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Mostrando las entradas etiquetadas como Lucidez

¿Vale la pena?

No todo en la vida merece la pena, o al menos no la merece en el mismo grado. Y, puesto que de todos modos nuestra capacidad de atención es limitada, no queda más remedio que elegir hacia dónde enfocamos la mirada, en qué escenarios y detalles centramos nuestra alerta, y cuáles descartamos por irrelevantes. En su mayor parte, este proceso de selección se efectúa de modo inconsciente, en función de una escala de preferencias cuyo sustrato nos ha legado la evolución. Las estipuló Maslow en su famosa escala, tan matizable como esclarecedora: primero lo que afecta a las operaciones básicas de la subsistencia y la reproducción, luego los elementos que afectan las interacciones con los otros. Más allá entramos en las extravagancias de nuestra especie, que emanan más de la cultura que de la biología: el conocimiento, el sentido, las costumbres, las aficiones, y esas alturas del «espíritu» que Maslow sintetizó como autorrealización . El autor sostiene que en esta pirámide de prioridades no se ...

Gato por liebre

En la feria de las interacciones sociales, podemos permitirnos ser benévolos, pero no ingenuos. La inocencia es una pulcritud que conviene ir embarrando, mientras dejamos que nos curta la experiencia. La sagacidad nos da la ocasión de probar a ser magnánimos con fundamento, no por ignorancia. Tampoco se trata de parapetarnos tras una suspicacia despectiva o cínica, pero resultaría cándido olvidar que, como canta Pedro Guerra, «lo que hay no es siempre lo que es, y lo que es no siempre es lo que ves». En general, podemos contar con que todo el mundo intenta sacar el máximo partido posible al mínimo precio. Incluso cuando no es así, es así. El solidario siembra semillas de una colaboración que espera que se le dispense cuando la necesite. El filántropo apacigua la conciencia o gana en prestigio. El altruismo se nutre de la expectativa. Todos esos pactos son buenos cuando son honrados, porque hacen la vida mejor para todos, que es de lo que se trata. Pero no dejan de ser pactos. Y en su m...

Ni ilusos ni derrotistas

Frente a un aluvión recalcitrante de pensamiento positivo, pletórico de contento y encantado de haberse conocido, bulle un grupillo de filósofos y opinadores críticos que se esfuerzan por abrirnos los ojos a la penosa realidad del Matrix neoliberal; sano contrapeso del conformismo iluminado de la autoayuda, cargado de una incisiva sensatez. Sin embargo, después de leer a estos lúcidos pesimistas, uno tiene a menudo la angustiosa sensación de quedar atrapado en un estercolero sin salida. Se siente uno presa de una idiotez universal que, sin remedio, nos empuja en manada al abismo. Por fortuna, basta interrumpir las disquisiciones —las ilusas y las sombrías— y hacer una llamada o salir a la calle, para comprobar que el sol sigue despuntando por las mañanas, que la gente se ayuda y se fastidia y se las apaña mal que bien como ha hecho siempre, y que la situación, como dijo el otro, es desesperada pero no grave, o al revés. En definitiva, que las cosas van mal, que llevamos una vida delira...

¿Y eso cómo te hace sentir?

Si algo me sacaba de casillas en mis sesiones de terapia era que no se me diese la razón cuando la tenía, sobre todo cuando expresaba una indignación que yo valoraba justa. Después de despotricar durante un rato acerca de lo que yo consideraba una agresión —figúrate lo que me ha dicho, cómo se atreve, menuda falta de respeto…—, esperaba una cierta complicidad del terapeuta, al menos un guiño de comprensión, una palabra de aliento… Pero sin la menor misericordia, se me remitía de regreso a mis propios sesgos de percepción —qué es lo que te ha dolido de ese comentario, por qué crees que te ha molestado tanto, y si hubiese querido decirte…—. Y nada me exasperaba más que la socorrida pregunta: ¿Y eso cómo te hace sentir? Con el tiempo y la reflexión he comprendido, mal que me pese, que el profesional acertaba. Que se pusiera de mi parte no me habría servido para comprender o manejar mejor mis conflictos. El terapeuta eludía validar mis querellas neuróticas, y me las devolvía como dicen qu...

Releyendo a Montaigne

A Montaigne, como a un viejo tío sabio, hay que volver a visitarlo de vez en cuando. Siempre es un gusto y uno nunca se va de vacío. El perspicaz francés, acomodado frente al hogar en su torre y con una copa de Burdeos en la mano, nos escucha tocar a la puerta y sonríe: sabe que el mundo gira sin detenerse, y que todo regresa. Montaigne convirtió su propia vida en objeto de filosofía. Desde que lo leí por primera vez, descubriendo en él a un padre y maestro mágico, me propuse seguir sus pasos en cada reflexión. La única filosofía que le urge al ser humano es la que lo enfrenta a su propia vida; la que le aporta elementos para conocerse a sí mismo y para saber cómo vivir mejor.  No se trata de mero narcisismo: lo propio sirve solo como punto de partida. Todo lo que somos incluye a los demás, y todos nos parecemos. Empiezo por mí porque soy lo que me queda más cerca, y eso multiplica la motivación y la información; como contrapartida, me resta perspectiva. Si hay que ser cauto en lo...

Conocer a la gente

A veces me pregunto sobre los límites de mi admirada Psicología. ¿Se pueden sacar conclusiones generales acerca del comportamiento de la gente? Yo diría que sí, al fin y al cabo somos unos animales casi tan simples como todos los demás. Sin embargo, aquí el casi plantea un abismo de vastas proporciones. La respuesta sería: sí, con la condición de aceptar un sinfín de excepciones y matices que a duras penas confirmarán la regla. Quizá sea en las excepciones donde resida todo lo interesante que podemos aprender sobre la vida de las personas. ¿Se puede escribir una Psicología de la diversidad? Existe desde antiguo: es el estudio del rasgo o de la personalidad. Recordemos los famosos cuatro humores de Hipócrates. Actualmente hay cierto consenso en torno a cinco rasgos supuestamente definitorios del individuo: extraversión, amabilidad, apertura, responsabilidad y neuroticismo. Sin embargo, incluso esas cualidades, por robustas que se consideren, son incapaces de dar cuenta de la complejida...

Perspectivas

A menudo rescato la vieja pregunta de si muchos problemas, acaso todos, no serán en esencia una cuestión de perspectiva. Quién no ha comprobado que lo que implica un conflicto o una contradicción en un determinado nivel, queda incorporado de forma coherente en otro. Las partes que son tesis y antítesis pueden convertirse en síntesis si las consideramos un poco más allá o con mayor amplitud. Así, la resolución de conflictos no se limita al ámbito racional, es una tarea casi estética: tiene más de arte, de danza, de música, de flexibilidad. Consiste en una revisión de mapa, de punto de vista. Lo que llamamos sabiduría, entonces, podría consistir en el desarrollo de una mente suficientemente flexible para escrutar de cerca en el análisis y a la vez contemplar de lejos en la síntesis, en ese conjunto armónico e inclusivo que se ha llamado gestalt . Los teóricos de la Gestalt nos han mostrado cómo la mente tiende a organizar los elementos de las percepciones en «buenas formas», aplicando p...

Inteligencia múltiple

Desde el éxito de Gardner y Goleman, está de moda hablar de inteligencias múltiples. Se ha acogido con entusiasmo la superación de la visión tradicional de un único factor de inteligencia, de tipo cognitivo-verbal, para sustituirla por un repertorio de diversas «inteligencias», no necesariamente interconectadas, cada una de las cuales capacitaría para un campo del desenvolvimiento vital. Tendríamos, así, una inteligencia verbal, la capacidad lógico-matemática, la espacial, la musical, la corporal cinestésica, la intrapersonal, la interpersonal y la naturalista. La enseñanza, critica esta perspectiva, habría tendido hasta ahora a valorar y fomentar, especialmente, las dos primeras, descuidando e incluso menospreciando las otras. La idea de las inteligencias múltiples sintoniza muy bien con nuestra sociedad líquida, marcada por la dispersión y el relativismo, el cuestionamiento de cualquier jerarquía y la equidad radical en el espectro de los valores. La teoría de Gardner desprende un a...

Trémula materia

Como dice Richard Hawkins, para la especie —¿hay algo fuera de ella?— somos meros artefactos transmisores de genes. El objeto de todo nuestro andamiaje, incluido el comportamiento, es arreglárnoslas para que los genes que nos manejan desde la cabina celular se vuelquen en la siguiente generación, lleguen una etapa más lejos.   Pero lo más interesante es que tras toda esa trama no se requiere la más mínima voluntad, solo un inerte derrumbamiento hacia delante. Los «genes egoístas» no nos manipulan porque quieran perpetuarse, sino que se perpetúan mientras nos usan, y esa fórmula se replica por la inercia de su propio éxito. La evolución es tan avariciosa como ciega, tan arrolladora como indiferente.  Así pues, la biosfera es un trasiego de artefactos a bordo de los cuales vuelan los genes hacia sí mismos. Carcasas sonámbulas compuestas por un azar que tuvo éxito colonizando el futuro. Pensarnos desde ahí aclara muchas cosas. Pero no todas. La relación que establezco con otros n...

Palabras sanadoras

¿En qué consiste el poder de una terapia basada en la palabra? Si tiene alguno, es la posibilidad de reconstruir relatos. Reformular sentidos, pero sobre todo lugares y roles. Mientras contamos nuestra vida, nos la estamos contando a nosotros mismos: creamos y consolidamos nuestro relato. Porque al fin una vida es una historia, pero sobre todo por el hecho de que hablar es una interacción, y toda interacción es una trama, un despliegue de papeles, de personajes y de asuntos.  En cada nueva versión, por consiguiente, tenemos la oportunidad de recrear el relato, de corregir aquello que lo hace tropezar; no porque necesariamente estemos confundidos, sino porque hemos quedado cautivos de una manera de interpretarlo. No hay relatos acertados o erróneos: hay narrativas restringidas o bien capaces de contener una multiplicidad de matices. Al hablar tenemos la oportunidad de incorporar nuevas versiones de la historia, nuevos matices de la complejidad.  Hablar, pues, es curativo en s...

Estereotipos

Nuestro conocimiento cotidiano abunda en prejuicios y estereotipos, convicciones normalmente heredadas del entorno que incorporamos y solemos sostener de manera acrítica. Como los refranes, que con frecuencia se alimentan de estereotipos, a veces aciertan, aunque sea en parte, o quizá lo hicieran en un momento y un contexto determinados. En cualquier caso, lo significativo es que los defendamos sin someterlos a ninguna prueba. A esta aberrante tendencia se le han propuesto explicaciones convincentes, aunque solemos olvidarlas.  Una muy plausible, por ejemplo, es que no tenemos tiempo para estar revisando, analizando y justificando cada una de las creencias que sustentan nuestros actos diarios. El trabajo, en nuestra sociedad productivo-consumista, requiere eficiencia y pragmatismo. Las convenciones imponen ciertos modelos de relaciones que no deben ser vulnerados si uno no quiere quedar mal. Hay que resolver problemas, y para ello lo mejor es aplicar inmediatamente las fórmulas q...

Certeza razonable

A la inteligencia le conviene ser temeraria en sus propuestas, pero prudente en sus respuestas. ¿Cuántas ocurrencias brillantes no naufragan en su propia soberbia? No por la soberbia en sí, que al cabo podría considerarse audacia o firmeza en las convicciones; sino porque una convicción que nos ciega se convierte en una vía muerta. La lucidez es humilde no por inseguridad, sino todo lo contrario: porque se sabe más importante que ningún axioma.  Bien está afirmar nuestras certezas con seguridad, sobre todo cuando se trata de defenderlas ante sus adversarios. Pero la verdad es difícil, escurridiza y cara, ardua y poliédrica. Lo es incluso para las luminarias más brillantes y las voluntades más entregadas. Cuando se cree haber tejido una conclusión acertada, suelen descubrírsele los desgarros que le quedan por aquí y por allá, y que antes no sabíamos ver. “La verdad es como una manta que siempre te deja los pies fríos”, sentencia uno de los protagonistas de El club de los poetas m...

Locos

Hay que mirar a los locos con respeto: bastarían unas pocas circunstancias para que fuésemos uno de ellos. Es más, cuando nos miramos con honestidad al espejo, ¿quién no ha encontrado una manía, una obsesión, un desequilibrio, hasta la insinuación de una tentación desesperada?  La vida es difícil para todos: ¿cómo vamos a afrontarla siempre con lucidez y estricto raciocinio? ¿Acaso, entonces, no andamos todos un poco locos? Alguien me hizo una vez la apreciación de que era imposible que no acabáramos todos neuróticos, desde que sabemos que vamos a morir. Su observación me parece correcta, pero incompleta. La mayor fuente de ansiedad no es la perspectiva de la muerte, que nos parece remota e inverosímil, sino la vida inmediata, con sus crueldades y sus incertidumbres.  La condición humana no está hecha para el equilibrio, y menos mal, porque la vida no es equilibrio. A cada instante hay que inventar un nuevo estado: alostasis frente a homeostasis . Si la excepción es la norma...

Zozobras matinales

Muy de mañana, mientras vago sonámbulo preparándome para acudir al trabajo, atravieso uno de los momentos más difíciles del día. Es como si me asomara a un mar gris y revuelto en el que malditas las ganas que tengo de salir a bogar. Sé que debo tomarlo agradecido: al fin y al cabo, es una jornada más de vida; hay quien ya no verá amanecer. Y cuando consigo ponerle un poco de humor alcanzo a vislumbrar, allá en el horizonte, la promesa de aventuras por vivir y tierras que conquistar. Pero, qué le vamos a hacer, el ánimo no suele darme para ver más allá del tumulto de la sucia espuma perfilando la orilla. Ni cíclopes ni ninfas, ni Ítacas nostálgicas, me bastan para contrarrestar las ganas de quedarme en la cama.  Ando huraño y desabrido. ¡Hay que ver la de gente con la que me peleo en mi cabeza! Ya antes de levantarme, absorto en el techo, me vienen a la memoria ecos de algún desencuentro reciente. Y ya quedo cautivo sin remedio, desgranando mis indignaciones mientras me ducho, mien...

Esoterismo

Más tarde o más temprano, toda persona reflexiva se ve obligada a tomar partido frente a una disyuntiva, que podríamos expresar, tal vez sin demasiado rigor, con los términos materialismo y esoterismo . También podríamos hablar de “ciencia” frente a “creencia” o de “razón” frente a “magia”. En cualquier caso, el dilema parece bastante claro: considerar válido para fundamentar el conocimiento únicamente aquello que tiene una base empírica y lógica o abrir la puerta al infinito campo que la imaginación y la emoción salpican de meras intuiciones y entidades imaginarias. La ciencia contemporánea ya optó, desde sus orígenes, por un método rigurosamente racional y empírico, basado en la provisionalidad de las hipótesis y su apertura a la falsación. Sin embargo, y a pesar de que nuestro mundo está construido sobre la plataforma triunfante de la ciencia y la tecnología, la mayoría de las personas sigue basando su vida en algún tipo de creencia, no solo indemostrable, sino expresamente irrac...