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Mostrando las entradas etiquetadas como Autoestima

Orgullo y humildad

El orgullo es la materia prima del amor propio, el arrobo de la autoestima. Cuando dudamos de nuestra valía, nos aporta razones para darle un empujón, al señalarnos méritos y cualidades dignas, como explica María Moliner. Ella distingue esta acepción «no reprobatoria» de aquella otra que equivale a arrogancia. Es interesante que el término presente tal ambivalencia, que sugiere una conexión entre ambos sentimientos, en una especie de continuo que tal vez conduzca sutilmente de uno a otro. Aristóteles alababa la legítima satisfacción por un mérito, y la asociaba a la magnanimidad: «El honor sin contradicción es el más grande de los bienes exteriores al hombre». Pero esa autocomplacencia, por justa y ajustada que resulte, puede inflarse como una burbuja, desplazándose entonces hacia la poco virtuosa soberbia, ilusa y arriesgada: igual que todo exceso, es probable que nos confunda, como al cuervo del cuento. «Los vanidosos ponen en descubierto cuán necios son y cómo se desconocen a sí mis...

La insoportable persistencia de la infancia

Es una idea bastante asentada entre los psicólogos que, a partir de una cierta edad temprana —demasiado temprana—, uno ya ha decidido quién es y qué hará en la vida. Como diría Eric Berne, uno ya ha escrito su guion.  Si eso es cierto, la existencia humana se reduce a un despliegue más o menos exitoso de un argumento esbozado mientras éramos unos enanos en manos de gigantes. Dicho de otro modo: la vida es la niñez y el resto es territorio conquistado. Pura redundancia.  Esta tesis fatalista resulta descorazonadora: los primeros años se convierten, así, en una condena, pero al mismo tiempo, como avisó Sartre, sirven peligrosamente de coartada. Al partir con la libertad mermada, el individuo queda exento de responsabilidad. Hay que resistirse a ese determinismo que nos reduce a meros autómatas programados al salir de fábrica.  ¿Qué pasa con los esfuerzos por redirigir lo establecido, por salirse del guion e inventar algo nuevo? ¿Qué pasa con Prometeo, con Sísifo, con Ulis...

Morir de éxito

Se dice que el éxito, en especial cuando es repentino, descomunal o no del todo justificado, se convierte en un engrudo de mala digestión. El fracaso sabe a familiar, el triunfo es siempre intempestivo. Ahí están, por ejemplo, los conflictos que desbordan a quienes saltan de repente a la fama: cuántos no se sumen en la depresión y son pasto de las adicciones.  Tiene sentido, y por muchas razones. De entrada, el éxito reclama ser conservado, pone alto el listón de nuestra autoestima y la adosa sin resquicios al reconocimiento ajeno. El éxito, sobre todo cuando implica una fuerte presión social, ahonda un tipo especial de vulnerabilidad: la dependencia del aplauso y de la fama. Por eso es adictivo y por eso siempre quiere más.  Hay que ser cuidadoso con la nube en la que nos envuelve la admiración, porque si perdemos de vista su inconsistencia, si permitimos que tome las riendas, si nos apoyamos demasiado en sus embriagadoras caricias, podemos caer desde muy alto. Es lo que po...

Ego y autoestima

Es bien sabida la diferencia de actitud ante el ego (ese núcleo de personalidad con el que nos identificamos) entre la cultura oriental y la occidental. Joseph Campbell la describe bien: mientras en Occidente la sociedad nos anima, incluso nos conmina, a desarrollar un ego robusto y bien anclado en sí mismo, presto a hacerse valer y abrirse paso en un contexto social competitivo, Oriente rechaza el ego al entenderlo un obstáculo para la cohesión social (basada en la sumisión a la norma) y para el ideal máximo, que es la paz mental. Ambas posturas responden a las intenciones y los usos del entorno, y en ese sentido no son comparables. Sin embargo, también tienen una dimensión existencial que vale la pena meditar. Los occidentales hemos descubierto que nuestra fijación al ego tal vez nos haga eficaces, pero a costa de la serenidad y la felicidad. Nos encontramos con la contradicción de que, por un lado, necesitamos ese ego fuerte, alimentado por el orgullo y el prestigio, para ganar un ...

La sabiduría del inseguro

La vida es una aventura tan delirante e incierta que todos braceamos como podemos en un mar de ignorancias y de dudas. Ciertamente, unos más que otros. Hay quien va por el mundo con aplomo, convencido de ser capaz de afrontar cualquier cosa y saber lo que le conviene, y quien, a pesar de arreglárselas bastante bien, no acaba de confiar en sí mismo y suele mostrarse reticente y temeroso. Se diría que el inseguro es más realista y está más abierto a nuevas y mejores posibilidades. No en vano, el inseguro se interroga continuamente, no da nada por zanjado y cuestiona sin cesar sus convicciones. ¿Quiere decir esto que el inseguro tiene más probabilidades de acceder a la verdad, de ser consciente de cómo son realmente las cosas, de no dejarse arrastrar por los prejuicios? No necesariamente.  Hay que tener en cuenta que el inseguro suele serlo por vulnerabilidad o baja autoestima. Eso lo hace titubeante y temeroso. El inseguro siempre está alerta, no se relaja, y eso le crea un estado ...

Me dicen que soy inseguro

Las relaciones humanas, en el fondo tan simples, se alambican hasta el infinito en su multiplicidad de significados y de matices. Somos muchos en uno; una endiablada red de deseos, proyectos, temores, juicios y sensaciones, a menudo contradictorios, y en buena parte inconscientes. Si no nos entendemos bien ni siquiera a nosotros mismos, ¿cómo vamos a hacernos una idea acabada de lo que son los otros, de sus motivaciones y sus reparos, sus huidas y sus defensas? Nuestros enojos deberían reservar, mientras nos quede entereza, un margen para la ternura y la compasión. Como dicen los budistas, todos queremos ser felices, todos sufrimos y todos vamos a morir: lo que nos une es siempre más que lo que nos separa. Como valor es, sin duda, un buen punto de partida, pero no nos engañemos: no hay relación sin conflicto, y no hay conflicto sin pulso de poder. Una conocida muy mañosa suele aprovechar cualquier oportunidad para lanzarme golpes bajos. Se le nota cuánto disfruta llevándome la c...

El agua rechazada

Tendría cinco o seis años cuando mi padre nos llevó de paseo por el campo a un amigo y a mí. Hacía calor y teníamos sed. A las puertas de un viejo monasterio había una fuente, pero estaba alta y los niños no alcanzábamos. Mi padre hizo un hueco con las manos y nos dio de beber en ellas. Primero se lo ofreció a mi amigo; ahora interpreto que era un gesto de cortesía, pero entonces solo supe ver que yo, su hijo, quedaba relegado a segundo lugar; me sentí traicionado. Por esos celos misteriosos y repentinamente intransigentes que tienen los niños, me dolió no haber sido el primero. Sentí que me habían arrebatado algo que me pertenecía, que me habían negado un privilegio que, por una vez, era mío. Me resultó tan hiriente que me negué a beber cuando fue mi turno. Es uno de mis recuerdos más tempranos de expresión de la rabia a través de la saña conmigo mismo. Desde entonces, ha habido muchos otros; he dado al traste con frutos de largo esfuerzo, he descartado caminos recorridos con a...

Rarezas

Si la rareza reside en la excepción, todos somos raros desde algún punto de vista. Todos nos salimos del guion en algún momento, y somos señalados por el dedo cruel de la desaprobación social, esa agria valedora del adocenamiento de la tribu. ¿Cómo te atreves?, parecen decirnos los portavoces de la normalidad (es “normal” lo que se atiene a la “norma”). ¡Vuelve aquí, aprisa, antes de que sea demasiado tarde! Así que ser raro o no serlo ya no es el dilema. La cuestión, a estas alturas, cuando uno ha presenciado una muestra significativa del espectáculo humano, consiste más bien en juzgar el valor de las rarezas y en hacer algo bueno con ellas. Toda la vida me la he pasado excusándome por mis supuestos defectos, obligándome a actuar como los demás esperaban y haciendo lo que se supone que es “normal”. Debo confesar que no me ha salido bien, que al final ha prevalecido la rareza, al menos en mi vida privada, ese ámbito en el que nos relajamos y a menudo se nos escapa la autenticidad. ...

Elogio del egoísmo

La moral cristiana, con su habitual simpleza esquemática, condena la defensa apasionada del ego, sin compasión ni matices. La tribu lo contempla siempre con recelo: ambas prefieren la sumisión. Sin embargo, desde que la vida se fragmentó en individuos tuvo que dotarlos de la defensa de sí mismos ante los demás, con quienes hay que luchar, competir y pactar. Un impulso tan elemental, tan crítico, no debería juzgarse a la ligera. ¿Se puede, entonces, ser sanamente egoísta? No solo eso: se diría que la única manera de mantenerse realmente sano es ser egoísta. Practicar un egoísmo lúcido, ético, riguroso, leal, reflexivo, …inteligente. Un egoísmo que cuide de uno mismo y que, precisamente porque lo hace con eficiencia, deje lugar para el amor (puesto que se ama), que responda a unos valores y se mantenga coherente y respetuoso con el otro (puesto que así es consigo mismo). Un egoísmo, si se me permite, alegre y amoroso. Ya nos lo señalaron cuatro de los filósofos más sinceros y más co...

Autoestima y autoexigencia

Todos tenemos para nosotros mismos un amor incondicional, puesto que somos nuestro hogar; y otro amor condicional, puesto que nos juzgamos. Hablar de una relación con nosotros mismos implica una división interior entre el que observa y lo observado, entre el que juzga y lo juzgado. Para la mística oriental, hay que superar esta división, pues toda frontera, como Ken Wilber explicó bien, establece un conflicto; pero nosotros los occidentales la tenemos demasiado arraigada, y puede que nuestro trabajo consista más bien en conocerla, familiarizarnos con ella y aprender a sobrellevarla de la mejor manera. Tal vez podamos considerar nuestra identidad rasgada de arriba abajo por esas grietas que nos disgregan en mil personajes: dentro de nosotros, somos multitud, y ese fenómeno es clave para nuestra identidad (para bien y para mal) y para nuestra vida. Es probable que se trate de una consecuencia de la propia idea de identidad: desde el momento en que establecemos que “somos alguien”, tra...