Solemos considerar virtud a una cualidad buena, escasa y difícil. Las tres características vienen entrelazadas, y, hasta un cierto punto, cada una incluye a las otras. Lo bueno es escaso porque es difícil, ya lo decía Spinoza: «arduo, ciertamente, debe ser lo que tan raramente se encuentra». Y, aunque lo difícil no es necesariamente bueno, su carácter excepcional y el hecho de ser fruto del esfuerzo lo hacen merecedor, al menos, de una cierta admiración. Pero, ¿qué es lo bueno, en definitiva? Para Spinoza, es lo que aumenta nuestra perfección, entendida como potencia para que florezca nuestro ser: «llamamos bueno o malo a lo que ayuda o estorba, esto es, aumenta o disminuye, favorece o reprime nuestra potencia de obrar». Spinoza sostenía sin reticencias una autorreferencia elemental: consideraba que la ética tiene que edificarse partiendo de lo que conviene a cada cual; lo que afecta a los demás es importante, pero ambiguo e inestable: a veces surge la confluencia, otras el confl...
No consigo verme en una foto antigua sin que me invada una difusa incomodidad. Supongo que les pasará a muchos, quizá a todo el mundo; eso no me alivia el asombro de que me suceda a mí. Donde espero familiaridad, me asalta la extrañeza. Observo esa imagen sabiendo, obligándome a tener presente que es la mía, a pesar de que me cueste y me incomode reconocerme en ella; y, a la vez, indago en ella lo familiar, querría sentirla rotundamente como propia, y sin embargo percibo en ella algo ajeno, que no me pertenece, o al menos con lo que, después de tantas lluvias y tantos trasiegos, me cuesta identificarme. Mucho se perdió de allá a acá, para bien y para mal; y también mucho quedó, a pesar de todo, como el corazón terco de la roca que resiste al agua y a los vientos. Hay, digo, una ajenidad, que noto como un muro o un abismo y que está hecha de tiempo; y a la vez una familiaridad que discurre, en buena parte, por corrientes subterráneas que en buena parte desconozco. No sé si me inq...