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Mostrando las entradas etiquetadas como Valores

De la subjetividad de los valores

Por mucho que los objetivistas critiquen las contradicciones del subjetivismo de los valores, todos ellos incurren en la inconsistencia de Platón: atribuyen a las cosas una dimensión metafísica y convierten en metafísica la relación de las personas con las cosas. Eso las vacía de contenido: cuando se estipula que el bien es un valor universal e independiente, una especie de entelequia que sobrevuela el mundo material, se está vaporizando el bien, se le está descorporeizando en un ente abstracto imposible de descifrar. Porque el bien no es un qué, sino más bien un cómo, y además un cómo establecido en relación con algo bueno, o sea, un cómo acerca de un porqué.  Por ejemplo, la compasión es buena, pero solo cuando se ancla en la vida y se encarna en individuos y situaciones reales, solo porque un individuo concreto siente una empatía solidaria hacia otro individuo concreto . El hombre bueno ayudará al otro, puesto que lo necesita, y será bueno en la medida en que lo ayuda, será bu...

Confianza

La confianza implica la expectativa de que el otro se comportará como amigo o, al menos, no se conducirá con nosotros como enemigo. Proyecta en la otredad una dimensión benévola, prolongándola como presunción al futuro, es decir, atribuyéndole una condición estable. Esta idea de estabilidad es crucial, ya que nos permite contar con una cierta previsibilidad tranquilizadora en el inquietante caos del mundo. Y es, a la vez, lo que hace la confianza problemática, tanto para el que confía como para el que es investido de esa cualidad.  Por parte del primero, la confianza implica una apuesta, una entrega a cierto grado de probabilidad que, sin embargo, no conlleva garantía. Es, por tanto, una decisión íntima basada en la imaginación. Conlleva el riesgo de verse defraudada; más que riesgo: una alta probabilidad, puesto que la naturaleza humana es inconsistente y volátil. Sin embargo, la necesitamos: no podemos vivir en una perpetua prevención. Y por eso no dejamos de persistir en ella, ...

Orgullo y humildad

El orgullo es la materia prima del amor propio, el arrobo de la autoestima. Cuando dudamos de nuestra valía, nos aporta razones para darle un empujón, al señalarnos méritos y cualidades dignas, como explica María Moliner. Ella distingue esta acepción «no reprobatoria» de aquella otra que equivale a arrogancia. Es interesante que el término presente tal ambivalencia, que sugiere una conexión entre ambos sentimientos, en una especie de continuo que tal vez conduzca sutilmente de uno a otro. Aristóteles alababa la legítima satisfacción por un mérito, y la asociaba a la magnanimidad: «El honor sin contradicción es el más grande de los bienes exteriores al hombre». Pero esa autocomplacencia, por justa y ajustada que resulte, puede inflarse como una burbuja, desplazándose entonces hacia la poco virtuosa soberbia, ilusa y arriesgada: igual que todo exceso, es probable que nos confunda, como al cuervo del cuento. «Los vanidosos ponen en descubierto cuán necios son y cómo se desconocen a sí mis...

Vivir cien años

¿Quién no querría vivir cien años? Por lo menos. Bueno, yo apostillaría aquello de que más vale calidad que cantidad, pero no me engaño: seguro que, cuando llegue el momento, regatearé un minuto más. La verdad es que no tengo prisa para palmarla. Es bonito ver salir el sol, incluso con dolor de muelas. Estamos hechos para vivir, y lo más feo de la muerte es que luego no te dejen volver. No sé qué optimista ha publicado un libro para prometer a sus lectores que, de aquí a nada, todos viviremos cien años. Basta con que (siguiendo sus infalibles consejos) nos cuidemos un poco, y que no dejemos de ser, por supuesto, muy positivos; los avances de la medicina harán el resto. Bienvenida sea la noticia, ya digo, no será por falta de ganas. Qué pena que uno, con la edad, se haya vuelto más bien escéptico, y poco propenso a dejarse seducir por entradas gratuitas al País de las maravillas.  Todo el mundo cien años… ¡Menudo problema para la Seguridad Social! Si el capitalismo ha llegado a un p...

¿Vale la pena?

No todo en la vida merece la pena, o al menos no la merece en el mismo grado. Y, puesto que de todos modos nuestra capacidad de atención es limitada, no queda más remedio que elegir hacia dónde enfocamos la mirada, en qué escenarios y detalles centramos nuestra alerta, y cuáles descartamos por irrelevantes. En su mayor parte, este proceso de selección se efectúa de modo inconsciente, en función de una escala de preferencias cuyo sustrato nos ha legado la evolución. Las estipuló Maslow en su famosa escala, tan matizable como esclarecedora: primero lo que afecta a las operaciones básicas de la subsistencia y la reproducción, luego los elementos que afectan las interacciones con los otros. Más allá entramos en las extravagancias de nuestra especie, que emanan más de la cultura que de la biología: el conocimiento, el sentido, las costumbres, las aficiones, y esas alturas del «espíritu» que Maslow sintetizó como autorrealización . El autor sostiene que en esta pirámide de prioridades no se ...

Hombres buenos

Arturo Pérez-Reverte nos narra una espléndida historia en esta novela, basada en hechos y personajes reales, con esa mano que tiene él para sorprendernos y apasionarnos. En las postrimerías del Antiguo Régimen, mientras el futuro se acelera en Europa impulsado por el espíritu de las luces, España se debate aún bajo el oscurantismo medieval. Permanece implacable el báculo de una Iglesia trasnochada, que somete por igual al pueblo sumiso y a la mayor parte de la nobleza decadente, y que tiene por cómplices a lo más montaraz de la burguesía y la intelectualidad. Con todo, como siempre pasó, germinan algunos que se asoman al progreso; personas que se obstinan en abrir los postigos para que corra el aire, aunque las tropas de Santiago los mantengan bajo siete llaves.  Entre estos audaces se cuentan los eruditos de la Real Academia de la Lengua. No todos, pero sí los suficientes para plantear nada menos que la compra de la Enciclopedia francesa, libro prohibido en España que el rey y la...

Genealogía de la ética

Debemos al viejo Nietzsche la dedicación de toda una vida a liberar al ser humano de las ataduras imaginarias en las que se ha sumido él mismo, o, mejor dicho, en las que una parte de la humanidad ha sumido al resto. Cierto que cometió considerables errores de análisis, soliviantado por sus ideales de superhombre y de masas débiles, un tanto obsesivos y más poéticos que realistas. Pero dio en el clavo al denunciar la esclavitud a la que nos someten principios morales arbitrarios, despóticos y limitadores, como pueden ser muchos de los que propugna la ideología judeocristiana. Sin embargo, el solitario filósofo de Sils-Maria se excedió en las consecuencias de su crítica, hasta el punto de considerar como invento perverso y arbitrario la moral misma. Llamémosla moral o ética (y a mí me gusta más este segundo término: me parece más amplio y menos contaminado por la tradición), los seres humanos no nos detenemos en el mero existir; aspiramos a una vida buena, y por tanto precisamos ir esb...

Esperando a Zaratustra

No se puede releer hoy a Nietzsche sin que nos invada un tierno asombro ante su optimismo conmovedor. Se nos antoja más poeta que filósofo. Nos desconcierta una vida y una obra dedicadas a «potenciar y magnificar al extremo» las posibilidades del ser humano (véase el prólogo de Genealogía de la moral ). Como Marx y sus precedentes ilustrados, pertenecía a un tiempo en el que parecía que, al fin, después de tantos desmanes dolorosos, la lucidez y la ciencia permitirían empezar a construir un futuro cabal y fructífero para la humanidad. La tarea se perfilaba ardua pero posible: ajustar ideas, unirse codo con codo, reparar los estropicios y conquistar lo nuevo. Pero nosotros hemos perdido esa inocencia. Hemos visto fracasar las mejores intenciones, comprobando a qué cotas podemos «escalar las cimas de la miseria», en palabras del otro Marx, el que prefería la benévola acidez de la risa. En nombre de la libertad y la justicia se han cometido los desmanes más horribles. Cada avance ha cos...

Menos lobos

Quizá resulte que, después de todo, Hobbes se pasó de desconfiado, y no somos, ni todos ni siempre, tan malas bestias como nos concibió en su pesadilla. Tampoco vamos a caer con Rousseau en la fantasía contraria, y soñarnos buenos por naturaleza, pero basta echar un vistazo a nuestros rebaños para comprobar lo dóciles y manejables que llegamos a ser mientras nos saben llevar. A veces nos sacamos los dientes unos a otros, pero rara vez llega la sangre al río, y aún más raramente conspiramos contra la imposición de la costumbre, por injusta que nos parezca. Es lo que sacaba de quicio a Nietzsche: predominamos los temerosos y los conformistas, y a menudo hasta proclamamos «¡Vivan las cadenas!», mientras, agradecidos, apuramos nuestro plato de sopa. ¿No exageraba el inglés al dictar que se nos amarre con rigor para evitar que nos desgarremos mutuamente?  Marx ya apuntó que la lucha más enconada no es entre individuos, sino entre clases sociales, y tal vez aún más en el pulso de los po...

La tensión moral

La moral, el esfuerzo por distinguir lo adecuado de lo infame, no es un asunto cómodo. Y no lo es, en primer término, porque nos interpela y nos implica directamente. Afirmar que algo es bueno conlleva el compromiso de defenderlo; del mismo modo que no se puede señalar el mal sin pelear luego contra él. Como decía Camus, «para un hombre que no hace trampas lo que cree verdadero debe regir su acción». Debido a ello, la moral se experimenta, irremediablemente, en forma de tensión. Es pura cuestión de dialéctica: desde el momento en que se elige algo y se rechaza otra cosa, lo elegido se enfrenta a la resistencia del mundo, y lo rechazado se le opone en forma de insistencia. No es nada personal: lo que queremos se nos resiste simplemente porque lo perseguimos, y basta con pretender descartar algo para que nos lo encontremos por todas partes, vale decir, para que nos persiga.  Al elegir, lo primero que estamos haciendo es implantar en la vida una dimensión de dificultad, «que empieza ...

Pecados

La tradición católica se afanó, al menos en mi generación, abonando en nuestras mentes infantiles el espectro del pecado. Cuando uno era, como lo era yo, más bien escrupuloso con el ascendente de la autoridad, y se tomaba a pecho el cumplimiento de las normas para ganar el estatus de «bueno» (o, al menos, no ser tachado con el de «malo»), el riesgo de incurrir en el pecado se convertía en fuente de un sufrimiento obsesivo. En definitiva, y puesto que el pecado abarcaba casi todo lo que podía evocar algún placer, la culpabilidad era un destino casi seguro, y, unido a ella, el merecimiento de castigo. Yo estaba convencido de ambas cosas, y tenía asumido que ni mi sumisión ni las penitencias a las que a veces me sometía servirían para librarme de la terrorífica condena. Y, sin embargo, debo reconocer, ahora que puedo hacerlo sin sentirme amenazado, que nunca entendí cabalmente la casuística del pecado. ¿Por qué es malo lo que no se puede evitar, lo que tira de nosotros desde dentro con t...

Elida y Nora

Son las protagonistas de dos rutilantes obras de Henrik Ibsen: La dama del mar y la célebre Casa de muñecas , que el azar me ha ofrecido juntas en un mismo volumen y he podido leer de un tirón. Salvando las distancias circunstanciales, las dos historias guardan un intenso paralelismo. Ambas cuentan el proceso de mujeres que se descubren y se rehacen a sí mismas.  Inmersas como están en un contexto de supremacismo masculino, su virtud consiste en ser capaces de rescatar la propia identidad, su autonomía como personas, y hacerla valer a pesar de las consecuencias. Las admiramos como modelo para la emancipación femenina, pero, como todos los hechos justos, también nos inspiran la reafirmación de cualquier ser humano que sufra una circunstancia de opresión.  Elida y Nora parten de una situación de sometimiento que al principio, como suele suceder, les pasa desapercibido a ellas mismas: al fin y al cabo, forma parte de su cultura y de su contexto social. Pero en medio de esa est...

Hijos de la vida

Pocas cosas en la vida nos despiertan tantas expectativas y nos causan tantos requiebros como los hijos. Queremos que nuestros hijos disfruten lo que se nos negó y sean lo que no hemos sido. «Yo no tuve…, pero a mi hijo no le faltará…» «Yo no pude evitar que…, pero no permitiré que mi hijo…» ¿No sobra tanto yo ? Lo que habla ahí son nuestras ganas de desquitarnos de viejas batallas que en su momento —por impotencia, por desesperación, por comodidad— perdimos.  ¡Qué asfixiante presión sobre los vástagos! Ellos serán los encargados de realizar aquello que nosotros no pudimos, no supimos o, en definitiva, no quisimos. Ellos prolongarán nuestro destino y le sacarán el brillo que no alcanzó nuestra mediocridad. Ellos reescribirán el desenlace de nuestra vida, para otorgarle la redención de todas sus amarguras y llenar todos sus vacíos. Nuestros hijos no tendrán permiso para refugiarse tras nuestras excusas; expresándolo con la terminología de Sartre, a ellos no les estará permitida nu...