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Mostrando las entradas etiquetadas como Lucha

La culpa de existir

Todos los dioses están de acuerdo: la existencia es una transgresión, y como tal debe pagarse; cuando menos, con culpa. El pecado original no fue el primero: antes que el árbol de la ciencia, la verdadera transgresión fue probar el árbol de la vida. A la que Dios se descuidó, sus inefables criaturas le habían salteado el huerto. Ya lo proclama el sabio Segismundo: «Porque el delito mayor del hombre es haber nacido…» ¿Por qué la mera presencia debería ser un delito? Al fin y al cabo, nuestra aparición fue accidental, y durará poco; ni siquiera es responsabilidad nuestra. Pero el propio carácter excepcional de la existencia la hace aparecer como un privilegio, una especie de suerte escandalosa en la lotería del destino. Si contamos la cantidad de circunstancias que tienen que darse para que uno venga al mundo, hay que admitir que la probabilidad de nacer es infinitesimal. Millones se quedaron por el camino, rezagados en la inexistencia. Somos fruto de una prebenda inmerecida, causante d...

Menos lobos

Quizá resulte que, después de todo, Hobbes se pasó de desconfiado, y no somos, ni todos ni siempre, tan malas bestias como nos concibió en su pesadilla. Tampoco vamos a caer con Rousseau en la fantasía contraria, y soñarnos buenos por naturaleza, pero basta echar un vistazo a nuestros rebaños para comprobar lo dóciles y manejables que llegamos a ser mientras nos saben llevar. A veces nos sacamos los dientes unos a otros, pero rara vez llega la sangre al río, y aún más raramente conspiramos contra la imposición de la costumbre, por injusta que nos parezca. Es lo que sacaba de quicio a Nietzsche: predominamos los temerosos y los conformistas, y a menudo hasta proclamamos «¡Vivan las cadenas!», mientras, agradecidos, apuramos nuestro plato de sopa. ¿No exageraba el inglés al dictar que se nos amarre con rigor para evitar que nos desgarremos mutuamente?  Marx ya apuntó que la lucha más enconada no es entre individuos, sino entre clases sociales, y tal vez aún más en el pulso de los po...

Enemigos y cómplices

La vida es lucha. La vida humana lo es doblemente. La mayoría ya no competimos con depredadores, pero seguimos peleando por sobrevivir a los minúsculos, imbatibles gérmenes. De todos modos, la lucha propiamente humana es la que nos enfrenta a otros humanos. A veces, en el horror caótico de la guerra. Siempre, en el arduo ruedo de la convivencia.  Freud, Nietzsche, Simmel, Sartre, nos despertaron del largo aturdimiento del cristianismo y nos lo dijeron con claridad: el mismo impulso irresistible que nos aproxima unos a otros nos empuja a competir unos con otros. Desde el momento en que el prójimo resulta imprescindible, se convierte en un enemigo al que hay que conquistar o neutralizar. Nuestras relaciones están tejidas tanto con la fuerza del pulso como con la de la cooperación. Depende de la persona, del rol, del suceso, de la necesidad, que el encuentro con los demás se manifieste de uno u otro modo.  Uno de los aspectos más interesantes de la interacción humana es precisa...

La insoportable persistencia de la infancia

Es una idea bastante asentada entre los psicólogos que, a partir de una cierta edad temprana —demasiado temprana—, uno ya ha decidido quién es y qué hará en la vida. Como diría Eric Berne, uno ya ha escrito su guion.  Si eso es cierto, la existencia humana se reduce a un despliegue más o menos exitoso de un argumento esbozado mientras éramos unos enanos en manos de gigantes. Dicho de otro modo: la vida es la niñez y el resto es territorio conquistado. Pura redundancia.  Esta tesis fatalista resulta descorazonadora: los primeros años se convierten, así, en una condena, pero al mismo tiempo, como avisó Sartre, sirven peligrosamente de coartada. Al partir con la libertad mermada, el individuo queda exento de responsabilidad. Hay que resistirse a ese determinismo que nos reduce a meros autómatas programados al salir de fábrica.  ¿Qué pasa con los esfuerzos por redirigir lo establecido, por salirse del guion e inventar algo nuevo? ¿Qué pasa con Prometeo, con Sísifo, con Ulis...

Armonía y estrago

La belleza es la armonía revuelta por lo inesperado. Es el apacible paisaje de la gracia rasgado por un súbito relámpago. La vieja hipótesis de Oparin especulaba así sobre el origen de la vida.  En algunas charcas se habrían concentrado materiales orgánicos. Ese légamo original dormiría durante eones su silencio yermo, hasta que un día sería sacudido por feroces rayos. También el doctor Frankenstein, en la imaginación de Mary Shelley, emularía con su monstruo esa estampa de la creación. No hay vida sin violencia, sin cataclismo.  La armonía se ofrece con pasividad feliz. Concierto de formas, colores, palabras o conceptos, cadencias o sucesos. Armonía: un grávido equilibrio de conjunto, una gestalt que se nos aparece conclusa y bien trabada. Orden y nitidez de la percepción, o sea, espejo de la inteligencia.  Pero la armonía por sí sola es inerte, anodina. Yace con la mustia completitud de las naturalezas muertas. Es una belleza melosa e infecunda. Incapaz de engendrar s...

Prácticas prosociales y sociedad de clases

Parece obvia, y sin embargo merece revisión, la distinción entre comportamientos prosociales y antisociales. Dicho de otra manera: conductas constructivas y destructivas, siempre desde el punto de vista colectivo. También se puede hablar de beneficio y daño, aunque resulte más ambiguo, porque un beneficio aparente puede ser en definitiva restringido o dañino, y lo que se presenta como perjuicio puede resultar en un bien superior. Este juicio de los actos según sus consecuencias es abiertamente utilitarista: el mayor bien para la mayor cantidad de personas. No se nos escapan los problemas que plantea el utilitarismo. Para empezar, se podría caer en una dictadura de la mayoría, aplastando a las minorías y a los individuos. Un beneficio colectivo no debería conculcar los derechos, que son individuales y base del pacto social. Sin embargo, incluso los derechos deben ser a veces revisados o relativizados. ¿Derechos o intereses? ¿De quién y para qué? ¿Hasta dónde hay que aceptar como derec...

Voluntad

A veces la voluntad anda robusta, y aguanta bien los embates de la facticidad; otras le invade la flojera, y cada paso se le hace un mundo. Hay voluntades recias, que se crecen al medirse con los bretes, y otras con poco fondo, que se resignan y se rinden fácilmente. No está mal rendirse: nos recuerda nuestra vulnerabilidad y que, en definitiva, vivir es perder. Pero somos criaturas del proyecto y del intento: ¿qué sentido tendría labrar un criterio de lo bueno si no fuera para bogar hacia esa costa, aun con el viento en contra? No basta con la motivación: es demasiado frágil y mudable; a veces, incluso, nos pone trabas: porque somos perezosos, porque preferimos la satisfacción inmediata a la incertidumbre de los largos plazos, porque no están de nuestra parte los hábitos personales o las costumbres colectivas. Porque, en fin, también hay dentro de nosotros personajes que se resisten y quieren otras cosas. Nada valioso y difícil, entonces, puede lograrse sin voluntad, que es la fuerz...

Mover montañas

Una de las divisas favoritas de los gurús de la autoayuda es que uno puede alcanzar todo lo que se proponga, siempre que lo desee lo suficiente. Se supone, según ellos, que, cuando uno se alinea con sus deseos y les pone voluntad, “el universo entero conspira” para que se realicen. Me parece una pretensión de lo más peregrino, incluso dentro de los disparates de la autoayuda y del misticismo New Age. ¿Un universo pendiente, cual pecho materno, de nuestros volubles caprichos infantiles? Freud, rasgándose las vestiduras con razón, lo consideraría el colmo del narcisismo y de la omnipotencia primitiva.  La vida nos va enseñando que sucede más bien lo contrario. Lo valioso es difícil e improbable, nuestra voluntad frágil y nuestras fuerzas escasas. “Quien algo quiere algo le cuesta”: requiere mucho trabajo y perseverancia alcanzar un logro que valga la pena, y, por supuesto, se trata de una inversión sin garantía. Si algo toca ir aprendiendo con los años es a renunciar: por lo que se...

Dirigirse con seguridad

Nada más empezar mi intervención noto que me va a costar. Titubeo. Toso, me tropiezo. Me cuesta mirar a los ojos, y en cambio siento todos los de los otros sobre mí. Digo: “No podremos hacer…” y suena como si estuviese pidiendo perdón.  Una voz me interrumpe: “Es injusto”. Otra la secunda con una puntilla: “Pero tú dijiste…” Ahí ya no sé qué responder: la verdad me desarma. Me siento tentado a ceder. Mi compañera sale al paso y me apoya ante los otros. “Pues yo no estoy dispuesta… y menos sin que me paguen… No voy a dejarme la salud”. Su tono es cortante, un punto despectivo, demasiado agresivo para mi gusto. Además, no es eso. No se trata de que nos paguen o nos dejemos la salud, como tampoco solo de justicia o de lo que dije; se trata de hacer valer el sentido común, la negociación, la posibilidad.  Temo que los asistentes le repliquen con un improperio, que alguien alce la voz más que ella, que se nos derrumbe la frágil sintonía. Sin embargo, para mi sorpresa, apenas se e...

Frágil democracia

A menudo sucede que las verdades más obvias son las que más necesitan que las recordemos, no sea que su misma obviedad actúe como una pátina que las enturbia en nuestra percepción. Máxime cuando los poderes usan deliberadamente los medios a su alcance para emborronarlas. Algo tan nuclear en nuestras sociedades como el propio juego democrático es sometido a perversas, implacables tergiversaciones. Las democracias burguesas funcionan como eficientes cavernas de Platón en las que el espectáculo de las sombras encubre buena parte de la realidad y mantiene distraídos a los ciudadanos. Nos conviene abrir bien los ojos. La democracia, como el derecho o la ética, es un invento humano concebido para la vida humana, un artefacto artificial que se construye y se sostiene completamente al margen de la naturaleza. Más bien cabría decir: contra la naturaleza, puesto que, en su esencia, se opone a ella, o se mantiene a pesar de ella. Puede que la tendencia a colaborar surja de un instinto, pe...

No rendirse todavía

Razones para el pesimismo nunca faltan. Tampoco para un cierto optimismo (al fin y al cabo, queremos vivir), pero estas siempre nos parecen más frágiles, menos convincentes, como los matojos que pueden ser arrasados por el manotazo de una sola riada. Lo bueno siempre parece volátil, alzado fatigosamente a contrapelo del mundo, mientras que lo malo se impone en un momento, lo malo es lo que queda invariablemente tras lo bueno, y para que llegue solo hace falta esperar. Por eso nos parece más real, más consistente. Es como si hubiese un sustrato de desgracia que siempre acaba por emerger, más tarde o más temprano, en cuanto algo sacude la fina capa de lo feliz. Como si lo bueno fuese la excepción, un lujo, una rareza que hubiese que remontar con sangre y sudor por la ladera de Sísifo, para ver cómo luego, en cuanto flaquean las fuerzas o aflojamos por un instante, se nos escapa rodando cuesta abajo, y se hunde al fondo en un momento. El pesimismo posee la razón incólume de los hec...

Resistir

«Resistiré» : la vieja canción del Dúo Dinámico ha sido rescatada en estos tiempos de angustia, y para algunos se ha convertido en un himno y una oración. Necesitamos símbolos que activen y canalicen nuestras fuerzas: en horas desesperadas, queda prohibido rendirse a la impotencia. Le preguntaban al presidente si podemos hablar de situación de guerra, y él tuvo la integridad (al menos, en esto sí) de confirmarlo. El presidente está intentando aprender, a marchas forzadas, a hacer de hombre de Estado, parecerse a ese líder colectivo que necesitamos; y a veces lo consigue, aunque le falte un poco más de genio y firmeza al timón. Por supuesto que estamos en guerra: la humanidad entera contra un enemigo común, el Independence Day frente al invasor que nos amenaza con el exterminio. Ya tenemos una considerable, amarga lista de bajas. Y en el frente batallan sin respiro esos héroes a los que cada día aplaudimos en los balcones a las ocho de la tarde, esos que se la juegan en primera lí...

El arte de la vulnerabilidad

Término arduo y grumoso como un trabalenguas, con el que nos referimos a algo tan simple y fatal como esas grietas en las que nos hace mella la corrosión de la vida, esos puntos débiles del yo en los que flaquea el conatus , allá donde la intemperie lacera fácilmente cuando nos tantea con sus uñas afiladas. Por eso, porque hay puntos en los que se nos traspasa sin estorbo, es lógico que sea en ellos donde más procuremos guardarnos, donde nos mantengamos más cautelosos. Aquiles solo tenía uno y fue suficiente para arrasar toda su magnificencia divina. Solemos llamarlos defectos, con una amargura que pone en evidencia nuestra secreta fantasía de perfección, pero procurando excusarlos tras el parapeto del destino. Componendas que, en el fondo, no hacen más que rotular patéticamente la cartografía de nuestra debilidad. Hay que temer a las vulnerabilidades, porque es donde se ensaña el dolor oportunista, y, como dice Marguerite Yourcenar, no conviene tomar a broma lo que podría dañar...

Las cosas nunca fueron fáciles

El mundo de las personas es complejo y brutal. Por cada cosa que nos otorga, nos exige varias, algunas molestas, otras casi insoportables. Sus dones son caros. Como ocurre con algunas sustancias químicas, hay que poner mucho para obtener un poco: de alimento, de seguridad, de amor, de sentido… Parece que todo resultaría más fácil si regresáramos a los orígenes, allí donde todo parecían derechos y los únicos deberes eran los que imponían la fuerza ajena y la debilidad propia. Esa pureza atávica siempre nos llega con resonancias de nostalgia, con los brillos de aquella Edad de Oro elemental que tanto fascinaba a Nietzsche. Es la humanidad desnuda, o sea, animal; o sea: inocente, pura, nítida, previsible incluso en lo atroz. Porque lo puro tiene algo de atroz y cruel, y para resguardarnos de ello inventamos las comunidades, es decir, la complejidad. La vida en común trajo sus dones y sus requerimientos: amontonados dentro del rebaño, ganamos en una cierta seguridad básica, a cambio ...