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Mostrando las entradas etiquetadas como Recuerdos

Defensa de la nostalgia

Un supuesto filósofo, de cuyo nombre no quiero acordarme, sermonea por la radio nada menos que este lema: «La nostalgia es una irresponsabilidad». Desde su pedestal, a este predicador solo le ha faltado decretar la hoguera para los reos de melancolía. Y, como puntilla de su hibris , añade: «Un filósofo tiene que ser tajante, no puede quedarse en medias tintas». Dudo que los dicterios de este riguroso moralista tengan la menor veta de filosofía. Porque si algo caracteriza al pensador honesto es la duda y el matiz. Precisamente la complejidad de las medias tintas. Para sentencias terminantes ya tenemos la fácil temeridad de la ignorancia. En la convicción inamovible se está muy bien: la lucidez empieza en el cuestionamiento, y por eso resulta incómoda y aguafiestas.  Así que yo me permito pasar los axiomas de este señor por el cedazo de mis interrogantes. Ciertamente, la nostalgia es una tristeza, y eso bastó para que Spinoza y Nietzsche la rechazaran. El budismo tampoco la acogería...

El diario que no llegué a escribir

(Redacté estas líneas el 3 de junio de 2013. No sé qué mosca me picaría, después de tantos años, para iniciar otra vez un diario. Hacía poco que me había quedado solo, quizá me carcomiera la insoportable levedad del ser. El proyecto no fructificó. Pero releo este prólogo y me gusta). Un diario propiamente dicho me da mucha pereza. Jalear con detalle la aburrida cotidianidad es un festín egocéntrico que a estas alturas me resulta demasiado tosco. En la juventud, cuando mi vida me parecía tan importante, tuvo su sentido; tal vez me sirviera para sufrir un poco menos, porque escribir es objetivar las cosas, ponerlas un poco fuera, expulsarlas a un escenario que parece ajeno. Con el tiempo me abrumó caer en la cuenta de que no hacía más que repetir una y otra vez hechos idénticos, regodearme en el calco de lamentos triviales. Mis diarios eran la muestra palpable de cómo mi vida consistía en un tiovivo de diámetro más bien estrecho. Por aquel entonces no había entendido a Nietzsche y aún es...

Los álamos de Kurkuréu

Dicen que en Kurkuréu, una aldea del Kirguistán que quizá no existe, hay dos álamos que cantan cuando sopla la brisa. Los árboles gemelos, orgullosos y plácidos, se asoman a la aldea desde la cima del otero que la preside. Imposible contemplarlos sin sentir la emoción de la firme sintonía con que ejercen de centinelas de las sencillas gentes del lugar. Y dicen los lugareños más viejos que en aquella colina, justo detrás de donde ahora están los álamos, hubo un rudimentario cobertizo que acogió, hace mucho tiempo, la primera escuela del pueblo.  ¿Hablarán de amor los álamos cuando los mece el viento? Seguramente. Pongamos que de amores necesarios e imposibles, como el de la joven Altinái por su mentor Duishén en el relato El primer maestro , del escritor kirguí Chinguiz Aitmátov. Duishén es un joven campesino, más bien simple e idealista, que se empeña en organizar una escuela en una remota aldea de las estepas, y en el despliegue de esa tarea adquiere la dimensión de un héroe en...

Greensleeves

Fue un amor a primera vista, un súbito hechizo en los albores de la adolescencia, ese tiempo en que uno está más abierto a creer en las promesas. Me bastó escuchar su melodía una vez para que sintiera que se me había revelado todo, como en la inspiración de un dios niño; para saber que me acompañaría el resto de la vida, dispuesta a repetírmelo a media voz frente al hogar ensimismado de las tardes de invierno. La descubrí en la delicada versión de Vaughan Williams, que se posa como un bálsamo en el aturdimiento fascinado. En los primeros acordes ya nos traslada al bucólico paraje de campos verdes y blandas lomas, prados flanqueados de arboledas por donde corretean pastoras como ninfas que nos reservan delicias de amor en las umbrías. “Moza tan hermosa no vi en la frontera, que aquella vaquera de la Finojosa”, canta el Marqués de Santillana en sus Serranillas . “Perdí la carrera por tierra fragosa, do vi la vaquera de la Finosoja”. Pero la gentil pastora no era más que la emisaria ...

La eternidad de la nada

Asomado al balcón, en casa de mis padres, pensaba en tantas personas como he visto marchar a lo largo de mi vida. Personas que estuvieron presentes, activas, cargadas de sueños y de pesadillas; personas que llenaron el mundo de estampas, escenas que hoy amarillean camino del olvido. Mientras estaban, parecía imposible que un día hubieran de ausentarse para siempre. Ahora que no están, que ya no estarán nunca, parece asombroso que hubiesen estado alguna vez. Pronto olvidarás todo; pronto te olvidarán a ti.  Marco Aurelio. Richard Dawkins asegura que, puesto que no existió durante miles de millones de años, no le preocupa dejar de existir otro tanto (siempre me ha parecido sorprendente que hayamos aparecido justo en la mitad del trayecto del Sistema Solar). Es más: « Nosotros, los pocos privilegiados que ganamos la lotería de nacer contra todo pronóstico, ¿cómo osamos lloriquear por nuestro inevitable regreso a ese estado previo del que la inmensa mayoría jamás escapó?» Si a ese p...

Memoria y coartada

Uno de mis recuerdos preferidos es la evocación de una tarde de la infancia que pasé jugando con una niña vecina de mi abuela. La escena me llega a la memoria entre tantas brumas que apenas sabría precisar ningún detalle. No recuerdo ni la cara de aquella niña, ni nada de lo que hablamos o hicimos, ni cuánto duró la visita. Apenas se me esboza en la mente la imagen de un salón en su casa, mi saludo vergonzoso, su sonrisa. Pero conservo con mucha intensidad la sensación gozosa de estar a su lado, la dulzura del rato que pasamos, la difusa evocación de una conversación feliz hilada de confidencias y complicidades. He atesorado esa estampa toda la vida, enseña nostálgica del amor ideal, quizá porque no se me dieron muy bien los amores reales. La duda que me acomete a menudo es si esa escena sucedió realmente, y si fue tal como la recuerdo o tanto romanticismo es fruto de mi imaginación soñadora, que inventa más que revive. Si no fuera porque años más tarde mi madre me confirmó la exist...

Poética del cachivache

Un día tengo que hacer limpieza y tirar un montón de trastos viejos. Cachivaches estropeados o caducos, que fueron útiles para alguien que fui y ya no soy, por lo que ya nunca los usaré. ― Siempre dices lo mismo y no acabas de ponerte. Y si te pones, tiras unas pocas cosas, pero con la mayoría te limitas a cambiarlas de sitio. Los objetos te pueden. ― Pues sí, me cuesta tirar cosas. Desde pequeño soy un poco trapero. No sé, tendré un síndrome de Diógenes crónico. He almacenado periódicos, cajas, bolsas, aparatos inservibles… Aún conservo muñecos y juguetes de la infancia. Ni te cuento de papeles y libros. Recuerdo que mi madre solo lograba tirar los juguetes viejos cuando no me daba cuenta. Le armaba un escándalo. Me dolía mucho imaginarlos convertidos en basura, amontonados con las pieles de naranja o las cáscaras de huevo. Era como si traicionara a un viejo amigo, como si abandonara a un familiar lisiado. Y aun hoy, cuando tiro los restos de comida sobre mis páginas de notas, me...

Dulce olvido

No puedo quejarme de mi salud; el cuerpo lo aguantó casi todo hasta los cuarenta, y aún se mantiene tolerablemente bien. En cambio, por lo que respecta a la memoria, siempre la he tenido fatal (al menos desde que recuerdo). Así que, si Albert Schwaitzer tenía razón, debo ser bastante feliz. Aunque lo olvide a menudo. La mala memoria me ha hecho algunas jugarretas, y siempre me ha parecido que empobrecía mi vida. Poca huella me queda de tantas lecturas, tantos estudios, tantos aprendizajes, y por eso me veo obligado a repetirlos, cuando no puedo o no quiero darlos por perdidos. Eso es bastante fastidioso, además de un desperdicio de esfuerzos y energías. Consuela un poco leer lo bien que Montaigne se tomaba este problema: “La memoria es un instrumento de extraordinaria utilidad, y sin él el juicio hace a duras penas su trabajo. Carezco de ella por completo”. Me temo que yo no sé afrontarlo con tanto desparpajo. Envidio a esas personas que memorizan a la primera el nombre de alguien a...

Conversaciones con los que se fueron

Sabemos que hemos de morir, aunque nunca lo aceptemos del todo; nuestra propia muerte no es una experiencia mientras vivimos, por lo que resulta una amenaza abstracta, una sombra que vemos de reojo entre la neblina. «Solo se mueren los otros», suele decirse, y Epicuro lo expresó con elocuente sencillez: «Mientras nosotros somos, la muerte no está presente, y, cuando la muerte se presenta, entonces no existimos».  Sin embargo, en el caso de los demás, la finitud es un hecho que se nos impone con toda su crudeza. Los seres amados se van y ya no vuelven: en esa ausencia que «durará y durará», como dice Comte-Sponville, se resume el vacío demoledor que las pérdidas nos dejan para siempre. Son conocidas las etapas del duelo: primero nos rebelamos con la negación; luego, el tiempo y la implacable realidad van doblegándonos, hasta que vamos asumiendo la contundencia de la verdad.  Pero quizá la herida jamás se cierre del todo. Vida y muerte se entrelazan misteriosamente, como nos mu...