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Mostrando las entradas etiquetadas como Amor

Los tiempos del amor

Un adecuado manejo de los tiempos en el ajuste de las relaciones (particularmente, en las íntimas, aunque las otras tampoco son tan distintas) constituye una de las sabidurías esenciales para una buena singladura de la convivencia. Hay quienes, por instinto, son verdaderos artistas de estas sutilezas, que implican aprovechar lo mejor de cada momento para allanar el camino y pulir sus baches y tropiezos. Otros, en cambio, tal vez por demasiado heridos, carecen de ese don de la oportunidad que es, en definitiva, un arte de la buena gestión del amor y del intercambio. Los encuentros gozosos despegan con fiestas, aventuras y fuegos de artificio; luego, con el paso y el peso de los días, el afecto va posándose en la realidad. Ese aterrizaje puede ser suave y armónico o consistir en un verdadero cataclismo. Los buenos pilotos son escasos y admirables.  El tiempo es un firme aliado de la realidad, y la convivencia está hecha de tiempo. Tras las mieles del comienzo van irrumpiendo los mat...

Tres sombreros de copa

No se puede, en un comentario tan breve, hacer justicia a la densidad que Miguel Mihura cocina en su magistral Tres sombreros de copa . Aquí me limitaré a apuntar mis impresiones sobre el que me parece el tema de fondo de la obra: la precaria libertad, y probable capitulación, del individuo frente a las reglas sociales. Tratado, eso sí, con aquella mezcla de ingenio y ternura, de humor corrosivo y trágico, que caracterizaba al autor. La obra discurre con fluidez e intensidad, entretiene y agita, no hay risa que no duela, y es así como el drama de la vida se resuelve en comedia. O al revés. Pero, antes de entrar en materia y para situar al lector, empezaré por esbozar las líneas maestras del argumento. Dionisio es un pobretón pusilánime que aprovechará la típica oportunidad de casarse con una muchacha rica. Está pasando la noche anterior a su boda en un hotel de tercera. Todo queda bien compuesto y ordenado en su destino cuando se va a dormir, pero de pronto se cuela en su habitación P...

De creencias y descreimientos

Las convicciones y las creencias rigen nuestra vida, y vivencias tan asombrosas como el enamoramiento o la fe religiosa pueden marcar la frontera entre la felicidad o la desgracia. Dediquémosles algunas reflexiones. En el enamoramiento, como en la fe o en cualquier otra devoción, el momento decisivo es la entrega , el pasaje de adhesión a pesar de la ambigüedad, la incertidumbre e incluso los impedimentos (o quizá precisamente como reacción a todo ello). La convicción de una creencia no se basa en las pruebas ni en los razonamientos, sino en una afirmación directa, una toma de partido ciega y concluyente, a partir de los afectos placenteros que inspira una inclinación emocional. Es el triunfo irracional y ferviente de lo afirmativo, el empeño gratamente obstinado en dar forma al material fangoso y escurridizo de la realidad.  El creyente (el enamorado es un creyente) enfoca su voluntad y la vierte en una decisión, trocada en convicción por la misma fuerza de su entrega. Aquí cobra ...

¿Por qué lo llaman sexo cuando quieren decir amor?

Probablemente debemos a Freud la afirmación más comprometida del primigenio poder motivador del sexo; pero acaso debería haber excavado más profundamente en las pasiones. No se puede negar que existe un impulso elemental, telúrico, que nos vuelca hacia los otros en un afán voraz de contacto con sus cuerpos; un anhelo que, en última instancia, aspiraría a incorporarlos a nosotros, casi a fagocitarlos, entremezclando nuestros citoplasmas en una simbiosis que, trascendiendo esa separatidad de la que hablaba Fromm, nos aliara más allá de las identidades individuales. Esa ansia de mezcla alcanza su formulación más aparente en el coito, donde un cuerpo penetra en el otro y se proyecta en él; pero ya se escenifica en esos juegos de entrelazamiento que son los abrazos y las caricias, la piel que se adhiere a otra piel, los labios que abren otros labios, la lengua que los traspone. Los cuerpos se intercambian en ese protocolo apasionado que invade mientras se entrega, que ofrece mientras se ap...

Convivir es interesante

Convivir es interesante (más interesante, desde luego, que no hacerlo), afirma Comte-Sponville. Creo que no se puede oponer ninguna objeción consistente a esa opinión.  Convivir resulta ameno, sorpresivo, sugerente. Lo imprevisible nos obliga a salir de nuestra fijación narcisista, y confrontarnos con la diferencia y la novedad. Al cuestionar las convicciones de lo que creíamos saber, nos instruye sobre los otros y sobre nosotros mismos. Nos da la oportunidad de tantear roles distintos a los habituales, de mostrarnos y expresarnos; es decir, literalmente, de existir, pues ante todo existimos entre los demás y con respecto a los demás.  ¿Por qué, entonces, si convivir tiene tantas ventajas, si ofrece el microcosmos preciso para nuestra vocación gregaria, por qué entonces se nos hace tan trabajoso y nos causa tantos desvelos que a veces preferimos eludirlo? Porque nadie dijo que lo bueno tuviera que ser fácil. Porque la convivencia siempre la vivimos en forma de interacción, e...

Atisbo de la eternidad

«Y la nostalgia del instante de eternidad nos acompaña siempre», glosa con sugestiva imagen el sociólogo Francesco Alberoni acerca del enamoramiento. Habría que precisar: el enamoramiento de los desheredados, el que nos encandila pero no nos elige. El enamoramiento que nos consagra perdedores, y de ahí la nostalgia. «Haz que vuelva su rostro quien no quiso mirarme», canta Serrat.  ¿Y dónde está la puerta por la cual ingresamos en la eternidad? El novelista Milan Kundera nos lo expresó en una de sus frases más memorables: «El amor puede surgir con la primera metáfora». El destello de eternidad acontece cuando la realidad —tan plana, tan prosaica, tan literal— se inviste de simbolismo y se pone al servicio de lo poético. Es entonces cuando viene a imponerse el sueño, trastocándolo todo, cambiando de lugar las cosas y los significados. Había un anhelo contenido y se abrió la espita.  El enamoramiento es una marea que rebosa, una flecha que se proyecta hacia el futuro. Se hacen ...

Una pareja

Conozco a una pareja que se martiriza y se quiere. Supongo que no es un contraste singular; pero resulta que esta pareja me queda cerca y me importa personalmente. La conozco bien. Por eso nunca agoto con ella el desconcierto.  Sucede además que me importan, y solo con eso queda justificado mi interés por su historia. Río y sufro con ellos, y el espectáculo de su vida forma parte del argumento de la mía, así que los observo con pasión y no dejo de hacerme preguntas. Cuestiones para las que hace tiempo que no espero respuesta, que han entretejido de enigmas la textura de mi proximidad.  Llevan toda la vida conviviendo, ya el último acto queda cerca. Eso pone un punto de dramatismo en su contemplación. Mirar por una tronera su paisaje, hasta donde alcance la vista, es una ofrenda de cariño y un modo de interpelar a la propia vida, que siempre escapa. Temo que apenas disfrutaron juntos, y sin embargo jamás se separaron: quizá no fueran del todo infelices, y tuvieran razones par...

Los álamos de Kurkuréu

Dicen que en Kurkuréu, una aldea del Kirguistán que quizá no existe, hay dos álamos que cantan cuando sopla la brisa. Los árboles gemelos, orgullosos y plácidos, se asoman a la aldea desde la cima del otero que la preside. Imposible contemplarlos sin sentir la emoción de la firme sintonía con que ejercen de centinelas de las sencillas gentes del lugar. Y dicen los lugareños más viejos que en aquella colina, justo detrás de donde ahora están los álamos, hubo un rudimentario cobertizo que acogió, hace mucho tiempo, la primera escuela del pueblo.  ¿Hablarán de amor los álamos cuando los mece el viento? Seguramente. Pongamos que de amores necesarios e imposibles, como el de la joven Altinái por su mentor Duishén en el relato El primer maestro , del escritor kirguí Chinguiz Aitmátov. Duishén es un joven campesino, más bien simple e idealista, que se empeña en organizar una escuela en una remota aldea de las estepas, y en el despliegue de esa tarea adquiere la dimensión de un héroe en...

Gloria y pena del amor

En el amor, como en toda la familia del deseo, se insinúa gozo y se promete sufrimiento. Esa es una verdad elemental, conocida desde siempre, experimentada desde el principio, pero que tendemos a olvidar, como todo lo que no nos gusta. «Así como el amor os da gloria, así os crucifica», rezan las hermosas líneas que le dedicó Kahlil Gibran en El profeta .  ¿Realmente da gloria el amor? A muchos escépticos les parecerá que no, y considerarán el embeleso un desatino adolescente. Seguramente, tienen razón. El delirio amoroso sufre por su propia naturaleza desmesurada: anhela demasiado, espera demasiado, transgrede más de lo conveniente. Es una embriaguez hormonal que lo trastoca todo. Un arrobamiento iluso que no tiene nada que ver con la realidad, ni con la de la persona que tenemos delante ni con la nuestra, como exhibe bruscamente el mundo cuando nos quitan la venda de los ojos. Se puede aceptar que haya que pasar por él, como se pasa por el acné y por un resfriado, pero solo para...

Paul y Laura

Estoy dispuesto a incorporar a Paul y Laura, de la serie de televisión En terapia (HBO), como una pareja clásica dentro de mi imaginario, una pareja de mitología personal, de encantamiento íntimo, como Richard y Kahlan de La leyenda del mensajero , Jesse y Céline de Antes del amanecer , Andrés Hurtado y Lulú en El árbol de la ciencia , Calisto y Melibea de La Celestina …  Los ejemplos que he citado no son parejas al uso, o al menos no me importan por su carácter arquetípico o por su fama. Me interesan porque cada una de ellas me cuenta algo de mis deseos, mis temores y mis carencias. O sea, de mí, de mis amores soñados o fallidos: en el tema de la pareja, me asumo deliberadamente subjetivo, según mi gusto y disgusto. Al menos hoy y aquí. Y si eso resulta narcisista, pues qué le vamos a hacer, también de sí mismo vive el hombre.  Los que hoy me han inspirado, ya lo revela el título, son Paul y Laura. Me encanta evocarlos así, juntos, aunque no sean propiamente una pareja, sin...

Reticencias al Eros

En La agonía del Eros , Byung-Chul Han enfatiza lo fecundo de la negatividad del otro. Negatividad, cabe entender, en los dos sentidos: el de conflicto o sufrimiento (inevitable en tanto que otro: distinto, extraño) y aquella dimensión más sutil, ambivalente como el Tao, de oquedad, entraña, misterioso abismo en el que al mismo tiempo nos guarecemos y nos despeñamos.  Solo una verdadera apertura al otro nos salva de la reiteración de lo igual a la que aboca el narcisismo: únicamente el espacio que hay más allá de nosotros nos permite salir de nosotros. “El sujeto narcisista no puede fijar claramente sus límites. De esta forma, se diluye el límite entre él y el otro. El mundo se le presenta solo como proyecciones de sí mismo”.  El Eros, que es algo más y menos que el amor, representa una entrega a lo desconocido, nos da la oportunidad de esa epifanía, por contraste con un amor reducido a transacción comercial y pacto entre intereses egocéntricos. “La sociedad de consumo aspir...

Rosas blancas

José Martí nos legó un poema que es todo luz y todo ternura. El poeta cultiva una rosa blanca para quienes le aman. ¿Y qué cultiva para los que le dañan? ¡Una rosa blanca! Todo un programa de ética humanista, de cordialidad universal… No podemos leerlo sin admiración, ni sin sentirnos intimidados al presentir que, lamentablemente, no estamos a su altura.  Hay que ser muy fuerte y muy benévolo, muy recto y muy entero, quizás incluso un poco loco —en el buen sentido de la palabra, parafraseando a Machado— para ofrecer rosas blancas a los infames. Recuerda aquel precepto cristiano, que tan poco habría gustado a Nietzsche, de poner la otra mejilla: obstinarse en la compasión y el perdón, o sea, en el amor. ¿Podemos hacerlo? ¿Queremos hacerlo? Es más: ¿realmente, es adecuado hacerlo? ¿No nos debemos, ante todo, al compromiso con nosotros mismos de defendernos, de cuidarnos, de hacernos valer? ¿Y no resulta evidente que algunos, quizá muchos, pisotearán esa rosa que les tendemos? ¿No h...

A cada uno lo suyo

El psiquiatra M. Scott Peck cuenta, en su famoso libro La nueva psicología del amor , una anécdota que invita a reflexionar. Ejerciendo como interno en un hospital, se encontró desbordado de trabajo. Decidió plantear a su jefe que le resolviera esa molesta situación. El superior se limitó a replicarle, con mucha amabilidad pero con firmeza, que el problema era suyo, y por tanto le correspondía a él buscarle una solución.  Hacerse cargo de los propios problemas, en lugar de endosárselos a los demás o pretender que ellos nos los resuelvan, es una incómoda usanza que se llama responsabilidad. Todos hemos esperado a veces que los demás nos saquen las castañas del fuego, todos hemos intentado cargarles con nuestras responsabilidades, incluso  ― ¿especialmente? ―  cuando se trata de líos que hemos provocado nosotros. Y para delegar sin remordimientos, llegamos a engañarnos sobre la causa de los desaguisados, que procuramos colgar a los demás, o al pérfido mundo. La culpa de l...