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Mostrando las entradas etiquetadas como Inspiración

De creencias y descreimientos

Las convicciones y las creencias rigen nuestra vida, y vivencias tan asombrosas como el enamoramiento o la fe religiosa pueden marcar la frontera entre la felicidad o la desgracia. Dediquémosles algunas reflexiones. En el enamoramiento, como en la fe o en cualquier otra devoción, el momento decisivo es la entrega , el pasaje de adhesión a pesar de la ambigüedad, la incertidumbre e incluso los impedimentos (o quizá precisamente como reacción a todo ello). La convicción de una creencia no se basa en las pruebas ni en los razonamientos, sino en una afirmación directa, una toma de partido ciega y concluyente, a partir de los afectos placenteros que inspira una inclinación emocional. Es el triunfo irracional y ferviente de lo afirmativo, el empeño gratamente obstinado en dar forma al material fangoso y escurridizo de la realidad.  El creyente (el enamorado es un creyente) enfoca su voluntad y la vierte en una decisión, trocada en convicción por la misma fuerza de su entrega. Aquí cobra ...

Labriegos de la idea

La reflexión es el taller del pensamiento, minucioso y metódico, manufactura de la lógica diseñándole al mundo mecanismos. El pensamiento inventa órdenes al caos, y sonríe viendo girar los engranajes. No en vano somos exploradores de sentido, es decir, artífices de congruencia. Organizarlo en una articulación armónica, en las tramas musicales de una gestalt , nos hace sentirnos más seguros: no podríamos soportar un universo nebular de pura incertidumbre, en el cual no vislumbráramos un cierto grado de previsibilidad. Es cierto que nuestro intento siempre resultará provisional: las ideas, de apariencia tan pulcra, esconden una esencia tornadiza. El mundo siempre se reserva un as inesperado en la manga. Preferiríamos que las cosas se ciñeran al concepto que tenemos de ellas, porque eso las haría más simples. Sin embargo, los fenómenos se deshilachan por los flecos, la realidad se burla de la mejor teoría, y nos recuerda que el estado natural del conocimiento es la perplejidad. No existe...

Esquiva belleza

La belleza es el amanecer de la alegría, el anuncio y la huella del gozo. Se le ha consagrado como diosa con razón, pues tiene una esencia de misterio que escapa a nuestra voluntad y que, además, inspira reverencia. Ante la belleza quedamos atrapados y rendidos, instados, como dice Schopenhauer, a «comportarnos igual que con un rey: colocarnos delante y aguardar a que nos diga algo».  La belleza se impone envolviéndonos con su poder de atracción. Valedora del placer, emplaza a nuestras motivaciones, inspira un movimiento de aproximación y de apropiación. Lo bello nos inspira alegría, frescura, armonía con el mundo. Lo bello consuela e ilumina, es un deleite que evoca otros deleites, una dulzura que anuncia, que se apresta. Queremos que lo bello sea nuestro, porque nos gustaría seguir maravillándonos en su presencia indefinidamente.  Es también una llamada, una convocatoria a la vida. Es ese encanto necesario del que hablaba Oscar Wilde. La belleza nos embarga, y en este sent...

Desear, amar

Los apegos, los deseos… Felices ráfagas que avivan nuestra hoguera y luego, a menudo, la apagan, dejándonos más desamparados. Convulsos mapas de un territorio en perpetua evolución, una patria que tiene aspecto de hogar y sin embargo acaba por dejarnos solos.  El deseo que se realiza tiene siempre algo de tristeza, la que nos inspira la extinción del propio deseo; el deseo frustrado es un pantano amargo que nos hunde en sus arenas movedizas. Por eso, porque ninguna de sus alternativas es buena, muchos sabios reniegan de los deseos. Buda, Séneca, Schopenhauer, desconfiaban de las dulces nostalgias; Spinoza y Comte-Sponville rechazan la esperanza por lo que tiene de vana irrealidad. Pero nosotros, que no somos sabios, sino meros seres humanos, hambrientos y soñadores, no podemos dejar de desear; y quizá ni siquiera debamos.  Un deseo nunca acaba en sí mismo, siempre remite a algo que está más allá de él: a la ilusión de un futuro, a la ceniza de un paraíso perdido. Un deseo, p...

Diestros fabuladores

Todo es cuestión de cómo nos contamos la vida. El relato de lo que ha pasado, de lo que está pasando y de lo que suponemos que pasará. El punto de vista. El sentido que le demos. El modo de entrelazar las cosas y los deseos, las alegrías y los recelos… Más que “lo que nos sucede”, cuenta lo que nos decimos sobre ello. La vida psicológica es una abigarrada narrativa que solemos urdir sin darnos cuenta, pero de cuya composición dependen nuestro bienestar o nuestra desdicha.  No digo nada nuevo: Epicteto lo explicaba mejor, y seguro que la filosofía nació cuando alguien cayó en la cuenta de la diferencia entre lo que es y lo que creemos que es. También los profetas del pensamiento positivo lo han repetido sin descanso, hasta convertirlo en un tópico que suena a obviedad simplona, sin serlo. La propia psicología cognitiva basa sus postulados en ello. Pero nos cuesta asumirlo e incorporarlo, por eso hay que insistir, reformularlo de mil modos para que se nos meta en la mollera. Porque ...

¡Qué deprisa olvidamos!

A veces, en algunos momentos de insólita lucidez, tal vez conmovidos por una alegría o una tristeza demasiado grandes, tal vez trastocados por un suceso que nos desborda, vislumbramos qué es lo realmente importante, cuál es la verdad que no deberíamos perder de vista, dónde reside auténticamente la vida... No basta con pensarlo. Pensar tiene mucho valor, y puede resultarnos muy útil, pero no nos sacude como un buen amigo que se esfuerza por abrirnos los ojos, no nos estremece como el amor. Solo lo que sentimos, lo que nos sale del fondo, nos transforma hasta el fondo. Los pensamientos son como un revuelo de hojarasca: superficiales y mortecinos. Para hablar con la vida hay que hablar en el lenguaje de la vida: el de la pasión, el de la alegría, el del dolor... Solo entonces tañemos las cuerdas de nuestra propia hondura vital. Tal vez haya mucha más verdad —o una verdad más certera— en la poesía que en la reflexión. Y a veces, por suerte, tocamos la poesía con la punta de los dedos...