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Encuentros con el Otro

No consigo verme en una foto antigua sin que me invada una difusa incomodidad. Supongo que les pasará a muchos, quizá a todo el mundo; eso no me alivia el asombro de que me suceda a mí. Donde espero familiaridad, me asalta la extrañeza. Observo esa imagen sabiendo, obligándome a tener presente que es la mía, a pesar de que me cueste y me incomode reconocerme en ella; y, a la vez, indago en ella lo familiar, querría sentirla rotundamente como propia, y sin embargo percibo en ella algo ajeno, que no me pertenece, o al menos con lo que, después de tantas lluvias y tantos trasiegos, me cuesta identificarme.   Mucho se perdió de allá a acá, para bien y para mal; y también mucho quedó, a pesar de todo, como el corazón terco de la roca que resiste al agua y a los vientos. Hay, digo, una ajenidad, que noto como un muro o un abismo y que está hecha de tiempo; y a la vez una familiaridad que discurre, en buena parte, por corrientes subterráneas que en buena parte desconozco. No sé si me inq...
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Sísifo rescatado

Los dioses le condenaron a una eternidad tan espantosa como fútil. Tras esfuerzos inconcebibles, empujando una gran roca ladera arriba, Sísifo alcanza la cima. La satisfacción, si la hay, de la tarea cumplida, se esfuma en unos instantes, el lapso preciso para que la piedra se tambalee y se precipite de nuevo ladera abajo. Y entonces hay que descender de nuevo a por ella. Una y otra vez.   «Sísifo me interesa durante ese regreso, esa pausa —medita Albert Camus—… Veo a ese hombre volver a bajar con paso lento pero igual hacia el tormento cuyo fin no conocerá jamás. Esta hora que es como una respiración y que vuelve tan seguramente como su desdicha, es la hora de la conciencia » . Sísifo goza solo de ese fugaz momento de tregua. Apasionante oportunidad para la reflexión. Y peligrosa: siempre hay peligro donde interviene la mente.  Bien está que el desdichado Sísifo cavile mientras baja la montaña. Incluso, a lo mejor, hasta se detiene un instante a contemplar el paisaje y a ech...

Genio y figura

Cada uno es como es, cada quien es cada cual , canta Serrat, haciéndose eco de esa sabiduría tradicional que nos avisa de la obstinación con que, por vueltas que le demos, acabamos por ser nosotros mismos.  Hay algo enigmático en la dureza de esa madera sobre la que nos ha esculpido la vida. En esa cristalización del yo a la que nos referimos como temperamento o personalidad y que, desde muy temprano, define y a la vez atrapa a cada uno de nosotros. Parece tener vida propia, al margen de nuestra voluntad; parece imponerse desde algún baluarte interior.  No es extraño que muchas tradiciones le hayan atribuido una existencia propia, una entidad metafísica que subyacería al cuerpo y al pensamiento: el espíritu, el alma… También es comprensible que hayan visto en esa pasmosa pertinacia el influjo de fuerzas externas, como el daimon de los griegos o los animales totémicos de tantas otras culturas antiguas. Se intenta dar así una explicación desde el mito a esa mágica tenacidad con...

Sesgo de aislamiento

Nada en nuestras existencias de animales sociales —sea de modo directo o indirecto, y a todos los niveles— discurre sin tener lo social como contexto y referente. En tanto que individuos, nuestra actividad discurre básicamente en intercambios formales o simbólicos con otros individuos, siempre como parte de uno o más grupos, émulos de las tribus en las que nuestros ancestros convivieron durante largas eras. Cualquier microsociología (o psicología social, según de qué lado se mire) está obligada a analizarnos desde ese enfoque interaccional y grupal, donde no se puede comprender al individuo fuera de sus complejos vínculos.  Supongo que ya se habrá analizado un mecanismo (entre muchos otros) para los vínculos entre individuo y grupo, un fenómeno que podríamos llamar sesgo de aislamiento , y que parece marcar la dinámica de los individuos respecto a los grupos. Se trataría de un énfasis innato a dirigir nuestra atención hacia una correcta inserción social. Consiste en lo siguiente: ...

Voluntariado: lo bueno y lo correcto

Conozco a una persona que colabora con una ONG. En esa asociación, los voluntarios trabajan por el «empoderamiento social y económico de la mujer» en una pequeña población de Kenia. Allí han organizado talleres de producción de artesanías que luego venden en el mundo rico. Las empleadas son mujeres pobres, «con riesgo de exclusión social». El trabajo les aporta un medio de vida y una nueva dignidad en un contexto social dominado por los hombres; los objetivos de la asociación añaden así una dimensión feminista. Y no solo se trata del trabajo: también se promueve la alfabetización, la formación profesional, y una escuela y un comedor para sus hijos.  Mi conocida viaja de vez en cuando a ese rincón de Kenia, y pasa allí una temporada. Ella se paga el viaje y la estancia. Ignoro qué medio de sustento le permitirá esas largas ausencias y, a la vez, le aportará los medios para costear los gastos aquí y allí. Yo la veo siempre bien vestida y muy arreglada. ¿Vivirá con sus padres y de su...

De la subjetividad de los valores

Por mucho que los objetivistas critiquen las contradicciones del subjetivismo de los valores, todos ellos incurren en la inconsistencia de Platón: atribuyen a las cosas una dimensión metafísica y convierten en metafísica la relación de las personas con las cosas. Eso las vacía de contenido: cuando se estipula que el bien es un valor universal e independiente, una especie de entelequia que sobrevuela el mundo material, se está vaporizando el bien, se le está descorporeizando en un ente abstracto imposible de descifrar. Porque el bien no es un qué, sino más bien un cómo, y además un cómo establecido en relación con algo bueno, o sea, un cómo acerca de un porqué.  Por ejemplo, la compasión es buena, pero solo cuando se ancla en la vida y se encarna en individuos y situaciones reales, solo porque un individuo concreto siente una empatía solidaria hacia otro individuo concreto . El hombre bueno ayudará al otro, puesto que lo necesita, y será bueno en la medida en que lo ayuda, será bu...

Elogio de la cortesía

Cortesía es desearle los buenos días al vecino que nos molesta con su música o nos quita el ascensor cuando tenemos más prisa. Cortesía es apartarse para dejar pasar a quien viene ocupando la acera, porque lleva un cochecito de bebé o porque son dos ancianas renegando del mal tiempo. Cortesía es dejar sin respuesta el mensaje intempestivo que nos envía al móvil un fanático, en lugar de mandarlo a hacer gárgaras, porque sabemos que en el fondo no es mala persona.  Cortesía es dejar pasar, en la cola del súper, a un señor que solo lleva un par de cosas, y transigir con el chasco de que ni siquiera nos dé las gracias. Cortesía es no interrumpir a quien habla, aunque nos moleste lo que habla y hasta el mero hecho de que hable. Cortesía es aguantar con paciente estoicismo el llanto del pequeño que no nos deja dormir en el avión, porque sabemos que otros aguantaron al nuestro. Ceder el asiento en el autobús al que entra con muletas. Pedir con buenas palabras que tenga cuidado al que nos...