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Mostrando las entradas etiquetadas como Sencillez

Releyendo a Montaigne

A Montaigne, como a un viejo tío sabio, hay que volver a visitarlo de vez en cuando. Siempre es un gusto y uno nunca se va de vacío. El perspicaz francés, acomodado frente al hogar en su torre y con una copa de Burdeos en la mano, nos escucha tocar a la puerta y sonríe: sabe que el mundo gira sin detenerse, y que todo regresa. Montaigne convirtió su propia vida en objeto de filosofía. Desde que lo leí por primera vez, descubriendo en él a un padre y maestro mágico, me propuse seguir sus pasos en cada reflexión. La única filosofía que le urge al ser humano es la que lo enfrenta a su propia vida; la que le aporta elementos para conocerse a sí mismo y para saber cómo vivir mejor.  No se trata de mero narcisismo: lo propio sirve solo como punto de partida. Todo lo que somos incluye a los demás, y todos nos parecemos. Empiezo por mí porque soy lo que me queda más cerca, y eso multiplica la motivación y la información; como contrapartida, me resta perspectiva. Si hay que ser cauto en lo...

Observar y estar

Hacemos demasiado, hablamos demasiado. Con tanto ruido espantamos a la lucidez, que es ante todo silencio. Un silencio expectante, cargado de presencia. Un silencio abierto al rumor de los oleajes de la existencia, rompiendo en nuestras orillas. «Si las ejecutamos conscientemente, todas nuestras acciones son poesías o cuadros», dice Thich Nhat Hanh. La vida pasa ante nuestros ojos y no la vemos porque estamos buscándola. Pedir nos condena a la carencia: el que tiene no pide. No hay más mundo que el que se extiende justamente aquí, delante de tus ojos. Como nos recuerda Marco Aurelio: «Recuerda que sólo se vive el presente, este instante fugaz... Pequeño es el rincón donde se vive.»  Estamos ansiosos por saber, pero quien sabe observar tal vez no precise pensar tanto. Los orientales lo aseveran desde tiempos inmemoriales, y han hecho de ello una propuesta de vida y una divisa de redención: toda la sabiduría necesaria se resume en permanecer atento. Descender de las calimas de la me...

De vuelta en casa

La surtida industria de la realización personal nos ofrece todo tipo de métodos para alcanzar la serenidad, la felicidad o como quiera que se llame a una vida satisfactoria. Cada uno de esos procedimientos, obviamente, se nos vende como el mejor: el más sencillo, el más directo, el más eficaz… Con esa esperanza los adquirimos, uno tras otro, como antiguamente se compraban los crecepelos o los remedios milagrosos en los carromatos de las ferias. Entusiasmados, abrimos el libro o asistimos a la charla donde quizá encontremos, por fin, esa clave que tanto hemos buscado. Sin embargo, suele pasar que, después de la emoción de las primeras páginas (o sesiones), uno descubre que el método no resulta ni tan inmediato, ni tan simple, ni tan efectivo como se prometía. La tarea es más ardua de lo que pensábamos, y el resultado más incierto.  Como avezado miembro del pelotón de los inadaptados, yo dediqué buena parte de mi juventud a la búsqueda de la piedra filosofal. Convencido de que tenía...

Zona de luz apenas

Por lo general, los días se arman solos con sus trabajos, sus penas y sus pequeñas alegrías. El momento del deber y la levedad del ocio, el trago amargo del error y el dulce elixir del triunfo. La vida pública, con su teatro, y el recogimiento íntimo, con sus perplejidades. El esfuerzo y el descanso. Casi todo ritualizado, o sea, trabado en una secuencia reglamentaria y alquímica. «Los ritos son al tiempo lo que la casa es al espacio», decía Saint-Exupéry, sondeador de sutilezas ocultas.  Las jornadas se suceden parejas, rutinarias, familiares, pero a la vez trepidantes del estremecimiento de lo vivo. Monótonamente fértiles, «escasas a propósito», decía Gil de Biedma en su poema Lunes : tan llenas de lo que nos falta, tan densas en su gravidez. «Quizá tienen razón los días laborables», se pregunta el poeta: la razón de no volar demasiado alto, de permanecer a ras de tierra, cerca de la materia compacta y humilde. Los lunes mucha gente está triste, pero pocos se vuelven locos. ...

Reticencias al Eros

En La agonía del Eros , Byung-Chul Han enfatiza lo fecundo de la negatividad del otro. Negatividad, cabe entender, en los dos sentidos: el de conflicto o sufrimiento (inevitable en tanto que otro: distinto, extraño) y aquella dimensión más sutil, ambivalente como el Tao, de oquedad, entraña, misterioso abismo en el que al mismo tiempo nos guarecemos y nos despeñamos.  Solo una verdadera apertura al otro nos salva de la reiteración de lo igual a la que aboca el narcisismo: únicamente el espacio que hay más allá de nosotros nos permite salir de nosotros. “El sujeto narcisista no puede fijar claramente sus límites. De esta forma, se diluye el límite entre él y el otro. El mundo se le presenta solo como proyecciones de sí mismo”.  El Eros, que es algo más y menos que el amor, representa una entrega a lo desconocido, nos da la oportunidad de esa epifanía, por contraste con un amor reducido a transacción comercial y pacto entre intereses egocéntricos. “La sociedad de consumo aspir...

Partidarios de la alegría

Somos partidarios de la alegría. Convencidos, fervientes, entusiastas adeptos. La alegría de Epicuro, que paseaba con amigos y saboreaba un trozo de queso. La alegría del Quijote, cabalgando a la zaga de sus sueños. La alegría de Spinoza, que la invocaba como fuerza de la vida. La alegría de Nietzsche, contemplando desde las cumbres las vastas lejanías.  Sabemos que ella es frágil y está sola; que a menudo se extravía por quebradas y despeñaderos, y muchos sucumbieron en el afán de rescatarla. Sabemos que, de tan bella, resulta poco convincente. Sabemos que muchos la socavan y pocos la edifican. Sabemos que es fácil arrasarla y difícil restaurarla.  Por eso estamos ahí, porque nos necesita de su parte. Ahí estamos, celebrando su tímido amanecer, sus misteriosos crepúsculos. A veces, al caer de la noche, nos sobrecoge la duda; ¡parece tan poderosa la negrura! Hay un instante en que todo se tambalea. Pero echamos mano de una canción antigua o de las palabras de un maestro, y v...

Distintos

Uno de los más pertinaces sueños de omnipotencia, enraizado en el solar de la infancia o tal vez en la entera condición humana, es la sensación de que en nosotros hay algo especial que nos hace únicos y diferentes del resto de los mortales; algo que, en cierto modo, nos hace inmortales: como suele decirse, solo se mueren los otros.  Puede que todas las fantasías de trascendencia —la vida eterna, la reencarnación…— sean una proyección de ese presagio desesperado de inmortalidad, un modo de darle forma y de conferirle la consistencia de una ley.  Nos concebimos distintos, misteriosamente especiales, con un destino que discurre al margen del destino común. Quizá porque así somos, en efecto, para nosotros mismos, vivimos inmersos en la subjetividad de nuestro yo. Nuestra mirada crea el mundo: por eso no logramos nunca aceptar del todo que el mundo pueda seguir existiendo sin ella. Pensamos en nosotros como una esencia inalcanzable, indestructible, inmutable, y de ahí debe procede...

Paseo

Me daba pereza, como de costumbre, emprender mi paseo de los domingos por la mañana, ese que eludo muchas veces con la excusa de que ya se me ha hecho tarde, o de que tengo trabajo, o de que será más agradable al atardecer… Y, como siempre, me alegro de haber acabado por decidirme. Es una breve ruta de hora escasa entre ida y vuelta, que remonta suavemente las afueras del pueblo buscando la montaña. Por el sendero hormiguean más transeúntes, gente muy deportiva y familiar. Yo voy hasta donde se acaba la subida, y aparece un banquito solitario, flanqueado por una fuente que no hace mucho puso el Ayuntamiento con mucho acierto. En ese banco, Alonso y yo hemos pasado muy buenos ratos haciendo puntería con piedrecillas, y siempre que voy sonrío acordándome de las presencias felices de mi hijo, sus risas, la canción de su retahíla incansable.  He logrado salir; todo es cuestión del primer paso. Desde el principio, como recompensa, mil menudencias cambian el día de color. Mientras avan...

Disfrutar

“El placer es principio y fin del vivir feliz”, afirma Epicuro, y desde luego toda la dulzura de la vida nos llega en forma de placer. ¿Por qué, entonces, les suscita tantos recelos a todos los dogmas? “Por lo general, ‘hacer el bien’ a la gente consiste en privarle de algún placer”, avisa B. Russell con agudeza. A la mayoría de los moralistas, el placer les resulta sospechoso. Dicen que es porque puede alejarnos de Dios, o incluso de nosotros mismos, cuando nos sume en el apego y nos hace dependientes. Pero la dependencia es la excepción: ¿qué pasa con el que sencillamente disfruta y luego va a otra cosa?  Creo que, ante todo, lo que les inquieta es ese cierto margen de descontrol que conlleva el placer, el hecho de que, por unos instantes, el individuo deje de controlar (y por tanto de ser controlado). Porque es cierto que en el placer la voluntad queda relegada a un segundo plano, se retira discretamente y le deja mandar a él, moverse a sus anchas aunque sea solo de un modo pr...

Salir al camino

Hay muchas formas de vivir, pero casi todas se tuercen sobre sí mismas como las espirales. Somos animales sedentarios: lo familiar nos infunde seguridad y nos libra de pensar demasiado. Nuestras vidas suelen transcurrir al compás de rituales que hilvanan el tiempo y demarcan el propio espacio: la casa, el trabajo, la familia, los amigos, los deberes gozosos o sufridos con resignación…; las horas de sueño que marcan un hiato entre una jornada y la siguiente, que se le parece tanto. El  Viaje a la Alcarria  es así como el cuaderno de bitácora de un hombre que se aburría en la ciudad, cogió el morral y salió al campo, a que no le pasase nada. Camilo José Cela. Uno puede ser feliz en ese reino pequeño, donde las ínfimas diferencias son suficientes para hacerlo ilimitado. Es más: se puede ser muy feliz recostándose en lo familiar, y tal vez, para la mayoría, no haya otra manera de serlo. Cuando los quehaceres nos alejan demasiado de casa, estamos deseando regresar a ella para de...

Autoestima y autoexigencia

Todos tenemos para nosotros mismos un amor incondicional, puesto que somos nuestro hogar; y otro amor condicional, puesto que nos juzgamos. Hablar de una relación con nosotros mismos implica una división interior entre el que observa y lo observado, entre el que juzga y lo juzgado. Para la mística oriental, hay que superar esta división, pues toda frontera, como Ken Wilber explicó bien, establece un conflicto; pero nosotros los occidentales la tenemos demasiado arraigada, y puede que nuestro trabajo consista más bien en conocerla, familiarizarnos con ella y aprender a sobrellevarla de la mejor manera. Tal vez podamos considerar nuestra identidad rasgada de arriba abajo por esas grietas que nos disgregan en mil personajes: dentro de nosotros, somos multitud, y ese fenómeno es clave para nuestra identidad (para bien y para mal) y para nuestra vida. Es probable que se trate de una consecuencia de la propia idea de identidad: desde el momento en que establecemos que “somos alguien”, tra...

¿Cómo sería si fuera yo?

A veces fantaseo sobre cómo sería si me hubiese permitido ser más natural, si no me hubiese sometido al perpetuo escrutinio de mis prejuicios... No creo que hubiese sido mucho más malo; tal vez sí, en cambio, más interesante. Vivir habría resultado un asunto más ameno y menos gravoso. Seguro que le habría caído bien a Holden Caulfield, a Tom Sawyer; al Gran Meaulnes; a Alfanhuí. Habría sido mucho más espontáneo y divertido. Con buen sentido del humor y un poco pícaro. Habría hecho más deporte y me hubiese peleado con un montón de compañeros, que habrían acabado, probablemente, siendo mis amigos. También habría salido con más chicas. Seguramente no se me habrían dado tan bien los estudios, al fin y al cabo yo estudiaba como una manera de refugiarme y de ser bueno en algo. Hubiera empezado a trabajar más joven y no tendría tantos libros, y ni hablar de haber escrito poesías o canciones cursis. Estaría menos versado en filósofos y más en don de gentes. Mis hijos ya andarían creciditos....