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Confianza

La confianza implica la expectativa de que el otro se comportará como amigo o, al menos, no se conducirá con nosotros como enemigo. Proyecta en la otredad una dimensión benévola, prolongándola como presunción al futuro, es decir, atribuyéndole una condición estable. Esta idea de estabilidad es crucial, ya que nos permite contar con una cierta previsibilidad tranquilizadora en el inquietante caos del mundo. Y es, a la vez, lo que hace la confianza problemática, tanto para el que confía como para el que es investido de esa cualidad.  Por parte del primero, la confianza implica una apuesta, una entrega a cierto grado de probabilidad que, sin embargo, no conlleva garantía. Es, por tanto, una decisión íntima basada en la imaginación. Conlleva el riesgo de verse defraudada; más que riesgo: una alta probabilidad, puesto que la naturaleza humana es inconsistente y volátil. Sin embargo, la necesitamos: no podemos vivir en una perpetua prevención. Y por eso no dejamos de persistir en ella, ...
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Dependencia de ruta

Los humanos tenemos propensión a transitar por donde ya lo han hecho otros, y así es como hemos llenado la faz del mundo de caminos: superponiendo pasos y huellas. En nuestros trasiegos, lo que ya ha sucedido no solo tiene más probabilidades de volver a suceder, sino que de algún modo tira para hacerlo. Reiteración y consistencia: lo hecho se convierte en precedente. En el caso de los triunfos, un logro abre paso al siguiente, y este a otro, hasta que la reincidencia rotura un camino bien marcado sobre la faz del mundo, y entonces ya casi se sigue solo, por la gravedad de lo fácil y la pura inercia de la rutina. La rutina es el triunfo del buen hábito; y de todo lo bueno, que es hábito en definitiva. Lamentablemente, la misma tendencia afecta a lo malo, que también nos atrapa en sus círculos viciosos. Por eso cambiar es tan difícil.  La fuerza del hábito constituye un fenómeno prodigioso, la piedra filosofal que crea la cualidad a partir de la cantidad e instaura tendencias a part...

Lucky

Merecen nuestro tiempo los selectos detalles que nos dispensa esta película de John Carroll Lynch, última de su magnífico actor protagonista, Harry Dean Stanton, y concebida sin duda como su despedida del cine… y de la vida, ya que todo el metraje está transido de ese presentimiento, que en efecto se hizo realidad poco después. Lucky («suertudo») es un octogenario arrogante que se las apaña solo como si para él no hubiera pasado el tiempo. Sin embargo, un día sufre un vahído y se cae. Ese hecho tan simple se le precipita como un obús hasta el corazón de su monótona existencia, obligándole a afrontar la realidad de la vejez y la ineludible proximidad del final.  A lo largo de la cinta, Lucky se debatirá aún por aquí y por allá, resistiéndose a esa estremecedora verdad que, poco a poco, tendrá que admitir. Se trata, pues, de algo así como una iniciación al epílogo (valga el oxímoron). Y es ese proceso de duelo ante el agotamiento de la propia existencia el que la película nos descri...

Tres sombreros de copa

No se puede, en un comentario tan breve, hacer justicia a la densidad que Miguel Mihura cocina en su magistral Tres sombreros de copa . Aquí me limitaré a apuntar mis impresiones sobre el que me parece el tema de fondo de la obra: la precaria libertad, y probable capitulación, del individuo frente a las reglas sociales. Tratado, eso sí, con aquella mezcla de ingenio y ternura, de humor corrosivo y trágico, que caracterizaba al autor. La obra discurre con fluidez e intensidad, entretiene y agita, no hay risa que no duela, y es así como el drama de la vida se resuelve en comedia. O al revés. Pero, antes de entrar en materia y para situar al lector, empezaré por esbozar las líneas maestras del argumento. Dionisio es un pobretón pusilánime que aprovechará la típica oportunidad de casarse con una muchacha rica. Está pasando la noche anterior a su boda en un hotel de tercera. Todo queda bien compuesto y ordenado en su destino cuando se va a dormir, pero de pronto se cuela en su habitación P...

Sentir y pensar, y viceversa

Muchos rasgos nos convierten en extraños animales. Suele empezarse por la racionalidad. Somos animales que piensan, sapiens. Una supuesta sabiduría que hay que celebrar, pero con matices. Resulta que, a pesar de entusiastas racionalistas como Platón o Descartes, el pensamiento a palo seco no siempre nos lleva por buen camino. Sus valedores lo oponen al turbio desbarajuste del sentimiento puro. Y es cierto que, descontrolada, la emoción es una fuerza ciega que embiste o se autodestruye. Sin embargo, Adorno y Horkheimer mostraron cómo la razón sin sentimientos conduce a Auschwitz. O sea, a lo mismo. Cuesta decidir qué abuso es peor: el odio febril de los fanáticos o la fría crueldad de los psicópatas. El dilema es tan viejo como polémico. Razón y emoción se compensan entre sí, y no parece que una sea más humana —ni más recomendable— que la otra. Sobre todo, no cabe considerarlas humanas por separado. La pura emoción nos convierte en bestias; la mera razón, en autómatas. Movidos por impu...

Perder el tiempo

Dicen que cuando los dioses preguntaron a Aquiles si prefería una vida larga y apacible o bien corta e intensa, el bravo guerrero, sin dudarlo, eligió la segunda. Es la respuesta que podemos esperar de un héroe, para quien no cuenta el tiempo (en la eternidad hay de sobras), sino el prestigio. Bien mirado, siempre vale más la calidad que la cantidad, y todos preferimos la aventura… mientras no vemos cerca el fin. ¿Quién, a las puertas de la muerte, no regalaría los destinos más apasionantes a cambio de ver la luz un solo día más? En cualquier caso, el dilema de la persona actual no es el mismo que el de Aquiles: no somos guerreros, y la medicina nos ofrece, en general y con bastante garantía, una vida razonablemente larga. Por tanto, nos preocupa más llenarla de sucesos emocionantes y felices, lo que nos inquieta es la posibilidad de que pase en vano. Así, nuestra respuesta al interrogante de los dioses sería, seguramente, que no queremos renunciar a ninguna de las dos cosas.  Se ...

Íntimas contiendas

Desconcierta el espectáculo de una persona inteligente, sensible, honesta, que sin embargo se empeña en autodestruirse; obcecada en adentrarse, aun sabiéndolo, en laberintos de dolor que la van corroyendo y acaban por devastarla, cuando podría eludirlos con un esfuerzo mucho más pequeño que el que invierte en destrozarse. ¿Qué feroz enigma es este? ¿Qué sufrimiento atroz está siendo enterrado a paladas por esa otra pena voluntaria? ¿Qué fuerza, tal vez inconsciente, apremia a conspirar contra sí mismo con esa vocación precisa y tenaz? ¿Qué grieta interna nos divide entre ese no querer —ya que uno sabe, y lamenta— y querer —puesto que persistimos sin poder detenernos, enganchados como adictos a sus armas terribles—?  Si el que sufre no sabe hacer otra cosa, ¿cabe considerarlo una víctima, un enfermo? Es probable que así lo crea él, como muchos psicólogos que nos consideran meros organismos reactivos. Sartre, en cambio, opinaba que no, dado que siempre se puede elegir: la dificultad...