Los genes, contemplados desde el enfoque darwinista, nos están explicando muchas cosas bajo una perspectiva nueva, más o menos discutible, pero en cualquier caso muy sugestiva. Recientemente leí un esquemático pero impactante artículo que, partiendo de una obviedad evolucionista, saca consecuencias de mucho calado: si, a la luz de la evolución, estamos hechos para responder a las exigencias de la vida, y particularmente a lo que más anhela esta, que es perpetuarse mediante la reproducción, la pretensión humana de felicidad no solo resulta accesoria, sino que carece por completo de sentido. Al gen egoísta le trae sin cuidado nuestro bienestar o nuestra realización personal: si ha inventado el placer no es para que disfrute el organismo, sino para motivarnos hacia conductas que cumplan funciones como la alimentación, la seguridad y la reproducción. Así es la implacable ley evolutiva: permanece el que se las arregla mejor para que sus genes sigan adelante. Y la felicidad, por cierto...
Lo cotidiano marca la pauta de nuestra vida; lo excepcional zarandea su compás. Lo extravagante evita que el cálido hogar de la monotonía se convierta en prisión y acabe por asfixiarnos. Hay que saludar a la excepción: como contrapeso, como alivio, pero también como adorno del hábito y oportunidad de cambio. Lo excepcional abre una puerta por donde entra el aire fresco de lo distinto, y quizá de ahí germine algo nuevo. En realidad, basta con que lo parezca, con que el juego nos conceda un respiro de la rigidez de la costumbre. Tal vez, como decía Gil de Biedma, tengan razón los días laborables, pero para ello necesitan de la sinrazón festiva. Todas las culturas regulan ocasiones para la excepción, atribuyéndole el carácter numinoso del rito. Lo excepcional se impregna de sacralidad, es un tiempo propicio para que los dioses irrumpan en el mundo de los hombres. El sagrado descanso, la sagrada celebración colectiva, la honra a los muertos, la alegría de estar vivos. La magia desata...