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Entradas

Sesgo de aislamiento

Nada en nuestras existencias de animales sociales —sea de modo directo o indirecto, y a todos los niveles— discurre sin tener lo social como contexto y referente. En tanto que individuos, nuestra actividad discurre básicamente en intercambios formales o simbólicos con otros individuos, siempre como parte de uno o más grupos, émulos de las tribus en las que nuestros ancestros convivieron durante largas eras. Cualquier microsociología (o psicología social, según de qué lado se mire) está obligada a analizarnos desde ese enfoque interaccional y grupal, donde no se puede comprender al individuo fuera de sus complejos vínculos.  Supongo que ya se habrá analizado un mecanismo (entre muchos otros) para los vínculos entre individuo y grupo, un fenómeno que podríamos llamar sesgo de aislamiento , y que parece marcar la dinámica de los individuos respecto a los grupos. Se trataría de un énfasis innato a dirigir nuestra atención hacia una correcta inserción social. Consiste en lo siguiente: ...
Entradas recientes

Voluntariado: lo bueno y lo correcto

Conozco a una persona que colabora con una ONG. En esa asociación, los voluntarios trabajan por el «empoderamiento social y económico de la mujer» en una pequeña población de Kenia. Allí han organizado talleres de producción de artesanías que luego venden en el mundo rico. Las empleadas son mujeres pobres, «con riesgo de exclusión social». El trabajo les aporta un medio de vida y una nueva dignidad en un contexto social dominado por los hombres; los objetivos de la asociación añaden así una dimensión feminista. Y no solo se trata del trabajo: también se promueve la alfabetización, la formación profesional, y una escuela y un comedor para sus hijos.  Mi conocida viaja de vez en cuando a ese rincón de Kenia, y pasa allí una temporada. Ella se paga el viaje y la estancia. Ignoro qué medio de sustento le permitirá esas largas ausencias y, a la vez, le aportará los medios para costear los gastos aquí y allí. Yo la veo siempre bien vestida y muy arreglada. ¿Vivirá con sus padres y de su...

De la subjetividad de los valores

Por mucho que los objetivistas critiquen las contradicciones del subjetivismo de los valores, todos ellos incurren en la inconsistencia de Platón: atribuyen a las cosas una dimensión metafísica y convierten en metafísica la relación de las personas con las cosas. Eso las vacía de contenido: cuando se estipula que el bien es un valor universal e independiente, una especie de entelequia que sobrevuela el mundo material, se está vaporizando el bien, se le está descorporeizando en un ente abstracto imposible de descifrar. Porque el bien no es un qué, sino más bien un cómo, y además un cómo establecido en relación con algo bueno, o sea, un cómo acerca de un porqué.  Por ejemplo, la compasión es buena, pero solo cuando se ancla en la vida y se encarna en individuos y situaciones reales, solo porque un individuo concreto siente una empatía solidaria hacia otro individuo concreto . El hombre bueno ayudará al otro, puesto que lo necesita, y será bueno en la medida en que lo ayuda, será bu...

Elogio de la cortesía

Cortesía es desearle los buenos días al vecino que nos molesta con su música o nos quita el ascensor cuando tenemos más prisa. Cortesía es apartarse para dejar pasar a quien viene ocupando la acera, porque lleva un cochecito de bebé o porque son dos ancianas renegando del mal tiempo. Cortesía es dejar sin respuesta el mensaje intempestivo que nos envía al móvil un fanático, en lugar de mandarlo a hacer gárgaras, porque sabemos que en el fondo no es mala persona.  Cortesía es dejar pasar, en la cola del súper, a un señor que solo lleva un par de cosas, y transigir con el chasco de que ni siquiera nos dé las gracias. Cortesía es no interrumpir a quien habla, aunque nos moleste lo que habla y hasta el mero hecho de que hable. Cortesía es aguantar con paciente estoicismo el llanto del pequeño que no nos deja dormir en el avión, porque sabemos que otros aguantaron al nuestro. Ceder el asiento en el autobús al que entra con muletas. Pedir con buenas palabras que tenga cuidado al que nos...

Confianza

La confianza implica la expectativa de que el otro se comportará como amigo o, al menos, no se conducirá con nosotros como enemigo. Proyecta en la otredad una dimensión benévola, prolongándola como presunción al futuro, es decir, atribuyéndole una condición estable. Esta idea de estabilidad es crucial, ya que nos permite contar con una cierta previsibilidad tranquilizadora en el inquietante caos del mundo. Y es, a la vez, lo que hace la confianza problemática, tanto para el que confía como para el que es investido de esa cualidad.  Por parte del primero, la confianza implica una apuesta, una entrega a cierto grado de probabilidad que, sin embargo, no conlleva garantía. Es, por tanto, una decisión íntima basada en la imaginación. Conlleva el riesgo de verse defraudada; más que riesgo: una alta probabilidad, puesto que la naturaleza humana es inconsistente y volátil. Sin embargo, la necesitamos: no podemos vivir en una perpetua prevención. Y por eso no dejamos de persistir en ella, ...

Dependencia de ruta

Los humanos tenemos propensión a transitar por donde ya lo han hecho otros, y así es como hemos llenado la faz del mundo de caminos: superponiendo pasos y huellas. En nuestros trasiegos, lo que ya ha sucedido no solo tiene más probabilidades de volver a suceder, sino que de algún modo tira para hacerlo. Reiteración y consistencia: lo hecho se convierte en precedente. En el caso de los triunfos, un logro abre paso al siguiente, y este a otro, hasta que la reincidencia rotura un camino bien marcado sobre la faz del mundo, y entonces ya casi se sigue solo, por la gravedad de lo fácil y la pura inercia de la rutina. La rutina es el triunfo del buen hábito; y de todo lo bueno, que es hábito en definitiva. Lamentablemente, la misma tendencia afecta a lo malo, que también nos atrapa en sus círculos viciosos. Por eso cambiar es tan difícil.  La fuerza del hábito constituye un fenómeno prodigioso, la piedra filosofal que crea la cualidad a partir de la cantidad e instaura tendencias a part...

Lucky

Merecen nuestro tiempo los selectos detalles que nos dispensa esta película de John Carroll Lynch, última de su magnífico actor protagonista, Harry Dean Stanton, y concebida sin duda como su despedida del cine… y de la vida, ya que todo el metraje está transido de ese presentimiento, que en efecto se hizo realidad poco después. Lucky («suertudo») es un octogenario arrogante que se las apaña solo como si para él no hubiera pasado el tiempo. Sin embargo, un día sufre un vahído y se cae. Ese hecho tan simple se le precipita como un obús hasta el corazón de su monótona existencia, obligándole a afrontar la realidad de la vejez y la ineludible proximidad del final.  A lo largo de la cinta, Lucky se debatirá aún por aquí y por allá, resistiéndose a esa estremecedora verdad que, poco a poco, tendrá que admitir. Se trata, pues, de algo así como una iniciación al epílogo (valga el oxímoron). Y es ese proceso de duelo ante el agotamiento de la propia existencia el que la película nos descri...