El saludo, benévolo y discreto, generoso y cauto, constituye el ritual más elemental, el artefacto básico de la convivencia, el soplo de calidez entre extraños y el recordatorio de afecto entre allegados. Es la flor de la sociabilidad reducida a su expresión más simple, su fórmula más funcional y eficaz: asentado apenas en un gesto o una palabra, un instante de irrupción fugaz, como el rayo de sol o la ráfaga de brisa, para transformar la urdimbre del anonimato e impregnarlo de ternura y afabilidad. El término en sí ya nos sugiere su origen y su destino: deriva de salud, que es el deseo más genuino, la pretensión más amigable que podemos ofrecerles a los otros. Que tengas salud, que la tengamos todos, para que la vida se despliegue en toda su potencia, para que se extienda sin trabas el imperio de la alegría. Saludar es, en efecto, invocar simbólicamente la salud, y con ella todo lo bueno; es pedírsela humildemente a los dioses, postulársela al destino, convocarla mediante el magnetis...
Apuntes filosóficos al vuelo de la vida