Cada uno es como es, cada quien es cada cual , canta Serrat, haciéndose eco de esa sabiduría tradicional que nos avisa de la obstinación con que, por vueltas que le demos, acabamos por ser nosotros mismos. Hay algo enigmático en la dureza de esa madera sobre la que nos ha esculpido la vida. En esa cristalización del yo a la que nos referimos como temperamento o personalidad y que, desde muy temprano, define y a la vez atrapa a cada uno de nosotros. Parece tener vida propia, al margen de nuestra voluntad; parece imponerse desde algún baluarte interior. No es extraño que muchas tradiciones le hayan atribuido una existencia propia, una entidad metafísica que subyacería al cuerpo y al pensamiento: el espíritu, el alma… También es comprensible que hayan visto en esa pasmosa pertinacia el influjo de fuerzas externas, como el daimon de los griegos o los animales totémicos de tantas otras culturas antiguas. Se intenta dar así una explicación desde el mito a esa mágica tenacidad con...
Nada en nuestras existencias de animales sociales —sea de modo directo o indirecto, y a todos los niveles— discurre sin tener lo social como contexto y referente. En tanto que individuos, nuestra actividad discurre básicamente en intercambios formales o simbólicos con otros individuos, siempre como parte de uno o más grupos, émulos de las tribus en las que nuestros ancestros convivieron durante largas eras. Cualquier microsociología (o psicología social, según de qué lado se mire) está obligada a analizarnos desde ese enfoque interaccional y grupal, donde no se puede comprender al individuo fuera de sus complejos vínculos. Supongo que ya se habrá analizado un mecanismo (entre muchos otros) para los vínculos entre individuo y grupo, un fenómeno que podríamos llamar sesgo de aislamiento , y que parece marcar la dinámica de los individuos respecto a los grupos. Se trataría de un énfasis innato a dirigir nuestra atención hacia una correcta inserción social. Consiste en lo siguiente: ...