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Mostrando las entradas etiquetadas como Desapego

Perder el tiempo

Dicen que cuando los dioses preguntaron a Aquiles si prefería una vida larga y apacible o bien corta e intensa, el bravo guerrero, sin dudarlo, eligió la segunda. Es la respuesta que podemos esperar de un héroe, para quien no cuenta el tiempo (en la eternidad hay de sobras), sino el prestigio. Bien mirado, siempre vale más la calidad que la cantidad, y todos preferimos la aventura… mientras no vemos cerca el fin. ¿Quién, a las puertas de la muerte, no regalaría los destinos más apasionantes a cambio de ver la luz un solo día más? En cualquier caso, el dilema de la persona actual no es el mismo que el de Aquiles: no somos guerreros, y la medicina nos ofrece, en general y con bastante garantía, una vida razonablemente larga. Por tanto, nos preocupa más llenarla de sucesos emocionantes y felices, lo que nos inquieta es la posibilidad de que pase en vano. Así, nuestra respuesta al interrogante de los dioses sería, seguramente, que no queremos renunciar a ninguna de las dos cosas.  Se ...

Perder de buen grado

Nunca nos repetiremos lo bastante aquella sentencia de François George, citada por Comte-Sponville: «Vivir es perder». No hay otro modo de persistir que exponerse al azote del tiempo y transigir con su implacable erosión. A cada instante nos dejamos una parte de nosotros: cuando menos, ese intervalo irrepetible que ya no podremos volver a habitar, del que somos literalmente exiliados. Pero nos dejamos algo más: el desgaste que conlleva. Cada día empezamos de nuevo, pero un poco más resquebrajados: con una cana más, con unas neuronas menos. Vivir envejece. Vivir hace más cercana la muerte al consumir tiempo (que se nos concedió limitado) y fuerzas (en cada replicación, las células pierden algo de lozanía). La rosa está programada para marchitarse, la belleza está hecha para declinar. Siddhartha Gautama inició su búsqueda tras el sobresalto de la vejez y la muerte; a todos nos ha sacudido esa conmoción, y nos estremece cada día cuando descubrimos nuevos anuncios de ella. Pero vivir tien...

Presencia

Aunque se haya convertido en un tópico, tienen razón los que insisten en que el secreto de la serenidad es permanecer aquí y ahora. Y no tanto por eso que suele alegarse de que el pasado y el futuro son entelequias, y que solo existe el presente: tal consideración no es del todo cierta. El pasado revive en nosotros en la historia que nos ha hecho ser lo que somos; y el futuro es la diana hacia la que se proyecta esa historia que aún no ha acabado. No vivimos en un presente puro (ese sí que no existe: intentad encontrarlo, siempre se os escabullirá), sino en una especie de enclave que se difumina hacia atrás y hacia adelante. Esa turbia continuidad es lo que llamamos presente, y no hay manera de salir de ahí.  El pasado y el futuro, pues, son ámbitos significativos y cumplen bien su función, siempre que no se alejen demasiado. Se convierten en equívocos cuando abandonan el instante, cuando se despegan de él y pretenden adquirir entidad propia. Entonces compiten con el presente, lo a...

No está en nuestras manos

Tenía razón Buda al señalar el apego como origen último de todo sufrimiento mental. Traducimos los deseos en expectativas y anhelos, y entonces nos aferramos a ellos, empeñamos en su realización nuestro bienestar. Tal vez en el fondo sepamos que no es cierto, tal vez solo se trate de una ilusión, pero así se asienta nuestra convicción.  Y de esa manera nos abocamos al padecimiento. Sufrimos de antemano (porque esperamos con temor de no obtener, porque insistimos obsesivamente, porque centramos todo nuestro esfuerzo en persecuciones a menudo quiméricas); sufrimos mientras poseemos, en lugar de disfrutar (porque nos angustia el temor a la pérdida, porque nos decepciona que las cosas no sean como esperábamos) y sufrimos cuando las cosas se acaban (porque no nos basta haberlas disfrutado, nos obcecamos en su duración; o bien porque nos dejan exhaustos, después de la tristeza y la lucha). Y, en los tres casos, nos sentimos responsables del triunfo o el fracaso: responsables de consegu...

Desear, amar

Los apegos, los deseos… Felices ráfagas que avivan nuestra hoguera y luego, a menudo, la apagan, dejándonos más desamparados. Convulsos mapas de un territorio en perpetua evolución, una patria que tiene aspecto de hogar y sin embargo acaba por dejarnos solos.  El deseo que se realiza tiene siempre algo de tristeza, la que nos inspira la extinción del propio deseo; el deseo frustrado es un pantano amargo que nos hunde en sus arenas movedizas. Por eso, porque ninguna de sus alternativas es buena, muchos sabios reniegan de los deseos. Buda, Séneca, Schopenhauer, desconfiaban de las dulces nostalgias; Spinoza y Comte-Sponville rechazan la esperanza por lo que tiene de vana irrealidad. Pero nosotros, que no somos sabios, sino meros seres humanos, hambrientos y soñadores, no podemos dejar de desear; y quizá ni siquiera debamos.  Un deseo nunca acaba en sí mismo, siempre remite a algo que está más allá de él: a la ilusión de un futuro, a la ceniza de un paraíso perdido. Un deseo, p...

Lo perdido, lo que queda

Cuando uno es joven, todo queda por delante; esa supuesta profusión del futuro (aunque sea imaginaria, porque la vida luego no dará para mucho) abruma y a la vez entusiasma. Aún no hace falta enfrentarse seriamente a la renuncia: las carencias tienen tiempo de ser compensadas, los fracasos son puertas abiertas que nos desafían a explorar. Lo imposible solo parece difícil, y lo arduo cuestión de oportunidad. La aventura podría estar aguardando a la vuelta de cada esquina. La carrera de los años, que es larga mientras se recorre y se antoja tan breve cuando se mira atrás, va invirtiendo la ecuación. El tiempo se gasta y nos gasta, y los plazos se acortan, minando las expectativas. A medida que se va llenando el trastero de vivencias fallidas o inacabadas, y va escaseando la tierra para labrar los sueños, cada vez hay que practicar con más asiduidad el ejercicio de la renuncia, acostumbrarse a las despedidas, plegarse a las resignaciones.  La disciplina del desasimiento es, de entra...

Lo que hay que perder

Hay cosas a las que urge renunciar, porque su belleza ya no nos reconoce, y no nos hace mejores ni nos ayuda a vivir. Se acercan a veces, en los días cansados y en las noches tristes, ataviadas con peplos de sacerdotisas vírgenes, sedas ligeras de transparencias vertiginosas que ondean sensualmente al ritmo de sus hipnóticas danzas. Saben que aún somos hombres y que mientras nos queda vida persiste el ansioso clamor de los deseos y de los sueños. Pero no quieren quedarse. Y nos van rodeando al son de las cítaras y de los misteriosos cantos, y se complacen en robarnos la voluntad hasta convertirnos en sus deudores incondicionales, atrapados para siempre en la nostalgia. Sirenas del Tirreno, gaviotas crepusculares del Egeo, ninfas burlonas de la Arcadia, heraldos de Pan y de Dionisos… Me retiré a estos bosques apartados del mundo, después de tantos naufragios y tantos extravíos, a recostarme en el olvido y la renuncia, y envejecer tranquilo: ¡dejadme en paz, amores y apetitos, anhelos ...

Hambre de apego

Tal vez el apego más intenso sea el que le profesamos al propio apego, a tener algo que querer. Quizá no sean tan importantes los deseos concretos, las cosas que pretendemos apropiarnos, como la intensidad misma del desear, la fuerza del hacer acopio. Tal vez lo único que anhelemos sea la oportunidad de anhelar, de acariciar nuestras querencias en secreto, igual que se disfruta la mera contemplación de un tesoro, estremecidos por el asombro de saberlo nuestro. Ya nos recordó Kundera que la existencia es un estado insoportablemente leve. Camus habló de un salto absurdo entre la nada y la nada, una circunstancia más en un cosmos frío e indiferente, antes de la desaparición absoluta. Y Heidegger nos hizo reparar en que el ser es una cosa endeble, sin profundidad, sin consistencia, que avanza inexorablemente hacia el abismo de su anulación eterna. ¿Cómo afrontar esa condición sin sentirnos angustiosamente ingrávidos, triviales, huecos, como hojarasca a punto de salir volando con el prime...

Rescatarse de uno mismo

Cada día es más firme mi sospecha de que la felicidad (lo más parecido a eso que llamamos felicidad, dentro de lo humanamente alcanzable) consiste ante todo en pensar poco en la propia felicidad, o sea, en uno mismo. Tal vez si dedicáramos menos tiempo a pensar en nosotros (en lo perdido y lo sufrido, en cómo deberíamos ser, en lo que deseamos y no tenemos, en lo que nos dan o no nos dan los demás…), tal vez si nos tomáramos menos a pecho y nos obsesionáramos menos con mirarnos en el espejo, llegaríamos a querernos más, es decir, a disfrutar de la vida (lo cual incluye a veces sufrirla, qué le vamos a hacer). Porque si al menos nos observáramos con el ánimo de conocernos mejor, como proponía el Oráculo de Delfos, hacerlo podría resultar interesante y constructivo; podría llevarnos, incluso, a una cierta sabiduría. Pero pensamos en nosotros mismos (y casi siempre también en los demás) como en algo incompleto y defectuoso que hay que modelar, algo que requiere solución; es decir, nos ...

Los cuatro enemigos

No sé dónde leí una vez que, según la terminología tibetana, hay cuatro enemigos principales: la pereza, el apego, la rabia y el perjuicio de sí. Se entremezclan y unos son consecuencia de los otros. ¿Se pueden simplificar de este modo las causas de los sufrimientos humanos? ¿Se puede reducir el conjunto de la experiencia de una vida, tan compleja, tan poliédrica, a unos pocos principios? Desde los griegos hemos soñado con un manual de instrucciones para la buena vida, una receta cuanto más simple mejor; y esa tendencia se ha hecho más acusada en nuestra época de prisas, eslóganes inmediatos y creciente esquematismo mental. Sin embargo, los budistas tibetanos llevan cientos de años esforzándose por sintetizar las orientaciones para el buen vivir, haciéndolas más manejables y facilitando su transmisión y su aprendizaje. Lo han hecho, es cierto, entremezclándolos con múltiples personajes míticos, rituales sofisticados y creencias atávicas. Eso lo hace más vistoso: es difícil contemp...

Nubes en la Arcadia

Por insólito que parezca, a veces las cosas están bien como están. Un rincón del bosque, entre sol y sombra, echado en la hierba, mirando las copas de los pinos que, como si conocieran la verdad, señalan hacia un cielo diáfano, estampado de discretas nubes. El agua que brinca, como un niño silbando, por la leve pendiente, dejando al descubierto el viejo zócalo de granito cuarteado por el hielo en remotas edades congeladas que ya se fundieron. El convulso quehacer de los insectos, hermanos de las flores, y de las eternas hormigas, constructoras de montañas de agujas. La ladera que invita a subir, o a bajar, o a quedarse, en definitiva a hacer lo que a uno le apetezca, sin que nada se inmute por ello. A veces todo está, o lo parece, donde tiene que estar, y uno puede olvidarse de sí mismo, porque comprende que no le hace falta al mundo, que el mundo tiene su propio designio y va a lo suyo, evolucionando según su ley secreta, sin voluntad ni objeto. ¡Qué tranquilo se queda uno en la in...

Me mezclo con la gente del mundo

Nuestra vida se escribe en una sucesión de encuentros con los otros. Por solitarios que seamos, más allá de ese encuentro no hay nada, porque solos no somos nada, o no podemos saber qué somos. Incluso en nuestra soledad dialogamos permanentemente con otros interiorizados: nuestros padres, nuestros amigos, las diversas facetas de nuestro Yo. Nuestra identidad es dialéctica, una polifonía a veces armónica como un coro y otras veces caótica y violenta como un tumulto. Por eso nos cuesta tanto conocernos a nosotros mismos ― cosa que, como instaba el O ráculo de Delfos, es nuestra principal tarea ― , y de hecho nunca dejamos de hacerlo. Somos multitud, y además una multitud contradictoria y cambiante. Quizá lo que llamamos la identidad, esa imagen con la que nos identificamos, no exista en absoluto, y consista en una pauta que le atribuimos a un proceso, y que solo nuestra mente construya como algo consistente. Así lo han percibido desde antiguo el budismo y otras filosofías orientales, ...