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Lucky

Merecen nuestro tiempo los selectos detalles que nos dispensa esta película de John Carroll Lynch, última de su magnífico actor protagonista, Harry Dean Stanton, y concebida sin duda como su despedida del cine… y de la vida, ya que todo el metraje está transido de ese presentimiento, que en efecto se hizo realidad poco después.


Lucky («suertudo») es un octogenario arrogante que se las apaña solo como si para él no hubiera pasado el tiempo. Sin embargo, un día sufre un vahído y se cae. Ese hecho tan simple se le precipita como un obús hasta el corazón de su monótona existencia, obligándole a afrontar la realidad de la vejez y la ineludible proximidad del final. 
A lo largo de la cinta, Lucky se debatirá aún por aquí y por allá, resistiéndose a esa estremecedora verdad que, poco a poco, tendrá que admitir. Se trata, pues, de algo así como una iniciación al epílogo (valga el oxímoron). Y es ese proceso de duelo ante el agotamiento de la propia existencia el que la película nos describe magistralmente, con un ritmo pausado que siempre nos ofrece tiempo para meditar, y legándonos unas escenas conmovedoras que será imposible olvidar. Yo seleccionaré en estas notas las que más me han impactado. 

Está, por ejemplo, la despedida de la camarera del bar donde desayuna cada día. Ella, entre la compasión y el cariño, va a visitarle a su casa, deliberadamente retirada a las afueras. Él de entrada se hace el duro y se muestra arisco ante ese afecto que no había pedido y que hace patente su condición de abuelo. Pero se resiste poco, y en seguida la invita a sentarse. Ella lo acompaña un rato ante la tele, como haría una hija. Cuando se levanta para marcharse a trabajar, Lucky la retiene aún unos instantes y, mostrándose vulnerable por primera vez, le pregunta si le puede contar un secreto que no quiere que sepa nadie más. Ella asiente, y él le confiesa: «Tengo miedo». 
Tiene miedo, y nosotros temblamos con él. Ante esta escena he recordado cuando al final de París-Tombuctú, la última película de Berlanga, aparece, sin que venga a cuento, una gran pintada con esas mismas palabras. ¿Se despedía el maestro con esa confesión? En cualquier caso, admitir esa vulnerabilidad quizá sea uno de los actos más valientes que pueda hacer una persona cuando siente que se acerca el colofón de su vida. 

Porque la vida termina, como concluye todo para perderse: los recuerdos, las fuerzas, la belleza, la potencia amatoria que tanto nos enorgullecía… Vivir es perder, y no queremos verlo hasta que se nos impone con toda su crudeza, y ya no queda coartada para mirar a otro lado. Así lo declara Lucky a sus viejos compañeros de pub, de los que pronto habrá que despedirse como hiciera su mejor amigo con la vieja tortuga que un día se le escapó: «Todos desapareceremos… No quedará nada… Y no hay nadie al mando». «¿Y qué tenemos que hacer?», le pregunta su amigo. Entonces, como un guerrero veterano, Lucky se endereza y exclama con estatura de gigante: «¡Sonreír!» 
Tal vez el viejo Sísifo habría respondido lo mismo, si, aprovechando el momento de descanso en que la piedra se precipitaba hacia abajo, le hubieran preguntado por su humor ante la espantosa maldición. Lo dice por él Camus: «Hay que imaginar a Sísifo dichoso». 

Poco antes habíamos visto a Lucky cantar ante todos, con lágrimas en los ojos, su amada canción Volver, en una fiesta mexicana a la que le habían invitado y donde no conocía a casi nadie: 

Y volver volver, volver 
a tus brazos otra vez. 
Llegaré hasta donde estés, 
yo sé perder, yo sé perder, 
quiero volver, volver, volver. 

Y es volver, precisamente, lo que ya no será posible. ¿Por qué lo clama ante todos, él, tan arisco, tan poco dado a escenas sentimentales? Suponemos ahí un homenaje a sus anfitriones, una muestra de gratitud por haberle abierto las puertas de su casa a un desconocido; por ofrecerle, aunque sea por un rato, la calidez sincera de una familia, de un clan, de una comunidad, al viejo lobo (más bien coyote) solitario. 

También a nosotros, Lucky nos tiene reservado un especial saludo al final de la película. Paseando por el paisaje semidesértico, el viejo descubre un inmenso cactus, y se queda contemplándolo con admiración. ¿Tal vez porque también el cactus es viejo, y, aun así, lo adornan algunos brotes nuevos, como al olmo de Machado? ¿O estará haciendo un guiño al espectador, por su forma de cruz? En cualquier caso, Lucky enciende un cigarro y, de repente, gira la cabeza, mira directamente a la cámara y sonríe. Cumple la palabra que nos dio. Y luego se da la vuelta y se adentra lentamente por el camino del desierto. Mientras lo vemos alejarse, pasa ante nuestras narices, con su paso parsimonioso, la dichosa tortuga… 
Siempre nos queda, al menos, responder a la incertidumbre más grande con una sonrisa. Cuando el viejo nos la dedica en esa impactante escena, nosotros sabemos que ya no estamos viendo a Lucky, el personaje, sino a Harry Dean Stanton, la persona, y que él, traspasando la cuarta pared como se traspasa la linde entre las almas, nos está desnudando su propio temor y su propia sonrisa. Invitándonos, como amigos y camaradas de destino, a acompañarlo en esa actitud cuando nos toque acomodarnos en esa «fosa común del tiempo y del olvido», como la llamó el gran Georges Brassens, esa nada que espera paciente porque no tiene otra cosa que hacer. 

Sonreír, sí, hay que sonreír, si se puede, a la hora de la verdad. Un último gesto al que también nos invitaban, con su estilo desenfadado y gamberro, los eternos Monty Python en aquella monumental escena última de La vida de Bryan, con él en la cruz y otro crucificado silbando y cantándole: «¡Ánimo, Bryan! Viniste de la nada y vuelves a la nada. ¿Qué tienes que perder? ¡Nada!». ¿Entonces? «Sonríe, Bryan. La última carcajada es para ti». 

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