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Entradas

¿Usted qué opina?

Al preguntar la opinión contamos con su fundamento en una reflexión previa. Partimos, así, del supuesto de que las razones preceden a las conclusiones. ¿Y si, al menos a menudo, al menos en parte, fuese al revés? ¿Y si nuestras posturas fuesen meras tentativas, que luego procuramos justificar?  ¿Usted qué opina? ¿Será ese un buen remedio para el problema que nos abruma? ¿Hay que molestarse ante la ofensa recibida? ¿Corresponde aguantar, o más bien nos conviene renegar de lo que nos está dañando? Un sinfín de pequeñas decisiones cotidianas, algún que otro dilema existencial, nos pone contra las cuerdas. Aun con escasa información, urge decidir: yo creo que…  En realidad, muchas veces nos falta una respuesta definida, no disponemos de una opinión del todo formada. Estamos acostumbrados a movernos por entre nebulosas de incertidumbre, meras intuiciones que nos hemos acostumbrado a no analizar con demasiado detenimiento. Cuando se nos pone en el brete de rescatarlas de la indefin...
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Los tiempos del amor

Un adecuado manejo de los tiempos en el ajuste de las relaciones (particularmente, en las íntimas, aunque las otras tampoco son tan distintas) constituye una de las sabidurías esenciales para una buena singladura de la convivencia. Hay quienes, por instinto, son verdaderos artistas de estas sutilezas, que implican aprovechar lo mejor de cada momento para allanar el camino y pulir sus baches y tropiezos. Otros, en cambio, tal vez por demasiado heridos, carecen de ese don de la oportunidad que es, en definitiva, un arte de la buena gestión del amor y del intercambio. Los encuentros gozosos despegan con fiestas, aventuras y fuegos de artificio; luego, con el paso y el peso de los días, el afecto va posándose en la realidad. Ese aterrizaje puede ser suave y armónico o consistir en un verdadero cataclismo. Los buenos pilotos son escasos y admirables.  El tiempo es un firme aliado de la realidad, y la convivencia está hecha de tiempo. Tras las mieles del comienzo van irrumpiendo los mat...

Poliédrica virtud

Solemos considerar virtud a una cualidad buena, escasa y difícil. Las tres características vienen entrelazadas, y, hasta un cierto punto, cada una incluye a las otras. Lo bueno es escaso porque es difícil, ya lo decía Spinoza: «arduo, ciertamente, debe ser lo que tan raramente se encuentra». Y, aunque lo difícil no es necesariamente bueno, su carácter excepcional y el hecho de ser fruto del esfuerzo lo hacen merecedor, al menos, de una cierta admiración.  Pero, ¿qué es lo bueno, en definitiva? Para Spinoza, es lo que aumenta nuestra perfección, entendida como potencia para que florezca nuestro ser: «llamamos bueno o malo a lo que ayuda o estorba, esto es, aumenta o disminuye, favorece o reprime nuestra potencia de obrar». Spinoza sostenía sin reticencias una autorreferencia elemental: consideraba que la ética tiene que edificarse partiendo de lo que conviene a cada cual; lo que afecta a los demás es importante, pero ambiguo e inestable: a veces surge la confluencia, otras el confl...

Encuentros con el Otro

No consigo verme en una foto antigua sin que me invada una difusa incomodidad. Supongo que les pasará a muchos, quizá a todo el mundo; eso no me alivia el asombro de que me suceda a mí. Donde espero familiaridad, me asalta la extrañeza. Observo esa imagen sabiendo, obligándome a tener presente que es la mía, a pesar de que me cueste y me incomode reconocerme en ella; y, a la vez, indago en ella lo familiar, querría sentirla rotundamente como propia, y sin embargo percibo en ella algo ajeno, que no me pertenece, o al menos con lo que, después de tantas lluvias y tantos trasiegos, me cuesta identificarme.   Mucho se perdió de allá a acá, para bien y para mal; y también mucho quedó, a pesar de todo, como el corazón terco de la roca que resiste al agua y a los vientos. Hay, digo, una ajenidad, que noto como un muro o un abismo y que está hecha de tiempo; y a la vez una familiaridad que discurre, en buena parte, por corrientes subterráneas que en buena parte desconozco. No sé si me inq...

Sísifo rescatado

Los dioses le condenaron a una eternidad tan espantosa como fútil. Tras esfuerzos inconcebibles, empujando una gran roca ladera arriba, Sísifo alcanza la cima. La satisfacción, si la hay, de la tarea cumplida, se esfuma en unos instantes, el lapso preciso para que la piedra se tambalee y se precipite de nuevo ladera abajo. Y entonces hay que descender de nuevo a por ella. Una y otra vez.   «Sísifo me interesa durante ese regreso, esa pausa —medita Albert Camus—… Veo a ese hombre volver a bajar con paso lento pero igual hacia el tormento cuyo fin no conocerá jamás. Esta hora que es como una respiración y que vuelve tan seguramente como su desdicha, es la hora de la conciencia » . Sísifo goza solo de ese fugaz momento de tregua. Apasionante oportunidad para la reflexión. Y peligrosa: siempre hay peligro donde interviene la mente.  Bien está que el desdichado Sísifo cavile mientras baja la montaña. Incluso, a lo mejor, hasta se detiene un instante a contemplar el paisaje y a ech...

Genio y figura

Cada uno es como es, cada quien es cada cual , canta Serrat, haciéndose eco de esa sabiduría tradicional que nos avisa de la obstinación con que, por vueltas que le demos, acabamos por ser nosotros mismos.  Hay algo enigmático en la dureza de esa madera sobre la que nos ha esculpido la vida. En esa cristalización del yo a la que nos referimos como temperamento o personalidad y que, desde muy temprano, define y a la vez atrapa a cada uno de nosotros. Parece tener vida propia, al margen de nuestra voluntad; parece imponerse desde algún baluarte interior.  No es extraño que muchas tradiciones le hayan atribuido una existencia propia, una entidad metafísica que subyacería al cuerpo y al pensamiento: el espíritu, el alma… También es comprensible que hayan visto en esa pasmosa pertinacia el influjo de fuerzas externas, como el daimon de los griegos o los animales totémicos de tantas otras culturas antiguas. Se intenta dar así una explicación desde el mito a esa mágica tenacidad con...

Sesgo de aislamiento

Nada en nuestras existencias de animales sociales —sea de modo directo o indirecto, y a todos los niveles— discurre sin tener lo social como contexto y referente. En tanto que individuos, nuestra actividad discurre básicamente en intercambios formales o simbólicos con otros individuos, siempre como parte de uno o más grupos, émulos de las tribus en las que nuestros ancestros convivieron durante largas eras. Cualquier microsociología (o psicología social, según de qué lado se mire) está obligada a analizarnos desde ese enfoque interaccional y grupal, donde no se puede comprender al individuo fuera de sus complejos vínculos.  Supongo que ya se habrá analizado un mecanismo (entre muchos otros) para los vínculos entre individuo y grupo, un fenómeno que podríamos llamar sesgo de aislamiento , y que parece marcar la dinámica de los individuos respecto a los grupos. Se trataría de un énfasis innato a dirigir nuestra atención hacia una correcta inserción social. Consiste en lo siguiente: ...