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Mostrando las entradas etiquetadas como Disonancia cognitiva

¿Usted qué opina?

Al preguntar la opinión contamos con su fundamento en una reflexión previa. Partimos, así, del supuesto de que las razones preceden a las conclusiones. ¿Y si, al menos a menudo, al menos en parte, fuese al revés? ¿Y si nuestras posturas fuesen meras tentativas, que luego procuramos justificar?  ¿Usted qué opina? ¿Será ese un buen remedio para el problema que nos abruma? ¿Hay que molestarse ante la ofensa recibida? ¿Corresponde aguantar, o más bien nos conviene renegar de lo que nos está dañando? Un sinfín de pequeñas decisiones cotidianas, algún que otro dilema existencial, nos pone contra las cuerdas. Aun con escasa información, urge decidir: yo creo que…  En realidad, muchas veces nos falta una respuesta definida, no disponemos de una opinión del todo formada. Estamos acostumbrados a movernos por entre nebulosas de incertidumbre, meras intuiciones que nos hemos acostumbrado a no analizar con demasiado detenimiento. Cuando se nos pone en el brete de rescatarlas de la indefin...

Dependencia de ruta

Los humanos tenemos propensión a transitar por donde ya lo han hecho otros, y así es como hemos llenado la faz del mundo de caminos: superponiendo pasos y huellas. En nuestros trasiegos, lo que ya ha sucedido no solo tiene más probabilidades de volver a suceder, sino que de algún modo tira para hacerlo. Reiteración y consistencia: lo hecho se convierte en precedente. En el caso de los triunfos, un logro abre paso al siguiente, y este a otro, hasta que la reincidencia rotura un camino bien marcado sobre la faz del mundo, y entonces ya casi se sigue solo, por la gravedad de lo fácil y la pura inercia de la rutina. La rutina es el triunfo del buen hábito; y de todo lo bueno, que es hábito en definitiva. Lamentablemente, la misma tendencia afecta a lo malo, que también nos atrapa en sus círculos viciosos. Por eso cambiar es tan difícil.  La fuerza del hábito constituye un fenómeno prodigioso, la piedra filosofal que crea la cualidad a partir de la cantidad e instaura tendencias a part...

A vueltas con la disonancia

Si nuestra mente no generalizara, si no estructurara el mundo en conjuntos y contrastes, nos sería imposible pensar. El mundo sería un maremágnum de puntos minuciosos donde pereceríamos sin poder agarrarnos a ninguna forma ni sentido. Percibir es trazar esquemas irreales sobre una realidad inabarcable, como se perfilan constelaciones en la infinidad del cielo estrellado. Pensar y sentir también deben serlo, según adujo Kant. El conocimiento aspira a aproximarse a esa «realidad» de la que fuimos expulsados sin retorno, y que suponemos que existe precisamente porque nos pasamos la vida construyendo mapas de ella. Aun sabiendo que a menudo nos engañamos mucho y siempre un poco, contamos con que debemos estar haciéndolo sobre algo que realmente se encuentra ahí.  Comprender cómo construimos nuestra percepción del mundo tal vez no nos exima de engañarnos sobre él, pero al menos puede servirnos para ser más cautos con nuestras certezas. Un artefacto de la percepción que siempre me asombr...

Opinión y tribu

Los maestros griegos diferenciaban entre episteme , el conocimiento verdadero (y supuestamente indiscutible), y doxa , que es la opinión que cada cual sostiene acerca de las cosas, y sobre la cual versan todos los debates que en el mundo han sido. Los griegos —más en concreto, los atenienses—, pueblo comerciante e indagador, practicaban la polémica con fruición, dentro y fuera de casa, y no es extraño que fuesen ellos los que inventaran la filosofía. En el ágora, cada orador competía con los demás por atraer a discípulos y curiosos, a veces más inclinados a la charlatanería que al rigor lógico, pero en cualquier caso practicando un sofisticado estilo de sociabilidad: el poderoso vínculo de la palabra, y aun más, la complicidad que acaba uniendo a las personas que debaten apasionadamente unas ideas. Sócrates, que empezó vagando por las calles y lanzando sin miramientos sus preguntas a los inermes transeúntes, llegó a rodearse de una comitiva de devotos discípulos que acabaron por conve...

Estereotipos

Nuestro conocimiento cotidiano abunda en prejuicios y estereotipos, convicciones normalmente heredadas del entorno que incorporamos y solemos sostener de manera acrítica. Como los refranes, que con frecuencia se alimentan de estereotipos, a veces aciertan, aunque sea en parte, o quizá lo hicieran en un momento y un contexto determinados. En cualquier caso, lo significativo es que los defendamos sin someterlos a ninguna prueba. A esta aberrante tendencia se le han propuesto explicaciones convincentes, aunque solemos olvidarlas.  Una muy plausible, por ejemplo, es que no tenemos tiempo para estar revisando, analizando y justificando cada una de las creencias que sustentan nuestros actos diarios. El trabajo, en nuestra sociedad productivo-consumista, requiere eficiencia y pragmatismo. Las convenciones imponen ciertos modelos de relaciones que no deben ser vulnerados si uno no quiere quedar mal. Hay que resolver problemas, y para ello lo mejor es aplicar inmediatamente las fórmulas q...

Frágiles convicciones

La psicología social ha mostrado hasta qué punto nuestras convicciones suelen ser irracionales. Impacto y repetición: así percibimos, como saben bien los publicitarios y los propagadores de rumores. La verdad, mal que nos pese, es a menudo una cuestión de fuerza, y muchas veces las certezas se imponen más por su intensidad que por su calidad. Estamos convencidos de que contamos con principios sólidos y posturas bien fundamentadas, supuestas verdades que consideramos de firme asiento. Sin embargo, muchas de ellas son apenas el poso de la costumbre, que crea su propia ilusión de legitimidad. Las creímos no porque nos parecieran válidas, sino porque una autoridad nos inculcó que lo eran. Porque nos lo repitieron insistentemente y con una convicción que nuestra falta de criterio no podía cuestionar. En eso consiste la primera educación, la que hemos recibido en la infancia más temprana: nuestros padres nos imbuyeron sus principios no necesariamente porque les parecieran verdaderos, sino ...

El tiempo de la rosa

Será todo lo tópica que se quiera, y seguro que a más de uno le parece hasta cursi (al fin y al cabo estamos en la era del cinismo posmoderno), pero para mí sigue siendo una de las divisas de cabecera a la hora de afrontar la vida: “Es el tiempo que has perdido con tu rosa lo que la hace tan importante”.  Con esa sencilla meditación, Saint-Exupéry nos regala una inmensa lección de humanismo, de psicología y de felicidad. Le da la vuelta a lo que estipularía la lógica, rebasando lo obvio y descubriéndonos los hilos ocultos de la motivación. Es fácil ver que dedicamos tiempo a lo que nos importa, pero no solemos caer en la cuenta de lo inverso. Creemos que las personas ― también muchas cosas ― son o no valiosas en sí mismas, que poseen un valor interno previo a su encuentro con nosotros, cuando muchas veces nos lo parecen, sencillamente, porque les dedicamos nuestro tiempo y nuestro esfuerzo. No existe un valor platónico, esotérico, intrínseco a individuos o situaciones. El valor e...

Ventajas e inconvenientes de la disonancia

La disonancia, para bien y para mal, simplifica la vida ― especialmente la vida social, cuya complejidad tiende al infinito ― . La disonancia, con su divisa “más de lo mismo”, nos permite perfilar con trazo grueso nuestras convicciones sobre los que nos rodean, estrechando las cercanías y ahondando las distancias. Acentuar una hipótesis nos ofrece la posibilidad de manejarla como axioma, lo cual es poco riguroso, pero muy práctico. Nos permite tomar decisiones y vivir con la sensación de una cierta coherencia. Se disipan los matices de duda con respecto a quien nos inspira simpatía, consagrándolo como amigo, y se reafirman las razones para rechazar al que no entró en nuestra vida con buen pie. El universo humano se polariza en torno a nosotros, y las relaciones se hacen llevaderas y previsibles: lo contrario implicaría un aterrador caos en el que no sabríamos a qué atenernos. Una vez definida una convicción, la disonancia es la guardiana de su estabilidad. Hace acopio de todos los de...

Prejuicios y afectos

Es asombrosa la habilidad que tenemos para darnos la razón a nosotros mismos. La mayor parte de los conceptos que nos hacemos de los otros en nuestra convivencia con ellos obedece, más que a atinadas evaluaciones, a los meros sentimientos que nos despiertan espontáneamente. Si a menudo no nos damos cuenta es sencillamente porque no nos interesa, porque necesitamos reafirmarnos, y por eso disfrazamos los afectos originarios bajo un aluvión de razones supuestamente buenas. Partimos de una convicción egocéntrica, primitiva, irracional, pero tremendamente eficaz: si alguien nos cae mal es porque tiene que merecerlo; entonces nos dedicaremos a coleccionar pruebas de sus depravaciones. No es una tarea difícil: si se pone suficiente atención, siempre se puede encontrar algo despreciable en cualquiera, sobre todo si eso es lo único que buscamos, rechazando por insignificante cualquier pista de lo valioso. El resultado final, hecho a nuestra medida, es que invertimos el orden de los factores: ...

Somos como somos (y cada vez más)

Todos creemos conocernos con bastante precisión. Nos tratamos a nosotros mismos como a seres que cuentan con una personalidad o un carácter, es decir, un conjunto de rasgos más o menos consistentes y persistentes. Todos nos sentimos capaces de afirmar cómo somos, y al hacerlo estamos convencidos de estar hablando de algo realmente existente. “Yo soy desordenado, y soy optimista, yo soy susceptible…” Sin embargo, ¿y si esos “yo soy” carecieran de la solidez que solemos atribuirles? ¿Y si fuesen meras conclusiones provisionales, a partir de lo que nos hemos visto hacer a veces? ¿Realmente existe algo a lo que podemos llamar personalidad, que nos antecede y nos define? ¿O más bien es un esquema sobre nosotros mismos que construimos, reconstruimos y siempre insistimos en confirmar con nuestros actos? Si el recuerdo, como sugieren los psicólogos, es una recreación del pasado, ¿resultará que la memoria es performativa, o sea, que nos configura al escribirse? Al declarar que soy desordenado,...

La disonancia o por qué siempre nos damos la razón a nosotros mismos

¿Por qué la simpatía y la antipatía tienden a ir a más? ¿Por qué hay personas que parecen acaparar todas las virtudes, y en cambio otras solo nos parece que tienen defectos? ¿Por qué es fácil que nos decepcionen aquellos a quienes admiramos, y en cambio todos los hechos nos dan la razón cuando alguien nos cae mal? Cada día estoy más convencido de que la respuesta a estas preguntas está en nosotros mismos, en lo que el psicólogo Leon Festinger llamó la disonancia cognitiva (aunque sospecho que más que cognitiva es emocional). La teoría de Festinger viene a decirnos que, una vez asentada una convicción, encontraremos mil maneras de darle la razón, e ignoraremos todo aquello que la contradiga (es decir, que nos provoque disonancia). Si estoy convencido de que un compañero de trabajo es despreciable, tenderé a ver en él solo lo despreciable, y, curiosamente, permaneceré ciego a todo lo demás, o, si no puedo evitar verlo, buscaré razones para desprestigiarlo. Si intenta ser amable, lo co...