viernes, 1 de febrero de 2019

La eternidad de la nada


Pronto olvidarás todo; pronto te olvidarán a ti. Marco Aurelio.


Asomado al balcón, en casa de mis padres, pensaba en tantas personas como he visto marchar a lo largo de mi vida. Personas que estuvieron presentes, activas, cargadas de sueños y de pesadillas; personas que llenaron el mundo de estampas, escenas que hoy amarillean camino del olvido. Mientras estaban, parecía imposible que un día hubieran de ausentarse para siempre. Ahora que no están, que ya no estarán nunca, parece asombroso que hubiesen estado alguna vez.
Richard Dawkins asegura que, puesto que no existió durante miles de millones de años, no le preocupa dejar de existir otro tanto (siempre me ha parecido sorprendente que hayamos aparecido justo en la mitad del trayecto del Sistema Solar). Es más: “Nosotros, los pocos privilegiados que ganamos la lotería de nacer contra todo pronóstico, ¿cómo osamos lloriquear por nuestro inevitable regreso a ese estado previo del que la inmensa mayoría jamás escapó?” Si a ese privilegio le añadimos tantos otros, concernientes a las circunstancias de nuestra vida frente a las de millones de personas, parece que la muerte resulte una minucia. Y, sin embargo, dado que somos vida y nuestra vocación es la vida, la muerte siempre se nos aparece como una siniestra paradoja. Una paradoja que, además, provoca nuestra rebeldía. Porque no podemos pensar en la muerte con la sangre fría: es un asunto demasiado personal.  

Vuelvo a mis muertos. A veces los evocamos solo desde el angustioso pesar de haberlos perdido para siempre, de que hayan ingresado en esa ausencia que, como dice Comte-Sponville, “durará y durará”. Y, como el protagonista de La habitación verde de Truffaut, que convierte una habitación en el mausoleo obsesivo de su mujer perdida, quisiéramos esforzarnos por mantenerlos vivos construyéndoles un santuario en nuestra memoria, convirtiendo nuestra vida en una remembranza de los que amamos. Sin embargo, también nosotros nos iremos, y ya no estará nuestra memoria para oponerse al tiempo. ¿Quién encenderá entonces la vela de nuestra evocación?
Reflexionando sobre esto se me ocurrió que dejar de estar viene a ser como no haber estado nunca, que al día siguiente de una desaparición el mundo tapia el hueco que ocupaba esa persona y apenas queda un rastro que se va desvaneciendo poco a poco, hasta que al final desaparece del todo. La realidad seguirá su curso, ya para siempre, sin los que se fueron, y eso significa que, para un cierto presente que sucederá algún día, nunca habrán existido. A nuestras espaldas se acumula una multitud innumerable de muertos anónimos, de los que ya nada se sabe, que se perdieron para siempre en la ceniza del pasado. Y entendía un poco mejor ese principio budista de la “impermanencia”: si un día dejaremos de existir, si un día se borrarán por completo todos los rastros que dejamos en el mundo, entonces es como si ya no existiéramos, como si nuestra existencia fuese, ya aquí y ahora, un mero hálito ocasional de la nada eterna. Lo pasmoso, lo desconcertante, no es que habiendo sido dejemos de ser, sino que cuando desaparezcamos será como si no hubiésemos estado nunca.

Hemos de concluir, por consiguiente, que la verdadera característica del ser no es la levedad, como en la novela de Kundera, sino la nada; la eternidad de la nada que es ya un hecho en nuestro futuro. El pasado no existe, ya está perdido y nada lo hará regresar; no tiene consistencia ontológica más que como causa o precedente, pero aunque las cosas guarden en sí mismas la huella de sus causas, ya no son estas, del mismo modo que llevamos los genes de nuestros antepasados, pero no somos ellos: ellos se han desvanecido, la mayoría por completo, puesto que ya no queda nadie para recordarlos. En cuanto al presente, ¿dónde encontrarlo? ¿En qué minuto, en qué segundo, en qué milésima exacta está el presente, esa lámina tan infinitesimal que resulta imposible de aislar? Lo único consistente es el futuro: la infinitud de las posibilidades, la incuestionable seguridad del fin. Heidegger tenía razón: estamos lanzados hacia ese futuro, todo nos conduce a él, nos aguarda en algún cruce de todos los caminos; somos seres para la muerte.
Así que el tiempo, para nosotros, es una vivencia, un fenómeno ante todo psicológico. Para Kant es la intuición en la que se asientan los marcos de nuestras percepciones, esas estructuras a priori que él llamó categorías. Conceptualmente, lo construimos al diferenciar pasado, presente y futuro. Pero no existe la línea objetiva que los distinga: solo hay un flujo incesante que avanza, una marea que empuja, una flecha que se abre paso en una única dirección. Y en esa flecha todo sucede y deja de suceder, todo está y no está, todo relumbra y se apaga. “Dentro de un rato te marcharás por el mismo camino por el que has venido, y será como si nunca hubieses estado aquí, porque aquí ya no quedará nada tuyo”, me dijo más o menos un ermitaño que guardaba el parque de Bigues, y al que conocí casualmente yendo de excursión. En aquella ocasión me pareció una idea triste: al fin y al cabo, habíamos compartido un rato de afable charla; me daba pena que ese regalo se perdiera en la nada.
Desde la memoria he evocado a menudo aquel encuentro, y he reflexionado sobre la lección de mi querido ermitaño, al que, en efecto, nunca volví a ver. Acertó: de nuestro encuentro no queda nada real, solo la vaga sombra que acerca de él reconstruye la memoria. Allí ya no queda nada mío, y aquí, en mí, tampoco queda nada suyo, salvo el revoloteo, distraído y bostezante, de los recuerdos.
Y pensarlo ya no me parece tan triste, aunque siga desconcertándome. El viejo refrán tenía razón, una razón literal: no somos nada. O más bien habría que enunciarlo en positivo: somos nada. Una nada eterna que se despliega en el tiempo, que también es nada. Ni la habitación verde ni el santuario que construye Davenne, el personaje de Truffaut, a modo de baluarte, salvará a su mujer (tampoco a él, ni a aquella otra mujer que él perdió la oportunidad de amar) del olvido: todas las velas acabarán por apagarse, porque la luz es la excepción, porque lo eterno es la oscuridad.

3 comentarios:

  1. Qué curioso que hoy que he decidido hacer el click, que he sido convencido por mivoluntad, tu artículo hable de la muerte y de la luz. Compuse esta semana pasada un tema dedicado a padres y madres, que un día se van y ya no los vuelves a ver. La estrofa final dice: "Nubes grises también son paisaje, yo escojo que generen coraje, porque tendremos que aceptar, que no existe dolor capaz, de impedir que tu luz se apague". En otro trozo del tema, alude con otras palabras, a que si creemos a Einstein, yo lo hago, siempre vas a estar aquí, lo que no sabemos es la forma ni lugar, ni siquiera el estado fìsico o no serás estado físico, pero querido amigo, eres energía y aquí te vas a quedar.No vas a ir a ninguna parte, aparecerás, te construirán, serás lluvia...quien sabe o solo parte de un ala de una mariposa, pero no puedes desaparecer si no te acercas a un agujero negro.Qué más da, si jamás lo sabremos. Sería como darle vueltas a porqué solo tenemos conciencia que existimos temporalmente como humanos, lo sabemos solo cuando somos humanos. Fíjate, miro mi mueble de libros y cosas...y está John Lennon. Si urgas un poco moviendo libros, verás a Rodríguez de la Fuente, a Johan, el holandés, el flaco,a Marlon Brando, Alfredo Landa...jajaja...y Confucio por supuesto, Mandela... No entiendo por qué dices que no están. Yo mismo llevo los llevo conmigo, no caminando ni hablando, nos comunicamos pensando. Él no podrá pensar en mi a no ser que repita energía en forma de ser humano...pero mi mente sola los alberga. Y nadie se lo ha introducido. Yo creo que un objetivo de vida es crear algo que sea duradero y beneficioso para todo el planeta. Es como si hubieras de cumplir ciertos requisitos para no desaparecer de los pensamientios, que es donde vas ir. Si vamos en coche, no necesito mirarte ni escucharte para saber que estás ahí, ni quieres más a alguien porque sufras más; si cumples el requisito de hacer algo bueno para el planeta o la humanidad, vagarás como energía, ves a saber en qué forma ni tamaño ni composición química o todo lo que tu mente pueda imaginar, mientras sea energía...lo dicho...ni idea...para qué pensar. En cambio, sí se puede hacer que permanezcas ocupando espacio de otro pensamiento. Y así suele ser.
    También ha sido casual que ayer mismo escuchaba a Sesha hablando de la nada. Por lo visto, no puedes hacerla desaparecer de tu mente....voy a terminar un largo y tortuoso trabajo de lucha contra mí y sobre todo de sacarlo todo a la mesa, para ordenar. Si uno tiene un conflicto interno, solo debe decidir de parte de quièn se pone, porque es él quien decide en realidad qué hacer. Son sus brazos, sus piernas, su tronco quien realiza las cosas. No su mente. Excelente placer volver a leer tus disertaciones.

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    1. Dos cosas se me olvidaban, el doble que a Colombo, eso no sé si es buena o mala señal, el caso es que si yo te pregunto tu número de teléfono, te vas al pasado, a la memoria, tu cuerpo se queda,rescatas el número, y lo traes al presente donde te lo pedí que lo llevases yo, que estoy ahí esperando. En cambio, si te pregunto dónde piensas comer mañana, tu mente se va al futuro, recoge la idea o el dato, y lo trae al presente.Solo yo he permanecido en un presente estático, como puede darte la atención, tu te has movido entre los tres tiempos. Si quisiera catalogar "presente", no sé, quizá es un abanico mucho más amplio del que nos pensamos. Creo que le llaman presente termodinámico, puede ser? El que marca el reloj. Pero el que vives es mucho más amplio, de hecho, puedes moverte por los tres espacios cuantas veces quieras...por otra parte, el ermitaño te lo trajiste, sino no hubiera aparecido. Lo que ocurre es que la nada es más estable que los pensamientos.....ufffdñ...paracetamol.....fuerte abrazo

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    2. ¡Caramba, amigo, qué alegría volver a verte por aquí! Siempre cargado de ideas sugerentes que rezuman poesía. ¡Cuánto bien me hace tu lucidez, tu ágil prestidigitación con los conceptos! Bienvenido, siempre. Y ahora te respondo. Mi artículo es muy poco riguroso, y en cierto modo contradictorio. No importa demasiado, puesto que su intención no era componer una reflexión profunda sobre la escurridiza naturaleza del tiempo; solo dejaba ir la ensoñación, a partir de unos cuantos motivos personales (la remembranza inesperada de los seres amados y perdidos, aquel buen ermitaño que tanto me enseñó en un breve rato, la película "La habitación verde" de Truffaut...). Así es la mente, va armando y desarmando conjuntos con las piezas de la memoria, como hacen los niños con los juegos de bloques. Y yo la dejé hacer y me salieron estas líneas, que, como verás, no pretenden hablar del concepto de tiempo, sino de su dimensión existencial, del tiempo vivido. Sobre todo, del tiempo perdido (reconozco con vergüenza que tengo que leer a Proust), porque para eso está hecho, como nosotros, para "ser nada". Pascal dijo que somos una caña pensante, yo apostillo que somos una nada sintiente: pasado, presente y futuro, desde la vivencia, no son más que un juego de la mente (que tú describes muy bien en ese ir y venir de uno a otro). Estamos aquí, y solo aquí, en este punto del tiempo, y aquí están también los recuerdos y las expectativas de futuro: Wittgenstein consideraba que esa presencia ya implica una cierta eternidad; estoy de acuerdo, y además me parece bellísimo. Sin embargo, en el resto de la eternidad (la de antes y la de después), "somos nada". Kundera lo llama "insoportable levedad del ser": a mí no me llega a insoportable, pero sí que me resulta inquietante y un poco dolorosa; al fin y al cabo, no dejo de ser un ego, y como tal me desearía perpetuo, y lo mismo desearía para todo lo que amo, que también se perderá (tú hablas de "quedar en el pensamiento", pero, ¿acaso no se perderán también los que nos recuerdan?). Las filosofías orientales nos ayudan a reconciliarnos con esas inquietudes: ya somos nada, siempre fuimos nada, y por tanto no hay nada que perder. Se puede reír ante ese absurdo (no es absurda la realidad, sino nuestras pretensiones sobre ella), como hacen Monty Python al final de la genial "Vida de Bryan": "Viniste de la nada, regresas a la nada... ¿Qué tienes que perder? ¡Nada!" Y tú lo apuntas en el magnífico broche final de tu comentario: "Lo que ocurre es que la nada es más estable que los pensamientos". Sí, y más estable que nosotros, y que todo lo demás. Es lo único estable. Gran abrazo.

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