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Mostrando las entradas etiquetadas como Muerte

Lucky

Merecen nuestro tiempo los selectos detalles que nos dispensa esta película de John Carroll Lynch, última de su magnífico actor protagonista, Harry Dean Stanton, y concebida sin duda como su despedida del cine… y de la vida, ya que todo el metraje está transido de ese presentimiento, que en efecto se hizo realidad poco después. Lucky («suertudo») es un octogenario arrogante que se las apaña solo como si para él no hubiera pasado el tiempo. Sin embargo, un día sufre un vahído y se cae. Ese hecho tan simple se le precipita como un obús hasta el corazón de su monótona existencia, obligándole a afrontar la realidad de la vejez y la ineludible proximidad del final.  A lo largo de la cinta, Lucky se debatirá aún por aquí y por allá, resistiéndose a esa estremecedora verdad que, poco a poco, tendrá que admitir. Se trata, pues, de algo así como una iniciación al epílogo (valga el oxímoron). Y es ese proceso de duelo ante el agotamiento de la propia existencia el que la película nos descri...

Perder de buen grado

Nunca nos repetiremos lo bastante aquella sentencia de François George, citada por Comte-Sponville: «Vivir es perder». No hay otro modo de persistir que exponerse al azote del tiempo y transigir con su implacable erosión. A cada instante nos dejamos una parte de nosotros: cuando menos, ese intervalo irrepetible que ya no podremos volver a habitar, del que somos literalmente exiliados. Pero nos dejamos algo más: el desgaste que conlleva. Cada día empezamos de nuevo, pero un poco más resquebrajados: con una cana más, con unas neuronas menos. Vivir envejece. Vivir hace más cercana la muerte al consumir tiempo (que se nos concedió limitado) y fuerzas (en cada replicación, las células pierden algo de lozanía). La rosa está programada para marchitarse, la belleza está hecha para declinar. Siddhartha Gautama inició su búsqueda tras el sobresalto de la vejez y la muerte; a todos nos ha sacudido esa conmoción, y nos estremece cada día cuando descubrimos nuevos anuncios de ella. Pero vivir tien...

¿Pulsión de muerte? Pulsión de vida

Ni Spinoza ni Nietzsche, los dos exploradores más sagaces de las fuerzas y las batallas de la vida, contemplaron la existencia de un posible instinto de muerte. Este fue una invención de Freud, que lo incorporó para explicar conductas autodestructivas como la resistencia al placer, la depresión o el suicidio. Según él, del mismo modo que de forma natural hay en nosotros una fuerza que anhela la vida y lucha por su persistencia, también alienta oculta una misteriosa pulsión que nos atrae hacia la destrucción, es decir, la disolución y el reposo, el regreso a la nada originaria. Tan enigmática predisposición podría estar vinculada también a una inclinación al dolor, una especie de masoquismo elemental que se inmiscuiría en nuestras experiencias cotidianas. Ambas pulsiones, la de vida y la de muerte, se encontrarían siempre presentes y en permanente conflicto, revolviendo ese abigarrado magma que nos constituye.  La propuesta de Freud suscita innumerables interrogantes. La existencia ...

Ser y tiempo

Vivir es una bella aventura, incluso cuando resulta dura y amarga; y estamos dispuestos a aferrarnos a ella, afrontando los más penosos bretes, siempre que no nos acorrale contra las cuerdas y siga dejando un resquicio a la entereza y la dignidad (o, a veces, incluso cuando hay que renunciar a ellas).  Estamos hechos para aguantar embates y dolores, y aun así seguir de parte de la vida; estamos hechos para sufrir y para luchar, y hacerlo incluso, como propugnaba Nietzsche, con entusiasmo.  Vivir está bien, y por fortuna predominan las alegrías. Por otra parte, es comprensible que prefiramos vivir a no vivir: ¿cómo va a parecernos mejor nuestra propia ausencia, si la presencia es todo lo que tenemos? El mero fenómeno de estar vivos nos convierte en partidarios de la vida, nos impulsa febrilmente a persistir, como proclamó sin reparos Spinoza; algo nos impulsa desde dentro a asirnos a la existencia apasionadamente, tenazmente, contra viento y marea: de lo contrario ya haría m...

Yo contra mí

Suele desdeñarse el suicidio como un acto de cobardía. Se considera al suicida alguien débil y pusilánime que escapa ante las dificultades universales; que pretende salirse por la tangente, en lugar de afrontar con redaños el precio de la vida.    Me parece un juicio muy poco compasivo (¿quién conoce el punto a partir del cual el dolor resulta insoportable, o al menos intolerable?), un veredicto lleno de suficiencia fácil (habría que ver a cada uno en esas circunstancias, para tener derecho a juzgar lo que alguien hace frente a ellas) que encubre una profunda ignorancia (¿qué sabemos, en el fondo, de la tragedia que arrastra cada cual?).  Creo que la realidad apunta a lo contrario: el suicidio puede ser un acto valiente, rigurosamente íntimo, que tal vez no merezca ser admirado, pero, sin duda, sí respetado. El problema ético que nos plantea no es tanto que sea o no un acto digno (nadie lo sabrá nunca a ciencia cierta, ni siquiera el suicida) como su carácter rudimenta...

Cuando ya no esté

Los estoicos recomendaban pensar de vez en cuando en la muerte. ¿Cómo no hacerlo? Por más que miremos a otro lado, de golpe irrumpe brutalmente para llevarse a alguien cercano, y al pasar nos recuerda que también por nosotros doblarán las campanas, tras unas cuantas vueltas del reloj. Sin embargo, ¿de veras ayuda el dedicarle nuestras meditaciones, o sería mejor ignorarla mientras nos ignore, procurando que no amargue nuestro escaso tiempo? Tal vez reflexionar sobre la muerte no nos ayude a morir mejor, pero podría servir para familiarizarnos con ella, para mirarle a la cara al miedo, y, con suerte, como quería Montaigne, para tomarla con más calma y asumir serenamente su certeza.  Hay quien lo considera una futilidad, pero, como consolación ante la muerte, sobre todo la propia, no conozco argumento más apaciguador ni sutil que el de Epicuro: “La muerte no significa nada para nosotros, porque mientras vivimos no existe, y cuando está presente nosotros no existimos”. Se objetará ...

Redención del incrédulo

Richard Bach decía que a veces, cuando hacía esas peligrosas acrobacias con su avión, pensaba en la posibilidad de morir, y no le daba miedo. Al contrario. Se sentía atraído por la curiosidad de descubrir qué había más allá. Es la ventaja de tener creencias mágicas sobre la existencia. Sortear el miedo le impulsaba a jugársela sin contemplación en las piruetas del aeroplano, y, además, le daba pie a escribir unas obras tan amenas como delirantes que le hicieron millonario.  Nuestra especie ha compensado el duro peso de la conciencia con la ligereza poética del mito. Dichosos los que creen, confirmaría Unamuno, porque cuentan con un refugio ante la insoportable levedad del ser. Tal vez la mayoría no estemos preparados para el brutal espectáculo de la verdad; y cada cual lo elude, o lo atenúa, a su manera. Tal vez no pueda aguantarse la vida sin un cierto grado de inconsciencia o de locura. Tal vez no todos, o no siempre, podamos enarbolar esa lucidez entusiasta de Sísifo que nos ...

Que siga el espectáculo

Morimos para que vivan otros: el mundo no podría permitirse amontonarnos sin que alguien se marchara para hacer sitio. Esa biología elemental debería también reconciliarnos un poco con la perspectiva de la muerte, sobre todo cuando el sitio que dejamos será ocupado por seres que amamos, que hemos traído al mundo y pasean por él nuestros genes, y los legarán al futuro, impregnándolo de algo nuestro. Morir es, pues, un don que entregamos a los que nos suceden. Habrá quien, más que un regalo, vea en esa entrega un precio, ya que nos viene impuesta y nadie nos preguntó si la aceptábamos. Sin embargo, también es obligado respirar y comer, y bien que lo disfrutamos: es nuestra naturaleza, así estamos hechos, y para la mayoría de las cosas ni siquiera nos lo planteamos. Solo lo hacemos para renegar del esfuerzo o del dolor. Pero, ya que disfrutamos de una parte de lo que somos, ¿no deberíamos admitir todas las reglas del juego? ¿Acaso lo obligado, por ingrato que nos resulte, no puede ejecu...

Aún no

En un capítulo decisivo de la serie Juego de tronos , cuando las fuerzas de los vivos están a punto de sucumbir al ejército imbatible de los muertos, la hechicera le pregunta a Arya Stark: “¿Qué le decimos al Señor de la muerte?” Y la sabia muchacha grita con fuerzas renovadas: “¡Hoy no!” Y corre a hincarle una daga de vida al Señor de la muerte, devolviéndolo, junto a todo su ejército, a las sombras del no ser, donde nada puede ya hacer a los vivos. Hoy no, aún no: esa es la única fuerza que, al final, puede hacer valer la vida frente a la destrucción. En tanto que finita, la vida consiste en una mera prórroga. Heidegger acertó: si lo único ineludible es morir, la muerte marca el compás de la existencia, la reduce a un ser para no ser, pues solo el tiempo separa el ser de su hecatombe. La duración es lo único que queda, un valor relativo que le sirve al ánimo, a lo sumo, como parche, como alivio momentáneo, pero que no le calma la angustia de lo que le espera: aún no, tal vez no hoy,...

La muerte como escuela de vida

Estaba limpiando la casa, y dándole vueltas mientras tanto a los laberintos del trabajo, cuando suena el teléfono y me comunican que se ha muerto el padre de una compañera. No se trata de una persona próxima, y a su padre ni siquiera lo conocía, pero todos tenemos padres y sabemos que morirán, así que no es difícil ponerse en su lugar y hacer propio, si no el dolor, al menos los ecos que su dolor imprime en el nuestro. En el instante de recibir la noticia, el impacto, de repente, impone el silencio en mi mente clamorosa, como cuando una orquesta interrumpe, a una señal del director, la cacofonía estridente de su ensayo. Hay un pulso de vacío en el que el pensamiento se detiene y el corazón vacila. La realidad de lo ineluctable se impone como una madre que llama al orden a sus hijos bulliciosos. Por ese resquicio de silencio se cuela un rayo de luz, y por un instante vislumbro la verdad: la verdad de la muerte, que es verdad última de la vida. Todos nuestros desvelos cotidianos, t...

La eternidad de la nada

Asomado al balcón, en casa de mis padres, pensaba en tantas personas como he visto marchar a lo largo de mi vida. Personas que estuvieron presentes, activas, cargadas de sueños y de pesadillas; personas que llenaron el mundo de estampas, escenas que hoy amarillean camino del olvido. Mientras estaban, parecía imposible que un día hubieran de ausentarse para siempre. Ahora que no están, que ya no estarán nunca, parece asombroso que hubiesen estado alguna vez. Pronto olvidarás todo; pronto te olvidarán a ti.  Marco Aurelio. Richard Dawkins asegura que, puesto que no existió durante miles de millones de años, no le preocupa dejar de existir otro tanto (siempre me ha parecido sorprendente que hayamos aparecido justo en la mitad del trayecto del Sistema Solar). Es más: « Nosotros, los pocos privilegiados que ganamos la lotería de nacer contra todo pronóstico, ¿cómo osamos lloriquear por nuestro inevitable regreso a ese estado previo del que la inmensa mayoría jamás escapó?» Si a ese p...

Días de montaña

No llevo un día en esta tierra de montañas y bosques y ya noto cómo me cura. Casi diría que lo noté en cuanto, ayer, tomé el desvío que iniciaba el ascenso al puerto. El coche subía y a cada avance a mi alma se le iba cayendo su material más pesado. El aire fresco de las cumbres me arrancaba piel muerta, que rodaba por las laderas como esas grandes piedras que las siembran. Hubo un momento en que me olvidé de mí para sumirme en la sosegada fascinación de alturas y de nubes, un aire ligero y misterioso que me restituía la inocencia. Mi alma abotargada se mece en el silencio y se ensancha en las perspectivas. Mis ojos cansados se tienden en los prados verdes. Respiro y parece que el mundo es liviano y la existencia nueva y habitable. En la montaña uno también siente miedo, y ese es otro de sus dones: nos restituye nuestra verdadera condición, tan limitada, haciendo parecer insignificantes nuestros logros pero también nuestros defectos: todo lo que confundimos con nosotros mismos. La...