Debemos al viejo Nietzsche la dedicación de toda una vida a liberar al ser humano de las ataduras imaginarias en las que se ha sumido él mismo, o, mejor dicho, en las que una parte de la humanidad ha sumido al resto. Cierto que cometió considerables errores de análisis, soliviantado por sus ideales de superhombre y de masas débiles, un tanto obsesivos y más poéticos que realistas. Pero dio en el clavo al denunciar la esclavitud a la que nos someten principios morales arbitrarios, despóticos y limitadores, como pueden ser muchos de los que propugna la ideología judeocristiana.
Sin embargo, el solitario filósofo de Sils-Maria se excedió en las consecuencias de su crítica, hasta el punto de considerar como invento perverso y arbitrario la moral misma. Llamémosla moral o ética (y a mí me gusta más este segundo término: me parece más amplio y menos contaminado por la tradición), los seres humanos no nos detenemos en el mero existir; aspiramos a una vida buena, y por tanto precisamos ir esbozando una guía que nos conduzca a ella, diferenciando lo apropiado (si se quiere, lo bueno) de lo inadecuado (lo malo).
Tenemos necesidad de contar con un conjunto de principios y valores que orienten nuestras actitudes y nuestro comportamiento, aportándonos sensación de coherencia y de que encaminamos nuestros pasos en dirección a las metas que nos fijemos. Y esta necesidad, que sentimos interiormente, se hace manifiesta en el ámbito social, en la imprescindible habilitación de un código que rija el encuentro con los otros, para que este resulte estable y satisfactorio. En definitiva, nuestra naturaleza social y nuestra tendencia a desear, a evaluar y a dirigirnos a metas conllevan obligadamente el establecimiento de una ética; mal que nos pese contravenir a Nietzsche, no estamos ni sabríamos estar más allá del bien y del mal.
Miremos adonde miremos, no hay rastro del Superhombre. Más bien al contrario: solo seres que avanzan torpemente, tropezando en la oscuridad, haciendo lo que buenamente pueden con lo que la evolución hizo de ellos. Dando un paso adelante y dos atrás, progresando a veces, retrocediendo a menudo, escribiendo una historia urdida de cooperación y sangre, y de tanta miseria como gozo. Si de esta marabunta puede salir algo bueno, tendrá que ser con esfuerzo y voluntad.
La tarea ética es consustancial al ser humano, desde el momento en que se reconoce a sí mismo libre y dotado de voluntad, es decir, responsable de su singladura individual y de su trayecto colectivo. A la hora de actuar, ya no basta la mera motivación instintiva que determinaba las conductas de nuestros antepasados prehomínidos: ahora sabemos lo que hacemos, concebimos deseos y metas, formamos parte de sociedades complejas que precisan de una estructura y un código para poder funcionar. A cada instante nos toca decidir, y cada elección tiene sus consecuencias; queremos escoger lo mejor, y hacerlo de un modo congruente, eficaz y armónico.
Precisamos, pues, fijar unos criterios determinados, unos referentes que, ya que no nos vienen dados ni por la selección natural ni por los dioses, nos corresponde establecer y evaluar reflexionando en función de las metas que hemos decidido considerar deseables. Ese esfuerzo por el que el ser humano se crea a sí mismo, y se encamina en la dirección que considera adecuada, y se dota de los medios para avanzar por ella; ese trabajo siempre abierto y siempre inacabado del hombre como ser en ruta, es la tarea ética o moral, y no sé si entregarnos a ella nos hace mejores, pero sí estoy convencido de que no hay vida mejor sin ella.

Excelente reflexión amigo mío.
ResponderEliminarMe sumo a ella.
No sé si será el único camino que le queda a la humanidad para poder mejorar, pero sí me parece el mejor que se me ocurre.
La voluntad de ponernos de acuerdo en seguir una ética en nuestras actitudes.
Quizá se pueda conseguir, si conseguimos fijar el dinero en un lugar que no perjudique.
Difícil...
Seremos lo que logremos conquistar con esa ética tan frágil, tan ineludible. Lo que nos separa de su triunfo es nuestra propia debilidad...
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