Todos los dioses están de acuerdo: la existencia es una transgresión, y como tal debe pagarse; cuando menos, con culpa. El pecado original no fue el primero: antes que el árbol de la ciencia, la verdadera transgresión fue probar el árbol de la vida. A la que Dios se descuidó, sus inefables criaturas le habían salteado el huerto. Ya lo proclama el sabio Segismundo: «Porque el delito mayor del hombre es haber nacido…» ¿Por qué la mera presencia debería ser un delito? Al fin y al cabo, nuestra aparición fue accidental, y durará poco; ni siquiera es responsabilidad nuestra. Pero el propio carácter excepcional de la existencia la hace aparecer como un privilegio, una especie de suerte escandalosa en la lotería del destino. Si contamos la cantidad de circunstancias que tienen que darse para que uno venga al mundo, hay que admitir que la probabilidad de nacer es infinitesimal. Millones se quedaron por el camino, rezagados en la inexistencia. Somos fruto de una prebenda inmerecida, causante d...
Apuntes filosóficos al vuelo de la vida