione la fina membrana de lo feliz. Como si lo bueno fuese la excepción, un lujo, una rareza que hubiese que remontar con sangre y sudor por la pendiente de Sísifo, para ver cómo luego, en cuanto flaquean las fuerzas o aflojamos por un instante, se nos escapa rodando cuesta abajo, y se hunde al fondo en un momento.  El pesimismo ostenta la razón incólum...

Lo que nos queda

“No es amarga la verdad ―canta Serrat―, lo que no tiene es remedio”. ¿Tenemos remedio nosotros? ¿Al menos en parte? ¿Y en qué parte? ¿Y cómo?  Yo creo que no tenemos mucho remedio, y esa sí es una amarga verdad. Se nos esculpió a fuego, y ya no hay vuelta atrás. De niño me traspasó la sospecha de no merecer que me quisieran; no esperarlo me hizo receloso. Y esa convicción, por irracional y desesperada que emergiera, es tan profunda, tan primitiva, que tras una vida de reflexiones, terapias, lecturas y experiencias, sigue rigiendo el meollo de mi personalidad. La voluntad no ha logrado curarme de mí mismo. Hasta el punto de desechar inconscientemente lo que contradice mi primitiva convicción, y colaborar con lo que la reafirma.  Para cuando nos descubrimos adultos, lo esencial ya está compuesto: difícilmente llegaremos a nadar lejos de esa patria. ¿Nos queda algo por hacer? “Suicídate”, me sugirió una amable muchacha a la que rondé ―por suerte poco tiempo, y con evidente maso...

Yo contra mí

Suele desdeñarse el suicidio como un acto de cobardía. Se considera al suicida alguien débil y pusilánime que escapa ante las dificultades universales; que pretende salirse por la tangente, en lugar de afrontar con redaños el precio de la vida.    Me parece un juicio muy poco compasivo (¿quién conoce el punto a partir del cual el dolor resulta insoportable, o al menos intolerable?), un veredicto lleno de suficiencia fácil (habría que ver a cada uno en esas circunstancias, para tener derecho a juzgar lo que alguien hace frente a ellas) que encubre una profunda ignorancia (¿qué sabemos, en el fondo, de la tragedia que arrastra cada cual?).  Creo que la realidad apunta a lo contrario: el suicidio puede ser un acto valiente, rigurosamente íntimo, que tal vez no merezca ser admirado, pero, sin duda, sí respetado. El problema ético que nos plantea no es tanto que sea o no un acto digno (nadie lo sabrá nunca a ciencia cierta, ni siquiera el suicida) como su carácter rudimenta...

Valor para la alegría

Queda claro que, como dice Comte-Sponville, “toda virtud es valor”: hace falta mucho valor para anteponer lo correcto a lo fácil o a lo apetecible. También para soportar las decepciones y los fastidios que nos provocamos unos a otros constantemente, y a los que la virtud debe sobreponerse vindicando el amor y la compasión: “Sin valor, uno no podría resistir lo peor en uno mismo o en el otro”. Sartre afirmó con una contundencia insuperable: “El infierno son los otros”. En realidad, se quedó corto, porque el infierno siempre empieza dentro, en nuestras debilidades y contradicciones, en nuestras perversidades y caprichos: ahí residen los principales desafíos a la virtud. Pero todo eso cobra dramatismo porque no estamos solos. No hay, pues, convivencia sin valor, es decir: sin voluntad, sin entereza, sin paciencia, sin magnanimidad. Resistir, en efecto y sobre todo, pero también crear, proponer, insistir, poner imaginación y buen humor donde podrían hundirnos el hastío y la amargura....

Exponerse o cobijarse

Debatíamos con un amigo la cuestión de si, en el fondo, los seres humanos tenemos necesidades simbólicas y rituales irrenunciables, o si, por el contrario, como soñaron los ilustrados, podemos alimentarnos con las luces de la razón pura. Mi amigo es un sartriano que reclama la entereza del hombre solo ante su destino, el hombre absurdo de Camus que se alza con su dignidad insobornable como única divisa. Yo siempre he admirado mucho esa postura brava frente el mundo, pero me temo que requiere una curtida valentía y, sobre todo, fuerza; el hombre solo se debate siempre entre la resistencia obstinada y la capitulación: únicamente su propio honor, su inquebrantable devoción por la verdad, su fidelidad a sí mismo, le yerguen una y otra vez tras los bandazos con que lo zarandea la vida. Es una entereza de proporciones heroicas, pero no somos héroes, y por eso no salimos indemnes: la amargura, que ni siquiera el cinismo logra exorcizar por completo, va dejando su poso de tristeza o rabia e...

Huidas

En la magnífica película Dos hombres y un destino , unos bandoleros que se nos presentan como simpáticos llevan una vida más o menos placentera, dedicados con éxito al asalto de bancos y trenes. El día menos esperado, su paraíso se vendrá abajo con la irrupción de unos pistoleros a sueldo diestros, brutales, que los someten a una implacable persecución. Los protagonistas no dan crédito a la habilidad y la perseverancia de sus perseguidores. “Pero, ¿quiénes serán esos tipos? —exclama uno de ellos, perplejo, tras días de huida—. ¿Es que ni siquiera necesitan comer?” La pregunta, en labios de un criminal, es de una candidez estremecedora. El director, que nos ha convertido en cómplices, nos hace sentir la desesperación de nuestros dos pistoleros, cada vez más exhaustos; deseamos que sus perseguidores se den por vencidos y los dejen en paz, o que encuentren un modo de salvarse; en cierto modo estamos huyendo con ellos. La larga secuencia cobra una altura trágica y existencial, y nos obl...

Amor y coraje

En el meollo de todas las virtudes están el amor y el coraje. Si hubiera que resumir al máximo los fundamentos que deben regir una ética, no se me ocurren otros más esenciales. El amor es la fuerza que lo impulsa todo. Spinoza hablaba más bien del conatus , del anhelo de potencia que empuja a todos los seres en su designio de medrar. Sin duda, tenía razón, pero olvidó tener en cuenta que los humanos somos sociales en nuestra más profunda esencia: no existe el individuo puro, el Robinsón exento de lazos e interdependencias. Eso nos convierte, inevitablemente, en seres de la lucha, como señaló Simmel, pero también del amor. Dicho con otras palabras: el conatus , una vez satisfechas la supervivencia y una seguridad básica (nos lo mostró Maslow), está compuesto esencialmente de amor, y ese principio motivador es el que rige nuestras relaciones cotidianas.  El amor es lo que nos saca de nosotros mismos, de ese egocentrismo narcisista primario, y nos vuelca en la convivencia con los de...

La peste

Vale la pena releer La peste de Camus en pleno imperio de la pandemia. No por morboso masoquismo, sino para buscar espejos en los que ver reflejadas nuestras vivencias y elementos para intentar descifrarlas mejor. La novela, contundente y minuciosa, describe una epidemia ficticia en la colonia francesa de Orán durante los años cuarenta del siglo pasado. Entretanto, en la realidad, el mundo sufría los estragos de la Guerra Mundial; un trágico paralelismo que, obviamente, no es casual. Nuestra mirada de tercer milenio encuentra en la novela del autor de El mito de Sísifo un vigente material para la reflexión, tanto en los puntos en común con nuestra actualidad como en las significativas diferencias. La ciudad norteafricana, asolada por la plaga, cierra sus puertas; en nuestro mundo global, en cambio, ha sucumbido hasta el último rincón. Pero si hay una experiencia universal que iguala nuestra condición a la de antepasados y contemporáneos es la enfermedad misma y su secuela, la mue...